martes, 8 de diciembre de 2009

Hacienda de Jalpa de Cánovas, Guanajuato

Don Oscar Braniff, el dueño de la Hacienda de Jalpa de Cánovas.

Siguiendo rumbo norte, de Ciudad Manuel Doblado a Purísima de Bustos encontramos a pocos kilómetros las ruinas de lo que fuera una próspera hacienda: Frías. Un poco más adelante nos sorprendemos con la torre de una iglesia que en mitad del campo sembrado se levanta su esbelta aguja estilo gótico, se antoja extraño que un templo de tales características se levante ahí. Hemos llegado a Jalpa de Cánovas, Guanajuato.

Isauro Rionda en su Haciendas de Guanajuato dice que: "La Hacienda de Jalpa de Cánovas tiene su origen cuando don Juan Villaseñor, encomendero de Huango y Pénjamo, se le otorgó en 1542 una merced consistente en cuatro sitios para ganado mayor y ocho caballerías de tierra por la Audiencia de Nueva Galicia en jurisdicción de la villa de Lagos". Ya lo habíamos comentado, acera de Juan de Villaseñor, el encomendero de un territorio enorme, de él el Padre Basalenque nos dice en su Historia de la Provincia de San Nicolás Tolentino de Michoacán: "Juan de Villaseñor, el Viejo, que tuvo muchos hijos e hijas, de donde salió todo lo bueno que tiene la Provincia de linajes, los Villaseñores, Cervantes, Orozcos, Avalos, Bocanegras y Contreras, a quién repartió sus tierras que son todas las buenas que había en la Provincia mirando de Guango al río Grande".

Es bueno recordar que por provincia debemos entender la de Michoacán, que en aquella época comprendía los actuales Estados de Guanajuato y Michoacán. Que Guango es actualmente Villa Morelos y el río Grande se refiere al Lerma. Continúa Isauro Rionda: "Además cuando dos grupos de chichimecas que habitaban ahí huyeron, abandonando el territorio, Villaseñor echó mano de él. María Orozco, hija de Villaseñor, en 1613 vendió lo dado a su padre en $500 a Diego Ortiz Saavedra, alcalde mayor de Lagos. En ese momento ya había casa, corrales, ganado y siembra de maíz. Ortíz Saavedra sumó tres sitios de ganado mayor y cuatro caballerías que había adquirido con anterioridad".

La lista de propietarios continúa, larga, como en todas las Haciendas del Bajío. Pasó luego a Catalina muñóz, María Ortiz, Andres Sánchez de Aparicio, Alfonso Sánchez, Nicolas Busto y Jerez. Para 1696 Antonio Sánchez Salgado es el propietario, le sigue Juan Díez Bracamonte, dueño de las minas de Rayas y Burras. Pasa luego a Gerónimo de Monterde y Antillón y durante varias generaciones son los Monterde los dueños, Luis, José Luis, Ignacio, Rafael, Manuel, era ya el año de 1787 y la hija del último de los Monterde aparece como propietaria, María Manuela Monterde y Antillón, casada con Pedro Ceballos y Cosío. "Posiblemente para 1823 Jalpa, que ya contaba con mucha agua y reservas de ella por las presas existentes, también se había dedicado, aparte de la ganadería, al cultivo del arroz, trigo y maíz. La revolución de Independencia de México y los hechos de los años posteriores a ésta diezmaron la riqueza de los dueños y tuvieron que adquirir deudas, las que para ser cubiertas obligaron a vender a partir de 1827 parte de Jalpa, hasta llegar en 1851 al número 379 y media caballerías de tierra vendidas, sobre todo las que estaban en Jalisco, donde ahora es el municipio de Arandas". Lo dice don Isauro Rionda.

"Entre 1877 y 1910 hubo en Guanajuato un auge agrícola; la producción de cereales, maíz y trigo aumentó mucho más rápido que en todo el país. La feracidad de las tierras del Bajío permitió responder a la creciente demanda de alimentos para las ciudades cuya población estaba en expansión. Dos áreas destacaban por su alta productividad: la de León, integrada por los distritos de León, Romita, San Francisco del Rincón, Purísima del Rincón, y la de Valle de Santiago, formada por los distritos de Celaya, Cortazar, Salvatierra y Valle de Santiago. El auge agrícola del Porfiriato hizo que aumentara el número de ranchos y haciendas. Ya fuera por compra o arrendamiento, entre 1877 y 1910 se crearon 2899 ranchos". Con esto que dice Mónica Blanco en su Breve historia de Guanajuato, nos damos cuenta de cómo el ultimo cuarto del siglo XIX modificó el ritmo de vida del Bajío.

Algo que hemos ya visto en la historia de otras Haciendas sucede aquí también, los matrimonios entre hijos de familias poderosas que aumentan sus capitales y sus propiedades de esta manera. "Los hacendados formaban un grupo compacto vinculado no sólo por lazos económicos, sino también políticos y aun matrimoniales, como ocurría con a gran mayoría de los grupos de la élite porfirista". Es aquí que aparece el nombre del que fuera uno de los últimos propietarios de la Hacienda, Oscar Braniff, uno de los grandes empresarios del México porfirista, "quién se volvió copropietario de a hacienda de Jalpa en 1900, al casarse con Guadalupe Cánovas. Interesado en modernizar la producción, en ese mismo año Braniff inició la construcción de una enorme presa que le costó 10 años terminar, y cuya cortina mide 28 metros y tiene capacidad para 50 millones de metros cúbicos de agua." Mónica Blanco en Breve historia de Guanajuato.

Aunque parecidas, las historias de cada una de las Haciendas del Bajío tienen sus particularidades, aquí en Jalpa veremos como hay tres presas de distintas dimensiones en su cercanía, veremos como la señorial Casa Grande conserva aun los balazos producto de los enfrentamientos durante la guerra Cristera y veremos los enormes trojes que siguen en pie y usados con distintos fines. El pueblo de Jalpa de Cánovas, a diferencia de otros que nacieron alrededor de la Casa Grande de la Hacienda se ha vuelto una comunidad que mantiene su plaza, su capilla, además de su parroquia, algunas casas modernas y todo eso nos hace ver que hubo un tiempo en que Jalpa fue una verdadera ciudad.


La Parroquia de San Pedro Apóstol en Ciudad Manuel Doblado, Guanajuato

La agobiante esplendidéz en las artes decorativas de finales del siglo XIX y principios del XX tiene un espectacular representante en la Parroquia de San Pedro Apóstol en Ciudad Manuel Doblado, al parecer fue Trinidad Calderón quien hizo los trabajos, me atrevo a decir esto pues fue él quien desarrollo el docorado de la capilla de Nuestra Señora de la Merced en la Hacienda de Jaral de Berrios en 1947, siendo el trabajo espléndido el representativo de esta parte del Bajío, seguramente fue él quien lo desarrollo, me refeiro a Trinidad Calderón. Mayores detalles no tengo, pero al entrar en este recinto es soprendente el manejo de color, todo en tonos pastel y todos dentro de una armonía que se antoja, de pronto, sacada de una historia del mundo árabe. Las bóvedas, cupulas y el intenso arte decorativo nos llenan los ojos de belleza pura, de inocente belleza que solo en el Bajío se puede encontrar.









sábado, 5 de diciembre de 2009

Ciudad Manuel Doblado, otra de las poblaciones del Estado de Guanajuato

En este mi re-re-rencuentro con Guanajuato comenzaremos el recorrido por la parte occidental, ya vimos Santa Ana Pacueco y Atotonilquillo, ahora seguimos un poco más al norte sobre la carretera 37 para llegar a Ciudad Manuel Doblado, las fotos son evidentes de que me tocó uno de los recientes frentes fríos, creo el número 10, pero eso no fue impedimento para salir a conocer un poco de esta población.

Hubo asentamientos prehispánicos en la zona, la prueba son los vestigios que a lo largo de la llamada Sierra Alta encontramos. Esta sierra es la que pone fin al Bajío y da inicio a la región de los Altos de Jalisco, la cual es limítrofe con el Estado de Guanajuato.

Para el siglo XVII existían ya algunas Estancias ganaderas entregadas en encomiendas y mercedes a los españoles que participaron en la conquista, la zona que ahora es el municipio de Manuel Doblado era controlado, por así decirlo por la Hacienda de Atotonilquillo, propiedad que pasó a manos de los Jesuitas asentados en Valladolid, capital de Michoacán, dentro de su propiedades estaba el Rancho de Piedra Gorda el cual dio origen a la actual Ciudad Manuel Doblado.

Ya para el siglo XVIII la región de Manuel Doblado se colocó como uno de los mayores productores de cereales de la Nueva España, el Bajío era considerado como El Granero de México y la región de San Pedro Piedra Gorda era el claro ejemplo de la fertilidad de la tierra, esta zona encabezaba junto con Valle de Santiago la lista de mayor producción.

La vocación agrícola y el ambiente ranchero se sigue saboreando en Ciudad Manuel Doblado, remanso de paz, ritmo tranquilo en sus calles, fácilmente nos transportamos a una época ya perdida en México en la que se transitaba pausadamente, en donde no había prisas y todo mundo era conocido, es decir, el México que se nos escapó de las manos.

La Parroquia de San Pedro es una verdadera joya del arte decorativo. Su construcción data del siglo XVII, sufrió remodelaciones y adecuaciones, en la actualidad podemos observar un estupendo trabajo de pintura decorativa en su interior, ese te lo mostraré mañana.

Caminando por sus calles encontré algo representativo que ya difícilmente encontramos por las antiguas poblaciones del Bajío, las cuales, como es el caso de Salamanca, han sido sacrificadas en su zona centro en aras de construcciones modernas que distan mucho de tener buen gusto. Lo que encontré es un dintel.

Como lo podrás ver más claro en este acercamiento, el dintel es la parte central del arco de una puerta, cuando eran hechos en cantera al centro se remataba con alguna simbología religiosa o, en algunos casos, con escudos heráldicos. Aquí lo que vemos nos comprueba la presencia Jesuita en Piedra Gorda con este anagrama del IHS, símbolo de identidad jesuita que significa Iesu Hominis Salvator, Jesús Salvador del Hombre.

Otra cosa ya casi en el olvido son las viejas gasolineras, esta, evidentemente está ya en desuso, pero así eran antes, con las bombas sobre la banqueta y la gasolinera integrada a la calle, como que fuera un portal, así fueron en los años cincuenta las gasolineras.

Para cerrar la visita a Ciudad Manuel Doblado que mejor que una cerveza enchilada, es decir, un Michelada pero rebosante de chile, lleva salsa inglesa, salsa valentina, jugo de limón y chile piquín en polvo, aun con el frente frío se antojan. Lamentablemente no pude retratar las enchiladas. No te las pierdas, si vienes por aquí, el restorán se llama Mi Hacienda y está en el portal, son excelentes.

jueves, 3 de diciembre de 2009

La Hacienda de Santa Ana Pacueco, Guanajuato

Adentrándonos en la historia del suroeste de Guanajuato es irnos prácticamente al inicio de la repartición de tierras producto de la conquista española. Fue Martín Cortés quien llega en avanzada al norte de la Gran Tenochtitlán, lo hará después Nuño de Guzmán. Luego fueron entregadas las Encomiendas, es decir, poner a cargo de alguien cada uno de esos nuevos territorios. La región que conforman el sur de Guanajuato, el norte de Michoacán y el este de Jalisco le fue encomendada a Juan de Villaseñor y Orozco, la entrega se oficializa en julio de 1544 cuando el gobernador de la Nueva Galicia, Francisco Vázquez de Coronado le mercedó 14 estancias ganaderas, a las que agrega las obtenidas del Virrey Antonio de Mendoza.

El que actualmente conocemos como Río Lerma, fue nombrado en un principio Río Grande, era el que marcaba la frontera natural, antiguamente entre purépechas al sur y otomís al norte; luego sería la frontera que dividiría la Nueva España de la Nueva Galicia y fue ahí, en ese punto donde a mediados del siglo XVI se estableció un presidio, el cual controlaba el paso de un territorio al otro, su nombre original fue Pacueco. Es ahí donde comienza la historia de la que llegó a ser una enorme propiedad que por herencias y compra de tierras los descendientes de Juan de Villaseñor y Orozco lograron formar la Hacienda más grande de todo el occidente del país: la Hacienda de Santa Ana Pacueco. Hay que recordar que una Encomienda es precisamente lo que la palabra indica, cuando algo se pone al cuidado de alguien y una Merced era cuando las tierras eran otorgadas en propiedad.

Cinco de los innumerables sitios propiedad del encomendero Villaseñor fueron heredados a su hija, María Orozco, la cual al casarse con el capitán don García de Contreras y Figueroa unen sus propiedades, entre otras Apacueco con Corralejo y dan inicio a lo que será el gigantesco latifundio que fue heredado a sus hijas Leonor y María para luego ser adquiridas por Marcos García de Sotomayor y éste las hereda a su hijo Marcos García de Sotormayor, para 1631 la zona era ya conocida como Labor de Santa Ana Apacueco. “Murió Gabiel y pasó a su hija, Luisa de Castro, esposa de Pedro de Estrada, y de éstos a su hijo el capitán Alonso de Estrada Altamirano. Este capitán hizo grande la hacienda a base de compras, entre ellas la que efectuó el 7 de mayo de 1645 al adquirir 98 sitios, entre mayores y menores, y 213 caballerías a José Figueroa y Campofrío. Con 30 sitios de mayor y menor más 59 caballerías que eran de Pedro de Estrada Balbín, al que los compró. Hacia 1696 murió Alonso de Estrada Altamirano, y como no dejó descendencia y en su testamento dispuso que por partes iguales sus bienes pasaran a sus hermanos, estos decidieron vender la hacienda”.

Algunos años después, en 1702 la Hacienda de Santa Ana Pacueco es adquirida con uno de los hombres más ricos de la Nueva España, Pedro Sánchez de Tagle, sargento mayor del Tercio de las Milicias de México, Caballero de la Orden de Calatrava, prior del Consulado de México y marqués consorte de Altamira. Como lo vemos aquí, en la colonia el poseer títulos era sinónimo de riqueza y poder, más claro aun lo veremos con quienes fueron los siguientes propietarios de la Hacienda. “Al morir Pedro hereda la hacienda a su hija Manuela Sánchez de Tagle y su esposo Pedro Pérez de Tagle, terceros marqueses de Altamira, los que heredaron título de nobleza y hacienda a su hija, la cuarta marquesa de Altamira, doña Luisa Pérez de Tagle y Sánchez de Tagle, casada con don Juan Rodríguez de Albuerne y Miranda, oidor de las Reales Audiencias de México y Guadalajara, auditor general de Guerra, superintendente general de Azogues, caballero de la Orden Militar de Santiago desde 1751, consultor del Tribunal Supremo del Santo Oficio de la Inquisición y miembro del Consejo de Su Majestad.

Si analizamos los títulos que estos últimos propietarios de la hacienda poseen nos daremos cuenta del poder inmenso que tenían, el ser oidor de ambas Audiencias lo coloca en una posición privilegiada, al tener a su cargo la distribución del azogue (mercurio) le coloca en sus manos el poder total de decisión de a quién vender el azogue, elemento indispensable para la producción de la plata y ser consultor del Santo Oficio le da un casi poder total sobre todos los pobladores de la Nueva España, evidentemente, hace uso de su poder para acrecentar aun más su ya enorme fortuna. Para darnos una idea de la inmensidad de su Hacienda anoto algunos de los actuales municipios que formaron en algún tiempo parte de Santa Ana Pacueco: Arandas, Ayo el Chico, Ayo el Grande, Jesús María, Atotonilco, Degollado y Ayotlán, todos ellos en Jalisco. Cuerámaro, Manuel Doblado, Pénjamo, Huanímaro y Abasolo en Guanajuato. La Piedad, Puruándiro, Villa Morelos, entre otros, en Michoacán.

¿Será este el escudo de los Villaseñor o de los Sánchez del Tagle? Se encuentra en la parte superior del altar mayor del Templo de Señora Santa Ana en la Hacienda.

Sin lugar a dudas la historia de la Hacienda de Santa Ana Pacueco es sorprendente, no termina con la dinastía Sánchez de Tagle, continúa siendo heredada y vendida, llegó el momento en que sus propietarios, españoles algunos de ellos, tienen que abandonar el país debido a las leyes de expulsión de españoles que se promulgaron en nuestro país hasta que a mediados del siglo XX quedaron en propiedad de la familia Cortés. En la actualidad la parte trasera de la Hacienda se encuentra en reconstrucción y su Parroquia sigue estando en uso.

Los textos en cursiva los tomé del libro Haciendas de Guanajuato de Isauro Rionda, Editorial la Rana, 2001.

Si te interesa adentrarte más en la historia de la Hacienda Santa Ana Pacueco, en este documento del Colegio de Michoacán encontrarás más detalles:

http://www.colmich.edu.mx/files/relaciones/051/pdf/documento1.pdf

Con este artículo saludo a un Villaseñor que conozco y que se es asido lector de El Bable, cosa que siempre le agradeceré.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Buscando saber el por qué las Haciendas fueron olvidadas

Sucede muchas veces que al pasar por carreteras con mucho ir y venir de vehículos o caminos poco transitados, salta a la vista una vieja pared derruida, unos arcos que en algún momento formaron parte de una espléndida terraza, techos ya caídos y la maleza envolviendo al edificio, la pregunta es siempre la misma: ¿cómo es posible que soberbios edificios hayan sido olvidados? Lugares que fueron prácticamente ciudades, en donde todo tipo de actividades se desarrollaban, sitios donde hubo mucha vida y que ahora, en el olvido, siguen resistiendo heroicamente al paso del tiempo y nos insinúan apenas lo que hace unos siglos fue un esplendor luminoso.

Luego de la conquista, los españoles repartieron su “botín de guerra”, el territorio de la Nueva España, o, al menos el que circundaba a la Ciudad de México fue dividido en encomiendas, algunas de ellas tan grandes como dos de los Estados actuales de nuestro país. Vino luego otra división, las estancias ganaderas, la tierra del Bajío, abundante en pastos, era la ideal para reproducir las bestias no conocidas en México y que fueron los pilares en la generación de energía y medio de transporte de las mercancías de las poblaciones españolas ya fundadas en el centro y norte del territorio, la “fuerza de sangre”, (animales de tiro), se introdujo como punto esencial en el detonador del desarrollo del Bajío. Cabe anotar aquí que una estancia ganadera era el equivalente a 41 caballerías, incluidas en un espacio de aproximadamente 1,755 hectáreas.

Al respecto el maestro Isauro Rionda, cronista de Guanajuato, en su magnífico libro Haciendas de Guanajuato, anota que “En la segunda mitad del siglo XVII, las estancias ganadera empezaron lentamente a experimentar una metamorfosis. Sus tierras, sobre todo las del Bajío, son muy feraces; los reales de minas, las villas, y la campiña se llenaron de población, sobre todo por efectos de los primeros. Estos, los reales de minas, a medida que las riquezas argentíferas iban en abundancia, requerían cada vez más del campo, pues aparte de la carne, cueros, sebos, etc., que proporcionaba la ganadería, necesitaron trigo, maíz, frijol, pasturas y otros productos resultado de la agricultura”.

El siglo XVII ve nacer una a una las Haciendas que fueron poblando la geografía guanajuatense, para el siglo XVIII el auge minero va de la mano con el crecimiento de la producción agrícola hasta que en 1808 se inicia la inestabilidad económica española ante la invasión francesa de su territorio, esto fue el marco propicio para el inicio del movimiento independentista de México. Fueron diez años de inestabilidad económica, política y social. Los grandes capitales huyeron del país, las haciendas y minas dejaron de producir. Asaltos y robos se sucedieron uno a uno dejando en el olvido las magníficas casas grandes que pudieron sobrevivir gracias a lo contenido en sus trojes y silos.

Terminada la lucha libertadora, algunos hacendados trataron de revivir glorias pasadas, no todos lo lograron pues la nueva nación se enfrentó a un largo periodo de inestabilidad social. Uno a uno los gobiernos se sucedían, dos o tres presidentes se proclamaban cada año, las Haciendas producían para satisfacer sus propias necesidades y tal vez algún excedente para la región era vendido. Muchos de ellos se encontraban en manos del clero. Por ejemplo, la zona comprendida entre Yuririra y Salvatierra era propiedad de la orden de los Agustinos, ellos y todo el clero en general, fueron afectados al ser expedida el 12 de julio de 1859 la Ley de Desamortización de Bienes por parte de Benito Juárez. Nuevamente nos referimos al maestro Rionda: “La Reforma acabó con los latifundios del clero católico, los que en algunos casos pasaron a manos de particulares que ya eran hacendados; en otros, los menos, se fraccionaron y se vendieron a las haciendas limítrofes. En ambos casos hicieron crecer las dimensiones de los latifundios laicos, que todavía iban a tener otro estirón más con los resultados de la búsqueda de tierras no tituladas a particulares y que, por lo tanto, eran propiedad de la nación, labor que hicieron las compañías deslindadoras. Las tierras que resultaron propiedad nacional fueron vendidas, por el gobierno federal o por las mismas empresas, a los hacendados que las quisieron”.

El resurgimiento de esplendor en las Haciendas guanajuatenses se da luego de la “calma chicha” que se vivió a finales del siglo XIX, específicamente durante el Porfiriato, época en la cual la mano dura del gobierno central hizo entrar al país a un período de modernismo. Los ferrocarriles surgieron por casi todo el Bajío; muchas de sus estaciones se ubicaron cercanas a las Haciendas para distribuir las abundantes cosechas, en 1910, una vez iniciada la Revolución, la inestabilidad vuelve a reinar en México, hacia 1913 el Bajío se ve amenazado por las tropas y la “bola”. Asaltantes, bandidos, rateros, violadores, todos juntos contribuyeron a dar fin al esplendor de las haciendas. Siguió luego el movimiento Cristero que también afectó a buena parte de las haciendas guanajuatenses, esto fue en la década de los años veinte, por si esto no fuera suficiente vino después el movimiento agrarista, todo influyó para que muchas de las haciendas cayeran en el olvido.

Las fotografías fueron tomadas ayer, apenas ayer, 1 de diciembre en Santa Ana Pacueco, municipio de Pénjamo, Gto., lugar en donde hubo una vez, como en los cuentos, una hacienda de tales dimensiones que bien cabría ahí el Estado de Morelos, eso lo veremos más adelante. Los textos en cursiva los tomé de Haciendas de Guanajuato de Isauro Rionda, Editorial La Rana, Guanajuato, 2001. También me apoyé en el libro Yuririapúndaro de J. Jesús Guzmán Cíntora, Costa Amic Editor, México, 1978.

Dejando la Baja California Sur

Fue cosa de empacar una vez más, la cuenta la tengo ya perdida, Salamanca, Guadalajara, México, Cancún, Ixtapa, Loreto y ahora Los Cabos, un cambio más de domicilio, un cambio más de dirección, de rumbo, esta vez en el tiempo que se dice es el más pesado que se ha vivido. No lo sé, pero era hora ya de cambiar, de volver al lugar de origen y decidir si hago un cambio más o asentarme definitivamente en el lugar del que partí originalmente. Cajas eran como 70, kilos no tengo la menor idea, me traje lo que siempre me ha importado, los libros, las piedritas y mil recuerdos de las cosas que vengo acumulando desde hace muchos años, esas a las que nadie le ve valor pero que para mí son objetos codiciados.

Pensé que el viaje sería larguísimo y sí, lo fue. Recorrer cinco estados es prácticamente pasar por la mitad de la República, crucé el Mar de Cortés, pude ver la silueta de la Sierra de la Laguna en la parte que se aproxima al mar, los contrastes son fabulosos, las fotos no engañan, te dejo un par de ellas.



Y ya lo último que divisé fue la Isla del Espíritu Santo, a ella no pude llegar, tal vez nunca me animé, tuve la oportunidad pero, como ya te lo he dicho, no soy muy marino que digamos, siempre he preferido la tierra firme, no en balde soy tauro; luego se hizo de noche, el ferry venía a menos de la mitad de su capacidad, por lo tanto el cruce fue más rápido, cuando acordé estábamos ya desembarcando en Topolobampo.

Con las ganas que tengo de visitar con calma Sinaloa y, ahora que tuve la oportunidad de recorrerla de norte a sur fue de noche, así que mucho no pude ver, un café en Mochis y unos tacos luego de pasar por Mazatlán, Carlos, quien manejaba el autobús parecía inagotable y así lo fue, acabamos de cruzar Sinaloa y seguimos sin parar. El amanecer lo tuvimos ya en Nayarit, luego de bajar la sierra por Plan de Barrancas. Cañaverales cubiertos de neblina, luego un amanecer pausado, colorido, fresco… comenzaba el primer día, mi primer día en tierra firme.


Cruzamos Guadalajara con su ritmo de ciudad, por suerte era temprano aun, como quiera el transitar de vehículos era fuerte, rodeamos la ciudad, a lo lejos pude ver el nuevo estadio, bueno, eso supongo pues vi una vez la maqueta y creo es el mismo, luego ya del otro lado de la ciudad enfilamos por la autopista que va a Morelia.

El paisaje seguía cambiando, nos aproximábamos a tierra por demás conocida, cruzando ese cerro que se ve en la foto se llega al Bajío. En Yurécuaro salimos de la autopista para entrar por el sur de Guanajuato, justo en Santa Ana Pacueco, pasar por un lado de la que fue una de las haciendas más grandes de México fue, en buena medida, la bienvenida a casa. Y si, aquí estoy de vuelta, al Bajío, a Salamanca, al lugar en donde nací. Me espera una navidad luego de cuarenta años de no pasarla por aquí, sino atendiendo turistas y, ahora, un reencuentro con los orígenes y luego el 2010 y lo que venga, pues para eso decidí volver por acá.