jueves, 24 de enero de 2019

Listado de Haciendas del Estado de Guanajuato del año 1940. primera parte.

  Para comenzar debo hacer una precisión, una cosa es ser guanajuatense, otra guanajuateño. Lo primero refiere a una persona que nació en el Estado de Guanajuato, que es mi caso; la segunda es aquél que nació en la ciudad de Guanajuato, capital del estado homónimo. Así pues, si algo conozco bien, es la geografía guanajuatense, así que ahora, a diferencia de los recorridos de haciendas que en forma virtual he hecho en los estados de Hidalgo, Tlaxcala, Yucatán o Sonora, esta vez, siendo también virtual, lo hago con conocimiento de causa.

Para este recorrido me apoyo en los resultados del Censo de Población y Vivienda de 1940, el cual nos dará datos por demás interesantes ya que en la década de los años cuarenta del siglo XX, la población rural en México era superior que la urbana, si bien no tan marcada como a comienzos del siglo, seguía siendo representativa, un 60 rural, contra un 40 urbano. Veamos:

1.- San Isidro. Municipio de Abasolo
2.- San Antonio, Municipio de Acámbaro.
3.- San Cristóbal, Acámbaro.
4.- San Miguel, Acámbaro.
¿dónde quedó la hacienda de San Isidro en Acámbaro?
5.- La Alameda, municipio de Álvaro Obregón, actual San José Iturbide.
6.- Begoña, Álvaro Obregón.
7.- Carbonera de Guadalupe, Álvaro Obregón.
8.- Las Cuevas, Álvaro Obregón.
9.- La Escondida, Álvaro, Obregón

10.- Guadalupe, Álvaro Obregón.
11.- El Jobero, Álvaro Obregón.
12.- La Noria, Álvaro Obregón.
13.- San Diego, Álvaro Obregón.
14.- San Jerónimo, Álvaro Obregón
15.- San José, Álvaro Obregón.
16.- Viborillas, Álvaro Obregón.
17.- Alcocer, Municipio de Allende.
18.- Cañada de la Virgen, Allende
19.- Don Diego, Allende

20.- Jalpa, Allende.
21.- Llano Blanco, Allende.
22.- Marroquín de Arriba, Allende.
23.- Palma Gorda, Allende.
24.- Puerto de Sosa, Allende.
25.- Tirado, Allende.
26.- Amehe, Municipio de Apaseo.
27.- El Castillo, Apaseo.
28.- Coachití, Apaseo.
29.- La Cuevita, Apaseo.

30.- Espejo, Apaseo.
31.- Jocoqui y Anexas, Apaseo.
32.- La Labor, Apaseo.
33.- Mandujano, Apaseo.
34.- Mayorazgo, Apaseo.
35.- Obraje de Ixtla, Apaseo.
36.- Obrajuelo, Apaseo
37.- Ojo Zarco, Apaseo.
38.- El Peñón, Apaseo.
39.- El Sabino, Apaseo.

40.- San Antonio Caliche, Apaseo.
41.- San Cristóbal, Apaseo.
42.- San José Agua Azul, Apaseo.
43.- Santa Cruz de Gamboa, Apaseo.
44.- El Saucillo, Apaseo.
45.- El Terrero, Apaseo.
46.- Tierra Blanca, Apaseo.
47.- El Vicario, Apaseo.
48.- Aguirre, Municipio de Celaya.
49.- El Becerro, Celaya.

50.- Camargo, Celaya.
51.- La Canoa, Celaya.
52.- Concepción, Celaya.
53.- Crespo del Baúl, Celaya.
54.- Dongú, Celaya.
55.- Elguerra, Celaya.
56.- Estrada, Celaya.
57.- Galvanes, Celaya.
58.- Jáuregui, Celaya.
59.- Jofre, Celaya.

60.- Juan Martín, Celaya.
61.- Mendoza, Celaya.
62.- Molina, Celaya.
63.- Moralitos, Celaya.
64.- Ojo Seco, Celaya.
65.- Plancare, Celaya.
66.- Presa Blanca, Celaya.
67.- Crespo, Celaya.
68.- Rincón, Celaya
69.- Roque, Celaya.

70.- San Antonio Espinoza, Celaya.
71.- San Antonio Gallardo, Celaya.
72.- San Elías, Celaya.
73.- San José de Silva, Celaya.
74.- San Juanico, Celaya.
75.- San Nicolás de Crespo, Celaya.
75.- Santa María del Refugio, Celaya.
76.- Santa Rita, Celaya.
77.- El Sáuz, Celaya.
78.- Tenería del Santuario, Celaya.
79.- Tenería de Valdés. Celaya
80.- Yustis, Celaya.


miércoles, 23 de enero de 2019

La nobleza tardía: Cancelación de títulos nobiliarios en México, las últimas pompas fúnebres.

    Fue el 2 de mayo de 1826 cuando se decreta que "Quedan extinguidos para siempre los títulos de conde, marques, caballero y todos los de igual naturaleza, cualquiera que sea su origen".  Algunos aceptarán la decisión, otros no, unos se quedarán en México y otros se irán a Europa para hacer ostentación de ellos. 

  Esto que hoy comparto es un extracto del interesante artículo El destino de la nobleza novohispana en el siglo XIX: decadencia o adaptación, de Verónica Zárte Toscano del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora. En el que la autora nos muestra lo que fueron las últimas manifestaciones de la pompa casi cortesana que sobrevivía, justo en unas pompas fúnebres. (Para leerlo completo, entra aquí.)

   Pero así como se dieron casos de familias reconstituidas, también hubo rupturas significativas. María Josefa López de Peralta Villamil, Condesa Consorte de Regla III, hija de la famosa Güera Rodríguez, se divorció en 1826. Si bien existieron otros casos de divorcio entre los integrantes de la nobleza novohispana, ninguno de ellos fue tan escandaloso como éste, en que ella dejó atrás a sus hijos, cuyas edades iban de los 2 a los 11 años, y puso tierra de por medio ante una situación familiar insoportable, haciendo uso de las nuevas ideas liberales. Muchas mujeres hubieran querido hacer esto pero se habían detenido por las reglas sociales que se les habían impuesto. Aunque su destino era Europa, en el camino enfermó y falleció en Nueva York, siendo sepultada en la iglesia de San Patricio, en la Quinta Avenida. En México se llevaron a cabo unas pomposas honras fúnebres en el Oratorio de San Felipe Neri, a las que concurrió la crema y nata de la sociedad, parientes y amigos de la casa de Regla. Podríamos preguntarnos qué se diría de la difunta en tales circunstancias, pero también podríamos pensar que los asistentes se hacían presentes para solidarizarse con el distinguido don Pedro Romero de Terreros o con los hijos que quedaban en la orfandad. En tiempos difíciles, las familias distinguidas cerraban filas y permitían la participación de los integrantes del selecto grupo para arropar a sus integrantes.

   Otra llamativa ceremonia fúnebre que involucró a algún integrante de la antigua nobleza novohispana se efectuó en abril de 1842. La familia de Loreto Gómez de la Cortina, hija de los segundos Condes de la Cortina y hermana de José Justo, el tercer conde, no dejó pasar la oportunidad de mostrar los galones de su otrora grandeza y realizó una pomposa ceremonia en el templo de San Francisco. Para mayor lucimiento, algunos miembros de la Compañía de Ópera italiana, que a la sazón estaba en la ciudad de México, encabezados por la contralto Adela Cesari, interpretaron las piezas musicales que exigía el rito, acompañados del coro franciscano.27 La ceremonia duró desde las nueve hasta las doce del día, hora en que se le dio sepultura en la capilla de Burgos. La descripción de un invitado a las honras terminaba con un comentario por demás elocuente: “la concurrencia de hombres y mujeres fue numerosa. Parecía Jueves Santo, según la gente y el lujo”.

martes, 22 de enero de 2019

De firmas, megalomanía y delirios de grandeza

megalomanía
Del gr. μεγαλο- megalo-, de la raíz de μέγας mégas 'grande', y -manía.

1. f. Manía o delirio de grandezas.

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

  En casos de firmas excesivamente grandes sin adentrarnos en el terreno patológico (megalomanía, delirios, histrionismo, etc.) son demostrativas no ya de la autoconfianza o seguridad personal, sino más bien del exhibicionismo impositivo (hemos llegado a ver una firma de un funcionario público que ocupaba prácticamente toda la página).

FIRMA MAS GRANDE QUE EL TEXTO

   Se siente íntimamente más importante de lo que manifiesta al exterior. Confianza en sí mismo. Autoestima y autoestimación realista. Compensación de complejos o sentimientos de inferioridad. Capacidad de valoración del potencial. Ambición de “ser superior” a las propias posibilidades. Orgullo o conciencia del propio valer. Necesidad del reconocimiento de méritos. Necesidad histérica de ponerse de relieve. Compensación de un sentimiento de fracaso o impotencia mal aceptado o soportado. Sentimiento de éxito y de poder.

Fuente:

Lo que aparece en letra cursiva lo tomé del sitio del ICG, Instituto de Ciencias del Grafismo, Barcelona, España. Para leer el artículo completo, entra aquí.

lunes, 21 de enero de 2019

La interesante y cruel historia de don Agustín Cañas, Adm.or por S.M. de las R.les A.l en Salamanca

  Actualmente estoy documentando los últimos datos que busco sobre Diego Rul, personaje del que seguramente has oído alguna vez. Se trata del malagueño que como tantos españoles de la segunda mitad del siglo XVIII se embarcó por la Mar Océano (así se le llamaba entonces al Atlántico), para venir a "hacer la América" término que se usaba para referir a venir en busca de fortuna, de volverse rico.

  Diego Rul, como lo comenté hace tiempo, vivió en Salamanca, ahora sé cuánto tiempo, qué hacía, en dónde lo hacía y todo lo que ocurrió en la población en esas dos últimas décadas del XVIII. Lo que me falta verificar es su participación social, si fue padrino de bautizo de algún criollo o español avecindado por estos rumbos, hasta ahora no he logrado dar con registro alguno, pero, pasando las hojas de libros parroquiales di con el documento que hoy comparto, al verlo y reconocer sus nombres me causó una cierta tristeza el recordar los hechos ocurridos, los cuales se les ha elevado a los niveles de "gloria nacional" siendo que en realidad fue una masacre. Me refiero al episodio que conocemos como Toma de Granaditas. Pero vamos por partes.

  Agustín Cañas fue asignado como administrador de la aduana local. En aquellos tiempos en cada población había un representante de las Cajas Reales, allí se colectaban los impuestos (alcabalas), de los productos gravados. Así como en la actualidad tenemos el SAT y sus respectivas delegaciones, antes eran esas reales cajas las que hacían la función. 

  Desconozco la fecha exacta que el referido Cañas llega a Salamanca. Su oficina, por así decirlo, estaba en la calle Real, es decir lo que hoy se conoce como calle Morelos o Hidalgo, esta calle atravesaba la villa de oriente a poniente y era parte del sistema de comunicaciones novohispana conocido como Camino Real. Hacia el oriente continuaba a Irapuato y en las "goteras" de ese rumbo (gotera era la forma de referir a los límites de una población), doblando al norte en la calle que ahora se llama Cazadora el Camino Real seguía a Temascatío y de allí a Copal, Jaripitío, Burras, Marfil y Guanajuato. 

  En esa Caja Real de Salamanca, estaba también la Alhóndiga, de ello no hay registro que nos indique a qué altura de la actual calle Hidalgo-Morelos estaba, solo se le refiere y será cosa de hacer concienzudo análisis para ubicar el domicilio preciso. Para ello cuento con un registro de población de 1809 que me facilitaría hacerlo, pero eso será cuando haya dado salida a todos los proyectos de investigación y publicación que tengo.

  Así pues, don Agustín Cañas estando en la villa de Salamanca con su esposa, también española, tienen un hijo, al cual pusieron un largo nombre: Dimas Cástulo Juan José de la Encarnación, su registro bautismal dice:

   En el año del Señor de mil Setecientos ochenta y siete, en veinte y deis de Marzo, El Br. Don Fran.co Gil de Hoyos, Cura Interino y Juez Ecco. de esta villa y su Partido, baptisé solemnem.te, puse Oleo y Chrisma a un Inf.te de dos días de nacido y le puse por nombre Dimas Cástulo Juan José de la Encarnación, hijo de lexitimo matrimonio  de D. Agstín Cañas, Adm.or por S.M. de las R.les A.l del Tabaco, Pólvora y Naypes de esta dha villa, Valle de Santiago y su Jurisd.n y de Da. Josefa Acuña y Troncosa naturales de los Reynos de Castilla en el de Galicia y Ciudad de la Coruña, fueron sus p.p. D. Juan de Artacho y Marenco, Rex.or Alc.e Porv.l del Muy Ilustre Ayuntamiento de dha Villa, y su esposa Doña Rita Solache de la expresada villa, a quienes advertí su oblig.on. (1)

  Será cosa de rastrear en los registros qué fue de la vida del hijo del Administrador de largo nombre, quizá, en su calidad de criollo y por recomendación de su padre, pasó a la Real Caja en algún punto de la Nueva España, o entró en los Ejércitos Reales, eso no lo sabemos, lo que sí encuentro es que, para el 6 de diciembre de 1790 don Agustín agasaja a uno de los viajeros que dejaron memoria de lo que era la Intendencia de Guanajuato, el marino español, Francisco Mourelle y lo registra de este modo:

"... el lunes 6  [de diciembre] salí [de Guanajuato] y llegué a Salamanca, donde me fue fuerza recibir los obsequios del Administrador de Alcabalas, don Agustín Cañas, a cuyas instancias me detuve cinco días en su casa, ocupándome en continuar partidas de caza, que me proporcionó; que acabaron de agitarme  y producirme y producirme una efervescencia de sangre, haciéndome padecer notablemente, y privándome de repetir las averiguaciones que aunque no hacían mi objeto principal, esperaba por lo menos tocarla de paso" (2).

 Lo que Mourelle escribe me es complicado entender, lo que saco claro es eso de que estuvo 5 días en la población, del 6 al 12 de diciembre, supongo conoció a los personajes principales de la villa: el mencionado Rul, el regidor Machuca, el alcalde en turno, Juan Antonio Santana y algunos más que ahora no recuerdo. Ahora bien, en el registro que menciono, levantado en 1809, aparece la familia Cañas en la 4a. Cuadra, no da mayor dato, intuyo es la Calle Real:

  Las letras Ca. refieren al nombre de la casa, de este modo identificaban a cada una de ellas, y la cc. refiere a los habitantes de la misma, comenzando por el padre, la madre y los hijos, seguían los sirvientes que vivían en la misma casa. Podemos identificar claramente cuándo eran españoles o criollos, a ellos se les anotaba con el Dn., Da., y D. Vemos, pues, que con Don Agustín y Doña Josefa vivía solamente su hija María. Cruel será su destino:

   "... derribó, D. Ramón Argons, que aunque logró salir del propio cuarto, lo encontró y asesinó la plebe, y quedó tirado en la calle, D. Agustín Cañas, administrador de alcabalas en Salamanca, al que acompañaban allí, su esposa, su hija y el yerno: y aunque solo la hija quedó con vida, pero desnuda y herida tan gravemente, que duró mucho tiempo su curación la casa a la que la llevaron. A todos los cadáveres dejaron enteramente desnudos, y tirados en el suelo , saqueados los tercios, que con efectos estaban depositados en aquel edificio, del que se veían salir a los pelotones de plebe con las lanzas y puñales escurriendo la sangre, y con los colchones y toda la ropa, que sacaban muy ensangrentada" (3).


Fuentes:

1.- APSH, Libro de Bautismos, españoles, 1780-1786 f.35v

2.- Rionda Arreguín, Isauro. Testimonios sobre Guanajuato. Gobierno del Estado de Guanajuato, 1989, p.136

3.- Liceaga, José María. Adicciones y Rectificaciones a la Historia de México, edición facsimilar, México 1985. p.156-157

  Y como la vida sigue, en este caso específico, seguía, en 1814 es nombrado como Administrador de Alcabalas para ocupar el cargo que dejó vacante don Agustín Cañas, a Francisco de Paula Bernal, según documento AGN General de Parte/ Gobierno Virreinal/ Vol. 821/ Exp. 17/ f.13v.

sábado, 19 de enero de 2019

Alimentación festiva en el México virreinal del siglo XVIII.

   Desde que comenzó el siglo XXI la comida se posicionó al grado de volverse moda tal o cual cosa, al grado de que en los folletos y promociones turísticas la comida es algo de importancia vital para disfrutar en un viaje, más allá de la necesidad de comer, se dice ahora de tener una experiencia gastronómica. Ni que decir de los cada vez más numerosos programas de televisión o canales en redes sociales enfocado al buen comer. Y como todo tiene una historia, aquí una breve y sustanciosa historia que nos refiere al comer en el México del siglo XVIII:

    “El calendario litúrgico de la iglesia católica marcaba el ritmo de la vida cotidiana con numerosas piezas religiosas que la población debía guardar celosamente. En la mayoría de estas festividades, la sociedad capitalina desplegaba toda su creatividad culinaria, convirtiendo la comida casi en una ofrenda religiosa. En sus preparaciones afloraban sabores y colores que en muchos casos eran reflejo de la pervivencia de costumbres prehispánicas y que resurgían en esos especiales momentos de convivencia pública. 
   El día de muertos era, tal vez una de las principales festividades de la época. Se preparaba en los hogares un gran banquete en honor a los difuntos, se cocinaban aves, corderos y masas como el “pan de muerto”, que se hacía especialmente para las ofrendas que se ponían en las iglesias; no se fabricaba en las panaderías sino que era elaborado por indias cuya producción vendían en puestos de la plaza mayor.
   El día de muertos se compraban frutas y flores como ornamentación y las mujeres se esmeraban preparando originales dulces. La familia visitaba los cementerios y por la noche se reunía en el hogar para rezar y hacer vigilia; solo al día siguiente todos disfrutaban de los alimentos ofrendados a los difuntos, cuya visita a las casas se producía, según la creencia, a partir de una invitación implícita al dejarles aquellos platillos que más les habían gustado en vida. La ofrenda tenía, por un lado, la intención de compartir y entrar en comunión con los difuntos, pero a la vez éstos eran acogidos y alimentados para que velaran por la vida de sus familiares; con este fin, en la época se acostumbraba que las señoras se regalaran “unas a otras la ofrenda, con el título de que no se las lleven los muertos”.

   La navidad también era una fiesta para compartir alimentos especiales. Incluso en los hospitales, donde la comida era frugal y sencilla, en esas fechas se cocinaban postres y bizcochos para acompañar el chocolate. En las posadas, luego de rezar algunas oraciones, se iniciaba un festín, al mismo tiempo que los muchachos salían a pedir dinero, dulces y bizcochos en las tiendas y tabernas.
   En todas las fiestas los dulces eran infaltables, ya que eran el medio de propiciar en las personas una energía desbordante para el regocijo y la alegría. En las celebraciones del Carnaval, Semana Santa, Pascua de Resurrección, Corpus Cristi, Purísima, Noche Buena o del santo patrono, se horneaban panes dulces, tortas y marquesote, y se preparaban tablillas de chocolate, piloncillo, marquetas de azúcar, buñuelos, atole de dulce y charape, vino fermentado de frutas y miel.
   En una sociedad marcada por la religiosidad la comida festiva venía a adquirir el carácter de ofrenda: era un medio de dar gracias por lo recibido y retribuir con regocijo. La búsqueda del éxtasis colectivo llevaba a manifestaciones públicas que incluso fueron consideradas en la época como señales de desorden, liviandad y barbarie. Las festividades se manifestaban en las calles y cumplían la función integradora de los individuos, aunque para los más pulcros eran como grandes festines “profanos”.

   En los días antes de cuaresma, cuando se organizaba el llamado Carnaval, la ciudad entraba en un estado de liviandad y excesos, uno de los cuales era la costumbre de arrojarse entre las personas semillas comestibles, almendras, alverjones, cebada, anises, etc. En cuaresma existían los llamados paseos, más aceptados por las autoridades, los que se realizaban en los canales desde el barrio de Jamaica hasta Ixtacalco; numerosos puestos de comida y pulquerías se instalaban en los alrededores y en las trajineras la gente se divertía al son de la música.
   En definitiva, la comida actuó en el siglo XVIII como un elemento que invitaba a la convivencia entre los habitantes de la ciudad. En sus fiestas y diversiones la comida sirvió de expresión de las mismas. En la comida afloraba la identidad de sus habitantes, que eran más bien identidades diversas, ya que la capital era una urbe muy visitada y enormemente poblada para la época. Los indígenas, los españoles y los mestizos probablemente sentían, en un plano inconsciente, que la comida festiva les ayudaba a recordar sus orígenes, sus tierras, sus hogares y sus cocinas.

Fuente:

Quiroz, Enriqueta. Del mercado a la cocina, la alimentación en la Ciudad de México. En Historia de la vida cotidiana en México. Tomo III. FCE. México 2012. pp. 38-39.

jueves, 17 de enero de 2019

Algo sobre el crisol de razas que formaron la sociedad de la Nueva España.

  Agregamos un capítulo más al estudio que, desde hace mucho tiempo vengo haciendo sobre la época virreinal. En este caso es un breve extracto de otro de los grandes clásicos que forman la biblioteca que aborda el tema, escrito (como tantos otros) originalmente en inglés, viene de la pluma y exhaustivo estudio de Irving A. Leonard en su Época barroca en el México colonial. Vemos:

   “Otro sector de esta sociedad neomedieval, predominantemente blanca, aun cuando incluía mestizos e indios, era el clero. Desde la conquista del siglo XVI este elemento eclesiástico había aumentado rápidamente en número e influencia a medida que la iglesia ganaba riquezas y poder. La presencia constante de un gran número de naturales paganos y cristianizados a medias parecía justificar el creciente grupo de clérigos que a mediados del siglo XVII constituían ya una fracción considerable de la población total. Las fuerzas de la iglesia se dividían entre los sacerdotes seculares encargados de administrar los sacramentos y de excitar el retorno de los naturales al paganismo, y las órdenes religiosas, como la de los franciscanos, dominicos, agustino, jesuitas y otros, cuyas tareas eran principalmente las de educar y hacer prosélitos entre los indígenas. Al extinguirse el fervor de la cruzada conquistadora y al establecerse condiciones de vida menos épica, las disputas jurisdiccionales y las diferencias doctrinales tomaron el lugar de su entusiasmo primero entre estos eclesiásticos. La adquisición de tierras y la existencia de tan rica fuente de material humano de trabajo constituido por los dóciles neófitos indígenas aumentó rápidamente las riquezas de la iglesia. Los conventos y monasterios pronto se extendieron por todo el país, en particular en las zonas más populosas. Estas instituciones desviaron a hombres y mujeres jóvenes de ocupaciones más productivas y atrajeron una corriente constante de clérigos de España que solían ocupar los niveles más altos de la jerarquía eclesiástica. El número de sacerdotes, frailes y monjas era desproporcionado para las necesidades de la colectividad del nuevo mundo, y constituyó además una seria carga económica. Inevitablemente, esta carga recayó con mayor fuerza sobre la explotada población indígena.

   Cuando el arzobispo-virrey, fray García Guerra, gobernaba, se decía que los franciscanos sostenían 172 conventos y casas religiosas, los agustino 90 y los dominicos 69, a las cuales habría que añadir las pertenencias a otras órdenes. En 1611 el excesivo número de fundaciones de esta índole movió al papa Paulo Va promulgar una bula suprimiendo todos los conventos no habitados por lo menos por ocho frailes; sin embargo, se hizo poco caso a esta disposición papal. Muchas de estas instituciones acumularon grandes riquezas en tierras y otros bienes que les facilitaron empresas lucrativas con grandes utilidades de carácter capitalista. Que esta riqueza la que hizo posible la magnificencia barroca de tantos edificios eclesiásticos y la vida lujosa de tantos religiosos, cuyo número iba en aumento. Estas circunstancias inevitablemente llevaron consigo el relajamiento de los ideales de las reglas y de la ética religiosa, tan notoria durante la época barroca y aun después.

   La época barroca fue testigo de abundante actividad misionera en las frontera s de la nueva España, del establecimiento de escuelas y también de otras muchas realidades que testifican ahora el celo evangélico del clero. Desgraciadamente estas aportaciones positivas estuvieron más que compensadas por la laxitud moral y el parasitismo que afligían a muchos establecimientos religiosos. En toda la américa española, así como en la misma España, las reglas de muchas órdenes religiosas se relajaron tanto que numerosos miembros del clero vivían extramuros del convento manteniendo familias ilícitas en casas particulares. Los conventos de mujeres ofrecían cómodo refugio a gran número de hijas incasables que podían pasar su vida en hermosos claustros rodeadas de regalo y servidas por criadas propias o esclavas. Esta ociosidad no siempre condujo al decoro apetecido y el encierro permanente hizo a veces que brotaran abiertamente las antipatías. Las fricciones entre los huéspedes oriundos de distintas provincias de España, entre peninsulares y criollos, y entre individuos de diferentes clases sociales a menudo generaron el calor suficiente para causar incidentes indecorosos. Las querellas acerca de la elección de guardianes y superiores solían tomar proporciones tan violentas que las autoridades estatales se vieron en la necesidad de intervenir. Particularmente molestas para los virreyes y sus edecanes fueron las rivalidades de las órdenes religiosas, las cuales con muy poca de la piedad y contemplación de la otra vida que sugieren los votos, se disputaban el poder y la influencia en los asuntos de las universidades y aun en los de instituciones de índole más mundana.

   Otros elementos humanos más entraron en la mixtura blanca, aumentando sus complejidades. Existe la tendencia a suponer que la política restrictiva de la corona española facilitaba la emigración a hacia las colonias a nacionales calificados, excluyendo a los otros europeos. Los registros de las licencias proporcionadas a los pasajeros que embarcaron para las indias revelan claramente la presencia de italianos, flamencos, alemanes, austriacos, griegos, irlandeses y aun holandeses e ingleses en las travesías atlánticas de barcos mercantes y galeones. Al declinar el imperio español, haciendo a sus posesiones de ultramar más vulnerables a los ataques de la piratería, los ministros del rey, para modernizar las fortificaciones y mejorar la minería y otras industrias, autorizaron el envío de artesanos adiestrados, metalúrgicos, ingeniero y otros técnicos, la mayoría de los cuales no eran españoles. Así, italianos, falmencos, franceses y algunos otros, en muchos casos con más celo y vocación para el martirio en las misiones fronterizas que el clero español o criollo, recibieron subvenciones con ese propósito y fueron trasladados a América. La política restrictiva de España respecto a la migración se originó en un prejuicio religioso y no anti extranjero. El requisito básico para el traslado era, para los europeos no españoles, que fueran católicos ortodoxos.

Fuente:

La época barroca en el México colonial. Irving. A. Leonard. FCE, México, 2004. 74-78

lunes, 14 de enero de 2019

Confirmando que Arredondo y Redondo fueron los mismos apellidos en la época virreinal en Salamanca, Gto.

  En Salamanca y Valle de Santiago Arredondo es un apellido común y muy difundido, somo varios cientos, tal vez miles, los que lo llevamos. Sé que por otros rumbos lo hay, como en Culiacán, Sinaloa; seguramente lo habrá por más lugares.

  Siendo ese mi nombre siempre me ha interesado saber de él. Una de las primeras cosas que aprendí al estudiar esta suerte de genealogía o, tan solo, el origen de las palabras y los consecuentes apelativos (a sabiendas que en la Edad Media la gente no llevaba apellido alguno), los apellidos fueron surgiendo como gentilicios, al usar el "de" tal o cual sitio para identificar a una persona, al poco sus características físicas se comenzaron a usar, así su estatura (Chaparro), que su complexión (Gordillo) que su tono de piel o cabello (Moreno) (Rubio), que un animal (Cordero) o ave (Garza), o anatomía (Costilla), u objeto -regularmente arquitectónico- como Torre, Puente, etc., etc., etc.

  En el caso específico de mi apellido, Arredondo, su evidente origen es algo que tiene esa forma, la forma redonda... recuerdo hace muchos años, cuando cursaba la primaria, que solían hacer la típica broma infantil de referirme como Acuadrado... lógica pura.

  El origen del apellido está en la Cantabria, al norte España, allí existe un pueblo llamado justamente Arredondo, allí vivió (asumo que en el siglo XV) un personaje llamado don Mateo de Arredondo pero, para no fantasear, esa es otra historia y no cabe aquí.

  El punto está en los documentos que recientemente encontré en el archivo parroquial, esto, para ponernos en contexto, confirma algo que publiqué en torno al origen del apellido en esta parte del Bajío, pues, de acuerdo a montones de registros que vi, en el siglo XVII aparecen varios Redondo y ningún Arredondo en la zona... el más antiguo sería un Martínez Redondo... creo Martín era el nombre de pila. 

  En el artículo de marras, dije que el apellido de mi familia fue, originalmente, Redondo, y que al paso del tiempo, dada la caligrafía y/o (buen o mal) entendimiento del padrecito que hacía las funciones de escribano en la parroquia local, igual escribía (o entendía) el apellido como Redondo o Arredondo... y así pasó y así fue... ahora lo compruebo con estos registros que comparto.

  Vemos el caso de un Andrés Francisco, casado con María Josefa de Tena, apadrinando en diferentes ocasiones, y noto que igual se le refiere como Redondo que como Arredondo, con ello concluyo que la tesis que hice en el artículo que puedes leer aquí, está en lo correcto.