viernes, 12 de octubre de 2018

El reino de los muertos. Un texto clásico de Walter Krickeberg.

  “En la editorial alemana de Eugene Driedich existe la colección Die Märchen der Wetliteratur, 'Mitos y leyendas de los pueblos'. Por encargo de esta casa, el conocido americanista Walter Kirckeberg inició en los años veinte el estudio de las leyendas de los más importantes pueblos y tribus de la américa latina. En 1928 apareció la primera edición de dicho trabajo, que fue publicado en la ciudad de Dusseldorf, por lo que este tesoro se dio a conocer en Europa antes que en la misma américa. La edición alemana sirvió al FCE como modelo. Y es un trabajo que podrá continuarse en el futuro con investigaciones semejantes”. (Prefacio del mismo libro.)

  “Lo que dijeron y supieron los naturales antiguos y señores de ésta tierra, de los difuntos que se morían, es que las ánimas de los difuntos iban a una de tres partes. La una es mictlán, el infierno, donde estaba y vivía un diablo que se decía el “señor del inframundo” [Tzomtémoc] y una diosa “Señora del inframundo” y esposa de aquel. Las ánimas de los difuntos que iban al infierno son los que morían de enfermedad, ahora fuesen señores o principales, o gente baja. El día que alguno se moría, varón o mujer o muchacho, decían al difunto echado en la cama, antes que lo enterrasen: “¡ho hijo! Ya habéis pasado y padecido los trabajos de esta vida; ya ha sido servido nuestro señor de llevaros porque no tenemos vida permanente en este mundo y brevemente, como quien se calienta al sol, es nuestra vida. Hízonos merced nuestro señor que nos conociésemos y conservásemos los unos a los otros en esta vida y ahora, al presente ya os llevó el dice’ señora del inframundo y, ya os puso por su asiento, dios que se llama “Señor del inframundo” y la diosa que sé por qué todos nosotros iremos allá, y aquel lugar es para todos y es muy ancho, y no habrá más memoria de vos. Ya os fuisteis al lugar oscurísimo que no tiene luz, ni ventanas, ni habéis más de volver ni salir de allí, tampoco más habéis de tener cuidado y solicitud de vuestra vuelta. Después de haberos ausentado para siempre jamás, habéis ya dejado a vuestros hijos, pobres y huérfanos y nietos, ni sabéis como han de acabar, ni pasar los trabajos de esta vida presente. Nosotros allá iremos a donde vos estaréis antes de mucho tiempo…”.

   Y luego los viejos ancianos y oficiales de tajar papeles cortaban y aderezaban y ataban los papeles de su oficio, para el difunto y después de haber hecho y aparejado los papeles tomaban al difunto y encogíanle las piernas y vestíanle con los papeles y lo ataban. Después tomaban un poco de agua y derramabanla sobre su cabeza diciendo al difunto: “esta es la de que gozasteis viviendo en el mundo”; y tomaban un jarrillo lleno de agua, y dábanselo diciendo: “Veis aquí con que habéis de caminar”; y poníanselo entre las mortajas y así amortajaban al difunto con sus mantas y papeles y atábanle reciamente. Además daban al difunto todos los papeles que estaban aparejados, poniéndolos ordenadamente ante él. Diciendo: “veis aquí con que habéis de pasar en medio de dos sierras que están encontrándose una con otra”. Además le daban al difunto otros papeles diciéndole: “veis aquí con que habéis de pasar el camino donde está una culebra guardando el camino”. Le daban otros papeles diciendo: veis aquí con que habéis de pasar a donde está la lagartija verde”. Además decían al difunto: “veis aquí con que habéis de pasar ocho páramos”; y más daban otros papeles diciendo: “veis aquí con qué habéis de pasar ocho collados”. Además decían al difunto: “veis aquí con que habéis de pasar el viento de navajas”, porque el viento era tan recio que llevaba las piedras y pedazos de navajas. Por razón de estos vientos y frialdad quemaban todas las petacas y armas y todos los despojos de los cultivos, que habían tomado de la guerra, y todos los vestidos que usaba. Decían que estas cosas iban con aquel difunto y en aquel paso le abrigaban para que no recibiese gran pena. Lo mismo hacían con las mujeres que morían, puesto que quemaban las alhajas con que tejían e hilaban, y toda la ropa que usaban para que en aquel paso las abrigasen del frío y viento grande que allí había, y el que ningún acto tenía, sentía gran trabajo con el viento de este paso. Además hacían al difunto llevar consigo un perrito de pelos bermejo, y al pescuezo le ponían hilo flojo de algodón. Decían que los difuntos nadaban encima del perrillo cuando pasaban un río del infierno que se nombra Chiconahuapan (nueve veces río)…

  Solamente después de pasados cuatro años el difuntos e va a los nueve infiernos donde está y pasa un río muy ancho y allí viven y andan perros en la ribera del río por donde pasan los difuntos nadando, encima de los perritos. Dicen que el difunto que llega a la ribera del río arriba dicho, luego mira el perro y si conoce a su amo luego se echa nadando al río, hacia la otra parte donde está su amo y le pasa a cuestas. Por esta causa los naturales solían tener y criar los perritos. Más decían, que los perros de pelo blanco y negro no podían nadar y pasar el río, porque dizque decía el perro de pelo blanco: “yo me lavé”; y el perro de pelo negro decía: “yo me he manchado de color prieto, y por eso no puedo pasaros”. Solamente el perro de pelo bermejo, podía bien pasar a cuestas a los difuntos y así en este lugar de los nueve infiernos, se acababan y fenecían los difuntos…

Fuente:

Krickeberg, Walter. Mitos y leyendas de los aztecas, incas, mayas y muiscas. FCE. México, 1988, pp. 34-36

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