miércoles, 10 de octubre de 2018

Algo sobre el chocolate en tiempos virreinales…

  En algún momento, en este ya largo (3500+ entradas) hablamos [o escribimos] sobre el chocolate y aquello que describió el irlandés (supongo que de pelos rojos) Gage, que vio en algún sito de Chiapas, tal vez en la catedral o templo de San Cristóbal... lo del y/o lo anoto porque no sé si entonces era o no catedral… el punto está en que se habla del consumo del chocolate (lo puedes ver aquí). Esta vez veremos más sobre las ideas que había en torno a la bebida en tiempos virreinales… habrá que anotar que una cosa es lo que pensamos en nuestros días, y otra lo que era el mundo y las ideas en el siglo XVII o XVIII, especialmente lo relacionado con la iglesia, que en todo estaba presente, incluso en las comidas y las bebidas, veamos:  [un lector me aclara que Thomas Gage era de origen inglés.]

   “La popularidad del chocolate también aumentaba en España a pesar de ser una bebida cara y de calidad desigual porque sus ingredientes venían de lugares lejanos y con frecuencia llegaban descompuestos a su destino. En años difíciles o cuando los barcos que transportaban el producto se perdían en el mar, el cacao escaseaba, se disparaban los precios y muchos comerciantes le incorporaban ingredientes de dudosa naturaleza para hacerlo rendir. En 1636 Antonio de León Pinelo publica en Madrid Cuestión moral. Si el chocolate quebranta el desayuno eclesiástico. El texto recoge la opinión de diferentes autoridades, todos ellos médicos de cuerpos y almas, y confirma que en pleno siglo XVII los conceptos de nutrición, dieta, salud y enfermedad vigentes en España y sus colonias americanas son todavía premodernos, a pesar de que en Inglaterra y otros lugares del norte de Europa comienzan a evolucionar como parte de los albores de una verdadera revolución científica. A mediados del siglo XVIII Thomas Willis (1621-1673), miembro fundador de la Royal Society of London, así como otros médicos contemporáneos, comienzan a hablar del proceso de la digestión como resultado de la fermentación de los alimentos, no de su conocimiento como lo continuaba proponiendo la medicina tradicional. Se empieza a decir que, como resultado de los “fermentos” naturales de la tierra, las semillas se transforman en plantas. Una fermentación posterior provocada por el hombre transforma los granos y frutos de esas plantas en pan, cerveza y vino, y luego, con la ayuda de los jugos gástricos el proceso continúa en el sistema digestivo. El cosmos es todavía una cocina, pero ahora equipada con una asombrosa tina de fermentación, y el cuerpo humano contiene copias en miniatura de ese equipo. El nuevo esquema tardó en divulgarse porque, como es común en esos casos, el viejo paradigma se resiste a morir y no se vuelve súbitamente obsoleto. Los cambios profundos que apenas se inician en el norte de Europa están lejos de afectar el contenido de los textos que León Pinelo publicara en España en 1636.

  Tomado con moderación y adaptado a la complexión de los diferentes bebedores, León Pinelo confirma que el chocolate beneficia la salud y remedia todo tipo de males. El autor, que dicho sea de paso nunca viajó a México ni conoció el chocolate en su tierra de origen, cita a otro médico novohispano, Juan de Barrios, e insiste en las bondades derivadas de la combinación de ingredientes que entran en su preparación de acuerdo con el “humor” dominante de la persona. Los hombres y mujeres sanguíneos son risueños y amables; como tienen calor deben atemperar ese exceso bebiendo el chocolate en agua, tibio o frío. Los flemáticos son tranquilos y gordos, de carnes muy blandas, buenos para dormir y lentos para enojarse; como sueñan con agua fría, granizo y nieve, les conviene el chocolate caliente, tanto como les fuera posible; con los coléricos sucede lo contrario: su “humor” es la bilis amarilla, caliente y seca; son “un poco altos”, de complexión delgada, cabellos rubios o bermejos, cara medio amarillosa y se enojan con facilidad; de ordinario andan con sed, padecen de calor y sueñan con pendencias (disputas) y fuegos; para nivelar su espíritu deben preparar su chocolate en agua o atole tibio, con azúcar y poca canela. Las personas melancólicas resultan ser poco favorecidas por la vida: son feas y mal encaradas, padecen de almorranas y ventosidades, duermen mal y sueñan con muertes y otras cosas tristes; como se irritan con facilidad -¿quién no se irrita al padecer tantos males?- deben tomar su chocolate sin chile, que por ser caliente destempla el ánimo, y añadirle ingredientes de buen olor para mejorar su disposición.

   Bien administrado el chocolate conviene a todos, incluso a la gente “ociosa”. Este término, lo mismo que otras huellas poco delimitadas de un pasado distante, intriga y desconcierta al mismo tiempo, pues su propia indefinición se traduce en lecturas diferentes. El ocio es la madre de todos los vicios y en buen español, ociosa es la persona que no hace nada. Pero también existe un ocio amable y creativo que practican quienes se “deleitan” en desarrollar un esfuerzo real, aunque no rindan beneficios materiales porque no se llevan a cabo con las manos. Es el caso del chocolate que proporciona vida en forma de placer, esto es, una satisfacción que no debe confundirse con la felicidad, aun cuando se relacione con ella. El placer es solo el índice de una condición temporal de satisfacción, en tanto la felicidad es un estado constante o duradero de satisfacción total o casi total. La voz “deleite” tiene una tercera connotación, esta vez relacionada con el placer voluptuoso. Este tema preocupó a teólogos y moralistas desde los inicios del cristianismo. 

[…] Mil años después los moralistas aun preguntan al médico si el chocolate, bebida “deleitosa”, despierta “un gusto carnal” venéreo, porque si incita a la lujuria los religiosos deben evitarlo. El alegato acerca de los peligros o las supuestas bondades del chocolate resulta largo y denso, hasta que aclarada la duda, analizada la dificultad y movido el escrúpulo León Pinelo concluye que “cada uno podrá consultar con su confesor o con su conciencia”. La medida es prudente y razonable, y a pesar de algunos reparos deja, cuando se invoca una causa apropiada, un resquicio o margen de libertad suficiente para tomar o no tomar chocolate en fechas restringidas sin violentar la norma eclesiástica correspondiente.


  La norma del ayuno eclesiástico conservó su validez, los aficionados quedaron satisfechos al poder invocar razones personales válidas para justificar el uso de la bebida y amainó la tormenta desatada por una taza de chocolate. El calificador del santo oficio, celoso guardián de la ortodoxia encargado de velar por las buenas costumbres y de avalar con su firma la solidez de la doctrina moral, otorgó la licencia solicitada por el bachiller León Pinelo. La Inquisición muestra en la persona de este funcionario una cara poco usual, ajena al rigor con que se identifica la presencia del tribunal, por ser éste un asunto menor que no pone en riesgo la integridad de la fe. La opinión del padre Soria, así se llama el inquisidor, es la de un funcionario prudente, también goloso, afecto a los pequeños placeres de la vida cotidiana, buen lector e ingenioso para escribir. Un hombre, me parece, como hubo muchos en el Siglo de Oro español. Confiesa encontrar en el chocolate “provechoso sustento” y afirma que guisar (escribir) para muchos y satisfacer a todos los lectores no es fácil, pero León Pinelo “guisa” sus argumentos con tanta razón, trincha las dificultades con tal destreza y reparte sana doctrina con tanta abundancia que el libro resulta dulce como la miel. 

Fuente:

Corcuera de Mancera, Sonia. La embriaguez, la cocina y sus códigos morales. En Historia de la vida cotidiana en México. T. 2. El Colegio de México. México, 2010, pp 523-527

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