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sábado, 10 de octubre de 2020

Patrimonio afectado: La larga historia de la destrucción arquitectónica en México

   Esta historia sí que es larga, la de la destrucción en nuestro país. Cosa que no ocurrió en el mundo prehispánico pues la costumbre era levantar un edificio encima del otro, como claro ejemplo tenemos el Templo Mayor de Tenochtitlán, en el cual podemos apreciar esas capas constructivas en una suerte de agrandamiento del edificio. Este y todos los demás fueron destruidos durante la Conquista y la sobreposición que siguió no fue más de edificios, sino de ideas; aunque, en buena parte si se sobrepusieron, claro ejemplo lo tenemos en Cholula con un templo católico encima de un templo prehispánico. (En la foto: Templo Mayor, detalle visto desde la Plaza Gamio.)

   Temblores e inundaciones entraron en acción, templos, conventos y, seguramente, la obra civil se vinieron abajo o quedaron imposibles de usar por los efectos naturales. A ello agregamos las envidias y celos, los abusos de unos y otros y, cuando ocurre la expulsión de los jesuitas su nutrido patrimonio entro en deterioro, algunos inmuebles como los templos y colegios, fueron traspasados y mantenidos hasta nuestros días, pero muchas de sus 120 haciendas cayeron en el abandono y poco a poco se desmoronaron, poco quedó de esa riqueza arquitectónica y patrimonial. (Hacienda de San José Cieneguilla)

   A esto siguió una larga etapa de inestabilidad política y económica que inicia con la independencia y continúa por varias décadas hasta que, en 1860 se proclaman las Leyes de Reforma con su consecuente secularización, del basto patrimonio que la Iglesia poseía, unos inmuebles entraron en remate, otros derribados, una nueva oleada de pérdida patrimonial se sumó a esta  historia. (La poco que queda del Convento Grande de San Francisco en CDMX.)

   Entrado el siglo XX ocurrió otra pérdida patrimonial, por un lado los asaltos, saqueos, incendios, entre otras cosas, destruyeron algunos templos y muchas haciendas de campo, la puntillada final llego en la década de los treinta cuando Cárdenas proclama la expropiación de las haciendas y fincas de campo, si bien se estipuló respetar la casa grande y repartir lo que propiamente eran las tierras de labor, muchas fueron invadidas, segmentadas y, ante los costos que implicaba el mantenimiento de esas monumentales construcciones, se fueron desmoronando poco a poco hasta desaparecer o quedar apenas cimientos y alguna que otra pared. (Ex Hacienda Manduano, Apaseo el Alto, Gto.)

   Y si el reparto agrario de 1936 provocó la pérdida patrimonial de las fincas de campo, el sismo de 2017 hizo lo propio con el patrimonio que quedaba por los rumbos de los volcanes, el Popo y el Iztla, afectando templos y conventos del rumbo.

  "Las condiciones del patrimonio histórico y arqueológico de Morelos, uno de las cinco estados más afectados con el sismo del 19 de septiembre, “son críticas pero recuperables”, afirmó Isabel Campos Goenaga, titular del Centro INAH Morelos, donde se han identificado al menos 300 inmuebles dañados, incluidos los 11 monasterios de la Ruta de los Conventos, que forman parte de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1994.

   El sismo fue muy fuerte en todo el estado, hemos detectado que la mayoría de monumentos tiene un nivel de afectación que puede variar entre pequeñas grietas, aplanados que se han caído, y son muy aparatosas, pero también daños estructurales, sobre todo en monumentos religiosos, donde hay problemas en campanarios; por el peso de las campanas y el tipo de temblor se cayeron las espadañas o algunas cúpulas, que cayeron todas o alguna se rompió el tambor y se insertaron en la bóveda”, señaló.

   En el caso de los conventos reconocidos por la Unesco y que se dañaron, Campos dijo que “todos tienen afectación”. Se trata de un conjunto arquitectónico compartido con Puebla que incluye 11 edificios en territorio morelense: el de San Mateo Atlatlahucan, de La Asunción en Cuernavaca, Santo Domingo Hueyapan, Santo Domingo Oaxtepec, Santiago Apóstol Ocuituco, La Natividad en Tepoztlán, San Juan Bautista en Tetela del Volcán, San Guillermo Totolapan, San Juan Bautista en Yecapixtla, Santo Domingo Tlayacapan y La Inmaculada Concepción en Zacualpan de Amilpas. (Fundación ILAM)

El martes, 18 de Septiembre de 2018, INAH informaba que: “A casi un año de los sismos del 7 y 19 de septiembre, la Secretaría de Cultura, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ha realizado una titánica labor en la recuperación del patrimonio cultural afectado por estos fenómenos naturales, que se traduce en la restauración y entrega de más de 450 inmuebles.

Actualmente se intervienen más de 747 y la próxima apertura de nuevos frentes de obra en más de mil 240 edificaciones, con proyectos ya elaborados y los expedientes ingresados a las respectivas fuentes de financiamiento. Asimismo, se tiene un avance de 95 por ciento en la atención de las 42 zonas arqueológicas afectadas.

El primer movimiento telúrico, del 7 de septiembre, dañó el patrimonio cultural de Oaxaca, Chiapas y Tabasco, mientras que el del 19 causó daños en Puebla, Estado de México, Morelos, Guerrero, Ciudad de México, Tlaxcala, Hidalgo y Veracruz. El resultado, en ambos caso, fue la afectación de 2 mil 340 inmuebles con daños diversos, así como de más de 5 mil piezas de bienes muebles e inmuebles por destino. (Seguir leyendo.)
















sábado, 5 de septiembre de 2020

De cuando los filipenses tomaron el Templo de la Profesa

  No olvido aquello que, cuando comenzaba a organizar lo que publicaría en este espacio, en este Bable, me dediqué a navegar por varias docenas de blogs que me indicaran el modo, la forma, de comunicarse a través de ese novedoso sistema, novedoso porque eso ocurría en 2008, hace 12 años, ahora son más bien pocos los blogs que sobreviven (que sobrevivimos) creo son los que tienen contenido profundo pues los que no lo tenían, aquellos que contaba el día a día de su creador, migró al Vlog, con v y yo sigo en el Blog, con b…es mucha la diferencia, pero el tema de hoy no es ese, sino recordar aquello que uno de esos blogeros de hace doce años escribía que andaba por el Centro Histórico de CDMX, vagando, pues estaba concibiendo su tesis (tema habitual entre los blogeros de entonces, con b); de pronto escribe palabras más, palabras menos, esto: “caminaba por no sé qué calle, por donde está un templo… sí un templo más…”. Eso me hizo imaginar las muchas veces que paseaba por una de esas calles y pasaba frente a un templo y la frase, mejor dicho, la idea que me generó, me hizo buscar entre mis libros el dato: son 84 los templos que hay en el Centro Histórico de la CDMX, encontré en uno de esos libros que Bancomer regalaba de Navidad a sus buenos clientes y ahí se gestó una de las varias ramas que conforman la temática en El Bable.

  Y como doce años no son poca cosa, más cuando las lecturas se van acumulando por cientos, ahora ya ni busco blogero alguno, sino me voy a la raíz de la información, lo que se llama la fuente primaria y ahí encuentro cosas soberbias, como lo que hoy comparto, que es el documento emitido, tres años después de la Expulsión de los Jesuitas, cuando se decide entregar a los padres del Oratorio, el templo que fuera la sede principal de la Sociedad de Jesús, el templo contiguo a su Casa Profesa. Tiempo en el que se elimina el escudo del IHS y se colocan las tres estrellas, representativas del Oratorio de San Felipe Neri, los oratorianos. En las dos primeras imágenes vemos la torre, en una, y el altorrelieve central, en la otra, que formaron parte del Oratorio original y que, sea por los temblores que por las inundaciones y la falta de mantenimiento, estaba en malas condiciones y el virrey en turno decide darles el templo Real de San José a los filipenses. Veamos:

   "El Señor Virrey, los Ilustrísimos Señores Arzobispos y Visitador General, y los Señores don Domingo Valcarcel, don Antonio Joaquín de Rivadeneira y don José Antonio de Areche, durante la quinta unta, procedieron de acuerdo con los informes dados en la junta anterior, a analizar el destino de los inmuebles [que eran de los Jesuitas] de la siguiente manera:

Casa de la Profesa: considerando que la Congregación de Filipenses tiene en total deterioro, causado por el terremoto del 4 de abril de 1768, todo el edificio e iglesia de su oratorio, situado en la calle de San Felipe Neri, se estimó que esta Congregación podría utilizar provisionalmente el edificio de la Casa de la Profesa, bajo las siguientes condiciones: 

1°.- Deberá entenderse la aplicación únicamente de las viviendas de los expulsos de la iglesia con sus retablos y demás adornos fijos, derecho a muebles, alhajas, memorias, rentas y letras.
2°.- No se ampliará la extensión del edificio ni aumentarán las rentas con los padres filipenses pasen a ocuparlo. Queda prohibido fundar congregaciones y cofradías y permitir subsistan las del Salvador y Buena Muerte que habían fundado los Jesuitas.
3°.- Esta congregación se llamará Real de Filipenses y quedará bajo el Real Patronato de Su Majestad la Casa Profesa, y su Iglesia, con el título de San José el Real.
4°.- El número de integrantes de esta Congregación no excederá de treinta.

5°.- En caso de permitir la extensión de la Casa Profesa, se hagan viviendas para cuarenta individuos de las que sobraran diez de las necesarias para los integrantes de la Congregación, por lo que queda obligada a admitir en ellas, más las que hubiere desocupadas de las treinta, a los sujetos de cualquier estado que quieran hacer sus ejercicios espirituales; a los ordenados que el diocesano enviare con el mismo fin y a los eclesiásticos que enviare en calidad de recluso, todos ellos contribuirán para su manutención.
6°.- Los mismos padres enseñarán moral e historia eclesiástica, explicarán el catecismo a los ordenados e instruirán al clero de la capital de México, sin impedir que otros cuerpos realicen las mismas actividades.
7°.- Los padres Congregantes deberán cumplir con las memorias que la junta les señale adictos a la Iglesia que se les destina.
8°.- En virtud de que quedará extinta la Congregación del Salvador que estaba encargada del hospital de locas situada en la calle de la Canoa, queda al cuidado y asistencia de los padres congregantes, y la administración de las rentas la realizará el mayordomo nombrado por el vicepatrono.

9°.- La Congregación expulsada deberá ceder de su Oratorio las alhajas, los utensilios del culto y adorno, así como los de uso personal con el terreno y edificio al Real Hospital y cuna de niños expósitos que para su establecimiento quedará a disposición del ilustrísimo Señor Arzobispo, y específicamente del Real Patronato.
10°.- Se comisionó al fiscal don José Antonio de Areche, para que se dejen en la Casa Profesa únicamente los ornamentos ordinarios y vasos sagrados que sean indispensables al servicio de la Iglesia.
11°.- Los cuadros de la historia de San Ignacio que se hallan en los claustros, el patio principal de la mencionada Casa Profesa, permanecerán en el mismo lugar.

12°.- De los libros que compone la biblioteca y los hallados en los aposentos de los jesuitas, se separan los que se consideren inconvenientes hasta que la junta resuelva su destino; se dejará a la Congregación las obras necearías al desempeño de sus obligaciones y los restantes a la Universidad de esta capital, excepto las obras que ya tenga aquella.
13°.- A fin de dar destino al sobrante de los fondos de cada una de las Congregaciones que tuvieron los jesuitas, se pide al comisionado un extracto de las rentas y cargos de ellos, obras pías y casa de locos y el estado de sus respectivos fondos.
14°.- La colgadura de terciopelo carmesí galoneada de oro que se halló en la Casa Profesa se cederá al templo de Nuestra Señora de Guadalupe, a petición de la Insigne Colegiata de esta imagen. 


Fuente:

AGN. Gobierno Virreinal. Real Junta (099). Vol. UNICO, ff. 16-21. Noviembre 27 de 1770.

miércoles, 15 de julio de 2020

Las complicaciones que hubo en el manejo de las propiedades jesuitas luego de su expulsión

  Como suele ocurrir, las ideas se dividen con el caso de los Jesuitas, unos a favor y otros en contra. Estos segundos se basan en teorías de conspiración, que si el anticristo, que si los de Venecia, que si la masonería. Pero en ese tema no entro, lo que sí me interesa, como bien lo dijo el maestro Víctor Rico González, este tema tiene “importancia no sólo para la historia general de México sino también, y muy especialmente, para su Historia social y económica”

  En lo que hoy comparto son extractos que hago de una carta que envía el virrey don Antonio María de Bucareli al conde de Aranda, Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximenez de Urrea, en la que, a 5 años de la expulsión de los padres jesuitas, nos deja ver las dificultades que la Junta de Temporalidades enfrentaba en la administración de las propiedades que la Compañía tuvo en Nueva España. Como la carta es de un Virrey a la persona de las confianzas del rey Carlos III, es bastante larga, razón por la cual hago el extracto en el que verá, entre otras cosas, lo que pasaba entonces con las muchas haciendas confiscadas.

Excelentísimo Señor.

   Muy Señor mío: Entre los embarazos políticos que detienen no poco los primeros pasos del gobierno y la multitud de graves asuntos que oprimen el de estos vastos dominios, procuré descubrir, luego que me encargué del mando, el estado de las temporalidades ocupadas a los jesuitas expatriados, en el firme concepto de que es uno de los objetos más dignos del benigno celo de nuestro Soberano, por lo que se interesa el servicio de Dios y causa pública, y en el de que un manejo de crecidas sumas repartido entre tantas manos, con cuya limpieza es menester contar en la mayor parte (pues no hay precauciones que alcancen), es indispensable que esté expuesto a todo aquello a que obliga a los hombres la necesidad o el deseo de riquezas.

   No pude, ni era fácil, conseguir sino una idea confusa de haberse hecho las aplicaciones de colegios y templos, y proyectádose algunas grandes e importantes obras y destinos, y por medio de dos decretos que proveí para que se me informase sobre los puntos que indicaron, me instruí de que la oficina que rige y tiene en movimiento y arreglo las administraciones de un número crecido de fincas urbanas y rústicas, es la dirección que creó mi antecesor, donde se reciben y examinan las cuentas de los comisionados de los colegios y administradores de las fincas que les están inmediatamente subordinados; pero sin fianzas unos y otros, por la casi invencible dificultad de hallarse sujetos que con tal gravamen se encarguen de las administraciones, por la que hay en el Reino de hallar fiadores, aún para manejos menos arriesgados.

   Arzobispado y Obispado de Puebla, excepto en éste, el Colegio del Espíritu Santo y de los de esta Capital, si no es el de la Casa Profesa entregado a los filipenses, permanecen cerrados todos, perdiéndose lastimosamente por la falta de ambiente y humedad salitrosa cavidad del terreno. Los de los otros obispados están aplicados por las juntas subalternas; pero falta que califique la superior de aplicaciones.

   Los ornamentos, vasos sagrados y alhajas de las iglesias, se hallan todavía sin aplicación, porque aunque se ha hecho de los de algunas a los establecimientos ideados, ha sido indefinidamente, con la cláusula de lo que pareciere necesitar cada uno, y viéndose muy de lejos el efecto de sus destinos, recelo que cuando llegue, nada se encuentre de los ornamentos y demás que no se puede conservar guardándose. Con la misma indiferencia y peligro se halla la aplicación de las bibliotecas, que permanecen aún sin uso, y resta que se expurguen y separen los libros de laxa doctrina.

  El abultado número de colegios y templos, congregaciones, obras pías y haciendas populosas que poseían los jesuitas, hizo sin duda creer que producirían grandes sumas, y sin detenerse en liquidarlas, por la larga demora y detención de las juntas que esta operación era preciso ocasionase, y no sufría el fervoroso celo de mi antecesor, dándose por supuesto que sobrarían caudales para todo, se tomó desde luego, el partido, en las primeras juntas, de aplicar las casas y templos a unos establecimientos verdaderamente magníficos e interesantes al beneficio público, como son en esta corte un Hospital General para toda clase de gentes, un Colegio para los indios del reino que quisieran dedicarse a las letras, y una casa de expósitos, a cuyos fines se determinaron el Colegio de San Andrés y casa de ejercicios, el de San Gregorio y la fábrica del antiguo oratorio de los filipenses, trasladados a la Casa Profesa.

   El tiempo ha hecho tropezar en el desengaño, de que estas grandes obras que cupieron en el celo y deseo de los vocales de la junta, es preciso que queden en su seno como entes puramente imaginarios, porque un Hospital, que como General, se destina al socorro de una plebe inmensa, desnuda y miserable cual es la de México, un colegio que debe admitir un número considerable de jóvenes nacionales que vengan de diversos lugares del reino, y mantenerlos de sustento y vestuario desde el calzado hasta el bonete, porque el genio y pobreza de los indios destierra la esperanza de que sus padres los socorran y de que haya algunos pensionistas que sufraguen, y una casa de expósitos cual necesita esa misma mísera plebe, a cuyos hijos se dedica cada una de estas obras, pide una suma excesiva sobre la que se erogará en lo material de las fábricas, para que, así dotadas, logren un sólido y perfecto establecimiento.

[…]

   No puede, como he dicho, saberse cuál sea hasta que no se formen los estados con arreglo a las declaraciones de los diocesanos, de lo conmutable e inconmutable; pero vistos en globo, o por mayor, los planes de los fondos y sus cargas dan bastante idea de que todos juntos son muy débiles para sostener los establecimientos proyectados, aún solo en esta corte, mucho más si se considera que las juntas subalternas han meditado los suyos en sus respectivas ciudades y lugares, y que es justo, como que se acerca más a la mente de los fundadores y a la real intención, y aún necesario para que no quede inútil tanto número de colegios, que se distribuya en beneficio público entre todos los pueblos dotándose los destinos de los mismos colegios.

   Aseguro a Vuestra Excelencia que este punto de enajenaciones es el que extremadamente ha fatigado mi ánimo, ya que no ha podido mi desvelo encontrarle fácil salida. Es increíble el número de haciendas de particulares que hay concursados (según se me ha informado) especialmente en los juzgados eclesiásticos y seculares de esta Ciudad y la de Puebla, que han estado mucho tiempo depositadas por no presentarse compradores, creciendo de uno a otro día los perjuicios de los interesados, porque cuando llegan a venderse, con notable baja de sus avalúos, se absorben el precio los primeros acreedores por sus principales y réditos, quedando otros muchos descubiertos.

   Esto, y el ver la poca impresión que han hecho los bandos publicados y varias propuestas para convidar postores a las haciendas ocupadas, me hacen temer que serán ineficaces todas mis diligencias. Estoy persuadido de que no faltará uno u otro para las de mayor estimación; pero dudo mucho que sea con alguna ventaja de las temporalidades. Si hubiere otros que se detengan menos en procurar las suyas, será porque quieran tomar a censo las fincas en el todo de su valor; pero como hay haciendas, y son muchas, cuya principal estimación consiste en la cría de ganados mayores y menores, y aun las que no son de esta clase, contienen muebles y semovientes de no poca importancia, ocurre la dificultad de asegurarla, y a ella se sigue la de que si los compradores quieren exhibir todo o parte del precio en contado, me hallaré en el gravísimo embarazo de no tener dónde situar estos caudales, y las temporalidades, en el infortunio de que por no producirles réditos se vayan consumiendo los principales en las pensiones alimenticias, porque las fincas de particulares en que pudieran imponerse, cargan, por lo regular, sobre sí, casi otro tanto de lo que valen, razón por la que los juzgados de capellanías y arcas de monjas tienen frecuentemente gruesas partidas de principales detenidos, sin producirles réditos, y se ven en la necesidad de darlos a los comerciantes con fiadores, exponiéndolos a los frecuentes daños de sus quiebras, y así, el único arbitrio que he pensado y propondré en la primera Junta Provincial para que se examine, es el de ofrecer al público que se darán a censo las haciendas por el rédito correspondiente a las dos tercias partes del valor de lo raíz, sin otro seguro que el de las mismas fincas, que la otra y el de los muebles y semovientes se les dejará por el mismo contrato, o por el que aquí se usa y se llama de depósito irregular; pero asegurándolo, o con otras fincas en que tengan caudal libre en sus raíces los compradores, o con buenos fiadores que hipotequen especialmente las fincas que tuvieren (examinados sus valores) y los demás bienes que gocen por hipoteca general, dejándoles abierto el camino de hacer con libertad otras proposiciones. No me lisonjeo de que este arbitrio corresponda a mis deseos; pero lo contemplo el más acomodado y a propósito para excitar número de postores y las ventajas en las ventas.

   El Director, Don Fernando Mangino, había hecho a mi antecesor, y me ha repetido sus renuncias del cargo, por un efecto de los sentimientos que he reconocido le inspiran su honor, actividad y celo por todo lo que interesa al Real Servicio, pues cuando pudiera moverle el sueldo que goza, aunque corto, a retener el empleo, me ha hecho presente el desconsuelo con que permanece en él, porque hallándose sirviendo él de Contador General interino de Reales Tributos a cuya oficina necesita destinar las mañanas, no puede asistir a la de Dirección, ni velar, por consiguiente, sobre las operaciones de sus subalternos, y recela que sea consecuencia de esta falta la poca aplicación de algunos de ellos y el atraso de los trabajos de que están encargados. Conozco el peso de las razones de su excusa; pero no me acabo de resolver a relevarlo, porque lo hacen necesario su larga experiencia, el crédito de su eficacia y ser el único que se halla completamente instruido de todas las funciones de la Dirección General.

[…]

   No se ha establecido la Junta Provincial de Enajenaciones, he instruido ya de todos los asuntos pendientes, voy a dar mis providencias para formar la, y que se continúen las sesiones de la Superior de Aplicaciones que cortó mi antecesor desde Julio del año inmediato, acaso por las diferencias que mediaron con los prelados eclesiásticos, y he resuelto nombrar por secretario de ambas juntas, sujeto de literatura, probidad y expedición,- y asignar los martes y viernes para que se celebren, e iré participando a Vuestra Excelencia lo que pueda adelantar mi deseo dirigido a llenar, si es posible, las piadosas intenciones del soberano.

Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. México, 27 de Julio de 1772.


Fuente:

Documentos sobre la expulsión de los jesuitas y ocupación de sus temporalidades en Nueva España (1772-1783) (formato PDF), introducción y versión paleográfica de Víctor Rico González, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Historia, 1949, pp. 92-99

lunes, 13 de julio de 2020

La expulsión de los jesuitas por alguien que la vivió

   Varios fueron los padres jesuitas que, en el exilio escribieron sobre México… cuando aún se llamaba Nueva España. Clavijero hizo su célebre Historia antigua de Méjico, La Historia de la Antigua o Baja CaliforniaDiálogo entre Filaletes y Paeófilo, De las colonias de los tlaxcaltecas, Breve descripción de la Provincia de México en el año 1767, Un ensayo titulado Physica particularis. Una disertación titulada Cursus philosophicus, Una historia en que narra las apariciones de la Virgen de Guadalupe. Un ensayo titulado Frutos en que comercia o puede comerciar la Nueva España. El padre Zelis escribió el Catálogo de personajes. El padre Andrés de Guevara y sus Pasatiempos o entretenimientos familiares de cosmología acerca de la disposición del universo. Andrés Calvo y su Historia civil y política de México. El padre Miguel Venegas y su Noticia de la California. 

   Quien hoy nos ocupa es el padre Francisco Javier Alegre que en su Historia de la Compañía de Jesús describe con estas palabras el episodio de la expulsión:

   El 25 de junio de 1767 poco antes de rayar la luz matinal se intimó á una misma hora el decreto de expulsión de los jesuitas discutido a presencia del rey Carlos III, con el mayor sigilo. Este monarca anduvo tan solícito de su ejecución que dirigió una carta autógrafa al virrey de México para que se verificase del mejor modo, y que pudiera llenar sus deseos, la cual existía en la secretaria del virreinato.

   Para que el golpe se diese simultáneamente y se evitasen conmociones de los pueblos que amaban cordialmente á los jesuitas, se tuvo presente en el consejo privado del rey la carta geográfica de ambas Américas; midiéronse las distancias de todos los lugares donde había colegio de jesuitas, el tiempo que gastaban los correos, y se tuvieron presentes hasta las menudas más circunstancias conducentes al intento, con achaque de levantar las milicias provinciales del reino que resistieran una invasión enemiga como la que acababa de sufrir la Habana, habían venido varios regimientos veteranos de España conocidos por el pueblo de México con el nombre de Gringos, y la organización de los nuevos batallones se había confiado á buenos generales, como el teniente general Villalba, el marqués de la Torre, el marqués de Rubí, y Ricardos; así es que en México había entonces una gran fuerza capaz de contener cualquier asonada. Era provincial de la Compañía en la provincia de México el padre Salvador de la Gándara, que á la sazón estaba en Querétaro de vuelta de la visita de los colegios de Tierradentro, y venia tan satisfecho del arreglo en que los había encontrado y dejaba, que aseguraba no haber tenido en ellos que reprender ni reformar cosa alguna.
La intimación del decreto de expulsión se hizo á los jesuitas en la Casa Profesa de México por el fiscal de la real audiencia D. José Areche, y notificado el padre prepósito con toda la comunidad presente, rezó con ella el Te Deum. El comisionado dispuso que se consumiese el copón de las sagradas formas para inventariar y ocupar los vasos sagrados. Entonces el padre ministro Irágori preguntó si alguno de los jesuitas presentes quería comulgar, y luego todos los padres presentes y aun los legos ó coadjutores se arrodillaron y recibieron la sagrada Eucaristía. Este acto de religión sublime conmovió al comisionado, y cierto que debía producir este efecto, principalmente si iba prevenido contra aquellos religiosos, pues además de la pureza de sus conciencias, manifestaba que todas aquellas víctimas estaban de antemano dispuestas á tamaño sacrificio.

   Quedaron desde este momento los jesuitas presos en sus colegios de México y las avenidas de las calles tomadas con tropa y cuerpos de guardia. Salieron de México para Veracruz el día 28 de junio en coches; pero escoltados de no poca tropa. Hicieron alto en la villa y santuario de Guadalupe, y el visitador D. José Gálvez, honrado después con el título de marqués de Sonora, les permitió entrar en dicho santuario. Este magnate regentaba la expedición con bastante calor. En aquella iglesia hicieron los últimos y más fervientes votos por la felicidad de un pueblo que los idolatraba; multitud de este los rodeaba derramando copiosas lágrimas que no podía restañar la severidad del gobierno ni de sus satélites, y casi llevaba en peso los coches. Como el camino de Veracruz no era entonces todo de ruedas, tuvieron que cabalgar muchas veces ó que andar á pie largas distancias; trabajos á la verdad insoportables principalmente para los ancianos y enfermos. Su llegada á la villa de Jalapa parecía una entrada de triunfo, aunque mezclada con amargura; calles, ventanas, azoteas y balcones se veían llenos de toda clase de gentes que bien mostraban en sus semblantes lo que pasaba en sus pechos: necesitóse que la tropa que escoltaba á aquellos expatriados se abriera paso á culatazos por en medio de la mucha gente.

  Llegados que fueron á Veracruz aquel puerto insalubre quitó la vida en pocos días á treinta y cuatro. El 24 de octubre se embarcaron para la Habana, pues hasta entonces hubo competente número de barcos que los condujeran. Los demás que se hallaban en las misiones de Tierradentro fueron después llegando á aquella ciudad paulatinamente. A los cuatro días de navegación se levantó un temporal tan deshecho que dispersó el convoy y estuvieron á punto de perecer. El 13 de noviembre llegaron á la Habana casi todos á una hora, menos un Pailebot que llegó á las ocho de la noche del mismo día.

  Era gobernador de aquella isla el Baylío D. Frey Antonio María Bucareli, que después fue nombrado virrey de México, jefe lleno de virtudes que los trató con la consideración y humanidad que formaba su suave carácter. Los expulsos semejaban unos esqueletos estropeados de la navegación y abrumados de pesares. Hospedáronse en el convento de padres Betlemitas, y en su iglesia se sepultaron nueve: á los convalecientes se les trasladó á una casa de campo contigua á la ciudad. Reembarcáronse para Cádiz en 23 de diciembre y fondearon allí el 30 de marzo: al siguiente día se les trasladó al puerto de Santa María, reuniéndose en un hospicio hasta cuatrocientos jesuitas. El padre provincial Gándara que navegaba en la barca Bizarra, fue impelido por una tormenta á la costa de Portugal, y por poco perecen en unos arrecifes.

   A mediados de junio del siguiente año se les reembarcó para Italia, dejando muertos en el puerto de Santa María, quince. Partieron en convoy para la isla de Córcega con indecible incomodidad por la estrechez de los buques, no menos que por la aspereza con que fueron tratados por los jefes de aquellas embarcaciones en la mayor parte.

   Era moda entonces mostrarse crueles con los jesuitas |y detraerlos desvergonzadamente. Llegados á los puntos de Italia que se les designaron, se distribuyeron en varios colegios, en los que guardaron su instituto, hasta que en 10 de agosto de 1773 por medio de dos monseñores se intimó en Roma en el colegio de Jesús al padre general Lorenzo Ricci el breve de extinción. Igual diligencia se practicó en los otros lugares con los rectores por los comisionados del papa. A los de América se les intimó que no podrían regresar á su patria: este fue para ellos un golpe muy más sensible que los infortunios pasados hasta entonces. Dióseles una ratera y vilísima cantidad para sus alimentos de los fondos de sus rentas llamadas temporalidades, que ocupó el rey con prepotente mano, en las que creyó hallar un inmenso tesoro, que todo se volvió sal y agua, porque sus agentes no tenían los conocimientos de los jesuitas para manejarlos con acierto, ni tampoco los veían como cosa propia. Distribuidos los jesuitas así españoles como americanos en Bolonia, Roma, Ferrara y otras ciudades escribieron obras muy luminosas quo admiraron á la Europa, tanto más, cuanto que eran en ella tenidos por frailes de misa, panza y olla. Recordaré con placer los ilustres nombres de Alegre, Abad, Clavijero, Landívar, Cavos, Maneiro, Lacunza, Márquez, y otros cuya idea trae como correlativa a sabios dignos de la inmortalidad y de mejor suerte.


Fuente:

Alegre, Francisco Javier. Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España. Tomo III. Imp. J.M. Lara. México, 1842, pp. 301-306


miércoles, 1 de julio de 2020

24 de junio de 1767: La Expulsión de los Jesuitas

Uno de los episodios más dramáticos que hay en la Historia de México es, creo yo, la expulsión de los Jesuitas, cosa que ocurre el 24 de junio de 1767, Jueves de Corpus y es eso de lo que hoy abordamos, apoyándonos en el libro de José Mariano Dávila Arrillaga, del cual hago los siguientes extractos del capítulo correspondiente al mencionado episodio:

   En efecto llegado el día 24 de Junio de ese año, se citó al caer la tarde á las autoridades expresadas, al Capitán de la Acordada, al mayor de plaza y sin duda también á los jefes de los regimientos que estaban en México, para que sin demora ni que se divulgase aquel importante secreto estuviese pronto el auxilio de la fuerza armada para aquella ejecución: se llamó además al único dueño de imprenta que entonces había en la Capital, que lo era el Presbítero D. José Hogal, á quien se detuvo como arrestado en una pieza distante, para que sin imponerse del asunto de que iba á tratarse, se tuviese á mano para la impresión del Bando que debía publicarse el día siguiente.

  Reunida ya la junta, bien avanzada la noche se abrió el último pliego, y leído delante de los concurrentes se procedió al nombramiento de los individuos que debían de pasar á intimar el decreto á las cinco casas que tenía la Compañía en la Capital. 

   El marqués de Croix, hombre sumamente ignorante en derecho, tanto cuanto servil y ciego en obsequiar las órdenes de la Corte, le impuso silencio con su acostumbrado: "Así lo manda el Rey mi amo, y así se ha de cumplir". Replicó el Decano con la misma firmeza que antes, negándose resueltamente á ser instrumento de aquella iniquidad; lo que irritando más al Virrey le impuso arresto allí mismo, pena de la vida, frase de ese tiempo, hasta el día siguiente que estuviese ya cumplida la disposición del Soberano. Siguióse el nombramiento interrumpido, señalándose otro individuo para la casa Profesa: se dieron las instrucciones necesarias según lo prevenido de la Corte para aquel acto, se extendió la minuta del Bando, y llamándose al Pbro. Hogal, lo llevó el Virrey delante de un balcón, diciéndole estas palabras: "este Bando se imprime ahora mismo en la casa de V. bajo el concepto de que si se divulga su contenido antes de su publicación el día de mañana, lo mando ahorcar en este mismo salón:" palabras que dichas por aquel terrible Virrey, muy capaz de hacer lo que decía, de tal suerte amedrentaron al dicho Presbítero, que se asegura, que él mismo imprimió, tiró los ejemplares pedidos, deshizo la planta, y llevó al Virrey los impresos antes de la hora asignada, de paso diremos, que el grande concepto que se tenía de la integridad del Sr. Valcárcel y el debido aprecio á sus luces y servicios, le sirvieron de escudo en esta ocasión, en que mucho se temió por su tenaz resistencia en obedecer el decreto de extrañamiento de los Jesuitas, si no por su vida, á lo menos por su desgracia en la Corte y la pérdida de su empleo; pero no fue así, sino que posteriormente recibió nuevos honores y gracias, entre otras, el título de Consejero de Indias, la jubilación con todo el sueldo y retención de sus comisiones, en el caso de que no quisiese admitir, como en efecto no admitió, el empleo de Regente que entonces se creó, sustituyéndose al de Decano de la Audiencia.

   Prosigamos la historia. Según parece la tropa estaba sobre las armas durante ese tiempo: así es que al aviso del Mayor de plaza se fueron apostando varios piquetes, algunos hasta de doscientos hombres en las boca calles que conducían inmediatamente á las casas de los Jesuitas, llevando además un dragón montado en cada uno de ellos, para que diesen parte de cualquiera novedad á Palacio, con la prevención de que fuesen al paso sin correr. Entre tanto permanecieron el Virrey, el Arzobispo y los demás vocales que no habían sido nombrados para la ejecución, en espera del resultado.

   Llegados los comisionados á cada una de las casas con su respectivo piquete, llamaron pronta y violentamente á la puerta, diciendo que abriesen de orden del Rey; y abierta que fue, apoderándose del portero, ocupó la tropa el campanario, entradas interiores de la iglesia, puertas regulares ó falsas y otros lugares que creyeron convenientes: en seguida previno el comisionado se llamase por el mismo portero al Superior de la casa, para convocar por su conducto a la comunidad. La ocupación de la Casa Profesa, igual en todo a la de las demás casas, la describe un testigo ocular en estos términos: "El comisionado regio para intimar el decreto en la Casa Profesa, fue el Fiscal de la Audiencia de Manila, D. José Antonio Areche, el mismo que acababa de residenciar con un desusado rigor al marqués de Cruillas, anterior Virrey: luego que se le presentó el P. Prepósito José Utrera, le preguntó por el P. Provincial, é informado de que se hallaba en la Visita, pero que probablemente en ese día estaría en Querétaro, se dio parte inmediatamente al Virrey, y sin esperar su respuesta le intimó que reuniese á la comunidad, no á toque de campana sino ocurriendo á los aposentos, con la prevención de que se reunieran al lugar que acostumbraban para los actos religiosos; prevención que se hizo en todas las demás casas, de que tenemos noticias. 

   Eran las cuatro de la mañana, hora en que dejaban los Padres el lecho; y así es que muy pronto, por medio de los Despertadores se reunieron todos en la capilla interior, (que era puntualmente la que servía en el que después fue Oratorio de S. Felipe Neri, para la fiesta solemne en la salida de Ejercicios). Reunidos allí se les leyó el decreto del Rey intimándoles el destierro de sus dominios; y aunque todos sin excepción manifestaron sin ninguna réplica su pronta y fiel obediencia, se les ordenó que la suscribiesen de propia mano, todos y cada uno. Estaba muy avanzada esta operación, cuando uno de los presentes hizo notar que en esa Capilla estaba el depósito de la Santísima Eucaristía; á cuya observación atónito el comisionado, lleno de reverencia á lo sagrado del lugar, se excusó con religiosas palabras, de que ignorando lo santo del lugar, hubiera ejercido en él actos judiciales: admitieron todos aquella piadosa excusa, disculpándose igualmente de que sorprendidos de la novedad y como se les previno que acudiesen al sitio donde se reunían á sus actos religiosos, ninguno hasta entonces lo había advertido.

  Aumentóse entonces la amargura interior de los Jesuitas, pues al mismo tiempo se les previno que sacando de la capilla los ornamentos y vasos sagrados se destinase aquel lugar para la guardia de la tropa que había acompañado al comisionado: "Dolor profundo, dicen las memorias de donde tomamos esta relación: dolor profundo fue para nosotros que en aquella capilla en que tantos años había sido venerado el Dios escondido en las especies Sacramentales, como en su real gabinete, dando grata audiencia á sus privados y amigos; por la tarde después de haber servido de cárcel á los Jesuitas, ya era cuartel de soldados, para comer, beber y jugar, profanada con toda especie de libertinas chocarrerías."

   Hízose en efecto de aquel modo prudente: salieron todos los colegiales con el menor estrépito posible en los tres días asignados: en la noche del 27 pasaron secretamente los Padres al Colegio máximo, y el 28 á la madrugada el P. Parreño al convento del Carmen en calidad de arrestado, para rendir allí sus cuentas, providencia que se hizo extensiva en los demás Colegios y casas dé la Provincia, á todos los que habían tenido a su cargo el manejo de los intereses. Salidos todos los Jesuitas residentes en México el día 28 y los siguientes, se ocupó el Colegio por el Regimiento de Flandes el que desocupando los mayores salones para cuadras, los libros de su rica Biblioteca fueron arrojados unos a la calle y otros encerrados en una bodega baja y húmeda; y como es costumbre en los soldados, de tal suerte maltrataron el edificio, que como dice un escritor contemporáneo, todo S. Ildefonso presentaba el aspecto de un real tomado, y saqueado por el enemigo. A su tiempo se verá lo que se dispuso respecto de este Colegio.

  El 25 de Junio en la noche le fue notificada por un Comisionado real la pragmática sanción por la que Carlos III desterraba á los Jesuitas de todos sus dominios, advirtiéndole de paso, que no se le había hecho saber aquel mismo día en la madrugada como se le tenía mandado, en razón de que siendo la octava de Corpus, en que se celebraba una función solemnísima en la Iglesia, se hallaba el pueblo lleno de gente de los lugares inmediatos, lo que podría dar ocasión á algún motín si llegaba á traslucirse la noticia de su expulsión. El P. Arce respondió que él y sus súbditos estaban dispuestos á obedecer rendidamente la orden del soberano, y á salir del Colegio cuando y del modo que se les previniese. 

   Después de la intimación del Decreto, los Jesuitas quedaron presos en la Casa Profesa y demás Colegios, sin permitírseles ninguna comunicación exterior, con guardia en cada una de las casas, menos en S. Ildefonso, y repartidos varios vivaques en las calles inmediatas para contener cualquiera manifestación hostil del pueblo que rodeaba las casas de los Jesuitas, dando gritos de dolor por su pérdida, ritos que llegaban á oídos de los arrestados, que oyéndose nombrar muchos de ellos por lo conocidos que eran por sus limosnas á los pobres, hacían un eco dolorosísimo en los corazones de todos, aunque sin hacerles perder aquella virtuosa tranquilidad que habían manifestado cuando se les intimó el decreto. Entre tanto las familias acomodadas, de las que muchas contaban miembros en la Compañía, otras maestros, y todas casi, directores y amigos, trabajaban con el Visitador D. José de Gálvez, que regenteaba con el mayor calor la partida, para que ya que no se les permitía despedirse personalmente de ellos, no se les negase auxiliarlos para su largo viaje, proporcionándoles todos los alivios que en aquellas tristes circunstancias exigían la piedad, la gratitud, el amor y liberalidad, virtudes tan propias en todos tiempos de los mexicanos. Como debía suponerse que el viaje hasta Veracruz se iba á disponer se hiciera caminando todos los Padres en cabalgaduras, sin excepción de edad ni condición, suplicaron al Visitador, que á lo menos hasta adelante de Puebla, donde terminaba en esa época el camino carretero, se les concediese ir en coches, á cuyo efecto todos los particulares ofrecieron los suyos, proposición que fue obsequiada, así como las demás, si no por compasión de parte de los perseguidores, á lo menos por temor de las consecuencias que podían resultar de un semejante desaire.

   La salida de los Jesuitas de México ha sido referida en estos términos: "Llega el 28 de Junio, y en coches mandados por particulares montan los Jesuitas y emprenden el camino de Veracruz. Rompen la marcha los de la Casa Profesa, á los que sucesivamente van reuniéndose los de los demás Colegios de la capital: un doloroso clamor se escucha por todos los ángulos del entristecido suelo de México; y sus desconsolados habitantes, ancianos, mujeres y niños, cubierto el corazón de luto, reclaman á grandes gritos y piden no se les arranquen sus amigos, sus consoladores y sus padres. El inmenso gentío rodea los carruajes, que casi lleva en peso; y según las lágrimas que se derraman, parece á los Jesuitas, que han llegado ya al océano que los aguarda. Pero ellos llevan su abnegación hasta el heroísmo. Con el corazón partido de dolor, pero resignados, pero intrépidos, obedecen sin murmurar. Con la frente ceñida de la doble aureola de la ciencia y de la virtud, se ocultan á los testimonios de afecto que se les prodigan, y á las bendiciones que por doquiera les siguen: apartan los ojos para que no se enternezca su valor con el desgarrador espectáculo de los dolores y desesperación del pueblo, para que no se vean las lágrimas que les arrancan, no sus propios infortunios, sino la profunda desolación en que su ausencia va á dejar sumida una tierra regada con sus sudores y fecundizada con sus ingenios y sus inmensos trabajos De esta suerte, casi sofocados por la muchedumbre, que en tristes y repetidas voces nombraba ya á este, ya al otro y ya á muchos de los Padres que allí caminan; ya recordando los particulares ó generales beneficios que de sus manos han recibido; ya lamentando su pérdida; ya testificando, en fin, lo eterno de su gratitud y lo invariable de su memoria, llega el ilustre escuadrón de los proscritos al santuario de Guadalupe, que entonces se hallaba en el antiguo camino de Puebla, y donde se les había permitido entrar por unos breves momentos.—Descienden los Jesuitas de los coches, y se presenta otra nueva escena de llanto á ellos y la multitud que los acompaña. Entran al templo donde se venera la augusta Madre de Dios, que también se ha querido llamar Madre de los mexicanos; y postrados ante la hermosa imagen objeto del más tierno culto de todo corazón americano, imploran su protección, se despiden de ella, y hacen los últimos y más ardientes votos por la felicidad de un pueblo que los idolatra y los llora... Los ojos todos de la multitud se fijan en ellos; pero los suyos no se apartan de la divina pintura á la que habían ya levantado aras en la Europa á la que elevarán nuevas en los lugares donde van á residir, y a la que contemplan como la estrella que les servirá de consuelo y guía en su larga peregrinación por ásperos caminos y procelosos mares. __Salen por fin del santuario, con los rostros humedecidos de lágrimas, aunque llenos los corazones de consuelos, aquellos respetables religiosos, y prosiguen una marcha á cada paso más y más dolorosa pues cuanto les escita el agradecimiento de las finas demostraciones del pesar público, les agrava la pena y el dolor de ir perdiendo de vista á los que los seguían con el corazón y con el alma. Continúan su camino siempre con iguales muestras de sentimiento de parte de los pueblos pues como los Jesuitas misionaban con frecuencia en todos por pequeños que fueran, por doquiera eran conocidos, estimados y objeto de veneración."

   En Puebla se reunieron á los Padres de los Colegios de esa ciudad á quienes también facilitaron carruajes sus vecinos, y todos juntos sin dárseles mayor descanso salieron para Veracruz, quedando once enteramente inutilizados para caminar, repartidos en varios hospitales con la misma condición que los detenidos en México, entre ellos dos dementes, el estudiante Joaquín Castro, y el Coadjutor Antonio Lozano, que fueron trasladados á San Roque: había igualmente un sacerdote que se hallaba en el mismo caso, el P. Juan Ramírez pero, ó no se creyó su locura, ó gozaba en esos días momentos lúcidos, por lo que marchó con los demás, y según entendemos fue este quien tuvo un trágico y escandaloso fin en la Habana.

La entrada de los Jesuitas en Jalapa pareció como de triunfo, aunque mezclado con amargura: las calles, ventanas, azoteas y balcones estaban llenos de toda clase de gentes, manifestando en sus rostros más tristeza que curiosidad: el gentío en las calles fue tan inmenso, porque sin duda á la noticia de su salida había ocurrido mucha gente de los Pueblos inmediatos, que la tropa que escoltaba á los expatriados tuvo que abrirse paso á culatazos, porque todos querían verlos y despedirse de ellos: de Jalapa pasaron adelante: pero como allí terminaba en ese tiempo el camino carretero, prosiguieron la caminata en cabalgaduras de toda clase, tanto por el gran número de los desterrados, como por la precipitación con que se dispuso su marcha: así es que unas bestias iban en pelo, otras estaban llenas de mañas, las había insoportables por su paso, y las mejores no pasarían en sus arneses de las usuales de los moradores de esos Pueblos, que no son los más aventajados jinetes de nuestro país.

   La caminata, en consecuencia, fue molestísima para unos hombres acostumbrados á la vida de los Colegios; ancianos enfermizos, jóvenes delicados, y personas que disfrutaban de las comodidades compatibles con su pobreza religiosa: muchos no tolerando la andadura de las bestias por aquellos sitios ásperos y pedregosos, hicieron la mayor parte del camino á pie; otros caían frecuentemente á tierra, y á más del golpe sufrían graves contusiones: atendiendo, en fin, al pésimo estado que guardaban entonces los caminos nuestros, puede decirse que aquellas veinticinco leguas de uno á otro punto, fueron las más penosas que tuvieron que atravesar los Jesuitas en su largo camino terrestre hasta Italia. Por fin llegaron á Veracruz, y allí se fueron reuniendo los Jesuitas de los demás Colegios de la Provincia; mas no los de las Misiones, que llegaron con mucha posterioridad, como diremos después ascendiendo el número de los detenidos en ese lugar insalubre y en la peor época del año, á más de cuatrocientos: solamente quedaron en Querétaro el P. José Zamora y en Guatemala el H. Martin Barroso, anciano decrépito. De lo ocurrido en ese puerto hasta el embarque, de los en él detenidos, para la Habana y posteriormente para Europa, hablaremos después de referir lo que pasó en las Misiones.


Fuente:

Dávila y Arrillaga, José Mariano. Continuación de la Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España del padre Francisco Javier Alegre. Tomo I. Imprenta del Colegio de Artes y Oficios. Puebla, 1888, pp. 287-306

sábado, 20 de junio de 2020

La Congregación de la Buena Muerte en la Compañía de Jesús

  Desde los comienzos de la Compañía de Jesús, incluso en la etapa de estudiantes parisinos, los nuevos religiosos se centraron en tres ministerios apostólicos: las visitas a hospitales (de un modo especial cuando estaban repletos de enfermos a causa de una epidemia o peste); la atención espiritual a los encarcelados y la asistencia social entre marginados. Con motivo del aumento de la credibilidad y el prestigio de los jesuitas las circunstancias posibilitaron que muchos de los nuevos religiosos fuesen requeridos a los pies de los enfermos y moribundos para ayudar a bien morir (ars moriendi), tan popular desde la Edad Media, cuando lo más importante es ayudar a bien vivir, dado que cada uno cosecha lo que siembra y no da lo mismo vivir de una forma o de otra. La “obsesión” del momento histórico que nos ocupa era la salvación eterna.

   No es de extrañar que los jesuitas fundasen la Congregación de la Buena Muerte. El fin de la cofradía era la unión de la propia muerte con la de Cristo y por ello fomentaban la frecuencia de sacramentos para bien vivir. Sus comienzos los hallamos hacia 1600 en Venecia, cuando reunían los viernes de cuaresma a los fieles ante el Santísimo expuesto durante cinco horas para meditar sobre la Pasión y Muerte del Señor. Esta devoción se extendió por ciudades y regiones con normas establecidas por Clemente VIII en su breve Quacumque a Sede Apostolica (7 diciembre 1604). En la capilla correspondiente se hacía referencia iconográfica a las muertes humanas y santas como son la Dormición de la Virgen y la Muerte de San José.

   Años más tarde, la Congregación de la Buena Muerte fue fundada en Roma por el M. R. P. Vicente Caraffa (1646-1649), séptimo General de la Compañía de Jesús, y establecida en la Iglesia del Gesù bajo el título de “Congregación de Jesucristo Nuestro Señor en la Cruz y de la Bienaventurada Virgen María, su Madre Dolorosa”; fue el 7 de octubre de 1648. Se la empezó a llamar vulgarmente Congregación de la Buena Muerte por el fin a que se orientaba, que era procurar que sus socios se prepararan a una santa muerte (en estado de gracia) mediante la continua meditación de la Pasión de Cristo Nuestro Señor con sermón del director y la práctica de una santa vida sin olvidar la confesión y la comunión.

   Los patronos primarios son Jesús Crucificado agonizante en la Cruz y la Santísima Virgen de los Dolores al pie del Calvario. Los Secundarios son San José, Patrono de la buena muerte, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena.

   En 1649 se formó la Congregación masculina “reducida” o “secreta” de treinta y tres sujetos. Posteriormente pasó a setenta y dos. El 21 de agosto de 1665 el Papa Alejandro VII concedió a la Congregación de la Buena Muerte algunas indulgencias aplicables a las almas del purgatorio. El 23 de septiembre de 1729, y vistos los abundantes frutos de virtud y santidad que la congregación producía, el Papa Benedicto XIII, (1724-1730) mediante la bula Redemptoris nostri (1729) dio status jurídico a la Cofradía de la Buena Muerte erigida en la Casa Profesa de Roma, designada “Primaria”, enriqueciéndola con nuevas indulgencias, concediendo al P. General de la Compañía de Jesús la facultad de erigir en las iglesias de la Orden nuevas congregaciones de la Buena Muerte, agregarlas a la Primaria de Roma y otorgarles todas sus indulgencias. León XII (1823-1829) concedió el privilegio de poder erigirlas en cualquier iglesia, aunque no fuera de la Compañía de Jesús.

   Finalmente Pío X (1903-1914) la enriqueció con nuevas gracias en 1911. El mecanismo era el siguiente para erigir la Congregación había dos posibilidades: a) en las iglesias de la Compañía, la facultad de erigirla competía al P. General. El encargado de cursar las peticiones podía ser el P. Socio o Secretario del P. Provincial; b) en las iglesias no pertenecientes a la Compañía de Jesús correspondía al obispo de la Diócesis, lo que podía hacer por sí mismo, o por medio del P. General de la Compañía. El sacerdote encargado de la iglesia donde se quería erigir la Congregación, debía dirigirse al Prelado, solicitándolo y acompañando un ejemplar de los Estatutos o Reglas por las que la Congregación había de regirse.

   La Compañía de Jesús contó con famosos predicadores, entre los que podemos destacar los siguientes: Carlo A Cattaneo, Giuseppe M. Prola y Giuseppe A Bordón en Italia, o Domingo García en Sevilla.

   Los confesores jesuitas no dejaban de lado la cuestión testamentaria y el cuidado de la familia, aunque procuraban evitar toda implicación en estas cuestiones. De hecho las Constituciones prohíben a los jesuitas inmiscuirse en los “negocios seglares” de las últimas voluntades. No podían aceptar la consideración de testamentarios o procuradores de asuntos civiles, pero sabemos que esta disposición fue incumplida o fue concedida licencia en casos como el testamento de Magdalena de Ulloa en el que ella misma vio en los jesuitas los que ofrecían los medios mediante las disposiciones de misas y obras pías celebradas en sus propias iglesias o atendidas y vigiladas por ellos para conseguir el fin que se pretendía.  

Fuente:

Alcalde Arenzana, Miguel Ángel. La Compañía de Jesús: el Cristo de la Buena Muerte y la primera Cofradía de la Orden.

viernes, 12 de junio de 2020

El reparto de algunos objetos litúrgicos de los jesuitas novohispanos luego de una década de la expulsión

   Es sorprendente, como lo vimos en el anterior artículo, la cantidad de objetos valiosos que fueron dejados por los jesuitas en todos sus templos, colegios, casas y haciendas por todo el país, que entonces era el virreintato de la Nueva España y dentro de él comprendía varios establecimientos que hoy día están en territorio estadounidense. 

  Al tener acceso a los cientos de libros que contienen todos los inventarios que están a buen resguardo en AGN y ver los mencionados inventarios nos deja impactados de saber, en cantidades, cuánto oro, plata, perlas y piedras preciosas había en sus recintos. Es igual de sorprendente al pasar de hoja en hoja leer lo que fue de esos objetos: algunos robados, otros vendidos, otros “desaparecidos” (que es lo mismo que robados solo que, de los desaparecidos no hay rastro, de los robados sí –en algunos casos-), muchos rematados, y otros confiscados… algunos fueron regalados, como es el caso de lo que hoy nos ocupa.

 Ciudad de México, 1° de junio de 1776

   José Antonio de Areche, comisionado de Temporalidades, entrega a Teodoro Martínez, cura de la iglesia de la Santa Veracruz, ornamentos y alhajas confiscadas a los jesuitas. Se incluyen una casulla bordada de plata, candeleros de plata, un escritorio de China maqueado y dorado, blandones de plata, un relicario de filigrana de plata y ornamentos. 

   El mismo comisionado entrega a Manuel Rodríguez de la Rea, capellán de la iglesia del Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, candeleros, un relicario, una cruz, flores, patenas, platillos, vinajeras todos de plata sobredorada. El mismo comisionado entrega ornamentos y alhajas a Juan de Sopena, presidente de la iglesia y colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, entre los que se encuentran ornamentos bordados con oro y plata, un copón de oro cincelado, atriles y candeleros. Del altar de la Doctrina de la Santísima Trinidad, entrega un cáliz y una patena de oro, ciriales de plata cincelada, un ornamento de glasé de plata y una guarnición de plata. De la congregación de El Salvador, entrega un relicario de oro con esmeraldas, resplandores de oro con perlas y esmeraldas, corporales y manteles bordados con oro. A la parroquia de Ocoyacac se le entrega un cáliz con patena y una cucharita de plata cincelada, purificadores y ornamentos; a la de San Martín Otzoloapan, una casulla de Italia con guarnición antigua de plata; a la de San Pedro de la Cañada de Querétaro, una casulla de persiana con labores de plata y un galón de oro; a la de la Señora Santa Ana, una casulla con flores de oro, diez candeleros de madera plateados, dos de plata y diversos ornamentos; a las parcialidades de Santiago y a la capilla de la cárcel de la parcialidad de San Juan, un cáliz de plata cincelada con su patena y ornamentos; a la parroquia de Xilotepec, una casulla con guarnición de oro y otros ornamentos.

    Antonio de Areche, fiscal de la Real Audiencia entrega al cura de la parroquia de Santa Catalina Mártir ornamentos y alhajas, que pertenecieron a los jesuitas. Se consignan casullas bordadas con flores de plata y oro, un cáliz, platillo, vinajeras, blandoncillos, una custodia, atriles, palabrero, todos de plata, y una imagen de la Virgen de la Concepción con diamantes. A la iglesia parroquial de Santo Tomás se le entregan ornamentos con adornos de plata, un copón, un crucifijo, un incensario, una naveta con cuchara, ciriales, cálices, todos de plata, así como un viso bordado con oro y plata; al colegio de Niñas San Miguel de Bethlen, vinajeras y plato de plata, tela de plata con guarnición de oro y diversos ornamentos; al convento de Carmelitas Descalzas, cuatro candeleros de plata de una vara de alto con escudos grabados; a la iglesia de San Miguel Arcángel, una casulla bordada con plata y oro, un copón de oro cincelado, candeleros, blandones, atriles, un frontal, todos de plata, un sagrario, un nicho de alabastro, un crucifijo de marfil y otros objetos para oficios religiosos; a la iglesia de Santa Cruz Acatlán, ornamentos diversos, un copón, un cáliz, un relicario, una vara de estandarte e un incensario, todos de plata; al oratorio de San Felipe Neri de Querétaro, casullas con guarnición de plata y oro y cálices de plata cincelada; a la Catedral Metropolitana, un cáliz de oro guarnecido de diamantes y rubíes; a la iglesia del Señor San José, una casulla de tela de oro con adornos de plata, candeleros de plata y otros objetos para el culto; a la iglesia de Salto del Agua, ornamentos, un copón, una custodia, un cáliz, un platillo, una vinajera y ciriales, todos de plata; a la iglesia de San Antonio de las Huertas, candeleros, un copón, un relicario, todos de plata y una casulla con galón de oro y otros ornamentos diversos; a la iglesia de San Pablo, una casulla con flores de oro y objetos para el culto; a la iglesia de San Sebastián, una casulla bordada de plata, candeleros de plata y ornamentos diversos; a la parroquia de Santa Cruz, una casulla bordada con flores y galón de oro, candeleros, un cáliz, vinajeras, un plato, campanillas y un frontal, todos de plata, y otros objetos para el culto; a la iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia, una casulla con punta de oro y diversos ornamentos; al convento de La Piedad, dos candeleros de plata; al convento de Santa Teresa la Nueva, un relicario en un forma de custodia y frontal, todo de plata. (1)

 Ciudad de México, 9 de enero de 1776.

   Descripción de objetos y enseres de la Casa Profesa, presentada por Francisco Antonio de Vizcaya, entregados a diferentes instituciones y personas a partir del 6 de octubre de 1767 y hasta el 31 de diciembre de 1774.

   Al convento de San Francisco se le entregaron las piezas de los siete cuerpos, que componían el túmulo para honras de los Caballeros Militares, con la descripción detallada de cada uno de los cuerpos, así como de pedestales, arbotantes y estatuas de madera. Al oratorio de San Felipe Neri, lo que se encontraba en la iglesia y la sacristía, con la descripción del altar mayor y sus imágenes, esculturas y joyas de oro, plata cincelada, perlas y marfil, así como el altar de San Agustín con nicho de cristal y diademas de plata, el altar de la congregación de la Buena Muerte, un nicho de cristal con marco de plata, una cruz de carey, adornos, resplandores y una diadema de plata, el altar de la congregación de El Salvador, tallado en cuatro cuerpos, imágenes, un resplandor, una peana y una corona de plata con adornos de perlas, otros nichos con estatuas adornadas con corona de plata y piedras preciosas, imágenes de santos de madera estofada, un Cristo de marfil, altares de San Xavier, Santísima Trinidad, Nuestra Señora de Guadalupe, San Francisco, Nuestra Señora de Loreto, Nuestra Señora de los Dolores, San Miguel, la Asunción y la del Desmayo, todos con joyas de plata y vestuario adornado con oro, diademas, un resplandor, una daga, una azucena cíngulo y lámparas, todo de plata. De la sacristía se entregaron un Cristo de tamaño natural, láminas y lienzos de santos; de la capilla interior de los Tránsitos, un altar con trece lienzos pintados, la Virgen con el Niño con brazalete de oro y plata y cintillo de diamantes, esculturas de santos y lámparas de plata. Se entregaron a los padres de la congregación de San Felipe Neri telas de plata y tisú, ornamentos adornados con plata, flores y un galón de oro, custodias, cálices, una copa, un incensario y navetas, todo de plata. Se incluyen inventarios de alhajas y muebles de la Casa Profesa, entregados a diferentes personas, conventos e iglesias. (2)

Ciudad de México, 31 de abril de 1777. 

   Francisco Antonio de Vizcaya, depositario de Temporalidades, presenta una relación de los muebles y alhajas expropiados a los jesuitas y que fueron entregados a diversas personas. 

   Al licenciado Gerónimo de Montalban se le dio un candil con sus arbotantes, dos fuentes cinceladas y un platón, todos de plata; a Pedro Núñez de Villavicencio, un Cristo de marfil y un relicario de plata; a Josefa Negrete, tres matatenas de oro, dos corales, una mancuerna de plata hilo de perlas, zarcillos de oro y otros con diamantes, potencias de plata y una caja de filigrana de plata; al padre prepósito (no se menciona el nombre) de la congregación de san Felipe Neri, muebles y pinturas de diversos santos, que se encontraban en los aposentos de la Casa Profesa. (3)


Fuentes:

1.- AGN. Temporalidades. Vol. 197, exp. 1, fs. s/n.
2.- AGN. Temporalidades. Vol. 208, exp. 8, fs. s/n.
3.- AGN. Temporalidades. Vol. 208, exp. 9, fs. s/n.