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sábado, 14 de noviembre de 2020

El culto de los difuntos no terminaba en el sepulcro.

Con el presente texto termina esta suerte de trilogía sobre las costumbres funerarias que había en Oaxaca, al menos hasta la publicación de libro del Sr. Gay, hacia 1881. En la parte que hoy leeremos podemos comprobar que aquella teoría de que las celebraciones del Día de los Muertos no fue una sugerencia o imposición del Gobierno de Lázaro Cárdenas, pues ya en esta parte sur de México la tradición existía.

Además del aniversario que celebraba cada uno en particular, acostumbraban levantar en los templos, en honra de los muertos, un catafalco cubierto de velos negros, sobre los que derramaban flores y frutos y en torno de los cuales oraban: tenían también una fiesta ó conmemoración de los difuntos en común, cuyo día, por una singular coincidencia, correspondía próximamente al tiempo en que los católicos celebramos la nuestra. Se preparaban los indios matando gran cantidad de pavos y otras aves obtenidas en la caza, y disponiendo variedad de manjares, entre los que sobresalían en esta ocasión los tamales (petlaltamali), y el mole ó totomoli. Estos manjares se ponían en una mesa ó altar que no faltaba en las casas de los indios, como ofrenda por los difuntos; y llegada la noche, en torno de ella, de pie ó sentados todos los miembros de la familia, velaban, orando á sus dioses, para que por intercesión de los suyos, que suponían asistiendo á su lado, les concediesen salud, buenas cosechas y prosperidad en todas sus cosas.

En toda la noche no se atrevían á levantar los ojos por temor de que si en el momento de hacerlo estaban acaso los muertos gustando aquellos manjares, quedarían afrentados y corridos y pedirían para los vivos ejemplares castigos. A la mañana siguiente se daban mutuamente los parabienes por haber cumplido su deber, y los manjares se repartían entre los pobres y forasteros, y no habiéndolos, se arrojaban en lugares ocultos: los muertos habían extraído de ellos la parte nutritiva, dejándolos vacíos y sin jugo, y tocándolos los habían hecho sagrados.

En la actualidad, en el día de finados, se deposita en el altar que aun acostumbran en sus casas los indios, gran cantidad de frutas, principalmente calabazas y cañas de azúcar, á que se agregan algunas piezas de pan á que se da la figura de un muerto. En la noche, grupos de músicos ó de forasteros recorren las casas, y después de cantar algunas oraciones de rodillas ante cada uno de los altares, recogen y llevan consigo los dones allí colocados. Así es como una práctica, modificándose y transformándose con el trascurso de los siglos, conserva sin embargo sustancialmente su ser primitivo. Esta costumbre es la misma que tenían los indios idólatras, sino que ahora las preces y ofrendas se dirigen al Dios de los cristianos.
 
¿Qué dioses presidian antiguamente la ceremonia de los difuntos? "En este lugar, dice Torquemada, que llaman Mictlán, decían que había un dios, que se llamaba Mictlautecutli,, que quiere decir "señor del infierno,'' y por otro nombre se llamaba Tzuntenioc, que quiere decir "hombre que baja la cabeza," y una diosa que se llamaba Micecacihuatl, que quiere decir "la mujer "que echa al infierno," y ésta decían que era la mujer de Mictlautecutli y en el mismo sentido habla Clavijero y si bien ambos historiadores se refieren á los habitantes de Anáhuac en general, entiendo que sus noticias se pueden aplicar á Oaxaca, por hallarse en el país de los zapotecas el célebre palacio y subterráneo llamado Mictlán ó "infierno," por los mexicanos; pero es preciso advertir que según las leyendas que se conservan en la memoria de la Matlacigua ó Mitlancihuatl, ni ella ni Mictlantecutli tienen apariencia de haber sido divinidades de los indios.

La Matlacihua era un ser fantástico que tan breve tomaba la forma de un niño como de un coloso, y ya en figura de mujer seducía con sus irresistibles y mágicos encantos á los hombres, ó ya como gigantesca esfinge oprimía á los más valientes: era un genio malévolo cuyo destino era pervertir y dañar, resolviéndose después en humo y disipándose coma leve airecillo: es decir, el diablo de los indios. Clavijero cree que situaban el infierno en el centro de la tierra, lo que explica por qué á Mitla dieron este nombre, pues acaso imaginaron que la profunda cueva que tiene allí su entrada, conducía al oscurísimo lugar en que eternamente habitarían los malos.

También había genios buenos, ángeles tutelares de los pueblos, de los montes y de los valles, así como de los hombres, pues á ninguno faltaban estos seres protectores. Por eso hay ahora tantas cruces á la salida de los pueblos y en las cumbres y cañadas de los montes, pues los primeros misioneros levantaron ermitas y pusieron el signo de la redención en todos aquellos puntos en que se tributaba culto á esos genios que los misioneros creyeron antiguas divinidades. Antes de concluir este capítulo, daremos algunas noticias de la cosmogonía de los zapotecas y mixtecas, según se encuentra en la obra del P. Gregorio García.

Los primeros suponían que antes de los tiempos, vivían en divino matrimonio Xchmel y Xtmana, padre y madre de tres hijos, de los cuales el mayor, soberbio y presuntuoso, contra la voluntad de sus progenitores, quiso desplegar su poder creador: su orgullo quedó inmediatamente castigado: de sus manos brotaron solo vasos de barro, inútiles ó viles; siendo además su autor lanzado á los infiernos.

Los otros dos hermanos, Hunchevan y Hunavan, por no haber contrariado la voluntad paterna, pudieron crear los cielos y las plantas, el aire, el fuego y la tierra, de que después formaron al hombre y la mujer, primeros pobladores del globo. Los zapotecas distinguían perfectamente á estos seres de la divinidad suprema. Los mixtecas suponían á la tierra cubierta de agua y envuelta en las tinieblas y fingieron un dios cuyo nombre era “Un ciervo" y su sobrenombre "Culebra de león," y una diosa que tenía por nombre "Un ciervo" y por sobrenombre “Culebra de tigre," dotados ambos de figura humana, quienes con su sabiduría y poder habían hecho brotar del seno de las aguas una gran peña, sobre la que edificaron, para habitarlos, suntuosísimos palacios.

El cielo descansaba sobre el filo de una gran hacha de cobre, que estaba sostenida por el palacio de los dos dioses. De ellos procedieron por generación todos los dioses. Dos fueron sus primeros hijos, discretos y sabios en todas las artes: el uno llamado "Viento de nueve culebras'', el otro "Viento de nueve cavernas", nombres significativos del día en que nacieron. El primero se trasformaba frecuentemente en águila, elevándose y discurriendo por las alturas en rápido vuelo; el segundo tomaba de preferencia la forma de alada serpiente, siendo tan sutil que traspasaba, sin dejar huella, las paredes y las peñas

Ambos hermanos, sobre incensarios de barro, quemaron hojas de beleño molido, ofreciendo este sacrificio á sus padres; y cuando lo creyeron oportuno, saliendo de la casa paterna, cultivaron un extenso vergel de perfumadas flores y recogieron de un huerto inmediato frutos azucarados. Por sus ruegos, los dioses, sus padres, recogieron las aguas en un lugar, fabricaron el cielo, produjeron la luz é hicieron visible al mundo. Ya se habían multiplicado bastante estos dioses, cuando un general diluvio ahogó á la mayor parte. El creador de todas las cosas restauró entonces el género humano, y se pobló el reino mixteca.


Fuente

Gay, José Antonio. Historia de Oaxaca. T-1. Imprenta del Comercio. México, 1881, pp. 139-142


 

viernes, 13 de noviembre de 2020

… pero el gran panteón zapoteca era sin duda Mitla.

Se ha dicho ya, que en aquel palacio subterráneo había cuatro departamentos, de los cuales el primero era el templo de la divinidad zapoteca: ahora debernos agregar, que el segundo estaba destinado para sepulcro del sumo pontífice y sus ministros, y que el tercero era cementerio de los reyes de Teozapotlán. Cuando alguno de éstos fallecía, su cadáver era vestido con sus mejores ropas, y adornado con ricas joyas que colgaban del cuello en forma de collares, ó rodeaban los brazos como pulseras: esbelto penacho de vistosas plumas coronaba sus sienes: en el brazo izquierdo le ponían el escudo y en la mano derecha el venablo de que había usado en la guerra.

Así engalanado, era sentado en un rico asiento y llevado en hombros con gran acompañamiento de lo más noble de la tierra, desde la capital de su reino hasta el lugar de su eterno descanso. En el camino sonaban con lúgubre tono desacordes instrumentos, á cuyo eco se mezclaban los sollozos y tristes lamentos de la muchedumbre. Cuando la música cesaba, los cantores entonaban poéticas lamentaciones, publicando las hazañas y refiriendo la vida toda del monarca. Por intervalos se detenía la procesión bajo enramadas fúnebres, y en Mitla se preparaba una suntuosa pira en que se ponía y era quemado el cadáver. El último departamento tenía una puerta cerrada con una pesada losa que se levantaba en determinadas ocasiones.

Los cuerpos de las víctimas, después del sacrificio, eran arrojados allí. Los capitanes que habían perecido en la guerra, aunque el combate se hubiese librado en lejanas tierras, eran también conducidos y sepultados allí. Muchos otros, cuando estaban perseguidos por la pobreza ó la enfermedad, solicitaban del sumo sacerdote poner fin á su infortunio, penetrando en la profunda cueva que se extendía al otro lado de la puerta: la losa entonces se levantaba, y dando paso al desgraciado que buscaba allí el descanso en sus penas y las grandes ferias de sus antepasados, caía de nuevo cerrando la puerta por mucho tiempo

El infeliz indio que había entrado en tan lóbrega gruta buscando el bienestar y la dicha, quedaba en ella sepultado vivo; vagaba por algunos días en las tinieblas tropezando con huesos descarnados y cadáveres en putrefacción, aislado de todo el género humano, destituido de todo socorro, sin esperanza aún de que pudieran ser oídos sus lamentos, y en fin, desfallecido por el hambre ó devorado por venenosos insectos, él mismo perecía.

 Se dice que esa cueva corre debajo de tierra no menos de cien leguas. Burgoa entiende que no exceden á treinta y cuenta que después de la conquista, sabida su extremada profundidad por algunas personas curiosas, se propusieron reconocerla en toda su extensión. Llegado el día que señalaron, encendidas las teas, tendidos los cordeles para evitar un fatal extravío y seguidos de muchedumbre de indios, varios religiosos de Santo Domingo y personas principales de la ciudad, descendieron al palacio subterráneo é hicieron levantar la losa que cerraba la puerta de la gruta. Adelantaron algunos pasos en aquella sombría mansión de los muertos, y á la luz de las antorchas distinguieron prolongadas filas de gruesas columnas que sustentaban la techumbre.

Hubieran continuado adelante en aquellas lóbregas galerías, si el miedo importuno no les da un poderoso asalto. Pero observaron que el suelo era húmedo en extremo, que se arrastraban cerca peligrosas sabandijas y que el aire que se respiraba distaba mucho de ser puro; á esto se agregó que un golpe de viento súbitamente apagó las teas: se apresuraron, pues, todos á salir, tapiando en seguida la entrada con cal y cantos, como permanece hasta el día.

Algunos pueblos tenían su panteón particular: en medio de un valle ó en la cumbre de una colina se aplanaba un pedazo de terreno dispuesto en cuadro perfectamente orientado, á cuyos lados se levantaban pequeñas eminencias, cerritos artificiales, cada uno de los cuales contenía en el corazón el sepulcro de un cacique.

Practicando excavaciones y removiendo la tierra superficial de tales eminencias, se descubre la última morada de aquellos poderosos señores, por lo regular en forma de sala cuadrilonga con su puerta de entrada, y en medio de uno de los muros abierto un pequeño nicho de que se extraen lebrillos, marmitas y otros objetos de barro, y además, un busto de metal ó de barro representando la figura humana. Se ha creído que fuesen tales esculturas idolillos; pero es más probable que solo hayan sido retratos del finado depositado allí. 

Así lo persuade por una parte la exactitud y perfección con que sin parecerse unas á otras imitan los contornos y expresión del rostro de los indios, y por otra, las noticias en este sentido que no faltan y que consignan los historiadores. "Otra manera de sacrificio fingido tenían, dice Torquemada,  y era este: Cuando alguno moría ahogado ó de muerte, que no lo quemaban como acostumbraban comúnmente, sino que lo enterraban, hacían unas imágenes que los representaban, y poníanlas en los altares de los ídolos, y mucha ofrenda de pan y vino juntamente, el cual sacrificio era muy acepto al demonio y de los indios muy usado."

 Es verdad que en los sepulcros se encuentran juntamente con estas efigies, restos de maíz y otros granos; pero no entiendo que hayan sido puestos allí en clase de ofrenda á la divinidad, sino como provisiones para el viaje al otro mundo: me fundo, primero, en que también se encuentran armas, instrumentos de labranza, calzados y otros objetos que no se ofrecían en los altares; y segundo, en la persuasión que tenían de la resurrección de los cuerpos, no el último día de los tiempos, como lo creemos los católicos, sino inmediatamente después de la muerte,  debiendo, antes de llegar á su destino final, atravesar ríos caudalosos y solitarias comarcas, en las que se dejarían sentir con todo su rigor el cansancio, el hambre y el frío, si no se llevaba suficiente provisión de abrigos y víveres.

Perseverando aún muchos en esta creencia, acostumbran todavía enterrar á sus muertos con un surtido de pimiento y tortillas, algunos vestidos nuevos y el instrumento músico que tocaron durante su vida presente, juzgando que más allá de la tumba tendrán ocasión de modular gratas armonías.  

Fuente

Gay, José Antonio. Historia de Oaxaca. T-1. Imprenta del Comercio. México, 1881, pp. 135-139


 

jueves, 12 de noviembre de 2020

El culto a la muerte en los pueblos mixteco y zapoteco

   Las imágenes que acompañan a este post corresponden unas al museo de sitio de Montealbán y otras a piezas de la Tumba 7, que se exhiben en el museo del Ex convento de Santo Domingo en la ciudad de Oaxaca y, para ubicarnos geográficamente te comento que Chalcatongo, que está hacia el lado poniente de la ciudad de Oaxaca, mientras que, rumbo sur se localiza Tetipac, en la región de Teposcolula. Más o menos al centro de estos dos puntos está  Mitla y como éste era el lugar del Mictlán, todo hace sentido.
 
“Cerca de Chalcatongo hay una montaña que los mixtecas llamaron en su idioma "Cumbre de cervatos," tal vez porque abundase la caza de este animal entre sus breñas y carrascas. En ella, precedida por una ancha plaza, sembrada de flores, se llegaba á la entrada de una cueva, panteón de los mixtecas y puerta por donde debía pasarse á la eternidad. Allí, dice Burgoa, "hasta de los cadáveres pútridos y corruptos quería tener dominio y modo de veneración el demonio, persuadiendo á los reyes y señores, que después de esta vida, le ofreciesen los suyos como en homenaje de la otra, en aquella pira ó sepulcro, general depósito imaginado para los Campos Elíseos que inventó la gentilidad, haciéndoles creer que aquella era puerta ó tránsito para las amenas florestas que les tenia prevenidas á sus almas; y aunque ruin, falso y mentiroso, no les negó la inmortalidad; pero añadió la resurrección de los cuerpos para compañía del gozo que les esperaba."

"Esta cueva, dice Clavijero, era la puerta del paraíso, por lo que todos los nobles y señores se enterraban en aquellas inmediaciones, á fin de estar más cerca del sitio de las delicias eternas." Era ésta una de las muy pocas ocasiones en que se inmolaban en los altares víctimas humanas, según lo cuenta Herrera, aunque en Oaxaca no queda memoria ni vestigio alguno

Desde que enfermaba gravemente el cacique, conmovido el pueblo, hacia votos y oraciones públicas por su salud, celebrando su restablecimiento con fiestas y grandes regocijos; pero si la muerte era el término de la dolencia, se continuaba hablando de él como si estuviese vivo, llegándose al cadáver los presentes y dirigiéndole la palabra como si aún pudiera contestar. El cadáver era amortajado con mantas de algodón; adornos de oro colgaban de las orejas y cuello, y anillos de valor brillaban en los dedos de las manos. Se le vestía además con el manto de su dignidad, y sobre sus sienes la mitra de hermosas plumas.

A su lado ponían uno de sus esclavos vestido con la ropa de su señor, pero cubierto el rostro con una máscara: á este desgraciado tributaban los honores que solían al difunto, á quien cuatro sacerdotes tomaban en hombros á la media noche para darle sepultura. El acompañamiento numeroso del cadáver cruzaba los bosques y las cuestas y barrancas de la montaña, haciendo brillar en la oscuridad sus fúnebres antorchas, hasta que llegaban á la puerta del paraíso, es decir, á la cueva de Chalcatongo, en donde el cadáver, embalsamado, era depositado en nichos formados en el muro. El esclavo era sacrificado y sepultado con las insignias de su efímera dignidad, pero sin quedar cubierto de tierra. Cada año se hacía una fiesta en que se celebraba el nacimiento del último cacique muerto, sin volverse á tratar más de su muerte.

Si los mixtecas creyeron la inmortalidad del alma, los zapotecas no eran menos firmes en esta fe. Creían que todos aquellos que durante la vida habían obrado heroicamente, en especial los soldados que peleaban con esfuerzo, los sacerdotes y monjes que se atormentaban con cruentas penitencias y los hombres sacrificados en las aras de sus dioses, luego de exhalar el último aliento, entraban en un mundo nuevo, tomando tierra en una hermosa región sembrada de valles y florestas, regada por cristalinos manantiales y habitada por hombres que jamás envejecían, disfrutando de eterna juventud, y que discurrían sonriendo en jardines, siempre primaverales, ó entre la animación y el bullicio de las ferias á que los indios fueron muy aficionados.

Dos puertas tenía la eternidad, una para los reyes, que era Mitla, y otra para los nobles, Teitipac. Este pueblo se llamó en la antigüedad Zeetoba, que quiere decir, "otro sepulcro," para distinguirlo del primero y más suntuoso que era Mitla: también se llamó Quehuiquijezáá, que significa el palacio de piedra" ó "cátedra de enseñanza;" lo primero por haberse edificado uno sobre una gran piedra, y lo segundo, por el destino que se dio al edificio

Los reyes de Teozapotlán determinaron que residiesen allí sacerdotes distinguidos por su saber é inteligencia en los ritos y culto de sus dioses, así para que éstos fuesen mejor servidos, como para que dignamente se hiciesen los honores de la recepción á los señores del país que llegasen á visitar el sepulcro de sus deudos difuntos. En estos casos eran consolados por los instruidos sacerdotes, que les persuadían las bellas esperanzas del otro mundo (así le llamaban), inspirando esfuerzo y valor para obrar generosamente con las promesas de sempiterno descanso, y logrando por este medio que los nobles y el pueblo saliesen de allí muchas veces determinados á entregarse á las cruentas penitencias que frecuentaban, ó á los golpes mortales de las armas enemigas peleando en los campos de batalla

Teitipac era, pues, una verdadera cátedra de enseñanza en que á los vivos se daban lecciones de la mayor importancia, con ocasión de los sepulcros de los muertos.

Fuente

Gay, José Antonio. Historia de Oaxaca. T-1. Imprenta del Comercio. México, 1881, pp. 132-135

 

martes, 10 de noviembre de 2020

El culto a la virgen de Juquila en Oaxaca

Por haber comenzado á criarse culto en este tiempo á la Virgen de Juquila, se hace necesario tejer su historia, de bastante interés para el pueblo oaxaqueño. Con el nombre de Juquila se conoce una pequeña imagen de la Madre de Dios, generalmente venerada y visitada desde entonces año por año por miles de devotos. Tiene una tercia de vara y el grueso de dos dedos de alto y viste una túnica sobre la que cae el manto que se desprende de los hombros y se tercia airosamente bajo el brazo izquierdo. El cabello se extiende sobre el ropaje, las manos están unidas ante el pecho y los ojos modestamente inclinados. Perteneció primeramente á Fr. Jordán de Santa Catalina, pasando luego, por donación de este religioso, al poder de un indio natural de Amialtepec, piadoso y gran devoto de María. Los vecinos de Amialtepec, á donde la llevó su nuevo dueño, cobraron á la imagen singular afecto, visitándola con frecuencia é invocándola en sus necesidades. 
Sin duda aquellas preces fueron bien acogidas por la Reina de los cielos, pues se contaban maravillas obradas por su intercesión, y tanto, que pronto la fama voló por los pueblos circunvecinos y aun llegó á lugares distantes, de donde partían devotos peregrinos para visitar el jacal de Amialtepec que guardaba la Santa Imagen. La noticia de tales acontecimientos llegó al cura del lugar, D. Jacinto Escudero, arcediano después de Guadalajara, persona instruida y sensata, quien, para evitar abusos, fáciles de cometer con pretexto de devoción en una casa privada, lejos de la vigilancia de los sacerdotes, venciendo la resistencia del propietario de la sagrada estatua, la trasladó al templo. Allí la devoción creció y los peregrinos aumentaron considerablemente.
Corría el año de 1633. Cuando llegó el invierno, los indios pusieron fuego á la hierba seca del monte, como es costumbre entre ellos, para lograr en la primavera pasto verde para los ganados. Esta vez el fuego cundió rápidamente, y ayudado del viento, muy en breve hizo presa de los jacales de Amialtepec. Los habitantes huyeron, y desde un crestón cercano de su montaña vieron sus casas devoradas por las llamas, y el templo mismo en que estaba la imagen de la Virgen hecho pábulo del voraz incendio: templo y casas desaparecieron. Pasado el peligro, y repuestos los indios del susto, al volver sobre el ennegrecido suelo para recoger lo que de sus casas hubiese perdonado el fuego, vieron con sorpresa que el templo era, en efecto, un montón de cenizas, pero que sobre éstas quedaba entera, con sus vestidos intactos, aunque ligeramente ahumada, la estatua de María.
De este acontecimiento quedó memoria en un cuadro que el Dr. D. Manuel Ruiz y Cervantes asegura haber visto, en que estaba pintado el incendio con esta inscripción: "Milagrosa imagen de Nuestra Señora de Amialtepec, en donde quemándose toda la iglesia y el altar en que estaba colocada, pasado el incendio, se halló sobre las cenizas del templo, sin quemarse ni aun el vestido." El P. maestro Fr. Nicolás Arrazola, persona docta, que escribió sobre el caso, dice que el hecho está autenticado, y en comprobación de él cita á los párrocos de aquel lugar, Escudero, ya mencionado, y Casaus, que fue después penitenciario de Oaxaca; á los Sres. Patricio Carmona, José Santos Ofendí y Antonio Ayuro, recomendable por su buen juicio y acertado criterio, y en fin, el acuerdo y uniformidad de cuantos presenciaron el acontecimiento, que unánimes lo expusieron como se ha referido, bajo la fe del juramento, en el expediente que se instruyó al efecto, como consta en documentos antiguos que el mismo Arrazola leyó y tuvo en su poder.
Se puede dar, en efecto, por inconcuso el hecho de haberse conservado incombusta la estatua de la Santísima Virgen, sin que por eso sea necesario para explicarlo acudir á milagros que no se deben aceptar sino cuando son tan incontrovertibles como los que autoriza la Iglesia con su aprobación. Lo que no es dudoso es que aquel suceso causó viva sensación en Oaxaca, cooperando en buena parte á conmover los ánimos el párroco Escudero con sus consultas dirigidas á las personas más caracterizadas y doctas de la ciudad. Muchos de los vecinos de ésta, de los pueblos inmediatos y aun de las más lejanas montañas de Oaxaca, desde luego se pusieron en marcha hacia el pueblo de Amialtepec, resueltos á ver por sí mismos las señales del prodigio que se contaba. No deben haberse arrepentido de su viaje, pues desde entonces comenzó, para continuar hasta nuestros días, la anual peregrinación de los oaxaqueños, que desde fines de Noviembre salen de todas partes, á millares, dirigiendo sus pasos al pueblo de Juquila, llevando en su corazón la segura confianza de que sus males desaparecerán en la presencia de la Sagrada Imagen.
Hacia esta época también se comenzó á edificar el hermoso santuario de Juquila. La Santísima Virgen, que ya se había hecho conocer de un modo admirable en la pequeña estatua del pueblo de Amialtepec, según antes hemos indicado, sin duda alguna no había plegado el magnífico brazo de su liberalidad, puesto que por ella se sentían beneficiados los oaxaqueños que de todas partes la buscaban con devoción creciente. Los curas del lugar, residiendo en Santa Catalina Juquila, no se resolvían sino con disgusto á tener en un pueblo sujeto y distante tan venerado objeto. Trataron, pues, de llevar á la cabecera la santa imagen. Los indios de Amialtepec lo resistieron. Los curas, en uso de su autoridad, llevaron á efecto la traslación; mas á pocos días desapareció la estatua, dejándose ver en Amialtepec el siguiente día. Los curas hicieron valer su autoridad y trasladaron segunda vez la imagen, que como la primera ocasión, desapareció sin saberse el modo. Repitiéronse varias veces estas escenas, sin que las fuertes cerraduras, vigilantes guardianes y otras precauciones de los párrocos fuesen bastantes á impedir la fuga de la santa estatua al pueblo de Amialtepec, atribuyéndose por muchos á milagro lo que según el sentir de otros era un hurto piadoso de los indios. Por fin, en tiempo del Sr. Maldonado y hacia 1719, en virtud de un decreto episcopal, quedó definitivamente colocada la santa Virgen en Santa Catalina Ju quila, siendo el cura que logró el intento el Lic. D. Manuel Cayetano Casaus de Acuña.
Allí se le edificó un templo de paja, al que anualmente acudía y acude gran multitud, sin que en el espacio de tres siglos se haya notado disminución ó resfrío en la devoción de los fieles. El móvil de esta gran muchedumbre no es el comercio, y la prueba es que apenas ha pasado la misa el día de la fiesta cuando el pueblo ha quedado ya casi vacío, tornándose la mayor parte de los concurrentes á sus hogares, sino el amor que profesan á la Madre de Dios. Para estar en su presencia el 8 del mes de Diciembre, salen con anticipación sus devotos de pueblos distantes, formando cordones de peregrinos que se alcanzan unos á otros en los caminos. En el lugar se ven llegar cojos; ciegos, enfermos de todas clases llenos de fe y alentados por la segura confianza con que esperan el remedio de sus males. Durante las vísperas y la mañana del día de la fiesta, no solamente en el templo sino también en la plaza, las calles, las ciento cincuenta casas de los vecinos y en los campos inmediatos al pueblo, se agitan treinta ó cuarenta mil y á veces mayor número de personas, de las cuales á lo sumo dos mil habrán tenido por resorte el deseo del lucro. Los unos lloran, los otros entonan alabanzas piadosas, éstos caminan de rodillas y aquellos se hieren y lastiman, haciendo penitencia de sus pecados.
Los indios hablan á la Madre de Dios llamándola en su idioma, con expresiones tiernísimas, Señorita, Cielo, Hermosa, Nanita, Madre; le cuentan con ingenuidad y á voces sus infortunios y desgracias; y ponen en ejercicio todas sus fuerzas por abrirse paso entre la multitud apretada y alcanzar siquiera una flor del altar, ya que no puedan tocar á la misma imagen sagrada. Cuando ésta es movida para la procesión, la multitud se agita como si el suelo fuese sacudido por un terremoto: algunos se arrastran por el suelo con gran peligro en verdad, para servir siquiera un momento de escabel á las plantas de la Reina del cielo. Este gran concurso, como es de suponer, deja en el santuario cuantiosas limosnas, que al principio no fueron muy discretamente administradas. Se ha dicho, acaso con exageración, que á tener reunidas las cantidades que allí ha depositado la piedad de los fieles, se hubiera podido fabricar un templo de plata. Para evitar la mala versación de estos caudales y fomentar el culto, los obispos crearon una cofradía, enriquecida con gracias de la silla apostólica y de que fueron mayordomos sucesivamente D. Gaspar de Morales y Ríos, caballero de la Orden de Santiago y alcalde mayor de Jicayan, quien hizo un ornamento con costo de 2,362 pesos, dejando en las arcas 3,346; D. Joaquín Santos de la Vega, quien gastó en la urna de plata 5,402 pesos, en material para el templo que ya se pensaba edificar, 1,989, depositando en las arcas 20,500 pesos.
Para no seguir año por año las cuentas de estas limosnas, diremos que desde 1746 hasta 1785 se reunieron 51,104 pesos 2 reales, dedicados al culto únicamente, sin contar con el estipendio de 100,000 misas que se mandaron aplicar, ni con otros donativos, como alhajas, etc. Con estos caudales se pensó comenzar la obra del templo en tiempo del Ilmo. Álvarez de Abreu; mas no pudo llevarse á efecto tal propósito por la contienda que se suscitó entre el Sr. Muñozcano, cura del lugar, que deseaba se edificase en donde se encuentra, D. José Sánchez Pareja, que quería se fabricase en Juchatengo y otros que fomentaban pensamientos diversos. El Sr. Abreu se inclinaba al dictamen del Sr. Sánchez. Ortigosa resolvió la cuestión, inclinándose á la parte del cura. D. Bernardo Novas delineó el suntuoso templo con los tamaños que hoy tiene y cuyo costo pasó de 80,000 pesos. La gloria de haber comenzado esta obra á costa de grandes fatigas, es del Sr. Ortigosa.

Fuente

Gay, José Antonio. Historia de Oaxaca. T-2. Imprenta del Comercio. México, 1881, pp. 160-162 y 337-339

jueves, 5 de noviembre de 2020

Jalatlaco, un barrio de la ciudad de Oaxaca

   Creo es bueno aclarar que estas imágenes que ahora comparto, y todas las que iré compartiendo durante el mes de Noviembre las tomé en julio de 2019, cuando tuve la oportunidad de visitar la ciudad de Oaxaca, aclaro también que fue la semana previa a la Guelaguetza. Así que, uno de esos días nos dedicamos a caminar por el rumbo de Jalatlaco. Actualmente es un barrio que conforma la zona urbana de Oaxaca, hace un silgo y más era el pueblo de Jalatlaco y en buena medida conserva ese sabor a pueblo y, como en el rumbo decidieron colocar el cementerio a mediados del XIX, el barrio se integra, eso creo, debido a las manifestaciones de arte urbano que hay en sus calles, la cosa de la muerte, esa visión mexicana festiva al hecho de morir está manifiesta en sus calles. Dicho lo anterior, hagamos un recorrido por el barrio. Por si me sigues por el acento que doy en mis fotos, y que hace algunas semanas no he mostrado, creo que ahora podrás fácilmente reconocer el modo que tengo de ver las cosas.