miércoles, 27 de febrero de 2019

Algo sobre la vida austera en los conventos dieguinos de la Nueva España

   Hace un par de días veíamos aquí algo sobre los conventos de las ordenes de los hospitalarios, los religiosos que ayudaban en algunos de los hospitales de la ciudad de México, tomamos el caso del de San Lázaro, esta vez veremos algo de una rama de los franciscanos, los llamados Dieguinos a los que se les refiere ocasionalmente en España como los Alcantarinos por seguir las reglas o modo que tenía San Pedro de Alcántara.

   Los conventos que tuvo esta provincia religiosa fueron 16 fundados en el siguiente orden cronológico: San Diego de México, 1591; Santa María de los Ángeles de Churubusco, 1591; Santa Bárbara de Puebla, 1591; San Ildefonso de Oaxaca, 1592; San Bernardino de Taxco, 1595; San Francisco de Pachuca, 1596; San Antonio de Padua de Sultepec, 1599; Nuestra Señora de la Guía de Acapulco, 1607; San Antonio de Padua de Querétaro, 1613; Santa María Magdalena de San Martín Texmelucan, 1615; San José de Cuautla, 1640; San Pedro Alcántara de Guanajuato, 1663; Nuestra Señora de la Concepción de Aguascalientes, 1667; San Antonio de Padua de Córdoba, 1686; San José de Tacubaya, 1697 y Nuestra Señora de Guadalupe de Valladolid, 1761.

    La comida para los religiosos era entre doce y una de la tarde. Al parecer el desayuno no se hacía en comunidad, pues no se menciona nada sobre esto en los textos; es probable que cada religioso desayunara en algún momento de la mañana. En el refectorio, antes de comer, los religiosos enumeraban sus culpas o errores, debiendo mencionar cada uno los que hubiera cometido y recibían del guardián su penitencia. Esto era diferente del capítulo de culpas, que se hacía ciertos días después de comer. Su objeto era el fomento de la humildad. La confesión entre hermanos era necesaria, “porque con las reprensiones que por ello se les dieren y la paciencia con que las recibieren anden sus almas siempre limpias y purificadas”. Las disciplinas también se realizaban en comunidad en el refectorio tres días a la semana (lunes, miércoles y viernes) y se suspendían si en estos días había alguna celebración religiosa: Navidad, Epifanía, Resurrección, Pentecostés, Corpus, San Francisco y Asunción de la Virgen. Con las disciplinas se “mortificaba” el cuerpo, castigándolo físicamente con el uso de objetos punzantes como púas y cilicios.

   A la hora de comer los frailes se acomodaban en el lugar que les correspondía, el cual se debía respetar rigurosamente. De pie se rezaba una oración de gracias. A continuación se descubrían los alimentos servidos previamente y cubiertos con la mitad de una servilleta; la otra mitad estaba colocada debajo del plato, a manera de mantel individual. No se usaba mantel propiamente dicho porque era considerado un lujo. La vianda consistía comúnmente en pan, fruta o verdura, una sopa o caldo y guiso de carne o pescado. Los cubiertos empleados eran cuchara y cuchillo y se utilizaba un jarro para tomar agua, pues el vino les estaba prohibido. El comportamiento en la mesa era solemne pues se debía guardar silencio y pedir las cosas con señas. El superior hacía una indicación para terminar de comer, se daban nuevamente gracias y se designaban cuatro ayudantes para recoger la mesa, lo cual debía hacerse con orden y limpieza. Se recomendaba a los religiosos siempre dejar sobrantes para los pobres. Dichas sobras se recogían minuciosamente: “[…] puesto un plato debajo […] e ir echando en él lo que hubiere quedado de caldo y coles con una corteza de pan y limpiando muy bien con ella cada plato y escudilla”. En un recipiente se entregaba todo ello al cocinero, o refitolero, para que lo calentara y se diera más tarde en la portería a los pobres. Los días que se tenía ayuno forzoso eran las principales fi estas de la virgen María y los sábados, el día de San Francisco y la Cuaresma.

  Después de comer, algunos religiosos ayudaban a lavar la loza, rezando salmos u oraciones. Si después de ello no tenían otra ocupación se retiraban a sus celdas, donde las constituciones recomendaban mantenerse en oración, pero si no se encontraba disposición para ello se aconsejaba hacer algún otro ejercicio “virtuoso” como leer, estudiar, coser y remendar, si de ello se tuviere necesidad. Se podía hacer cualquier otra labor manual conforme a la “gracia que el Señor le daba a cada uno”, y se anunciaba la oración de nona poco antes de las tres de la tarde. Posteriormente, si se era novicio, se atendía la “lección” del oficio divino para el día siguiente, es decir, se revisaba la celebración que se conmemoraría al otro día para rezarla sin el menor error. El maestro de novicios examinaba a los jóvenes sobre la regla, el breviario y la instrucción y doctrina de novicios para evaluar su aprovechamiento. Después se barría el convento, si era día de hacerlo, u otro trabajo manual como limpiar algún camino o labor en la huerta. Para estas actividades los frailes se debían levantar un poco el hábito no más allá del tobillo, pues más era considerado deshonesto. También se enrollaban un poco las mangas para: “tomar la azada o herramienta que sea menester o la escoba”.

   Así transcurría el tiempo hasta el rezo de vísperas a las cinco de la tarde y el “oficio menor” de la virgen María. Después de esto, regresaban los religiosos a sus celdas. Si no tenían otra cosa que hacer, permanecían ahí en oración hasta llegada la cena, que era entre seis y siete de la tarde. La hora de completas se rezaba a las ocho de la noche, con su cuarto de oración. Después de ello, se tocaba la campana para recogerse en la celda y se guardaba silencio hasta la hora de prima del día siguiente. El silencio era recomendado en todo momento, pero principalmente en la iglesia, coro, sacristía, claustro, celda, refectorio y “lugar secreto” o baños. Este silencio fue mandado por la santa sede para todas las órdenes religiosas y era conocido como silencio papal. Si era necesario se podía hablar pero en voz baja y con autorización del prelado. Una vez en la celda cada religioso oraba de rodillas y hacía un examen de conciencia. Se dormía con el hábito puesto y los brazos recogidos en forma de cruz sobre el pecho. En esta posición se decía un padrenuestro y se debía imaginar que se estaba en la sepultura. El fraile debía estar en oración para que así lo dominara el sueño. En este periodo se recomendaba moverse lo menos posible, pues ponerse boca abajo era cosa “poco honesta” y daba pie a sueños “no buenos” o roncar “feamente” y molestar así a los de las celdas contiguas. Antes de salir de los dormitorios se debía extender la frazada de la cama y abrir la ventana para que se ventilara el lugar.

Fuente:

Daniel Salvador Vázquez Conde.  Un acercamiento a la vida cotidiana de los dieguinos o franciscanos descalzos novohispanos. Legajos No. 4. AGN México, Abril – junio 2010  pp. 50-53

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