
Si eres observador, te habrás dado cuenta que hoy domingo estoy subiendo artículos al por mayor, esto es debido a que una vez más estoy empacando, una vez más mi vida se acumula en cajas y más cajas. Dejo la Baja California y vuelvo a mi lugar de origen, esto es un llamado que me viene de adentro, es decir, del corazón. Y ahora que por ahí ando, por el corazón, me pregunto que cual es la razón de ir a visitar panteones. La respuesta la tengo ahora, aquí, y te la presento.

Cuando llegué a vivir a Baja California Sur me encontré con el Otro México, lo comencé a asimilar luego de leer a Fernando Jordán. Un día una persona local me preguntó si ya conocía el panteón de Santiago. No, le respondí. Bueno, compa, me dijo, procura ir a visitarlo, verás algo distinto y seguramente te gustará. Antes la afición no la tenía, esa de irme a meter a los panteones solamente a ver las tumbas, a tratar de entender el arte funerario y lo que cada tumba encierra de la personalidad del muerto. Cuando se me presentó esa oportunidad de visitar el panteón de Santiago quedé prendado del misticismo, del arte, de la paz y del extraño sabor que cada uno de los panteones guarda. Ese día me enamoré de los camposantos, me integré al ambiente que dentro del cementerio se guarda, caminé pausadamente frente a cada tumba y fui entendiendo que la vida no se acaba, que perdura cuando se dejan buenos recuerdos, que cuando se obra bien, sin que lo pidamos, el recuerdo está y nos vuelve, en cierto modo, inmortales.

Hoy vuelvo por quinta o sexta o décima vez, no lo se, la cuenta ya la perdí, a visitar el panteón de Santiago y a volver a corroborar que, efectivamente, los panteones son arte y arte también es saber apreciarlos, así pues, a horas de que me vaya definitivamente de la Baja California vuelvo al lugar a donde un día me enteré que si hay vida luego de la muerte, el panteón de Santiago en Baja California Sur.