lunes, 23 de noviembre de 2009

San Bartolo, Baja California Sur

Siguiendo rumbo norte por la Transpeninsular, una vez que pasamos el Cabo del Este cruzamos el arroyo que marca el inicio del ascenso a la Sierra de la Laguna, la misma que vamos viendo del lado izquierdo desde que salimos de San José, solo que ahora nos adentramos a ella, el paisaje cambia se vuelve un poco agreste, pero una vez que llegamos a la parte alta entramos en un oasis. Por allí baja un arroyo que casi todo el tiempo tiene agua, es por eso que hay huertas en esta región de la Baja California Sur.

San Bartolo tiene arraigada una muy buena tradición que son las conservas de frutas y producción de dulces artesanales, todos ellos hechos en base a las frutas que crecen en sus huertas, dulces de mango, limón, calabaza y guayaba. Cuando pases por aquí procura hacerlo en la mañana para que tomes un desayuno ranchero, típico de la zona, consiste en burritos de machaca o empanadas de carne con frijoles refritos y queso fresco. Con suerte encontrarás café de talega, hecho al modo tradicional. Si te gusta acampar, aquí tienes otra opción más, con algunos servicios en la población y una zona espectacular en donde podrás mantenerte en contacto directo con la naturaleza.












Imagenes varias en San José del Cabo, Baja California Sur











Pues aquí me tienes, por si no me conoces, este soy yo, el que escribe y fotografía. En las que te muestro ahora, son una colección un tanto cuanto ecléctica, verás por allí a la que fuera la mascota de las Olimpiadas de 1980 en Moscú, Misha. ¿Qué hace aquí? Pues que me lo encontré por diez pesos en una tienda de segunda, y está nuevecito. El anuncio de Fiesta que ha sobrevivido al tiempo, a Barbie descabezada, cosa que ya no nos sorprende, lamentablemente, en México. Motivos para fotografiar hay miles, cientos, cada segundo de la vida.

La antigua empacadora de atún en Cabo San Lucas

Hace algunos meses y ya varios artículos te comenté sobre un recuerdo que tengo de mi infancia, cuando veía la televisión de pantallas casi ovaladas con programas en blanco y negro en los que aparecían figuras como fantasmas, aquella época en que la nitidez no existía aun en los aparatos transmisores. Había un programa que patrocinaba Elías Pando y su grupo empresarial el cual anunciaba el jabón Pando y el atún Pando, ambos productos los conocía muy bien, especialmente el atún; el cual sabía lo pescaban en las costas del Pacífico, luego supe que se enlataba en Cabo San Lucas. Cuando llegué a vivir aquí, una de las primeras excursiones que hice fue ir a buscar la antigua empacadora de Elías Pando y la encontré.

Allí sigue, ya en ruinas junto a una hermosa playa, de las pocas que hay libre acceso dentro de la población, adherido a las gigantescas rocas que conforman el llamado Cerro del Vigía, el mismo que en su punta sur ostenta el símbolo de la región: El Arco de San Lucas. No es posible entrar a lo que fueron las líneas de producción de la empacadora, como quiera se puede ver entre las celosías que servían para la ventilación que la planta está totalmente en ruinas.

La tradición de pesca y enlatado de atún inicia en 1922 cuando el barco, que era una fábrica flotante, Calmex obtiene autorización de las autoridades mexicanas para establecerse en las cercanías de la Isla de Cedros, próxima a Guerrero Negro, al poco tiempo, el mismo barco se desplaza al sur, frente a Cabo San Lucas en 1925 para iniciar aquí la labor pesquera en rudimentaria empresa, siempre dentro del barco Calmex, para 1928 el barco se hunde y al año siguiente se instala en la costa la Compañía de Productos Marinos de Cabo San Lucas, S.A., enlatando durante 50 años el atún que se comercializó durante mucho tiempo bajo la marca Pando.

Esa fue la fuente de mayor trabajo que hubo en Cabo San Lucas, paralelamente en los dorados años treinta, cuando San José del Cabo a escasos 40 kilómetros de distancia producía la mejor panocha de la región, Cabo San Lucas hacía lo propio con la enorme riqueza de sus costas, específicamente con el atún enlatado. Y hoy día esto es lo que queda, una planta en ruinas, ya olvidada, mudo testigo del impresionante crecimiento de la región debido a la que se dice ser “explotación racional de los recursos naturales” es decir, el turismo.





Muchos de los datos aquí anotados los obtuve del libro A flor de agua de Arnulfo Ochoa Sánchez, Plaza y Valdez, México 2003.


Más sobre la historia de la empacadora de atún Pando lo encuentras aquí:

http://vamonosalbable.blogspot.com/2009/01/el-atn.html


domingo, 22 de noviembre de 2009

El panteón de Santiago, Baja California Sur

Si eres observador, te habrás dado cuenta que hoy domingo estoy subiendo artículos al por mayor, esto es debido a que una vez más estoy empacando, una vez más mi vida se acumula en cajas y más cajas. Dejo la Baja California y vuelvo a mi lugar de origen, esto es un llamado que me viene de adentro, es decir, del corazón. Y ahora que por ahí ando, por el corazón, me pregunto que cual es la razón de ir a visitar panteones. La respuesta la tengo ahora, aquí, y te la presento.

Cuando llegué a vivir a Baja California Sur me encontré con el Otro México, lo comencé a asimilar luego de leer a Fernando Jordán. Un día una persona local me preguntó si ya conocía el panteón de Santiago. No, le respondí. Bueno, compa, me dijo, procura ir a visitarlo, verás algo distinto y seguramente te gustará. Antes la afición no la tenía, esa de irme a meter a los panteones solamente a ver las tumbas, a tratar de entender el arte funerario y lo que cada tumba encierra de la personalidad del muerto. Cuando se me presentó esa oportunidad de visitar el panteón de Santiago quedé prendado del misticismo, del arte, de la paz y del extraño sabor que cada uno de los panteones guarda. Ese día me enamoré de los camposantos, me integré al ambiente que dentro del cementerio se guarda, caminé pausadamente frente a cada tumba y fui entendiendo que la vida no se acaba, que perdura cuando se dejan buenos recuerdos, que cuando se obra bien, sin que lo pidamos, el recuerdo está y nos vuelve, en cierto modo, inmortales.

Hoy vuelvo por quinta o sexta o décima vez, no lo se, la cuenta ya la perdí, a visitar el panteón de Santiago y a volver a corroborar que, efectivamente, los panteones son arte y arte también es saber apreciarlos, así pues, a horas de que me vaya definitivamente de la Baja California vuelvo al lugar a donde un día me enteré que si hay vida luego de la muerte, el panteón de Santiago en Baja California Sur.