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viernes, 13 de noviembre de 2020

… pero el gran panteón zapoteca era sin duda Mitla.

Se ha dicho ya, que en aquel palacio subterráneo había cuatro departamentos, de los cuales el primero era el templo de la divinidad zapoteca: ahora debernos agregar, que el segundo estaba destinado para sepulcro del sumo pontífice y sus ministros, y que el tercero era cementerio de los reyes de Teozapotlán. Cuando alguno de éstos fallecía, su cadáver era vestido con sus mejores ropas, y adornado con ricas joyas que colgaban del cuello en forma de collares, ó rodeaban los brazos como pulseras: esbelto penacho de vistosas plumas coronaba sus sienes: en el brazo izquierdo le ponían el escudo y en la mano derecha el venablo de que había usado en la guerra.

Así engalanado, era sentado en un rico asiento y llevado en hombros con gran acompañamiento de lo más noble de la tierra, desde la capital de su reino hasta el lugar de su eterno descanso. En el camino sonaban con lúgubre tono desacordes instrumentos, á cuyo eco se mezclaban los sollozos y tristes lamentos de la muchedumbre. Cuando la música cesaba, los cantores entonaban poéticas lamentaciones, publicando las hazañas y refiriendo la vida toda del monarca. Por intervalos se detenía la procesión bajo enramadas fúnebres, y en Mitla se preparaba una suntuosa pira en que se ponía y era quemado el cadáver. El último departamento tenía una puerta cerrada con una pesada losa que se levantaba en determinadas ocasiones.

Los cuerpos de las víctimas, después del sacrificio, eran arrojados allí. Los capitanes que habían perecido en la guerra, aunque el combate se hubiese librado en lejanas tierras, eran también conducidos y sepultados allí. Muchos otros, cuando estaban perseguidos por la pobreza ó la enfermedad, solicitaban del sumo sacerdote poner fin á su infortunio, penetrando en la profunda cueva que se extendía al otro lado de la puerta: la losa entonces se levantaba, y dando paso al desgraciado que buscaba allí el descanso en sus penas y las grandes ferias de sus antepasados, caía de nuevo cerrando la puerta por mucho tiempo. 

El infeliz indio que había entrado en tan lóbrega gruta buscando el bienestar y la dicha, quedaba en ella sepultado vivo; vagaba por algunos días en las tinieblas tropezando con huesos descarnados y cadáveres en putrefacción, aislado de todo el género humano, destituido de todo socorro, sin esperanza aún de que pudieran ser oídos sus lamentos, y en fin, desfallecido por el hambre ó devorado por venenosos insectos, él mismo perecía.

 Se dice que esa cueva corre debajo de tierra no menos de cien leguas. Burgoa entiende que no exceden á treinta y cuenta que después de la conquista, sabida su extremada profundidad por algunas personas curiosas, se propusieron reconocerla en toda su extensión. Llegado el día que señalaron, encendidas las teas, tendidos los cordeles para evitar un fatal extravío y seguidos de muchedumbre de indios, varios religiosos de Santo Domingo y personas principales de la ciudad, descendieron al palacio subterráneo é hicieron levantar la losa que cerraba la puerta de la gruta. Adelantaron algunos pasos en aquella sombría mansión de los muertos, y á la luz de las antorchas distinguieron prolongadas filas de gruesas columnas que sustentaban la techumbre.

Hubieran continuado adelante en aquellas lóbregas galerías, si el miedo importuno no les da un poderoso asalto. Pero observaron que el suelo era húmedo en extremo, que se arrastraban cerca peligrosas sabandijas y que el aire que se respiraba distaba mucho de ser puro; á esto se agregó que un golpe de viento súbitamente apagó las teas: se apresuraron, pues, todos á salir, tapiando en seguida la entrada con cal y cantos, como permanece hasta el día.

Algunos pueblos tenían su panteón particular: en medio de un valle ó en la cumbre de una colina se aplanaba un pedazo de terreno dispuesto en cuadro perfectamente orientado, á cuyos lados se levantaban pequeñas eminencias, cerritos artificiales, cada uno de los cuales contenía en el corazón el sepulcro de un cacique.

Practicando excavaciones y removiendo la tierra superficial de tales eminencias, se descubre la última morada de aquellos poderosos señores, por lo regular en forma de sala cuadrilonga con su puerta de entrada, y en medio de uno de los muros abierto un pequeño nicho de que se extraen lebrillos, marmitas y otros objetos de barro, y además, un busto de metal ó de barro representando la figura humana. Se ha creído que fuesen tales esculturas idolillos; pero es más probable que solo hayan sido retratos del finado depositado allí. 

Así lo persuade por una parte la exactitud y perfección con que sin parecerse unas á otras imitan los contornos y expresión del rostro de los indios, y por otra, las noticias en este sentido que no faltan y que consignan los historiadores. "Otra manera de sacrificio fingido tenían, dice Torquemada,  y era este: Cuando alguno moría ahogado ó de muerte, que no lo quemaban como acostumbraban comúnmente, sino que lo enterraban, hacían unas imágenes que los representaban, y poníanlas en los altares de los ídolos, y mucha ofrenda de pan y vino juntamente, el cual sacrificio era muy acepto al demonio y de los indios muy usado."

 Es verdad que en los sepulcros se encuentran juntamente con estas efigies, restos de maíz y otros granos; pero no entiendo que hayan sido puestos allí en clase de ofrenda á la divinidad, sino como provisiones para el viaje al otro mundo: me fundo, primero, en que también se encuentran armas, instrumentos de labranza, calzados y otros objetos que no se ofrecían en los altares; y segundo, en la persuasión que tenían de la resurrección de los cuerpos, no el último día de los tiempos, como lo creemos los católicos, sino inmediatamente después de la muerte,  debiendo, antes de llegar á su destino final, atravesar ríos caudalosos y solitarias comarcas, en las que se dejarían sentir con todo su rigor el cansancio, el hambre y el frío, si no se llevaba suficiente provisión de abrigos y víveres.

Perseverando aún muchos en esta creencia, acostumbran todavía enterrar á sus muertos con un surtido de pimiento y tortillas, algunos vestidos nuevos y el instrumento músico que tocaron durante su vida presente, juzgando que más allá de la tumba tendrán ocasión de modular gratas armonías.  

Fuente: 

Gay, José Antonio. Historia de Oaxaca. T-1. Imprenta del Comercio. México, 1881, pp. 135-139


 

martes, 6 de octubre de 2020

Tizalán y Ocoteculco, Tlaxcala, las primeras construcciones franciscanas en Tlaxcala

   Vuelvo a referirme a lo que publiqué el 16 de enero de 2020, el título que di fue Las primeras capillas levantadas en México, pues no veía se hablara mucho del V Centenario de los acontecimientos de 1519, y, siendo que en este espacio he dedicado mucho tiempo y sus consecuentes “entradas” al tema de las edificaciones religiosas pensé prudente hacer un recuento cronológico de las que se fueron erigiendo. Caí en varios errores y algunas omisiones. (En la imagen vemos las ruinas que, intuyo, fue la primitiva capilla franciscana de Tizalán.

   Anoté que fue en Tizalán donde se llevó a cabo el primer oficio católico en la región de Tlaxcala y, en efecto, así lo fue pues fue cuando Xicoténcatl y los otros Caciques principales fueron bautizados, me refiero a los caciques de los cuatro Señoríos o República de Tlaxcallan, también referida como  o Confederación de Tlaxcala: Tepeticpac, Tizatlán, Ocotelulco y Quiahuiztlán. Pero fue luego, cuando llegan los franciscanos a esa zona, en 1524, son hospedados por Maxixcatzin en Ocotelulco. “Tepeticpac, el primer señorío que se fundó, tenía un palacio y distaba ocho kilómetros de Tizatlán. En este lugar se localizaron los vestigios del antiguo teocalli o templo, cuyos altares están decorados con jeroglíficos. Quiahuiztlán, a cuatro kilómetros de la ciudad de Tlaxcala cabecera del señorío del mismo nombre, también tenía un palacio, situado atrás de la actual iglesia principal. Ocotelulco situado a tres kilómetros de la capital, cabecero de su señorío y gobernado por Maxixcatzin, era el centro administrativo y comercial de la zona. Tenía un espacioso mercado, un templo que quizá era el mayor en la provincia y un palacio con muchas instalaciones anexas, incluida una casado fieras. Los primeros franciscanos que llegaron a Tlaxcala vivieron en él un tiempo” (Wikipedia).

   “Este Xicotencatl  fue el primero que recibió de paz a los cristianos, a quien en este lugar, y en sus propias casas y palacios, los aposentó, que eran muy grandes, donde tuvieron los nuestros su real y principal alojamiento ( y aquí se puso la primera cruz de esta provincia).[…]Y aquí se dijo la primera misa que los tlaxcaltecos  vieron y oyeron decir, y en este lugar recibieron agua de bautismo los cuatro señores de las cuatro cabeceras y principales de esta ciudad y provincia; y aquí fue su primera conversión y se sujetaron al gremio de la santa Madre iglesia de Roma y dieron obediencia al invictísimo césar Emperador Don Carlos quinto de este nombre; aunque otros quieren decir que se bautizaron, en la cabecera de Octotelulco en los palacios de Maxixcatzin, lo cual queda en duda, aunque lo uno y lo otro pueden ser”. (Diego Muñoz Camargo, Relación Geográfica de Tlaxcala, p.60)

   En la imagen vemos la capilla abierta de Tizalán, que fuera levantada sobre el teocalli existente, lo más seguro, como en tantos otros lugares de México, usando las mismas piedras. “Debido a su posición geográfica, en Tizatlán fueron recibidas las tropas españolas de Hernán Cortés el 23 de septiembre de 1519 y fueron alojados en los palacios de Xicoténcatl, tal y como lo señala Bernal Díaz del Castillo y el mismo Cortés. Como ya se ha dicho, el sitio fue ocupado después de la estancia en Teotlalpan, la primera ocupación se caracteriza por presentar estructuras elaboradas en adobe, un ejemplo de ello es el muro sur de la plataforma de la capilla abierta. La segunda etapa constructiva corresponde a aquella en donde el material constructivo es el xalnene. A primera vista parece ser que el asentamiento prehispánico solo se reduce al área de los altares policromos y al basamento sobre el que se encuentra la Capilla abierta y el templo de San Esteban, sin embargo, tenemos que decir que las construcciones prehispánicas abarcaban hasta la parte que hoy ocupan las casas actuales al norte de la calle anexa a la zona arqueológica” (Wikipedia).

  Es en Ocoteculco en donde tres de los  primeros doce franciscanos, de llegaron a Nueva España en 1524, "Salió designado para Tlaxcala, como guardián del monasterio que allí se fundaría, fray García de Cisneros, acompañado por fray Martín de la Coruña y fray Andrés de Córdoba. Llegaron a Ocotelulco a mediados de 1524 y se alojaron en unos salones del palacio del cacique Maxicatzin, los cuales se sabe les fueron facilitados por espacio de tres años, mientras construían su primitivo monasterio. Al respecto, fray Toribio de Benavente, Motolinia, anotó: "tenía este señor grandes casas y muchos aposentos, y aquí en una sala baja tuvieron los frailes menores su iglesia tres años" (Wikipedia).

  Todo indica que de aquella que fuera la habitación de los tres franciscanos mencionados no queda nada, el templo de Ocoteculco presenta un estilo totalmente distinto al que fuera originalmente usado por ellos, esto se debe a que el templo fue levantado posteriormente, lo que sí mantiene de los usos y costumbres del XVI es el atrio que funge, aún en la actualidad, como cementerio. En el siguiente mapa vemos como la Autopista 117D San Martín Texmelucan-Tlaxcala-El Molinito, pasa precisamente por las tres poblaciones actuales de aquellas que fueran los Señoríos de Tlaxcallan.



 

sábado, 19 de septiembre de 2020

La antigua hacienda de Dzibalchén, Campeche. Extraordinario ejemplo de arquitectura vernácula

   De las muchas “unidades de producción”, como técnicamente se les dice a las Haciendas, la que hoy “descubro” (pues de ella no tenía la menor idea) es la de Dzibalchén en el estado de Campeche, hacienda por demás particular pues estaba dedicada a la explotación del árbol del zapote, ese que produce la resina que conocemos como chicle.

   Todo comenzó cuando, en el viaje virtual que hago en esta cientoveintena, di con un ángulo de la plaza principal del pueblo de Dzibalchén y me pareció extraordinario el estilo de construcción, netamente peninsular (de la de Yucatán), con techos muy altos, con grandes ventanas con peana y guardapolvo, jambas, dinteles y conrnisas, herencia de la arquitectura andaluza y algo de castellana con una cierta influencia maya en las grecas de sus  decorados. Y al recorrer el pueblo aparecieron más y más construcciones, ya deterioradas todas, pero que claramente dejan ver que aquello fue maravilloso, una muestra clara de la arquitectura vernácula de Campeche.

   Al averiguar sobre la población, encontré que fue una hacienda que se dedicaba a la explotación del chicle y de las madereras preciosas en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. Se dice que fue en 1905 cuando comienza su auge. “De esta finca se conserva la plaza principal de la hacienda cuya fachada posee características coloniales. En su interior se aprecian algunas pinturas que relatan la historia del poblado. Data del siglo XIX. Se puede apreciar gran parte de los edificios que conformaron alguna vez esta finca la cual dio origen al actual pueblo de Dzibalchén.

   Actualmente, es una de las principales poblaciones del municipio de Hopelchén. Según la tradición oral su nombre se debe a que, en el fondo del pozo (chen) principal del antiguo pueblo había una estela o fragmento de ella con inscripciones (dzibal), de ahí su significado: Pozo escrito. Ubicación: Se encuentra a 45 kilómetros de la capital de Hopelchén”. (1)

   “La integración de las selvas campechanas a la economía mundial produjo un proceso de concentración de la tenencia de tierra en las últimas décadas del siglo xix y a principios del siglo xx cuando se establecieron compañías deslindadoras; las cuales adquirieron grandes extensiones de terrenos nacionales en algunas partes de Campeche. Además, el gobierno otorgó concesiones de aprovechamiento de terrenos boscosos. De esta forma surgieron grandes latifundios, en su mayoría propiedades de empresas extranjeras, como la ‘Mexican Exploitation’, dedicados a la explotación de maderas preciosas (cedro y caoba), palo de tinte y resina del chicozapote para la exportación dirigida principalmente a los Estados Unidos. La explotación del chicle en mayor escala empezó en la última década del siglo xix; tanto en la zona chenera como en otras partes de Campeche, cuando los recursos forestales en la Huasteca, lugar de origen de la explotación chiclera mexicana, estaban agotados. Después de la Revolución, varios de los grandes agricultores de Campeche y de otras partes del país, participaron en este floreciente negocio.

  La región de Los Chenes se desarrolló, junto con los Municipios Carmen y Champotón, en un centro de la producción de chicle en Campeche. Durante la primera guerra mundial, Campeche experimentó un breve auge económico gracias a la exportación de maíz y de recursos forestales (especialmente chicle) a buen precio. Sin embargo, la situación económica del estado empeoró nuevamente con la crisis mundial a partir de 1929; lo cual afectó determinantemente el precio del chicle y del henequén. Durante la segunda guerra mundial, el chicle experimentó otra bonanza cuando su producción anual en Campeche aumentó de 1.757 toneladas en 1939/40 a 2.659 toneladas en 1940/41 debido a la afluencia de nuevos chicleros. Al principio de la explotación chiclera en Campeche, los contratistas trajeron a trabajadores experimentados de Tuxpan, Veracruz. 

   Después de la liberación de los peones, también ocuparon a la población local en la creciente explotación del chicle. En los años 30 del siglo xx, Dzibalchén y Hopelchén se convirtieron en centros de extracción chiclera. Otras centrales importantes para recopilar la resina fueron los poblados de Iturbide, Kancabchén, Chunchintok, Xpuhil y Nohsayab. Mientras que en los años 40 durante la temporada de lluvias, el 60 por ciento de la población chenera económicamente activa trabajaba en las chiclerías. Los grandes contratistas de la región tenían concesiones para la explotación del chicle hasta en terrenos del municipio de Champotón. 

   Además, había pequeños productores de chicle que vendían su producto a comerciantes locales. Estos comerciantes, muchos de ellos también empresarios agrícolas y contratistas chicleros, tenían el monopolio; tanto en la compra de los productos agrícolas y forestales, como en el transporte. Además, controlaban el abastecimiento de los trabajadores durante su estancia en el monte en la época de lluvias. Algunos chicleros siguieron practicando la agricultura de subsistencia en pequeña escala en su época de descanso. Para la gran mayoría, el trabajo en las chiclerías era la estrategia económica más importante, sobre todo, a partir de los años treinta. Consecuentemente, el interés en la tierra y la reforma agraria quedó limitado en Los Chenes. A fines de los años 40, los Estados Unidos redujeron drásticamente la compra del chicle y los precios decayeron. Los Chenes experimentaron una ‘recampesinación’ y la tierra ejidal recibió una importancia no conocida en épocas anteriores”. (2)

   Pasó que, concluida la Revolución y comenzado el Reparto Agrario, el Poder Ejecutivo, a través del Departamento Agrario, emite la Resolución en el expediente de segunda ampliación de ejidos al poblado de Dzibalchén, Estado de Campeche; estableciendo entre otras cosas que:

Primera: Por escrito de 3 de mayo de 1939, los vecinos del poblado de referencia solicitaron al C. Gobernador del Estado, segunda ampliación de ejidos por serles insuficientes para satisfacer sus necesidades las tierras con que fueron dotados.


Cuarto: Los datos técnicos e informativos recabados de conformidad con lo que previenen las fracciones II y III del artículo 63 del Código Agrario, se llegó a conocimiento de lo siguiente: que por resolución presidencial de 28 de junio de 1927, fue dotado el poblado que nos ocupa, con 6,671.44 hectáreas de terrenos nacionales, para beneficiar a236 individuos y que por nuevo fallo presidencial de 2 de abril de 1938, se amplió por primera vez dicho ejido, con 2,850 hectáreas, también de terrenos nacionales, para beneficiar a 57 individuos, pero debido a la mala calidad de los terrenos concedidos, los campesinos de Dzibalchén, se ven obligados a trabajar como asalariados con las empresas chicleras, habiéndose llegado al conocimiento de que un campesino elabora 690 kilos de chicle como promedio anual, por lo que si se toma en cuenta que una hectárea de monte de esa región rinde solamente 5 kilos de dicha resina, además de que el árbol de zapote en explotación, debe someterse a un ciclo rotativo de cinco años, resulta que, cada individuo necesita como mínimo, 700 hectáreas, para producir la cantidad de chicle, primeramente manifestada; que los únicos terrenos afectables en el presente caso, son los nacionales, inmediatos al núcleo peticionario.

Quinto: Con los elementos anteriores, la Comisión Agraria Mixta emitió su dictamen el 20 de abril de 1940, el cual fue sometido a la consideración del C. Gobernador del Estado, quien con fecha 24 del mismo mes y año, dictó su fallo, concediendo al poblado de Dzibalchén por concepto de segunda ampliación, una superficie total de 110,990 hectáreas de terrenos de monte con zapotales, de los pertenecientes al Gobierno Federal.

Dada en el Palacio del Poder Ejecutivo de la Unión, en México, a los veinticuatro días del mes de julio de 1940.

Lázaro Cárdenas – Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.
Gabino Vázquez – Jefe del Departamento Agrario. (3)


Este era el cine.

























Y por si esta maravilla arquitectónica fuera poco, en las inmediaciones están los sitios arqueológicos de  Dzibilnocac “Bóveda pintada o bóveda con escritura”; y Tabasqueño. Y varios puntos de interés en el municipio de Hopelchén que puedes ver aquí.









Aclaro que esta extraordinaria cornisa (la parte alta) está en el poblado de Hecelchakán. Y nos ayuda a entender ciertos términos arquitectónicos, como el guardapolvo, que son esos dos elementos que vemos claramente, van arriba de las ventanas, y lo que va debajo son las peanas.
Fuentes:

1.- Turismo Campeche.

2.- Schüren, Ute Entre los caminos de herradura y los campos de aterrizaje: Rutas de comunicación e historia económica en el sureste de México. Indiana. Ibero-Amerikanisches Institut Preußischer. Kulturbesitz, Alemania  2013, pp. 199-215
Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=247029853011

3.- Diario Oficial de la Federación. Tomo CXXII. No. 13, México, 17 de Septiembre de 190, pp.1-2
 



martes, 15 de septiembre de 2020

Quizá sea esta la razón de encontrar capillas católicas en las zonas arqueológicas

   La imagen que ahora vemos es la capilla franciscana que se localiza dentro de la zona arqueológica de Tula, Hidalgo, no es el único caso, hay muchos ejemplos en nuestro país, especialmente en la zona maya de Yucatán, como en Dzibilchaltún en donde vemos una capilla abierta de considerable tamaño, o en Xcambó que puedes ver en la siguiente imagen. Ni que decir del templo católico que se construyó encima de la pirámide de El Cerrito, en Querétaro. Y así podríamos seguir con el listado. El punto está en que hay un documento que tal vez sea el origen de esa costumbre de colocar encima... o a un costado, de un templo del antiguo México, una capilla católica.

   Aunque bien sabemos que ya desde antes, Hernán Cortés comenzó a hacer esa sobre posición de religiones. En Cozumel (no estoy seguro si fue él), en Zempoala, y finalmente en el Templo Mayor de Tenochtitlán. El documento es el siguiente:

 Real cédula al virrey de la Nueva España para que informe sobre las tierras que en tiempo prehispánico sostenían templos y sacerdotes y si era oportuno otorgar dichas tierras a la iglesia diocesana. Toledo, 8 de febrero, 1539.

El Rey

Don Antonio de Mendoza, virrey y gobernador de la Nueva España y presidente de la nuestra Audiencia y Cancillería Real que en ella reside.

Fray Cristóbal de Almazán, en nombre del reverendo en Cristo padre obispo de México y de los otros prelados de esa tierra, me ha hecho relación que en los lugares de ella donde no hay monasterios fundados convendría que hubiese clérigos que entendiesen en la instrucción y conversión de los naturales de ella: y que para poder residir y tener con qué se sustentar sería necesario que las tierras que los ministros y sacerdotes de los templos que los ídolos tenían, en las cuales sembraban su maíz y otras granjerías, fuesen aplicadas a los ministros de las iglesias de esa tierra.

Y me suplicó lo mandase así proveer, porque de ello Dios Nuestro Señor sería muy servido, o como la mi merced fuese.

Y porque quiero ser informado de lo susodicho os mando que juntamente con el dicho obispo de México os informéis y sepáis qué tierras son las que así los ministros de los ídolos de esa Nueva España poseían, y si será bien que las tales tierras se apliquen para los ministros de las iglesias de los dichos obispados o si de ello vendría algún daño o perjuicio y a quién.

Y la dicha información habida, y la verdad sabida, juntamente con vuestro parecer y del dicho obispo de lo que en ello se debe hacer, la enviad ante Nos al nuestro Consejo de Indias para que en él vista se provea lo que convenga.

En Carreño, p. 127.


Fuente:

Francisco de Solano. Cedulario de tierras. Compilación. Legislación agraria colonial (1497-1820). Instituto de Investigaciones Jurídicas. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición: 1984. Segunda edición: 1991. México.

http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/libro.htm?l=387