martes, 19 de junio de 2018

El desmembramiento del latifundio Rul [en Aguascalientes]

 Una de las cosas que me sorprendieron más, al meterme a profundidad en la historia bien documentada de Salamanca fue descubrir a una serie de personajes que vivieron algún tiempo allí; uno de ellos es Diego Rul, del que da cuenta David Brading en su célebre Mineros y comerciantes en el México borbónico (p.410) al referir el documento que se encuentra en el Archivo General de Indias,  cuando inicia el trámite para obtener el título nobiliario, el cual pedía la certificación de sus bienes para de ahí establecer el potencial económico que sustentaría el título. Rul declara tener un negocio en Salamanca valuado en 40 000 pesos, suma que en su época era más que considerable. Declara también las fincas rurales que recién había adquirido: tres enormes haciendas en el actual estado de Aguascalientes y una más en Zacatecas.

  La hacienda de Zacatecas, Santa Rita de las Tetillas, fue la que dio el nombre al primer título de Diego Rul, pues, como antecedente al Condado de Casa Rul, recibió el título de Vizconde de las Tetillas. Así que, lo que hoy comparto es una interesante parte del libro que abajo refiero, del doctor Gómez Serrano el cual habla sobre las propiedades que el conde Casa Rul había adquirido en Aguascalientes y estaban en poder de sus descendientes:

   Junto con el mayorazgo de Ciénega de Mata, el otro latifundio que había en la región de Aguascalientes era el de la familia Rul, formado por haciendas que habían pertenecido al colegio jesuita de la ciudad de Zacatecas. El latifundio no formaba una unidad geográfica, aunque ocupaba muchas de las mejores tierras de la región: al sur de la villa de Aguascalientes estaba la hacienda de Cieneguilla, con 45 mil hectáreas; al norte, en las fértiles planicies de la garganta que da acceso al valle, las haciendas de San Jacinto y El Saucillo, junto con una gran cantidad de ranchos dependientes de ellas; y al noreste, en la región minera de Asientos, la hacienda de Ciénega Grande, la menos rica y extensa de todas. El conjunto formado por estas haciendas y ranchos alcanzaba una superficie de aproximadamente 150 mil hectáreas, equivalentes a poco más de la cuarta parte de todo el territorio de la antigua alcaldía mayor de Aguascalientes, aunque habría que aclarar que los ranchos situados en el extremo norte de la hacienda de San Jacinto formaba parte del estado de Zacatecas y que la porción sur de Cieneguilla pertenecía a la jurisdicción de Teocaltiche en Jalisco.

  A mediados de 1861, en el contexto de las decisiones que tomó la familia Rul para mejorar la administración de sus haciendas, la hacienda de Ciénega Grande le fue vendida a Gil Rangel, uno de esos rancheros tesoneros que a base de trabajo había logrado labrarse un nombre y un patrimonio. Un par de meses atrás, Rangel había comprado el rancho de La Soledad, convirtiéndose así en uno de los primeros beneficiados de la desvinculación de las haciendas pertenecientes a Ciénega de Mata.

  Durante más de 30 años, Gil Rangel había sido uno de los hombres de mayor confianza de los Rul en la región y se había hecho cargo del arrendamiento de ranchos, el cobro de las rentas, la venta de géneros y semillas, la realización de trámites legales en la ciudad de Aguascalientes y la dirección de las mejoras practicadas en las fincas. Ello explica las grandes felicidades que se le dieron para comprar la hacienda de Ciénega Grande, cuyas tierras conocía tan bien como la palma de su mano. Esta adquisición representaba para él la culminación de una vida dedicada al trabajo y el certificado de ingreso de su familia a la pequeña y altiva élite formada por los grandes terratenientes de haciendas en el Bajío durante la época colonial, este personaje había utilizado su cargo para ascender socialmente, obtener ventajas económicas y convertirse en propietario independiente.

   Al mismo tiempo que vendieron la hacienda de Ciénega Grande, los hermanos Manuel y Victoria Rul Obregón decidieron vender la de San Jacinto, la más importante de las que tenía la familia en el rico distrito agrícola de Rincón de Romos, la hacienda abarcaba un total de 25 sitios de ganado mayor y 19 caballerías (casi 45 mil hectáreas), e incluía muchos de los ranchos más grandes y productivos de la región, como los de La Punta, Mesillas, San Antonio y Carboneras. Pronto se corrió el rumor de que la hacienda sería fraccionada. El cartógrafo alemán Isidoro Epstein, que por aquellos días recorría el estado, recogiendo información para su “Cuadro sinóptico”, aplaudió la decisión de los Rul y expresó su confianza de que con ella se vieran beneficiados muchos rancheros “lo que producirá sus efectos benéficos a la agricultura”. Sin embargo, según se consignó en un semanario local, a la poste “el dinero al contado mató las esperanzas de multitud de arrendatarios que estaban prontos a comprar, pagando luego la mitad del importe e hipotecando el terreno por el resto a un plazo aceptable”.

   Los hermanos Pedro y Domingo de la Vega, Isidro Galván, Matilde Luévano y muchos otros antiguos arrendatarios y medieros de los Rul estaban verdaderamente interesados en el proyecto pero sus ofrecimientos fueron fácilmente mejorados por el español Joaquín Llaguno, a quien se le vendió toda la hacienda. Lo que Llaguno no sabía, porque no era de Aguascalientes ni estaba  familiarizado con los asuntos de la región, era que el gobernador Esteban Ávila preparaba una ley agraria cuya ampliación  hubiera significado la confiscación de todas las haciendas del estado. En agosto de 1861, cuando la ley fue promulgada, Llaguno se apresuró a publicar una “Representación”, en la que se decía sorprendido y pedía la derogación de una disposición que atentaba en forma escandalosa contra el sagrado derecho de propiedad.

  Su ejemplo fue imitado por muchos de los más importantes propietarios del país y el congreso de Aguascalientes tuvo que derogar, a principios de diciembre de 1861, la terrible ley agraria de Ávila. Repuesto del susto, Llaguno arribó rápidamente a la conclusión de que la posesión de una hacienda tan grande como la suya no dejaba de tener sus riesgos por lo que tomó la muy sensata decisión de repartirla entre sus hijas Rosa, María de Jesús y Micaela. Cada uno de los lotes alcanzó una extensión de 15 mil hectáreas. Desde el punto de vista de la historia de la tenencia de la tierra lo más interesante es que esos lotes pronto fueron subdivididos entre los antiguos arrendatarios de la familia Rul, de tal manera que las 45 mil hectáreas que pertenecían a esta hacienda a mediados del siglo XIX acabaron convertidas en un gran número de haciendas y ranchos de tamaño medio. Solo el lote centro, bajo la administración de Micaela Llaguno y su esposo el español Antonio Fernoll, logró mantener durante varias décadas sus límites originales.

  De esta manera, en el curso de una década, la familia Rul desmembró el latifundio que poseía en la región de Aguascalientes. En la época de la República Restaurada solo conservaba la hacienda de Cieneguilla, la cual, junto con el título de conde de Casa Rul, heredó Miguel Rul Azcárate de su padre, don Manuel Rul Obregón. Los jesuitas habían puesto en su administración un cuidado especial, prueba de lo cual eran su espléndida capilla y su hermosa casa principal, obras que se cuentan entre los mejores ejemplos que hay en la región y en todo México de arquitectura colonial. De las 45 mil hectáreas que tenía a principios de la época independiente, se separaron 4 sitios de ganado mayor y 12 caballerías (poco más de 7,500 hectáreas), que vinieron a formar la hacienda de La Labor de los Padres ubicada en su mayor parte en la municipalidad jalisciense de Paso de los Sotos. La finca fue comprada por Librado Avelar, uno de esos rancheros dispuestos a invertir sus ahorros en la compra de una buena propiedad rústica.

  De cualquier forma, con 35 mil hectáreas y un valor fiscal de poco más de 200 mil pesos, la hacienda de Cieneguilla era en la época de la República Restaurada una de las más extensas y productivas de la región. La inteligente administración que durante casi tres décadas el segundo conde de Valenciana haría recordar la ya lejana época de los jesuitas, cuando sus tierras proporcionaban buena parte de los recursos con lo que se sostenía el colegio de Zacatecas, pero esta vez –signo de los tiempos- no se trataba de patrocinar los empeños de una orden religiosa sino de renovar el lustre de un apellido que pese a todo logró acumularse y prosperar bajo las reglas del juego económico y político impuestas durante el porfiriato.



Fuente:

Gómez Serrano, Jesús. Haciendas y ranchos de Aguascalientes. Estudio regional sobre la tenencia de la tierra y el desarrollo agrícola en el siglo XIX: UAA. Aguascalientes, 2012, pp. 185-188.

lunes, 18 de junio de 2018

De testamentos novohispanos y sus mandas forzosas, acostumbradas y pías

 Tomando nuevamente el tema de los testamentos en la época novohispana, y siguiendo con la idea de la religiosidad extrema en la que se desarrollaba la vida cotidiana, con tan complejas ideas propias de la Edad Media, que seguían vigentes a lo largo del XVI, XVII y XVIII; y analizando uno de los testamentos en los que además de incluir aquello del estando en esta enfermedad que Dios ha servido enviarme, vemos la retahíla de encargos y encomendamientos que se hacían, todo con tal de salvar el alma y llegar a la ansiada vida eterna llena de santa paz.

Veremos aquí que hay un manejo de lenguaje un poco enfermizo para la época actual pero que, cuando se escribió era la manera de referirse a las cosas, y más aun a las cosas del alma y las cosas divinas, las cuales se hacían con solemnidad extrema:

 “… Estando como estoy, enferma en cama del accidente que Dios nuestro Señor ha sido servido enviarme, más por su infinita piedad y misericordia en mi entero y acordado juicio, cumplida memoria y entendimiento natural de que doy a su divina majestad muchas y repetidas gracias y considerando que es estatuto derecho natural, general decreto e irrevocable ley que toda criatura ha de morir sin saber la hora, ni el cuándo, misterio reservado para solo su Divina ley y santo Evangelio nos avisa y manda que velemos y estemos apercibidos como católicos y Cristianos, debemos estarlo, previniendo las cosas y materias tocantes al descargo de nuestras conciencias, negocios y dependencias. Y como estas consideraciones creyendo como ante todas cosas creo y confieso al altísimo e incomprensible misterio de la Santísima, Amabilísima, Misericordiosísima e individida Trinidad, Dios padre, Dios hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas realmente distintas y una sola Divina esencia y en todas los demás misterios, arcanos y sacramentos, que tiene cree, confiesa, predica, defiende y enseña nuestra Santa Madre Iglesia Católica, apostólica, de Roma, regida y gobernada por el Divino Espíritu Santo, bajo cuya verdadera fe y creencia me alegro haber vivido, y protesto vivir y morir como católica fiel cristiana y para conseguirlo elijo por mis intercesores, patronos y abogados a la que por excelencia lo es de los pecadores, María Santísima, reina de los ángeles, señora y abogada que fue concebida en gracia y gloria del instante primero de su felicísima animación para ser dignísima madre del Eterno humanado verbo. Al gloriosísimo Patriarca, Señor San José su muy amado y casto esposo, al Arcángel y príncipe de las milicias celestiales, señor San Miguel, Santos Apóstoles, San Pedro y San Pablo, Santo Ángel de mi guarda y demás de mi afectuosa y cordial devoción Cortesanos del Cielo para que intercedan en la Divina presencia, en inmutable acatamiento del Señor me perdone mis culpas y haya misericordia de mi alma cuando de esta triste y miserable vida salga para la eterna colocándola en el número de sus escogidas y para que no me recoja desprevenida de las expeditas y arregladas todas las cosas tocantes al descargo de mi conciencia, otorga que hago y ordeno mi testamento en la forma y manera siguiente:

Primeramente, encomiendo mi alma a Dios nuestro Señor, que me la dio, creó y redimió con el infinito tesoro de su preciosísima sangre, pasión y muerte en el Santo Árbol de la Cruz; y el cuerpo mandó a la tierra de que fue formado, el cual cuando acaezca mi fallecimiento es mi voluntad, que amortajado en el hábito de Nuestro Santo Padre Señor San Francisco, sea sepultado en la iglesia, parte, lugar y con la pompa que pareciese a mi albacea, a cuya disposición dejo todo lo demás de mi funeral y entierro.

Segundo.- Mando a las mandas forzosas, piadosas y acostumbradas en las que se incluye la nuevamente añadida de Nuestra Señora Santísima María de Guadalupe cuya portentosa imagen se venera en su insigne Real Colegiata en la Villa de este título, extramuros de la Corte de México, a dos reales… digo, a cuatro reales de plata sencillos a cada una, con que las segrega y aparta de mis bienes excluyendo como excluyo la del venerable Siervo de Dios Gregorio López por estar últimamente mandado, así por superior Providencia, que sobre el particular se tomó.

  El testamento continúa, hace reparto de sus bienes, que incluían ropa, alhajas, bienes materiales, todo lo hereda a su hija, que apenas contaba tres meses. Por lo que dice al principio, intuyo que el accidente que sufrió le perturbó mucho y pensó moriría, era el 2 de enero de 1788; seis meses luego, el 10 de julio, da un escrito a su marido, dirigido al Escribano Público avisando que revoca el testamento y le pide declararlo nulo. El mal provocado por el accidente no fue causa de muerte, tiene una hija más en 1791, morirá en los últimos años del siglo XVIII y, seguramente dictó otro testamento.

  Es bueno notar un dato sumamente interesante, el relativo a las mandas forzosas, las acostumbradas y las pías, de estas últimas habían cambiado un poco, ya no se menciona esa limosna que se hacía para los Santos lugares de Jerusalem, y se dice de la "nuevamente añadida" que se daba a la Colegiata de Guadalupe. Menciona otra más reciente, la que iba para la causa del Siervo de Dios Gregorio López. Para saber sobre este último personaje, entra aquí.

Fuente

AHG. PC 1788, f.7-8

domingo, 17 de junio de 2018

Una ligera idea de lo ocurrido en Nueva España en 1789

 Guadalajara, 17 de Septiembre de 1789.- Estando el día 18 del pasado [agosto] cavando tierra para la obra del Hospital de Belén que está fabricando extramuros de esta ciudad, inmediato a él se encontró un círculo de piedra que llaman de Castilla, bien puesto, y debajo muchas de las de hormiguero; por lo que entrando la curiosidad se continuó excavando aquel lugar, que daba muestra de ser algún pozo, hasta la profundidad de cinco varas, en que se halló la tierra pura, y a un lado una boca de cueva tapada con piedra, la que habiéndose quitado, se descubrieron los huesos de un cadáver y éstos rodeados de doce figuras de barro fino y fuerte de las que una representaría una especie de Corona real, otra la de una Mitra, otra representaba una mujer, otra un muchacho llorando, y las demás que eran pequeñas figuraban brutos: más adentro de la cueva había tipo de metates sin manos, y muchas ollas y cántaros, como también una porción de caracoles de la mar agujerados y algunos pedernales. Todo lo cual da a entender  ser este el sepulcro de algún principal de los Gentiles que habitaban este Reino antes de su conquista.

 Guanajuato, 30 de septiembre de 1789.- Se han hecho en esta ciudad varias públicas y solemnes rogativas a fin de conseguir de Dios el socorro de las aguas por la mediación de María Santísima bajo el título de la misma y otras imágenes milagrosas cuya falta ha puesto al público en la mayor consternación por ser una de las consecuencias  la alteración del precio del maíz y demás semillas, de que resulta el pronto atraso de las minas.

San Miguel el Grande, 2 de octubre de 1789.- Esta noble villa en desahogo de su amor y lealtad determinó por su Ilustre Cabildo celebrar los funerales Exequias de su Soberano difunto en los días 25 y 26 del pasado mes próximo anterior [septiembre] pasando previamente billetes de convite al venerable Clero, Comunidades y vecinos de distinción. Erigió en la Iglesia Parroquial una lucida pira, que constaba de seis cuerpos, vestidos de paños negros y otros adornos, representando un hermoso mármol: cerraba con una tumbilla cubierta con palio de terciopelo negro guarnecido de galón de plata en que sobre cojín de terciopelo carmesí se colocaron las insignias reales y en el medio un óvalo con una elegante inscripción dando idea de las virtudes del difunto monarca; y así en ella como en los pirámides que ocupaban sus cuatro esquinas se colocaron más de seiscientas luces de media libra para arriba, y veintiocho gruesas anchas. Habiendo comenzado los clamores y doble desde madrugada  del día 25 en todas las iglesias se estuvieron repitiendo todo el día a las horas acostumbradas, acompañando cada clamor en una cámara de competente magnitud: a las cuatro de la tarde pasó el Ilustre Ayuntamiento (asociados en él todos los republicanos bajo mazas) a la Iglesia Parroquial en cuyo cementerio estaba formada una Compañía del Regimiento Provincial del Príncipe; y habiéndose  cantado las vísperas con toda solemnidad por su competente coro de música de todos instrumentos, dijo la oración latina el R.P. Dr. D. Vicente Gallaga, presbítero del Oratorio, con el acierto correspondiente  a su vasta literatura, y se finalizó con un solemne responso, siguiendo los clamores de las horas acostumbradas de la noche.
   El día siguiente  a las nueve se volvió a congregar el mismo lucido concurso  de Religiones, Real Colegio y demás en la expresada iglesia y habiéndose cantado la Vigilia y Misa con la mayor solemnidad, ocupó el púlpito el Dr. D. Ignacio Antonio Palacios, cura de esta villa, desempeñando con igual acierto que el antecedente Orador, su elogio fúnebre. Terminada la función con cinco responsos, se restituyó el Ilustre Ayuntamiento a su Sala Capitular, en donde se había preparado para cantar otro responso una tumbilla cubierta con paño negro e iluminada con cuatro gruesas hachas sobre blandones de plata; y concluido este sufragio, se procedió a la ceremonia del pésame por los individuos distinguidos  que habían autorizado.


Fuente:

Gazeta de México. Tomo III, Núm. 42, del martes 20 de octubre de 1789, México, pp. 406-407

sábado, 16 de junio de 2018

Los testamentos del siglo XVIII, sus fórmulas y conceptos

  Uno de los documentos que nos ayudan a entender un poco de los sucedido hace tiempo, hace siglos, son los testamentos, en ellos encontramos datos precisos como el lugar de origen de su testador, el nombre de sus padres, de sus parejas matrimoniales, de sus hijos y, claro es, de sus propiedades. Y al estudiarlos a profundidad vemos también algo que ocurría en tiempos virreinales y buena parte del siglo XIX, que era la religiosidad y el temor a la muerte; mejor dicho, temor a lo desconocido. Comenzaba siempre con una fórmula religiosa: "En el nombre de Dios Nuestro Señor Todopoderoso", luego arremetía diciendo: 

"... más por su infinita bondad y misericordia y entendimiento natural de que doy a Su Divina Majestad muchas y repetidas gracias y considerando que es estatuto de derecho natural general decreto e inviolable ley que toda criatura ha de morir sin saber la hora, ni el cuándo, misterio reservado para sólo Dios Nuestro Señor, por lo cual en su Divina ley y Santo Evangelio nos avisa y manda que velemos y estemos apersibidos como católicos y fieles cristianos debemos estarlo: y con estas consideraciones creyendo como ante todas cosas creo y confieso el altísimo e incomprensible misterio de la Santísima, Amabilísima y Misericordiosísima Trinidad, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas realmente distintas y una sola indivisa, consubstancial y coeterna esencia, en el de la Encarnación del Divino Verbo en las Purísimas y Virginales entrañas de Nuestra Señora la Virgen María... &a.

  Podríamos seguir, más y más, girando siempre en torno a reflexiones un poco apocalípticas que muestran una sola cosa: temor a lo desconocido, temor a la muerte. Las fórmulas que siguen en los testamentos son relativas a las "mandas" y "mandas forzosas" que eran los pagos de montones de misas, muchas, que el albacea se obligaba a cumplir, disponiendo los bienes del testador, sea por venta que por depósito para asegurar que eso ocurriera, cosa que estaba a cargo del Juzgado de Capellanías. Se mandaba dar limosnas, sea para los "lugares santos" de Jerusalem que al Santuario de Guadalupe "extramuros de la ciudad de México", que algún otro lugar que el testador dispusiera. 

  Finalmente, ya en la segunda o tercera hoja, seguía la disposición de cómo se distribuirían los bienes. Y hay algo que me sorprende mucho y me hace pensar en la idea reinante al momento de reflexionar sobre la vida (o la muerte) y dictar el testamento, cuando, luego de dar el santo y seña se anotaban cosas como: "... estando como estoy enferma del accidente que Dios Nuestro Señor ha sido servido enviarme..."

  En las cuatro imágenes que hoy comparto, se ve lo escrito en torno a este punto.

"... estando como estoy, en cama, de la enfermedad corporal que Dios nuestro Señor ha sido servido darme..."

"... estando como estoy, enferma en cama del accidente que Dios nuestro Señor ha sido servido enviarme..."

Para leer más en torno a los testamentos virreinales, entra en este enlace. Una transcripción paleográfica de un testamento del siglo XVII, la puedes ver aquí. Los testamentos que yo he estudiado corresponden a varios personajes del último cuarto del siglo XVIII en la ciudad de Guanajuato.

viernes, 15 de junio de 2018

Isidoro Epstein, singular personaje de la segunda mitad del XIX mexicano

  Leyendo al doctor en historia Jesús Gómez Serrano, autoridad en todo lo que refiere a la bien documentada historia que ha desarrollado sobre el estado de Aguascalientes, me entero de la presencia de un personaje que me parece sumamente interesante: Isidoro Epstein, judío alemán que se establece en la ciudad de Aguascalientes en 1851 como catedrático en el Instituto Científico y Literario, luego desarrollará un interesante estudio, el Cuadro sinóptico. Para leer sobre su vida, te recomiendo entrar en este enlace. Y para ver el mapa que levantó del mencionado estado, entra aquí.


jueves, 14 de junio de 2018

De Los Altos y sus naranjos en las calles

     Ahora que (supongo) valoramos más la armonía entre la naturaleza y las zonas urbanas, notar que hay aun poblaciones en México donde se han respetado los árboles en la calle, da gusto pasar por su sombra y más aun sentir el aroma de sus azahares. No sé si la disposición de sembrar naranjos agrios vino de Guadalajara (nuevamente lo supongo) pues allá, al menos en las plazas que circundan a la Catedral se mantienen y quedan por ahí algunos escritos que dan cuenta de que agradable era pasar las tardes de jueves y domingo, especialmente cuando los azahares estaban en pleno. Hay información que dice de que en Guadalajara fue a mediados del siglo XIX cuando se comenzaron a plantar los naranjos, es por eso que pienso que fue de allá que se dispuso que por algunos (no sé si en todos) los pueblos del estado se sembraran justo este tipo de árboles. En Los Altos he visto que sí se mantienen, como es el caso de Teocaltiche, como lo podemos comprobar en las siguientes imágenes.