jueves, 30 de octubre de 2014

Presencia de la Muerte en el Museo Nacional de Antropología.

    Dice el México creo en ti, en una de sus estrofas, aquello de que en un volado se juega a veces con la vida y a veces con la muerte, refiriéndose a la tirada de una moneda al aire. Al salir a la calle de cualquier pueblo o ciudad en México la presencia de la muerte allí esta. No lo digo por la situación que en la actualidad se vive, esa pérdida de valores en que estamos inmersos, esa ingobernabilidad; lo digo porque en casos más específicos, como entrar al Museo Nacional de Antropología, el cual este año de 2014 cumplió sus 50 años, y al ir recorriendo sus salas vamos encontrando la perenne representación de la muerte a través de la calavera, la cual, nosotros mexicanos, la asociamos de inmediato con la Calavera Garbancera, la creada por José Guadalupe Posada.

   Tenemos ya en el catálogo de los símbolos que identifican a México a uno muy claro y muy bien definido: la calavera. Así pues, en en ese orden de ideas, entramos al mencionado museo para ir retratando si no todas, la gran mayoría de calaveras que allí se exhiben. Claro es que el hacerlo por parte de INAH lleva intrínseco un estudio antropológico, pero no es lo que hoy capturo en este ejercicio sino, sencillamente, una muestra de que si de la cosa prehispánica se trata, está la calavera, si la virreinal, está la calavera, ni que decir con las honras que se han hecho montones de veces a los restos óseos y calaveras de los héroes nacionales. Recorro las vitrinas de ese, el mejor museo que tenemos en México y esto es lo que encuentro:























miércoles, 29 de octubre de 2014

Cementerios desaparecidos de la ciudad de México.

   Creo sale de sobra anotar (una vez más) la fascinación que despierta en mi la ciudad de México, más aun la parte del México Viejo, eso que conocemos ahora por Centro Histórico o Casco Antiguo. En esa parte que cada calle, cada plaza, cada esquina guarda una buena cantidad de historias encontré apenas el templo número 116; sorprendente de que en pocos kilómetros cuadrados exista tal cantidad de templos, todos ellos levantados en el periodo virreinal. Muchos, los más antiguos, son "nuevos" en el sentido que los primeros levantados se vinieron abajo por el hundimiento, los terremotos y las inundaciones. Al recordar que en esa época virreinal en la que el predominante en las mentes era la religión, sus usos y costumbres vemos que, si había tal cantidad de templos, había tal cantidad de cementerios, en el entendido de que cada iglesia, regularmente, tenía anexo uno, o el propio templo, en algunas partes de su interior, solían enterrarse algunos difuntos. Pero ocurrió aquella terrible epidemia, en la que hubo tal cantidad de muertos que fue necesario crear más cementerios. Este que ahora vemos fue El Caballete, otro más fue el de la Candelaria Macuitlapilco, uno más el del Campo Florido, otro, el de Santa Paula, todos ellos ya desaparecidos.

El Caballete.-

    "Llámase así a un amplio terreno eriazo que sirve hoy de muladar, y antes sirvió de camposanto. Está situado del lado de acá de la acequia que se conserva al lado sur de la ciudad, en lo más lejano del barrio de San Salvador el Verde. Triste es la historia de este lugar; fue un barrio de la parcialidad de San Juan, llamado Xiutenco o Xuhuitongo, regularmente poblado hasta fines del año de 1736 en que la desoladora epidemia de Matlazahuatl le acabó casi por completo. La epidemia continuó en los cuatro primeros meses del año siguiente, y no siendo ya bastante los templos ni sus cementerios para sepultar el crecido número de personas que diariamente morían, la autoridad civil, de acuerdo con la eclesiástica, determinó abrir cuatro camposantos en diversos rumbos de la ciudad, uno de ellos, éste; de suerte que en realidad, y sin hipérbole, la epidemia dejó convertido el barrio en camposanto.

    "El barrio de Xiutenco estaba sujeto en lo espiritual a la parroquia de San José de Naturales, y su cura ministro bendijo el camposanto, tan luego como dio la licencia para abrirle, el Juez Eclesiástico Ordinario, que era entonces el dignidad Maestre escuela de la Catedral, Dr. Francisco Rodríguez Navarijo, que fue en principios del año 1737. No se sepultaron allí únicamente los muertos de los barrios cercanos, sino otros muchos aun de lejos; mal llevada la cuenta, llegaron los enterrados a quinientos, pero sin duda fueron muchos más: murió en el curso de la epidemia el cura y se extraviaron sus papeles; pero aunque hubiera vivido, no había habido exactitud en sus apuntes: compensan unánimemente los historiadores contemporáneos, que la gran preocupación de espíritu por los estragos del mal, originaron desorden en los enterramientos, omisiones en los apuntes, y que los párvulos no se apuntaban. En este tiempo el barrio estaba cenagoso, cruzado por varias acequias que formaban isletas, y eran chinampas, de cuyo cultivo vivían los moradores de él. A medida que la laguna de Texcoco se fue retirando y elevándose la ciudad, este barrio se fue secando y endureciendo hasta llegar al estado en que se encuentra, estado que nos lo muestra el plano levantado en 1790. En este, y en desorden las contadas casucas que le formaban; en estos últimos ha vuelto a avecindarse regularizándose sus calles y plazas, que es la del Risco.

    "Concluido el barrio y perdido su nombre indígena, comenzó el público a llamar aquel despoblado El Caballete, tomando ese nombre de un paredón, que a manera de puente descansado sobre una viga, había atravesado sobre la grande acequia, que limita el barrio hacia el Sur, paredón alto que tenía forma de un caballete, para impedir que sobre él pasasen. Ha escapado a nuestra diligencia saber el tiempo en que este paredón fue hecho, y su destino; tal vez sirvió para marcar el límite de dos propiedades vecinas; ellos fue que existía y a cuando la epidemia; ello fue que existía ya cuando la epidemia del Matlazahuatl, puesto que desde entonces se dio su nombre al camposanto que en sus inmediaciones se formó. Posteriormente, en año 1782, cuando el Sr. Ladrón de Guevara dividió la ciudad en cuarteles, se sirvió de este paredón como término de la línea que separaba los cuarteles menores en diez, correspondientes, respectivamente, a los mayores dos y tres, porque este paredón ó caballete se encuentra en dirección de la calle de Necatitlán, con ligera desviación al Occidente". (1)

   En este mapa del 1737, elaborado por el maestro en el arte de la Arquitectura, hacemos un acercamiento a la parte sur oriente de la antigua ciudad de México, en donde se encontraba El Caballete.


Fuente:

1.- Marroquí, José María. La ciudad de México. Tomo II. Tip. y Lit. La Europea de J. Aguilar y Vera. México, 1900. pp.5-7.

martes, 28 de octubre de 2014

San Judas Tadeo en el imaginario popular mexicano.

    La fuerte necesidad que muchos tenemos de creer en algo, especialmente en algo asociado al alma, a la cura espiritual, nos lleva por los intrincados caminos de la devoción a como cada quien la entiende, al menos eso es lo que estoy viendo hoy, 28 de octubre de 2014, en la que fuera la calzada de acceso poniente a la Gran Tenochtitlán, la de Tlacopan, mejor conocida como Tacuba. Docenas y docenas de personas, cargando la imagen de San Judas Tadeo llegan hasta aquí para bendecirlas y para pedir favores o pagarlos en eso que conocemos por mandas.

    Lo que hoy comparto contigo es una serie de fotos que he ido tomando a lo largo de este año por distintos templos, capillas, parroquias, calles, del estado de Guanajuato y la ciudad de México, especialmente, Pero... ¿qué tanto sabemos de San Judas Tadeo? Me apoyo en Wikipedia:  "Judas Tadeo fue, según diversos textos neotestamentarios (Evangelios, Hechos de los Apóstoles), uno de los discípulos de Jesús de Nazaret, que formaba parte del grupo de «los doce» apóstoles. Se le menciona en los Evangelios como «hermano de Jesús». También se lo llama simplemente «Tadeo», o «Judas de Santiago», aunque la identificación entre «Tadeo» (en los evangelios de Mateo y de Marcos) y «Judas de Santiago» (en el evangelio de Lucas y en los Hechos de los Apóstoles) es discutida por los especialistas. En todos los casos, parece existir la tendencia de acompañar el nombre de «Judas» con alguna especificación, quizá por la preocupación de los escritores de aquellos textos por diferenciar a Judas Tadeo de Judas Iscariote,1 el apóstol a quien se atribuye haber traicionado a Jesús.

   "El nombre «Judas» es una palabra hebrea que significa alabanzas sean dadas a Dios. «Tadeo», término proveniente del idioma arameo, significa el valiente, hombre de pecho robusto. También se le llamó «Lebbeo», que significa hombre de corazón tierno. Junto con Simón el Cananeo, Judas Tadeo era uno de los apóstoles considerados como más judaizantes dentro del grupo de «los Doce». Según el evangelio de Juan, fue testigo privilegiado de la Última Cena, durante la cual tuvo una participación activa explícita. La tradición eclesiástica le atribuye la autoría de la epístola de Judas, punto también debatido por los biblistas".

   En cuanto a su representación, a sus atributos, lo hemos visto con un hacha, con una escuadra, con un bastón, con un medallón en el pecho y con la flama del Petecostés. Es lo del medallón, lo que más me llama la atención, especialmente por su nombre original: mandylion; y me recuerda lo que recientemente vi en el Parque Bicentenario Guanajuato con la exposición de la Sábana Santa. Veamos lo de sus atributos o forma de representarlo:

   "La escasez de datos sobre Judas Tadeo y algunas identificaciones equívocas de su persona se vieron reflejadas en la variedad iconográfica que lo caracteriza. Se lo representó con una maza o un mazo, herramienta con la que -según la tradición católica- sufrió martirio (hasta el siglo XIV se lo personificó con frecuencia con alabarda o hacha, e incluso con espada). La «regla doblada» con la que también suele representárselo es una estilización del sable shamsir de origen persa, arma con la que asimismo se atribuye su decapitación. A menudo sus representaciones portan una imagen de Jesús, a veces con forma de medallón, en el pecho, en recuerdo de la leyenda según la cual este apóstol habría llevado el mandylion a la corte del rey Abgar V de Edesa, para sanarle. (En realidad, quien portaba el mandylion era Tadeo de Edesa, uno de los setenta y dos discípulos mencionados en Lucas 10:1-24, pero para cuando fue descubierto el error, la iconografía del medallón en el pecho de Judas Tadeo ya se había popularizado.) También se lo representa con una llama de fuego sobre su cabeza, significando su presencia en Pentecostés, y un rollo en representación de la epístola de Judas, uno de los libros canónicos, que la tradición eclesiástica tendió a atribuirle. En el simbolismo medieval, se consideró la piedra preciosa «crisoprasa» como atributo del apóstol Judas Tadeo".