jueves, 12 de noviembre de 2020

El culto a la muerte en los pueblos mixteco y zapoteco

   Las imágenes que acompañan a este post corresponden unas al museo de sitio de Montealbán y otras a piezas de la Tumba 7, que se exhiben en el museo del Ex convento de Santo Domingo en la ciudad de Oaxaca y, para ubicarnos geográficamente te comento que Chalcatongo, que está hacia el lado poniente de la ciudad de Oaxaca, mientras que, rumbo sur se localiza Tetipac, en la región de Teposcolula. Más o menos al centro de estos dos puntos está  Mitla y como éste era el lugar del Mictlán, todo hace sentido.
 
“Cerca de Chalcatongo hay una montaña que los mixtecas llamaron en su idioma "Cumbre de cervatos," tal vez porque abundase la caza de este animal entre sus breñas y carrascas. En ella, precedida por una ancha plaza, sembrada de flores, se llegaba á la entrada de una cueva, panteón de los mixtecas y puerta por donde debía pasarse á la eternidad. Allí, dice Burgoa, "hasta de los cadáveres pútridos y corruptos quería tener dominio y modo de veneración el demonio, persuadiendo á los reyes y señores, que después de esta vida, le ofreciesen los suyos como en homenaje de la otra, en aquella pira ó sepulcro, general depósito imaginado para los Campos Elíseos que inventó la gentilidad, haciéndoles creer que aquella era puerta ó tránsito para las amenas florestas que les tenia prevenidas á sus almas; y aunque ruin, falso y mentiroso, no les negó la inmortalidad; pero añadió la resurrección de los cuerpos para compañía del gozo que les esperaba."

"Esta cueva, dice Clavijero, era la puerta del paraíso, por lo que todos los nobles y señores se enterraban en aquellas inmediaciones, á fin de estar más cerca del sitio de las delicias eternas." Era ésta una de las muy pocas ocasiones en que se inmolaban en los altares víctimas humanas, según lo cuenta Herrera, aunque en Oaxaca no queda memoria ni vestigio alguno

Desde que enfermaba gravemente el cacique, conmovido el pueblo, hacia votos y oraciones públicas por su salud, celebrando su restablecimiento con fiestas y grandes regocijos; pero si la muerte era el término de la dolencia, se continuaba hablando de él como si estuviese vivo, llegándose al cadáver los presentes y dirigiéndole la palabra como si aún pudiera contestar. El cadáver era amortajado con mantas de algodón; adornos de oro colgaban de las orejas y cuello, y anillos de valor brillaban en los dedos de las manos. Se le vestía además con el manto de su dignidad, y sobre sus sienes la mitra de hermosas plumas.

A su lado ponían uno de sus esclavos vestido con la ropa de su señor, pero cubierto el rostro con una máscara: á este desgraciado tributaban los honores que solían al difunto, á quien cuatro sacerdotes tomaban en hombros á la media noche para darle sepultura. El acompañamiento numeroso del cadáver cruzaba los bosques y las cuestas y barrancas de la montaña, haciendo brillar en la oscuridad sus fúnebres antorchas, hasta que llegaban á la puerta del paraíso, es decir, á la cueva de Chalcatongo, en donde el cadáver, embalsamado, era depositado en nichos formados en el muro. El esclavo era sacrificado y sepultado con las insignias de su efímera dignidad, pero sin quedar cubierto de tierra. Cada año se hacía una fiesta en que se celebraba el nacimiento del último cacique muerto, sin volverse á tratar más de su muerte.

Si los mixtecas creyeron la inmortalidad del alma, los zapotecas no eran menos firmes en esta fe. Creían que todos aquellos que durante la vida habían obrado heroicamente, en especial los soldados que peleaban con esfuerzo, los sacerdotes y monjes que se atormentaban con cruentas penitencias y los hombres sacrificados en las aras de sus dioses, luego de exhalar el último aliento, entraban en un mundo nuevo, tomando tierra en una hermosa región sembrada de valles y florestas, regada por cristalinos manantiales y habitada por hombres que jamás envejecían, disfrutando de eterna juventud, y que discurrían sonriendo en jardines, siempre primaverales, ó entre la animación y el bullicio de las ferias á que los indios fueron muy aficionados.

Dos puertas tenía la eternidad, una para los reyes, que era Mitla, y otra para los nobles, Teitipac. Este pueblo se llamó en la antigüedad Zeetoba, que quiere decir, "otro sepulcro," para distinguirlo del primero y más suntuoso que era Mitla: también se llamó Quehuiquijezáá, que significa el palacio de piedra" ó "cátedra de enseñanza;" lo primero por haberse edificado uno sobre una gran piedra, y lo segundo, por el destino que se dio al edificio

Los reyes de Teozapotlán determinaron que residiesen allí sacerdotes distinguidos por su saber é inteligencia en los ritos y culto de sus dioses, así para que éstos fuesen mejor servidos, como para que dignamente se hiciesen los honores de la recepción á los señores del país que llegasen á visitar el sepulcro de sus deudos difuntos. En estos casos eran consolados por los instruidos sacerdotes, que les persuadían las bellas esperanzas del otro mundo (así le llamaban), inspirando esfuerzo y valor para obrar generosamente con las promesas de sempiterno descanso, y logrando por este medio que los nobles y el pueblo saliesen de allí muchas veces determinados á entregarse á las cruentas penitencias que frecuentaban, ó á los golpes mortales de las armas enemigas peleando en los campos de batalla

Teitipac era, pues, una verdadera cátedra de enseñanza en que á los vivos se daban lecciones de la mayor importancia, con ocasión de los sepulcros de los muertos.

Fuente

Gay, José Antonio. Historia de Oaxaca. T-1. Imprenta del Comercio. México, 1881, pp. 132-135

 

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