jueves, 28 de febrero de 2019

Los Centzon Totochtin, creadores del Pulque

 Pulque. Licor fermentado que extraían y extraen los indios del maguey. Parecerá que este artículo es ajeno á la mitología, y sólo del dominio de la tradición ó de la historia; pero si los nahoas ú otra raza contemporánea deificaron á los inventores ó descubridores del pulque, entonces ya tiene afinidad con la mitología. En efecto, el P. Sahagún, hablando de las peregrinaciones de las tribus nahoas, refiriéndose á los anahuac-mixtecas, dice:

 «Estos mismos inventaron el modo de hacer el vino de la tierra: era mujer la que comenzó y supo primero agujerar los magueyes para sacar la miel de que se hace el vino, y llamábase mai uo el (Mayahuel), y el que halló primero las raíces que echan en la miel se llamaba Pantecatl. Los autores del arte de  aber hacer el pulcre así como se hace ahora, se decían Tepuslecatl, Quatlapanquí, Tliloa, Papasiactsocaca, todos los cuales inventaron la manera de hacer el pulcre en el monte llamado Chichinaiihia y porque el dicho vino hace espuma, también llamaron al monte Poposonaltepetl, q. quiere decir monte espumoso. Hecho el vino convida ron los dichos á todos los principales viejos y viejas, en el monte que ya está referido, donde dieron de comer á todos y de beber el vino que ya habían hecho, y á cada uno estando en el banquete, dieron cuatro tazas de vino, y á ninguno cinco porque se emborrachasen, y hubo un cuexleca que era caudillo y señor de los Cuextecas que bebió cinco tazas de él, echó por ahí sus maxtles (se quitó el taparrabo) descubriendo sus vergüenzas, de lo cual los dichos inventores del vino, corridos y afrentándose mucho, se juntaron todos para castigarle, empero como lo supo el cuexteca, de pura vergüenza se fue huyendo de ellos, y los demás que entendían su lenguaje, y fuéronse hácia. Pcinutla de donde ellos habían venido, que al presente se dice Pantlan, y los españoles le dicen Pánuco; y en llegando al puerto no pudieron ir adelante, por lo cual allí poblaron, y son los que al presente Toociome, que quiere decir en mexicano tooampohoan (totohuarnpohuan), nuestros prójimos.» 

 Estos inventores del pulque Mayáhuel, Panlecall, Papaslac, Tliloa, Cnatlapanqui y Tepustecall eran dioses pertenecientes á los Centsontotochtin, «cuatrocientos conejos.» En el CÓDICE NUTTALL están distintamente retratados los cinco primeros. Los mexicanos, según Chimalpain, en su peregrinación, por el año 1200, descubrieron el pulque.

«Cuentan los campesinos—dice Chavero — que hay un animalito, á manera de rata ó tuza, que por instinto natural raspa el tronco del maguey con su trompa, que tiene cierta forma como de cuchara; en el lugar raspado va brotando y depositándose el jugo ó aguamiel de la planta, y vuelve el animalito á beberse el licor. Dicen que los indios aprendieron de ese animal á hacer el pulque. La verdad es que de la misma manera producen el aguamiel, que después extraen absorbiéndola con unos calabazos largos que llaman acocotes y fermentándola en unas tiras de cuero.»

  Aunque verdaderamente pertenece á la historia, pondremos aquí, como complemento del artículo, la leyenda tolteca sobre la invención del pulque: Bajo el reinado de Tecpancaltsin, un noble tolteca llamado Papantsin descubrió y preparó el pulque ó jugo fermentado de maguey, y como un singular presente, lo ofreció al monarca, por mano de su hija Xóchitl, joven pudorosa y agraciada, de la que el rey se enamoró con locura. Por medio de personas de confianza hizo saber su amor á la doncella, logrando su correspondencia y que se le entregara, siendo el fruto de esta unión Meconetsin, «el hijito del maguey.» —Según Veytia, el presente ó regalo hecho por Xóchitl á Tecpancaltsin, no fue un jarro de pulque, como escribe D. Carlos M. Bustamante, adulterando (como lo hace observar D. José Segura) el texto de Sahagún, pues el citado historiador dice: «Llevaba en las manos un azafate y en él algunos regalos comestibles, siendo el principal un jarro de miel de maguey.

Para ver el Códice Nuttall completo, entra aquí.

Fuente:

Robelo, Cecilio. Diccionario de la mitología nahoa. Imprenta del Museo Nacional, México. 1905, pp, 340-431

miércoles, 27 de febrero de 2019

Algo sobre la vida austera en los conventos dieguinos de la Nueva España

   Hace un par de días veíamos aquí algo sobre los conventos de las ordenes de los hospitalarios, los religiosos que ayudaban en algunos de los hospitales de la ciudad de México, tomamos el caso del de San Lázaro, esta vez veremos algo de una rama de los franciscanos, los llamados Dieguinos a los que se les refiere ocasionalmente en España como los Alcantarinos por seguir las reglas o modo que tenía San Pedro de Alcántara.

   Los conventos que tuvo esta provincia religiosa fueron 16 fundados en el siguiente orden cronológico: San Diego de México, 1591; Santa María de los Ángeles de Churubusco, 1591; Santa Bárbara de Puebla, 1591; San Ildefonso de Oaxaca, 1592; San Bernardino de Taxco, 1595; San Francisco de Pachuca, 1596; San Antonio de Padua de Sultepec, 1599; Nuestra Señora de la Guía de Acapulco, 1607; San Antonio de Padua de Querétaro, 1613; Santa María Magdalena de San Martín Texmelucan, 1615; San José de Cuautla, 1640; San Pedro Alcántara de Guanajuato, 1663; Nuestra Señora de la Concepción de Aguascalientes, 1667; San Antonio de Padua de Córdoba, 1686; San José de Tacubaya, 1697 y Nuestra Señora de Guadalupe de Valladolid, 1761.

    La comida para los religiosos era entre doce y una de la tarde. Al parecer el desayuno no se hacía en comunidad, pues no se menciona nada sobre esto en los textos; es probable que cada religioso desayunara en algún momento de la mañana. En el refectorio, antes de comer, los religiosos enumeraban sus culpas o errores, debiendo mencionar cada uno los que hubiera cometido y recibían del guardián su penitencia. Esto era diferente del capítulo de culpas, que se hacía ciertos días después de comer. Su objeto era el fomento de la humildad. La confesión entre hermanos era necesaria, “porque con las reprensiones que por ello se les dieren y la paciencia con que las recibieren anden sus almas siempre limpias y purificadas”. Las disciplinas también se realizaban en comunidad en el refectorio tres días a la semana (lunes, miércoles y viernes) y se suspendían si en estos días había alguna celebración religiosa: Navidad, Epifanía, Resurrección, Pentecostés, Corpus, San Francisco y Asunción de la Virgen. Con las disciplinas se “mortificaba” el cuerpo, castigándolo físicamente con el uso de objetos punzantes como púas y cilicios.

   A la hora de comer los frailes se acomodaban en el lugar que les correspondía, el cual se debía respetar rigurosamente. De pie se rezaba una oración de gracias. A continuación se descubrían los alimentos servidos previamente y cubiertos con la mitad de una servilleta; la otra mitad estaba colocada debajo del plato, a manera de mantel individual. No se usaba mantel propiamente dicho porque era considerado un lujo. La vianda consistía comúnmente en pan, fruta o verdura, una sopa o caldo y guiso de carne o pescado. Los cubiertos empleados eran cuchara y cuchillo y se utilizaba un jarro para tomar agua, pues el vino les estaba prohibido. El comportamiento en la mesa era solemne pues se debía guardar silencio y pedir las cosas con señas. El superior hacía una indicación para terminar de comer, se daban nuevamente gracias y se designaban cuatro ayudantes para recoger la mesa, lo cual debía hacerse con orden y limpieza. Se recomendaba a los religiosos siempre dejar sobrantes para los pobres. Dichas sobras se recogían minuciosamente: “[…] puesto un plato debajo […] e ir echando en él lo que hubiere quedado de caldo y coles con una corteza de pan y limpiando muy bien con ella cada plato y escudilla”. En un recipiente se entregaba todo ello al cocinero, o refitolero, para que lo calentara y se diera más tarde en la portería a los pobres. Los días que se tenía ayuno forzoso eran las principales fi estas de la virgen María y los sábados, el día de San Francisco y la Cuaresma.

  Después de comer, algunos religiosos ayudaban a lavar la loza, rezando salmos u oraciones. Si después de ello no tenían otra ocupación se retiraban a sus celdas, donde las constituciones recomendaban mantenerse en oración, pero si no se encontraba disposición para ello se aconsejaba hacer algún otro ejercicio “virtuoso” como leer, estudiar, coser y remendar, si de ello se tuviere necesidad. Se podía hacer cualquier otra labor manual conforme a la “gracia que el Señor le daba a cada uno”, y se anunciaba la oración de nona poco antes de las tres de la tarde. Posteriormente, si se era novicio, se atendía la “lección” del oficio divino para el día siguiente, es decir, se revisaba la celebración que se conmemoraría al otro día para rezarla sin el menor error. El maestro de novicios examinaba a los jóvenes sobre la regla, el breviario y la instrucción y doctrina de novicios para evaluar su aprovechamiento. Después se barría el convento, si era día de hacerlo, u otro trabajo manual como limpiar algún camino o labor en la huerta. Para estas actividades los frailes se debían levantar un poco el hábito no más allá del tobillo, pues más era considerado deshonesto. También se enrollaban un poco las mangas para: “tomar la azada o herramienta que sea menester o la escoba”.

   Así transcurría el tiempo hasta el rezo de vísperas a las cinco de la tarde y el “oficio menor” de la virgen María. Después de esto, regresaban los religiosos a sus celdas. Si no tenían otra cosa que hacer, permanecían ahí en oración hasta llegada la cena, que era entre seis y siete de la tarde. La hora de completas se rezaba a las ocho de la noche, con su cuarto de oración. Después de ello, se tocaba la campana para recogerse en la celda y se guardaba silencio hasta la hora de prima del día siguiente. El silencio era recomendado en todo momento, pero principalmente en la iglesia, coro, sacristía, claustro, celda, refectorio y “lugar secreto” o baños. Este silencio fue mandado por la santa sede para todas las órdenes religiosas y era conocido como silencio papal. Si era necesario se podía hablar pero en voz baja y con autorización del prelado. Una vez en la celda cada religioso oraba de rodillas y hacía un examen de conciencia. Se dormía con el hábito puesto y los brazos recogidos en forma de cruz sobre el pecho. En esta posición se decía un padrenuestro y se debía imaginar que se estaba en la sepultura. El fraile debía estar en oración para que así lo dominara el sueño. En este periodo se recomendaba moverse lo menos posible, pues ponerse boca abajo era cosa “poco honesta” y daba pie a sueños “no buenos” o roncar “feamente” y molestar así a los de las celdas contiguas. Antes de salir de los dormitorios se debía extender la frazada de la cama y abrir la ventana para que se ventilara el lugar.

Fuente:

Daniel Salvador Vázquez Conde.  Un acercamiento a la vida cotidiana de los dieguinos o franciscanos descalzos novohispanos. Legajos No. 4. AGN México, Abril – junio 2010  pp. 50-53

martes, 26 de febrero de 2019

De la tradición de celebrar al Popocatépetl: Don Goyo.

 Popocatepetl. (Popoca, que humea; tepetl, monte: «Monte que humea.») El gran volcán de Puebla. Era reverenciado como dios. Su fiesta era celebrada en el mes Teotleco ó Pachtontli. Hacían unos cerritos de masa de bledos, y cada uno en su casa los ponía, colocando en medio uno más grande, que era el Popocatepetl. A estos cerritos les hacían caras con ojos y les ponían diversos adornos; hacían también arbolitos de los cuales colgaban heno y los ponían en todas las cercas.

 Arrojaban después maíz á los cuatro vientos, de cuatro colores, negro, blanco, amarillo y entreverado. Al fin de la fiesta organizaban una solemne danza, en que todos iban vestidos con traje talar blanco y en él pintados corazones y manos abiertas, significando que pedían buena cosecha porque ya era el tiempo; y así andaban con bateas de palo y jícaras grandes, como pidiendo limosna á sus dioses. Llevaban en la danza dos esclavas jóvenes, hermanas, las cuales tenían pintadas en la falda unas tripas retorcidas, significando la una el hambre, y la otra la hartura, y á ambas las sacrificaban. A las imágenes de los montes— dice Durán que dos días les servían comida en trastecitos, como á niños, y, al fin de la fiesta, con un tsotsopastli (instrumento para tejer), como si fuera el cuchillo del sacrificio, los herían introduciéndolo en la masa, y les sacaban el corazón y lo entregaban al amo de la casa; despedazaban en seguida los cerros, y se los comían con gran reverencia como si fuera la carne de los dioses. La concurrencia se entregaba á comer y á beber á honra dé las deidades muertas, llamadas tepeme, «montes.»

  Mientras esto pasaba en las casas, los sacerdotes buscaban en los montes las ramas más irregulares en curvas, que llamaban coatsin, «culebrita,» las llevaban á los templos, las revestían con masa de bledos, les ponían ojos y boca, y hacían las mismas ceremonias que con los cerros; al sacrificarlas como lo habían hecho con éstos, daban á comer la masa á los cojos, á los tullidos, á los mancos y contrahechos, quienes quedaban con la obligación de proporcionar el tsoalli, masa de bledos, en el siguiente año. Después de todo esto, dice Torquemada que inmolaban cuatro mujeres que tomaban el nombre de Tepechoch, Matlalcuae, Xochitecatl y Mayáhnel, y un hombre, Minahuall. Se cree que estos nombres son los de las divinidades de las montañas. Sahagún dice que la Mayahuel era imagen de los maguelles y que Milnahnatl era la imagen de las culebras.

   Sahagún, al describir las fiestas del mes Tepeilhuitl en honor de los montes, no hace mención especial del Popocatepetl. Sólo al hablar de las alturas y bajuras dice: «Hay «uno (monte) muy alto que humea, «que se llama Popocatepetl, que «quiere decir monte que humea, es «monstruoso y digno de ver, y yo «estuve encima de él.»

Fuente:

Robelo, Cecilio. Diccionario de la mitología nahoa. Imprenta del Museo Nacional, México. 1905, pp, 334-335

lunes, 25 de febrero de 2019

El templo del Hospital de San Lázaro en el total abandono, Ciudad de México.

  En el México del siglo XVI, es decir, cuando se llamaba Nueva España, uno de los primeros enormes problemas que se vivieron fue la transmisión de enfermedades. Todas ellas eran desconocidas, la viruela, el sarampión, por mencionar algunas, eran conocidas y temidas en Europa, acá fueron detonante para una considerable baja en el número de población que algunos autores establecen llegó al 90% la mortandad, esto es peor que una de las tantas pestes que en la Edad Media afectó a Europa. 

   A esos eventos aunamos los que trajeron los contactos sexuales, que desataron otra suerte de epidemias y su consecuente mortandad, de ahí que la proliferación de hospitales ocurriera luego de pocos años de presencia europea, el primer hospital fundado fue el que Cortés mando levantar, el de la Purísima Concepción y Jesús Nazareno en 1524, hospital que sigue funcionando hasta nuestros días en la ciudad de México. El segundo hospital que Cortés creó fue el que se conoció como San Lázaro dedicado a quienes padecían la lepra.

   Pero no solo la lepra hizo presencia en la Nueva España, también lo hizo el mal gálico, que es la sífilis; el fuego sacro o fuego de San Antón, que es el Ergotismo. Agreguemos a ello la demencia que siempre ha tenido presencia en la raza humana. Para esta enfermedad se establecieron hospitales que podemos decir tenía una cierta "especialidad" al atender a cada una de las enfermedades y es así como hacen aparición por estos rumbos las Ordenes Hospitalarias:

   Las órdenes hospitalarias deben generalmente su origen a alguna necesidad apremiante e imprevista, a algún azote destructor que no se puede combatir con los medios ordinarios como el fuego de San Antón, la peste negra, etc y al hospedaje y protección de peregrinos a Tierra Santa, por ejemplo, lo cual las diferenciaba de las órdenes militares cristianas, que tenían un objetivo espiritual centrado en la cruzada contra los infieles y la conquista (reconquista en España) y cristianización de paganos e infieles. Las órdenes hospitalarias comprendían dos clases: las dedicadas exclusivamente a la hospitalidad (hospedaje y sanación de enfermos: curar cuerpos curando almas, con el trasfondo medieval cristiano de la dualidad enfermedad-pecado) y las que a la vez eran hospitalarias y de protección militar a peregrinos (ayuda y socorro al viajero que se desplaza por motivos religiosos por territorios agrestes o peligrosos). (Wikipedia).

  De los hospitalarios que llegan a México están: la de San Juan de Dios, los Antonianos o Antoninos o de San Antonio; los Hipólitos; los Betlemitas, muchos de los hospitales que se establecieron tanto en la ciudad de México como en otras poblaciones, estaban atendidos por estos hermanos hospitalarios y uno de lo vestigios que en lamentables condiciones está escondido entre edificaciones modernas y a punto de caer es el templo de San Lázaro, cuyo hospital estaba anexo y del cual no queda nada.
 
  Para leer sobre la construcción y desarrollo del Hospital de San Lázaro, entra aquí. Para leer acerca de los hospitales que hubo en la Ciudad de México, entra aquí. Un interesante artículo de El Universal sobre las condiciones que el templo de San Lázaro tiene en nuestros días está aquí

   El filántropo y doctor Pedro López, estableció este hospital en 1572 para "los enfermos del mal de San Lázaro" y fue sostenido por su fundador hasta 1596 y en los años siguientes por sus descendientes. En 1721 pasó a los religiosos de San Juan de Dios conocidos como "Juaninos" quienes lo abandonaron al desaparecer la orden en 1821. El Ayuntamiento se hizo cargo del hospital hasta 1862 en que los pacientes pasaron al de San Pablo, el cual se conoció posteriormente como el Hospital Juárez.


   La iglesia fue dedicada el 8 de mayo de 1728, a la Virgen de la Inmaculada Concepción o llamada "Virgen de La Bala", patrona de los matrimonios, de las mujeres embarazadas y parturientas, así como protectora de quienes tienen profesiones peligrosas o corren el riesgo de ser alcanzados por algún disparo. Tomó su sobrenombre debido a la leyenda de que la imagen protegió a una mujer que iba a ser asesinada por su esposo enfermo de celos, incrustándose la bala en la peana de la figura con la cual se había escudado la mujer, incluso se dice que aún se encuentra esa bala dentro de la imagen de la Virgen. 

   La construcción de la iglesia fue costeada por el bachiller Don Buenaventura Medina Picazo, contó con pinturas de Nicolás Rodríguez Juárez en el camerín y también con un espléndido órgano. En 1800 se suprimieron el crucero, el cimbrorio y el camerín. Al decaer la edificación fue fraccionada y vendida hacia 1890. La iglesia perdió la torre y el edificio del hospital desapareció como consecuencia del terremoto del 7 de abril de 1845. (Tomado de SIL, Sistema de Información Legislativa.)

  Y, efectivamente, como lo vemos en las imágenes, el templo está a punto de colapsar...


domingo, 24 de febrero de 2019

La estampa el elemento arquitectónico primordial en los templos virreinales.

   Si eres afecto a la literatura que habla de las antiguas calles de México (o de alguna otra población), de seguro habrás topado con la referencia de la Calle de la Estampa, y era tan abundante como la Calle del Puente pues en la ciudad de México había tantos puentes como templos. Recordemos que la ciudad se levantó en la isla de Tenochtitlán y que a medida que crecía se le robaban partes al lago, de ahí que la acequias, arroyos y ríos fuera la cosa más común y que, por consiguiente lo puentes estuvieran por casi todos lados. Lo que vemos ahora es la Estampa de la Catedral Metropolitana, calle de República de Guatemala.

   Y eran tan comunes los templos, dado el estilo de vida y creencias religiosas de esos tiempos, que en la ciudad, eso que ahora conocemos como Centro Histórico, se levantaron 84 templos, de ahí que hubiera otro tanto de Estampas. La que vemos ahora es la Estampa del templo de la Santísima Trinidad, en la calle de Emiliano Zapata, prolongación de la de Moneda.

   Al referirse la calle como la de la Estampa de tal o cual templo, es porque lo hacía en función a ese altorrelieve o escultura que había en algún muro del templo, en este caso vemos la Estampa de la parroquia de San Miguel Arcángel, actual 20 de Noviembre.

   No importaba que templo era, es decir, si parroquia o si ayuda de parroquia o capilla de convento, siempre había una Estampa en el sitio que le correspondía, en este caso estamos viendo la Estampa del templo del Convento de Santa Catalina. Actual calle de República de Venezuela.

   Esta era la Estampa del templo de Santo Domingo, actual calle de República de Brasil. Y la razón de colocar la Estampa en alguno de los muros del templo era porque ahí se colocaba el Santísimo, luego de concluida la función, es decir, luego de la misa.

  "Este mismo nombre nos indica la situación de la iglesia en el siglo XVI. Primitivamente esta capilla debió de haber sido arreglada en una de las salas del mismo Colegio, cuando se pensó en hacer de éste una institución permanente, se quiso tener iglesia con culto público. Quedó ésta situada ocupando la esquina sur-oriente dando a éste lado toda la fachada y al sur el ábside de la iglesia en piedra indicando el lugar en que estaba colocado el Santísimo". (1) La que vemos en la imagen es la Estampa del templo de Santa Inés en la actual calle de Academia.

   Dice el mismo autor, que lo es don Gonzalo Obregón: "...al sur quedaron completadas estas casas por las compradas a Francisco Gómez y que, ya en 1570 permitieron dar a la calle el nombre de calle de la Estampa del Colegio de Ninas". En la imagen la Estampa del templo de La Profesa, en la pared que da al andador Madero.

   De esta referencia de "la Estampa" una vez vi un documento de los últimos años del XVIII en el cual mencionaba de un templo de Salamanca, el Santuario de Guadalupe y decía de algo que había en la Calle de la Estampa del Santuario, que por lo que ahí mencionaba se refería a la actual Guerrero y sí, era la parte de atrás del templo en donde estaba el altar mayor, es decir, el lugar del Santísimo. Lo que vemos ahora es la Estampa del templo de Regina Coeli.

   Muchas de las Estampas de los templos antiguos de la ciudad de México pasan desapercibidos, sus esculturas y ornatos han desaparecido, como el del templo de la Vera Cruz al lado norte de la Alameda.

   O este que era el del templo del convento de San Diego de Alcalá, al lado poniente de la Alameda.

   La estampa del Templo de San Lorenzo se convirtió en ventana.

  Y muchas de las Estampas o no se ven o no existen pero se vuelven difíciles de encontrar pues el comercio callejero ha invadido esos espacios.


  Y de algunas más quedan las placas que indican los nombres que tuvieron antiguamente las calles del centro histórico de la Ciudad de México.

Fuente:

Obregón, Gonzalo. La iglesia del Colegio de Niñas, en el Boletín del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, México, 1952. Lo puedes leer completo aquí.

jueves, 21 de febrero de 2019

El tradicional salón comedor del siglo XIX

   Cada vez son menos los ejemplos que tenemos del estilo dominante en la arquitectura civil del XIX que se mantuvo en las primeras décadas del XX, quizá las fachadas, algunas de ellas, se han mantenido, pero sus interiores han sido demolidos, privándonos con eso el admirar el manejo del espacio que entre los arquitectos de la época había.

  El estilo conservaba la idea colonial del patio central (idea que desde Andalucía nos llegó en tiempos novohispanos), los techos eran altos, el corredor era indispensable y la fuente al centro del patio era indispensable.

  Manteniendo también la idea virreinal, las habitaciones que daban a la calle regularmente eran accesorias, es decir, dedicadas al comercio. Esos comercios bien podían ser parte de la actividad de la familia que habitaba la casa o, en muchos casos eran rentados. El primer salón que aparecía, luego de las accesorias era la Sala, espacio social en el que la visitas eran atendidas o las reuniones familiares comenzaban para luego pasar al espacio privilegiado: el Salón comedor.

  El salón comedor clásico estaba siempre al fondo del patio central, regularmente era visible desde la calle y tenía una puerta central con sendas ventanas, creando así un espacio equilibrado en cuanto a diseño se refiere. En ocasiones la cocina estaba a un lado, en otras estaba detrás.

  De los salones comedor que sobreviven en Salamanca, de donde proceden todas las fotografías, en uso ya no quedan (al menos que yo lo sepa) de los que siguen en pie están en ruinas o han pasado a uso comercial.

  De seguro habrás visto uno de estos espacios en los ahora llamados centros históricos, muchas veces son utilizados por tiendas de telas, de su uso regular, como comedor, ya no queda mucho... aunque no dudo que por ahí sobreviva uno de esto espacios que eran indispensables en la casa y que consolidaban la institución familiar. Esa de la que ahora tanto carecemos.