miércoles, 15 de julio de 2009

Perdido en la península de Baja California -2a parte-

Este es el faro viejo de Guerrero Negro, en donde estuvo la Salinera Santa Rosa, ya desaparecida, fue el primer puerto de embarque de sal en los años 40, cuando la salina comenzaba, cuando se creó el pueblo que tomó el nombre del Balck Warrior encallado por allí. Todo el montículo que se ve, son conchas de las llamadas “garras de león” un molusco que, evidentemente, abunda en la zona. (Recuerda que las fotos no son de calidad porque fueron tomadas con cámara desechable.)

Los menos de cien kilómetros que hay entre el pueblo de Vizcaíno y Guerrero Negro se encuentra con algunas desviaciones muy tentadoras, una que lleva a la antigua mina de El Arco, ya abandonada que me llamaba a gritos que fuera y continuar un poco más para llegar la Misión de Santa Gertrudis, pero no lo hice. Continué a Guerrero Negro para luego cruzar el Paralelo 28 y llegar al desolado y gigantesco municipio de Ensenada, el más grande de México. Desde allí es donde comienzan las advertencias. Hay que llevar agua, gasolina suficiente, y algo que no se menciona pero que hay que deducir: dinero en efectivo. Llegué a la tierra de la desolación y aquí ni bancos ni mucho menos cajeros automáticos existen. Escasos, casi nulos los lugres donde aceptan tarjeta de crédito, así que hay que tomar las debidas precauciones, yo te lo comento por si decides hacer el viaje, pues viví esa grave consecuencia.

Desde la parte norte de Guerrero Negro crece esta planta, cuyo nombre desconozco, que es de un color intenso, entre rojo y naranja intenso, la llanura se extiende por centenares de kilómetros, al fondo se ve la Sierra de San Borja.

La única gasolinera que hay en la zona se encuentra en un ejido llamado Jesús María, a una hora más o menos de Guerrero Negro, la siguiente está en Punta Prieta, a unas dos horas, de allí no hay nada hasta Cataviña, como a 200 kilómetros al norte, pero no gasolinera sino que la venden en botellas o galones. De allí otros doscientos kilómetros más al norte hasta llegar a El Rosario, allí si hay gasolinera en forma. Ah, olvidaba decir, en Guerrero Negro hay banco, Banamex, si el tuyo es Bancomer, tienes que regresarte hasta Vizcaíno, pues el más próximo hacia el norte se localiza en San Quintín, es decir, a unos 500 kilómetros uno del otro.

Llegando a un caserío llamado Rosarito, sobre la Transpeninsular, está la desviación hacia Bahía de los Ángeles, es de una coloración impresionante, me dicen que en Septiembre, cuando llueve, se vuelve aun más bello de lo que es en tiempo seco.

Pasando Jesús María aparece la primera desviación, va al Pacífico, llama mucho la atención, Santa Rosalillita; allí no hay nada, más que un campo pesquero de 300 almas, según me contaron, la mita del pueblo está peleada con la otra mitad, es decir, no hay un ambiente precisamente agradable. Está a 15 kilómetros de la Transpeninsular y el acceso estba recién pavimentado. Como fue Fonatur con su fallida Escalera Náutica quien lo hizo, no escatimó en construir una carretera ancha que tiene la bendición de contar con una zona de vegetación desértica de lo más interesante. Una creación magistral de la naturaleza. Tomando nuevamente la carretera unos 70 kilómetros al norte está Rosarito y apareció otra gran tentación, la terracería, sierra adentro que llega a la Misión de San Borja, lo intenté, pero, al segundo kilómetro me regresé. Poco mas adelante esta la desviación rumbo al Mar de Cortés, a Bahía de los Ángeles que dista 66 kilómetros tan solo. Y es esta parte la cosa más espectacular que he visto hasta el momento, entrar en la zona núcleo del Valle de los Cirios y ver la combinación de plantas desérticas más grandiosa que te puedas imaginar, aquí hay algo como el árbol del Torote, muy parecido del tronco pero que está floreciendo ahora de color rosado, se llama Copalquín, los Cirios aparecen por miles y algunos Cardones, mas todo el matorral, forman un paisaje fuera de lo imaginable, aunado a la coloración de la tierra, a las formas, colores y tamaños de las rocas, incluso los matorrales secos dan una armonía tal al paisaje, que es, en pocas palabras el tramo más bello que he visto en todo México.

La Sierra de San Borja de pronto termina y aparece frente a uno la magnificencia de Bahía de los Ángeles, salpicado de islas, la del horizonte, hacia la izquierda es la del Ángel de la Guarda.

De pronto vuelve el desierto, solo arena y rocas y sin más se ve en el horizonte el Mar de Cortés y surgiendo de allí, la isla más larga que México tiene, la del Ángel de la Guarda y unas cinco mas, combinación excelsa del rojo de las montañas y el azul del mar... lamentablemente allí quedé a merced de los milagros, pues el auto me falló y gracias a que el pueblo está en una bajada de cinco kilómetros, pude llegar, solo del impulso, de lo contrario me hubiera calcinado fácilmente con los 45 grados que había en la zona. Y he aquí el problema, la parte mala, de toda la belleza que se encierra... si no tienes efectivo, simplemente no puedes hacer nada, aquí no conocen los Bancos, el más cercano está a 200 kilómetros, Banamex, porque Bancomer está a 400, es decir, bastante lejos. Llevaba lo suficiente para pasar una noche, no contaba con la descompostura.

Son kilómetros y kilómetros de playa, raro es ver gente por allí, fuera de los pescadores deportivos que llegan a pasar algunos días, no se verá más. El espectáculo es inagotable, de día y de noche también.

Solo hay un restorán en donde aceptan tarjeta de crédito, (es el de Doña Vicky) había varias novedades en el pueblo, una que la carretera estaba recién pavimentada, dos que ya hay luz todo el tiempo y tres, que son dos gasolineras con las que se cuenta. Dormí por cortesía de Rosita, una señora que tiene una palapa en la playa y amablemente me dio permiso de dormir en su playa, me cobijé con el cielo mas espectacularmente estrellado y el café de desayuno estuvo incluido en la cortesía y amabilidad de Rosita. El amanecer lo tuve allí, enfrente, era solo cosa de abrir los ojos y ya, el panorama está puesto. (Doña Rosita renta una muy cómoda palapa con asador y espacio suficiente para tener varios autos y una enorme playa para acampar, lo mejor es que cuenta con dos baños, su hijo, Joel Prieto tiene todo el equipo que ocupes para disfrutar de Bahía de los Ángeles, es guía de turistas y conoce a la perfección la zona, si vas, búscalos, estarás en magníficas manos.)

Dos horas y media luego de salir de la Bahía entra uno en la parte media del Desierto Central, en donde está poblado por los cactus llamados Cirios, la zona está llena de rocas enormes, cerca del pueblo de Cataviña es un verdadero “bosque” de rocas.

Hubo muerto esa noche, un asesinado en el lugar en donde no pasa nada durante los 365 días del año, así pues, el pueblo se paralizó, y allí me quedé, sin dinero en efectivo, sin conocer a nadie, con el auto descompuesto y sin mecánicos disponibles. Luego de una semana de duelo en el pueblo donde nada sucede, apareció un mecánico que trató de reparar el auto, pero no fue posible, así que.... no hubo mas remedio que pedir un aventón, un “raite”, como dicen por allá, para llegar a San Quintín que es el lugar donde BBVA tuvo a bien instalar una sucursal, a 400 kilómetros al norte de Bahía de los Ángeles. Fueron 5 horas las que pasé en la parte de atrás de una camioneta donde unos pescadores turísticos llevaban su botín de regreso a San Diego, solo que la hielera dejaba salir agua y la peste a pescado era fuerte y lo peor, que esa agua se me impregnó del repugnante olor, yo me cuidaba del kayak que tenían amarrado encima de mi, a que no me fuera a golpear la cabeza o de que me mojara, mejor me mojé. El panorama fue sublime, Ctaviña y sus rocas, los cirios por miles, la laguna seca de Chapala, desde allí hay una terracería que va a la Bahía de San Luis Gonzaga, nuevamente sentí el llamado de las otras terracerías, la que va a El Mármol, la mina de ónix ya abandonada y la de la Misión de San Fernando Velicatá, babeaba en el camino pero no tenía opción mas que seguir.

Esta foto la logré en uno de los puntos de revisión, en mitad de la nada, que el ejército tiene instalados a lo largo de la carreta, pasando el pueblo de El Rosario, a pocos kilómetros del Pacífico, el desierto seguía cambiando.

Llegué a San Quintín en pleno domingo, no entendí si había subido al norte o bajado al sur, pues has de saber que allí la población es oaxaqueña, es decir, gente de corta estatura y morenos, y, claro está, con una docena de lenguas autóctonas, todos ellos llegaron a trabajar a los campos agrícolas y se quedaron, algunos van y vienen, hay servicio de autobús directo de San Quintín a Tapachula, ni un kilómetro más, ni uno de menos. Como quiera San Quintín tiene su historia, unos ingleses concesionaron la tierra hace unos 150 años, hicieron que el desierto floreciera y luego, fueron expulsados, por los gringos, no por los mexicanos, pues los ingleses solo producían trigo y en la zona se decía que había oro y los gringos pagaban más por la concesión. Ellos, los británicos dejaron su huella, uno que otro pelirrojo por la zona, además de su panteón y unas ruinas de un molino, el Old Mill que le llaman.

En San Quintín, se multiplican aun mas las plantas rojas, crean unas coloraciones sorprendentes al combinarse con el color de la arena en algunas partes y tierra en otras… al fondo el final de la Sierra de San Pedro Mártir.

Estando allí, me hice la pregunta ya tradicional ¿le sigo o no? ¡Pues claro, si ya estoy aquí! ... saqué dinero del cajero, pasé dos días en San Quintín, unos camarones espectaculars, y así a Ensenada me fui. Pasé cuatro días, con un clima benigno y una comida bastante buena, casi toda del mar... y los vinos, los vinos del Valle de Santo Tomás y de Guadalupe... ah y con la sorpresa de que allí hubo una colonia rusa, de esos que venían huyendo de Stalin y que amablemente (como siempre) el gobierno mexicano aceptó y ellos, tuvieron a bien sembrar y hace producir la tierra. Nunca pensé que Ensenada tuviera una historia tan rica. Uno de los mejores y más fastuosos casinos instalados en México floreció allí en los veintes, el Riviera. Y la sed de oro norteamericana nos dejó de herencia una ciudad totalmente distinta al resto de las ciudades mexicanas, donde no hay embotellamientos y hay estacionamiento suficiente para todos, ¿la razón? ¡los gringos la diseñaron!
Si tuviera que buscar una ciudad donde vivir en el norte, escogería Ensenada, su clima, su organización y, sobre todo, su historia son en verdad sorprendentes, aquí se ve lo que fuera el Casino del Hotel Riviera, uno de los pioneros de la hotelería de alto nivel en México.

Ya ni te digo que me volví a la pregunta original, seguí ahora a Tecate, donde no solo hay la cerveza sino mucho mas... una muy buena tranquilidad y un verdadero pueblo de frontera, así como míticamente te lo han contado en las películas y lo mejor fue descubrir la huella de Don Abelardo L Rodríguez, en la Rumorosa, donde se levanta el Campo Alaska, el lugar que por sí solo vale la pena el abrupto viaje. La Rumorosa es algo espectacular, si te gusta el paisaje rocoso aquí es prácticamente el paraíso, son gigantescas rocas las que conforman esta Sierra de Juárez, y en donde vivieron los directivos del campamento, cuando se construyó el Camino Nacional y donde Don Abelardo mandó hacer su despacho siendo Gobernador del Distrito Norte, para evitar el calor excesivo de Mexicali, quedan las ruinas de lo que fue el campo, construcciones levantadas entre las rocas, de granito y cuarzo, un lugar que va un poquito más allá de la alucinación.

En el Campo Alaska, donde comienza la Rumorosa, las piedras son de granito, brillan al caminar por allí. El edificio que se actualmente es un museo que relata la forma en que se construyó el Camino Nacional, ha sido partida militar, hospital de tuberculosos y manicomio.

Y alucinaciones tienes cuando comes los tacos al vapor que hacen. ¿Por qué se instalaron las taquerías en la zona? lo desconozco pero son buenísimos y montones de gentes llegan a comerlos. Y el milagro aconteció de nueva cuenta, una llamada telefónica en donde me dicen que un amigo estaba por salir de Tijuana con su remolque, así que podía parar en Bahía de los Ángeles en el viaje a San José del Cabo, subir el Mazda y volver con él para quedarme de nueva cuenta a vivir en Los Cabos, pero para que eso sucediera me tenía que ir a Tijuana, cosa que la verdad temía hacer, se dice tantas cosas malas de esa ciudad que lo pensé más de dos veces. Volví a comer el mas delicioso sushi que he probado en mi vida, allí donde estaba, en Tecate (contiguo al Palacio Munificpal, frente al Jardín) y al día siguiente, con mi pesar y maleta en mano, llegué a la desquiciante Tijuana.

Uno de los símbolos de la Tijuana moderna es el CECUT, no te puedes perder ese museo, y ni que decir de las funciones en el Omnimax.

¿Y de Tijuana que te puedo decir que no hayas oído?... que está llena de malandros, que matan en las calles, que hay cientos de putas, que en la frontera son de varios kilómetros las filas de autos para entrar en los USA, que está la Bola y su Omnimax, que la Revo está llena de bares (cerrados la mayoría, por cierto), que los burros andan disfrazados de cebras... bueno, eso lo sabemos ya todos, eso es lo que se dice, pero en Tijuana me encontré con cosas interesantísimas, ni me topé un solo malandro, ni me asaltaron, ni nada por el estilo (putas si vi un montón). El museo es muy bueno, lo pondría entre los tres mejores del país, quitando los emblemáticos del DF, lo pondría junto al de Malinalco y Chetumal, que sin pretensiones y con muy buena museografía exponen la historia y la cultura de la región.

Parte del pasado glamuroso de Tijuana está representado en la fachada mudéjar del Jaialai, casi al final de la Avenida Revolución.

Me instalé pacientemente en un hotel de la 3ª Avenida, esperé uno y otro día a que me hablaran para decirme que el camión de plataforma que llevarían de Tijuana a San José del Cabo estaba ya listo, pasó una semana, pasaron dos, ese tiempo lo dediqué a caminar por todos lados, sin temor, viendo lo sorprendente que es esa que llaman “aquí comienza la Patria”. Tijuana es una mezcla de todo, gente llegada de cada rincón del país y de Centroamérica, a esperar el ansiado cruce al “otro lado” que luego no se da, se quedan allí y Tijuana sigue creciendo más y mas cada día. Conocí el panteón viejo, donde está la tumba de Juan Soldado, confieso que es la primera vez que al cruzar por las tumbas siento el ambiente pesado, tenso, nunca antes lo había sentido en todos los panteones que conozco. Fui a Playas, me llamó la atención estar en el punto más remoto de México, según desde donde lo veamos y recordé que hacía un año había estado en el otro lado, diametralmente opuesto, en la última calle de Isla Mujeres, donde hay un monumento a su descubridor. Curioso, en un año de extremo a extremo del país sin proponérmelo.

Este es uno de los monumentos de la línea divisoria entre México y Estados Unidos, este es el número 258 de 258 que hay, es decir, es el último.

Conocí mucho mas, fui a un Simposio de Historia Regional, allí aprendí sobre Tijuana y pude darme cuenta de cómo la gente tiene ese orgullo de ser de ese lugar, fui a los vestigios de lo que fue el lugar más lujoso de México en los años veintes, el Agua Caliente, no sé qué cara me habrá visto el vigilante que me abrió la puerta y me enseñó la alberca con sus mosaicos moriscos, la fuente de Baco, mas bien, lo que queda de la fuente de Baco, pude retratar el minarete, en fin, la ciudad me absorbió, me perdí, claro está, en el Festival de la Cerveza, cumplí la tercera semana de espera y para la cuarta tuve la fortuna, el privilegio, de conocer al Padre Lapuente, SJ, en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, fue la culminación de una profunda búsqueda de identidad, de ese tratar de entender lo que en ocasiones nos agobia, de saber para que estoy aquí, de saber si voy bien o me regreso… fue una experiencia excepcional. Una semana de paz, de silencio, de enfrentamiento continuo a mí mismo en la Casa Manresa que me hizo llegar a una estabilidad emocional envidiable. Salí a las 5 de la tarde, del sábado siguiente, no lo quería hacer, me encontraba muy agusto en la paz y serenidad de ese sitio, pero la puerta se cerraba, así que, maleta en mano bajé la cuesta, con mis dos shorts y tres playeras que llevaba ya dos meses de vestir, pues todo lo tenía empacado en Loreto… a la media noche estaba ya en el autobús Águila, para llegar a El Rosario, en mitad de la parte norte de la Baja California, allí me estarían esperando con el camión de plataforma para ir a Bahía de los Ángeles, recoger el auto y regresar a San José del Cabo… algún día te contaré ese trayecto que duró 54 horas sin parar.

Yo pensaba darme un recorrido hasta San Ignacio, tres o cuatro días, no más, pero las circunstancias me llevaron hasta el mismo límite del país… si no hubiera fronteras en este mundo, seguro te estaría contando como es la vida en Alaska… tal vez algún día lo haga.

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