martes, 24 de diciembre de 2019

Algo sobre la hacienda Charco de Araujo, municipio de San Diego de la Unión, Gto.

En el trabajo de investigación de la doctora Rodríguez Centeno en una de las 450+ haciendas que existieron en el estado de Guanajuato, la de Charco de Araujo, municipio de San Diego de la Unión, nos deja ver una faceta diferente a lo que habitualmente leemos sobre las antiguas y casi desaparecidas haciendas que hubo en México. En este caso ella analiza el libro de cuentas, en el que se ven los préstamos y gastos que los vaqueros, peones y aparceros hacían. Aquí transcribo solamente una parte de la historia de esta hacienda, si el libro te interesa, es fácil de encontrar, ya que formó parte de la dotación que hubo a todas las bibliotecas del país en el programa "México lee" que Conaculta tuvo en 2012.

  La hacienda estaba localizada cerca del pueblo de Dolores y comprendía un anexo del Valle de San Francisco, en Guanajuato. No obstante sus trabajadores se orientaban mayormente hacia la villa de León, donde residía su propietario el bachiller Manuel Aldama. El comerciante de san Miguel, Ignacio Aldama, también tenía derecho al título de patrón, pero era su hermano Manuel el reconocido como tal en las cuentas del mayordomo monzón.
   Si bien en muchos aspectos Charco de Araujo es una hacienda típica de su tiempo y lugar, no parece serlo en la relación de su propietario con los trabajadores. Aunque Manuel Aldama pasaba sus días en la villa de León, la relación con sus subalternos era frecuente, cotidiana y cercana, especialmente con José maría Hernández Puerta, José Antonio Jante y Benito González, porque ellos viajaban continuamente entre la hacienda y la villa, muchas veces sirviendo de intermediarios y mensajeros entre el mayordomo y el propietario. Sin embargo, en las cuentas de la tienda aparecen anotados con frecuencia adelantos de efectivo que Manuel Aldama daba directamente a los peones cuando iban a León.
   Charco de Araujo, entre 1796 y 1799, se dedicaba a la agricultura y a a ganadería de forma mixta. La administración directa del fundo sembraba maíz, frijol, habas, cebada y garbanzos, y permitía a un número creciente de aparceros (o labradores), las de maíz y frijol. En la hacienda se criaban ovejas, chivos, cerdos, caballos, mulas y vacas.
    Pese a que la hacienda proporcionaba una ración de maíz a sus trabajadores, en la tienda se vendía éste y otros granos cultivados en la propia hacienda, lo mismo que carne y derivados de los animales. En algunos casos se vendieron animales. Por eso, Franco Calderón puedo comprar un toro para la boda de su hijo y José Vicente Manzano de la Cruz “un chivato primal” cuando su mujer estaba enferma. La trasquila de lana servía además para pagar el diezmo de la hacienda. La actividad productiva se dirigía entonces a procurar en lo posible, la satisfacción de sus propias necesidades y seguramente comercializar el excedente.
   La agricultura y la ganadería que se practicaba en Charco de Araujo son las características de las haciendas del Guanajuato de entonces.
   En la segunda mita del siglo XVIII las haciendas de la región comenzaron a desarrollar cada vez más su producción agrícola. Anteriormente haciendas como esta se dedicaban sobre todo a la crianza de ganado.
   En los libros de la hacienda es evidente la transición del pastoreo hacia la agricultura mixta con fines comerciales. Durante el periodo de 1796 a 1800 la producción lanar del fundo se redujo a la mitad, mientras que la de maíz aumentó en igual proporción.
   El impulso agrícola respondió a los cambios del mapa económico novohispano. En esa última etapa del periodo colonial, Guanajuato había superado su consideración fronteriza y había convertido en el “marcapaso económico de la nueva España”. El bajío se caracterizaba por el alto grado de urbanización y por el crecimiento de su producción de plata. También la industria mostró un fortalecimiento, en particular la producción textil.
  Los dueños de tierras se dedicaron cada vez más a satisfacer las demandas de los mercados regionales. De ahí el cambio de la ganadería por el sistema de agricultura mixta en las hacienda, que luego reemplazaron por una concentración en la producción de cereales.
  No obstante los signos de crecimiento económico, este periodo se caracterizó por una intensificación de la competencia por la tierra y el agua. La bonanza en la producción minera, la actividad comercial y el recaudo fiscal presentaron empobrecimiento de muchos.
   Entre los que sufrieron el deterioro de las condiciones de vida estaban los trabajadores del campo. Lo cierto es que el auge económico favorecía sobre todo a las élites, en tanto los índices de crecimiento poblacional, particularmente altos en el Bajío, agravaban la situación de los humildes. A mayor cantidad de habitantes mayor es también la presión sobre la tierra y más abundante la oferta de trabajadores. Así desaparecieron las condiciones que en tiempo de escases de fuerza de trabajo habían favorecido a los pobres del campo. Si las haciendas funcionaban con la seguridad de que tenían una reserva de trabajadores, no tenían por qué ofrecer garantías a la plantilla laboral para que permaneciera en la finca.
   De todo esto se desprende entonces que tener acceso a tierras, trabajo durante todo el año o buena parte de él y una cuenta en la tienda de raya, eran situaciones de privilegio en el Bajío de la segunda mitad del siglo XVIII. Por eso, los administradores de Charco de Araujo no tuvieron que recurrir a forzar el endeudamiento.
   De los setenta trabajadores a los que la hacienda les otorgó crédito entre 1796 y 1800, 20% tuvieron un balance de dinero en efectivo a su favor, 5% saldaron su cuenta con el trabajo y solamente el 35% obtuvieron adelantos que superaban su asignación salarial. Esto quiere decir que la mayoría de los trabajadores de la hacienda (68%) estaba libre de deudas. Si consideramos que el acceso al créditos significaba un privilegio para garantizar la subsistencia, podemos impedir de estos datos que había una minoría que recibía trato preferencial en aras de procurar su permanencia en la finca. De hecho, del 35% que si resultó deudor, los balances más altos correspondían a un reducido número de empleados permanentes, en su gran mayoría peones que a la hacienda le interesaba recompensar.
   A lo anterior se suma que la mayor parte de los peones de Charco de Araujo no trabajaban el año entero. Solo 40% de ellos tenían un trabajo fijo, los demás tuvieron trabajo por temporadas. Es interesante notar que muchos de estos trabajadores estacionales se alquilaban en la hacienda en momentos de sus vidas en que enfrentaban algún gasto importante como la enfermedad de un familiar o el casamiento. Por lo tanto, hay elementos para pensar que iban en busca del crédito que la tienda de raya les proporcionaba. En ocasiones, cuando saldaban la deuda, dejaban el trabajo en la hacienda. 

Fuente:

Rodríguez Centeno, Mabel. El espejo de la vida: Crédito al consumo y cotidianidad en la hacienda de Charco de Araujo (1796-1799). Historia de la vida cotidiana en México. Tomo III. FCE. México, 2012, pp.126-129.

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