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sábado, 29 de febrero de 2020

La misión jesuita de San Luis Gonzaga en Comondú, Baja California Sur

  Las imágenes que hoy comparto las tomé hace doce años, tiempo en el que me dedicaba a la docencia en Loreto lo cual me permitió conocer buena parte del estado de Baja California Sur, siempre atraído por las varias misiones que fueron establecidas por el Fondo Piadoso y ni que decir de sus paisajes. Recuerdo que para llegar a este lugar fue necesario internarme por tierras totalmente despobldas, aventura que fue de lo más interesante.

   La misión de San Luis Gonzaga de Chiriyaquí fue establecida como tal por el misionero jesuita Padre Lambert Hostell en 1740, anteriormente en 1721 el misionero jesuita Padre Clemente Guillén estableció una visita misional (una pequeña capilla sin sacerdote asignado). El misionero Juan Jacobo Baegert organizó la construcción de la iglesia en material sólido y duradero. Está establecida en las cercanías de la Sierra de la Giganta, a 28 km al oeste de la Misión de Nuestra Señora de los Dolores de Chillá, en el sitio que los indígenas llamaban Chiriyaquí, topónimo guaicura de significado desconocido.

   En la época de máximo esplendor de la Misión el Padre Baegert atendía una población de 500 nativos de muy diferentes etnias. La Misión fue establecida inicialmente como una visita de la Misión de los Dolores. Dentro de la iglesia se puede contemplar una imagen de la Virgen de los Dolores que posiblemente provino de la Misión de Nuestra Señora de los Dolores de Chillá al ser abandonada en 1768.

   En años recientes fue descubierta la imagen de San Luis Gonzaga en La Paz, que se hallaba pérdida desde 1914. Fue regresada a la Misión en solemne procesión. En la actualidad únicamente ocho familias habitan el área. Don José de Gálvez, Visitador General ordenó el abandono de la Misión en 1768 y el traslado de los 310 neófitos a la Misión de Todos Santos, algunas familias de origen europeo siguieron viviendo en el lugar.

   La Misión no ha vuelto a ser abierta en forma regular al culto religioso, sin embargo permanece en buenas condiciones, de tarde en tarde se le hacen restauraciones y por supuesto se celebran misas en ocasiones especiales, aún conserva su campana datada en el siglo XVIII. Para acceder a la Misión es necesario hacer un recorrido de más de 50 km por camino de terracería. (Wikipedia.)








lunes, 23 de noviembre de 2015

De cuando la Nao de China es autorizada a llegar a Los Cabos.

   Se antoja curioso, amén de interesante, darnos cuenta de que los principales centros turísticos de playa en México son precisamente los lugares que guardan una profunda historia que, tal vez opacada por la oferta de servicios y por la belleza natural que racionalmente –en teoría- se explota en esos lugares que, cuando encontramos datos que nos revelan no que eran esos sitios hace algunos siglos, el panorama que se presenta es otro, como es el caso de lo que ahora nos ocupa, un concepto casi mítico que es lo que conocemos por Nao de China, que ni era Nao ni venía de China, sino que era un Galeón que venía de Filipinas. De las Islas Filipinas que fueron en su momento la parte más oriental de la Nueva España.

   La misión jesuita de San José del Cabo fue fundada en abril de 1730, antes de eso la región era conocida, especialmente por cartógrafos y navegantes pues el Cabo de San Lucas era punto referencial. Desconozco si antes de 1733 la Nao hacía escala en “el río de San José” o “Bahía de San Bernabé” o “Aguada Segura” como se le conocía a lo que hoy llamamos San José del Cabo. Creo que sí, pero documento que lo autentifique no lo he leído aun, y es este de 1733 el que nos dice que en ese año se oficializó la escala, primera en la tierra firme, luego de seis largos meses de navegación. Ese documento lo incluye el padre Francisco Javier Alegre en su historia y lo transcribe Vicente Riva Palacio en el México a través de los siglos:

   “El año de 1733 el padre Tamaral tuvo noticia por unos indios de que por el cabo de San Lucas en el puerto de San Bernabé había anclado el navío que iba de Filipinas a Acapulco. Llegó allí el misionero y encontró que el capitán del navío había hecho allí escala para hacerse de agua y provisiones y dar algún descanso en tierra a los enfermos de escorbuto que venían en la embarcación. El capitán, los tripulantes y pasajeros fueron perfectos asistidos y ayudados por el padre Tamaral y el gobierno de México por los informes que dio ese capitán, dispuso que en sucesivo las naos que viniesen de las Filipinas hicieran escala en California en el puerto de San Bernabé.

  Al siguiente viaje, la nao San Cristóbal, que venía de Filipinas, intentó sacar de tierra agua y víveres de refresco, pero se encontró insurreccionadas a las tribus, que hostilizaban a la tripulación e impidieron el desembarco. El capitán se hizo a la vela para Acapulco, y dio de aquel acontecimiento el siguiente informe al virrey

   “Exmo. Sr. – Habiendo llegado falto de agua, leña y lastre a la costa de California, hice junta de oficiales en que de común acuerdo se resolvió convenir que llegásemos al río de San José, donde no solo podríamos proveernos de lo necesario sino también dejar los gravemente enfermos, como lo hizo el año pasado el general D. Gerónimo Montero con especial complacencia del padre ministro de dicho río, en cuya virtud envié delante la lancha a cargo del piloto tercero para que reconociese y sondease la ensenada. Este, al llegar yo, me informó que había encontrado en la playa crecida porción de indios, y que uno llamado Gerónimo, el más ladino le dijo ser criado del padre y puesto allí para avisarle cuando llegase la nao. Que dicho padre se hallaba ausente a veinte leguas de allí; pero que ya había enviado a avisarle, y que el dicho piloto en esta confianza había dejado en tierra ocho enfermos que no podían sufrir los golpes de mar por estar muy fuerte la marea. Hice cuanto pude para tomar la ensenada, pero me fue preciso pasar a otra, nueve leguas adelante en el cabo de San Lucas. Desde aquí envié otra vez la lancha con cuatro hombres, noticiando mi llegada al padre ministro, y suplicándole me remitiese los ocho hombres. A poco rato vinieron dos indios con el ladino Gerónimo, diciendo ser enviados del padre, a ver si el patache había dado fondo en aquella ensenada, que por no saberlo de cierto no escribía ni venía a vernos; pero que vendría presto. Con esto se fueron y yo quedé sin la menor sospecha, hasta que viendo la tardanza determiné poner fusileros en tierra para resguardo, así de los enfermos que esperaba, como de la gente que estaba haciendo aguada. Al día siguiente vi venir como seiscientos indios armados de arco y flecha; y aunque al principio discurrí venían acompañando al padre y a mi gente, llegó Gerónimo a bordo y me dijo que aquella tarde estaría allí el padre Tamaral con los doce míos, que ellos venían adelante para ayudar en lo que ofreciese. Sin embargo de esas razones me pareció conveniente detenerlos a bordo y enviar a tierra otros doce fusileros con orden de que fuesen embarcando y que me remitiesen primero los enfermos. Al irlo a ejecutar, de ocho indios que detuve a bordo se echaron a nado los cuatro, aunque se cogió uno. Con este nuevo indicio di orden que se embarcase toda la gente. Al embarcarse los últimos dieron el alarido los indios disparando un diluvio de flechas a que se correspondió con varias descargas de fusilería retirándose al mismo tiempo de la playa donde ya no pudieron ofender las flechas, quedando solo heridos levemente dos marineros. En vista de esto pasé a reconvenir a los presos, de quienes supe como ahora tres meses mataron a dos padres y los quemaron con las iglesias e imágenes, sin reservar más que a una mujer de un soldado llamado Santiago Villalobos, a una hermana y dos hijas suyas. Que de nuestra gente a los ocho primeros los mataron luego que el navío partió para la ensenada, y después a los otro cuatros que encontraron en el camino. A dichos indios inmediatamente les mandé poner prisioneros, y traigo conmigo, con ánimo de entregarlos al castellano de este puerto, ínterin V.E. dispone lo que deba ejecutar con ellos. A bordo del patache capitana San Cristóbal y Enero 4 de 1735” (1).

Fuente:

1.- Riva Palacio, Vicente. México a través de los siglos. Tomo VII. Editorial Cumbre. México, 1986, pp. 107- 108

martes, 29 de octubre de 2013

Extraños panteones en Baja California Sur, vistos por El Bable.

   Nosotros, mexicanos, partimos de una dualidad que aun no acabamos de entender ni de interpretar, vamos, cual borregos, a las festividades de estos días, llamense Día de Muertos o Halloween, sin poner atención a la cosa dual; es decir, al ciclo vida-muerte, principio y fin o, como en la Santa Iglesia lo interpretan: Alfa-Omega. Es por eso que, -por la dualidad- que somos tan afectos a celebrar a la muerte. Hay un "puente de muertos", hay un "Festival de la Calavera", y tantas más celebraciones que bien nos llenan toda la agenda en estos días y todo ello es en torno a la muerte. Este pequeño ejercicio fotográfico (que no es muy claro porque las fotos las tomé en papel) nos da idea de un concepto de muerte distinto, creo el más angustiante: la muerte de los bebés; estas dos primeras tomas son del panteón en Guerrero Negro, Baja California Sur.


  Este es un panteón que, quizá, sea clandestino, se ubica en lo que fuera el primer muelle para sacar las sal de Guerrero Negro.

  El panteón de San Ignacio, Baja California Sur.

  Panteón por el rumbo de El Triunfo, Baja California Sur.

   Otra toma más hecha en San Ignacio.

  En El Triunfo hay varios panteones, uno para chinos, otro para ingleses y este, que es para mexicanos.

  Las siguientes tomas son de un panteón en verdad acongojante, se trata del de Santa Rosalía, en donde estuvo la mina de cobre de El Boleo.



Nota: Este artículo lo agrandaré en cuanto tenga la oportunidad, pues tengo fotos que tomé en el panteón de la misión jesuita de San Luis Gonzaga y de la misión de Mulegé, panteones en verdad enigmáticos.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Un 'bosque' de cactus cercano a San José del Cabo.

Recuerdo que la primera vez que fui a Los Cabos, cuando recién se había inaugurado la Carretera Transpeninsular, el ir por el tramo entre La Paz y San José fue sorprendente, era la primera vez que veía rocas de las dimensiones que allí había, eso fue en 1976; pasaron muchos años cuando decidí irme a vivir allá, era 1994 y esa vez lo que me sorprendió desde que enfilé del aeropuerto al pueblo fueron los cactus, los cardones específicamente que se seguían uno a uno a lo largo del camino. Ahora, ya en octubre de 2012 llego a un punto por el rumbo de Caduaño en donde hay un auténtico bosque, por así decir, de cactus, algo en verdad sorprendente; aquí las tomas: