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viernes, 26 de junio de 2009

Solsticio de verano, San Juan Bautista, la celebración al sol

Si hubiera planeado la secuencia de los artículos que durante la semana fui escribiendo, quizá no hubieran conducido todos a la misma idea, fueron saliendo en forma espontánea, hubo dos ideas que se desarrollaron, por un lado el fuego, su simbolismo y sus ritos, el otro el sincretismo, de cómo dos pensamientos, en este caso, los religiosos se unen y hacen una combinación afortunada. Hoy para concluir las casualidades nos llevan al tema del Solsticio, el inicio del verano, el cual se dio el pasado 21 de junio. En la latitud que vivimos en México los cambios de estación no son tan notorios, como en países que están más al norte y es de allá que nos viene la tradición que en buena medida no nos trajeron durante la conquista: La noche de San Juan.

San Juan Bautista es, indiscutiblemente el santo más importante que hay dentro de los cientos de santos que la iglesia Católica celebra, tiene una característica: es el único cuya celebración se hace el día de su nacimiento, que es el 24 de junio y marca precisamente 6 meses antes de llegar a la celebración más grande que hay, el nacimiento de Jesús. Es decir, San Juan Bautista se ubica tres días después del solsticio de verano, Jesús tres días después del solsticio de invierno. ¿Casualidades? No lo creo, pues el Bautista lo dijo: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo." Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.”

El 3 es el número de la divinidad en la religión católica, las fechas no se dan al azar, encierran siempre un significado, mantienen una lógica intrínsecamente ligada a la filosofía y al significado que encierra cada cosa y cada número. Esa representación del 3 lo vemos nuevamente reflejado en el otro Juan, el Evangelista, el que se dice fue “el discípulo amado de Jesús” pues su celebración es precisamente tres días luego del nacimiento de Jesús, el 27 de diciembre. Así como el Bautista es quien anuncia el nacimiento, el Evangelista es el que anuncia su muerte. A ese periodo, el más productivo que hay en el año en cuanto a siembra y cosecha de granos se refiere, se le nombra, en una buena parte del mundo “Los Juanes”.

La fiesta de San Juan Bautista, tradicionalmente en el México colonial, revestía una enorme importancia, ya que estaba asociada con el agua. Antiguamente se pensaba que el día de San Juan era un día mágico en el que todas las aguas de los ríos, lagos y manantiales cobraban una fuerza especial, el baño se volvía ritual y la celebración fue perfectamente aceptada por los antiguos mexicanos ya que Tláloc en su representación no solo de lluvia, sino de agua, era de las mas festejadas. Salamanca se llamó originalmente Xidóo, cuando los primeros españoles llegaron se le nombro San Juan Bautista Xidóo y su ubicación era precisamente a un lado del Río Lerma, el Madonté que llamaban los otomíes, o el Grande como lo llamaron los españoles. No es de extrañarnos que en la festividad que acaba de pasar se regalara un jabón, un ejemplo más claro de lo que es el sincretismo no puede haber.

La celebración del solsticio de verano es de las más antiguas de la humanidad, entre los griegos eran las fiestas de Apolo dios que personificaba al sol, para los romanos estaban dedicadas a Minerva, diosa de la guerra, en ambos casos, los rituales se escenificaban con fuego, con enormes fogatas, los jóvenes saltaban encima de ellas en busca de una purificación, los mayores pasaban, junto con sus animales por arcos de fuego, siempre con la idea de una purificación. En cambio los celtas las dedicaban a Beltaine y sus festejos iniciaban desde mayo, para concluir en el solsticio con enormes fogatas en busca de la purificación, se decía que ese día las brujas andaban sueltas, la gente no dormía y se protegía con la luz de las fogatas ya que esa es la noche más corta de todo el año, de allí viene ese sincretismo, en este caso, el que la iglesia Católica tomó de todos los rituales de la antigua Europa que les fue imposible de eliminar.

El maestro michoacano Jesús Álvarez Constantino lo define claramente en su libro “El pensamiento mítico de los Aztecas” de Editorial Balsal 1977: “El propio Cristianismo, una de las religiones más espiritualizadas del mundo, hunde sus raíces en el materialismo de las religiones anteriores; las celebraciones del nacimiento y muerte de Cristo se derivan de las antiguas fiestas paganas del nacimiento y muerte del sol, dios supremo en muchos pueblos primitivos. Todavía ahora, la custodia que representa al Altísimo es un sol de oro, orlado con fulgurantes rayos de luz.” ¿Y qué es esto que en Salamanca acabamos de vivir con las celebraciones del Corpus Christi y sus ofrendas de velas? Creo que esto fue la concentración de todas esas antiguas celebraciones, en donde el fuego purificador está presente, se le fue a celebrar Jesús para agradecer de un año próspero, para pedir un año de bienestar… No cabe duda que nuestra esencia humana no ha cambiado en nada en cientos de miles de años.

Las fotografías del altar de San Juan Bautista fueron tomadas en su templo de San Juan de la Presa aquí en Salamanca, el día de celebración, las sagrarios fueron los que sobrevivieron a un incendio en el Templo de San Agustín de Yuriria, la pintura del Bautismo de Jesús por San Juan corresponde al baptisterio del mismo templo en Yuriria. El cáliz en lentejuela fue parte de un altar en las pasadas celebraciones del Corpus en Salamanca.

Si los términos litúrgicos se te confunden, aquí hay una pequeña guía gráfica para que los identifiques mejor:
http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/liturgia/objetos_liturgicos/a_objetos_liturgicos.htm

sábado, 20 de junio de 2009

El fuego, el ritual mas antiguo de la humanidad. A propósito del día E.

Nos podríamos perder en la noche de los tiempos y encontraríamos la salida gracias al fuego. El fuego desde que se conoció gestó un cambio contundente en la vida cotidiana, dio calor cuando hacía frió, dio luz en la oscuridad, dio protección en la noche, gracias a él los alimentos se volvieron sabrosos y, al poco tiempo se volvió objeto de culto y parte fundamental en los rituales de purificación, se convirtió en el elemento purificador junto con el agua. En el bautismo junto al agua el fuego está presente, en el ritual del matrimonio la pareja está flaqueada por sendas velas y ni que decir en la muerte cuando antes de ser enterrados seremos velados, en mitad de los cuatro ángulos que señalan los confines del mundo y que marca el fuego de las velas. Nuestra vida está ligada al fuego, no en balde se le llama hogar al lugar en donde arde la llama, la que da calor, precisamente en el hogar, que no es otra cosa que la casa, pobre o rica, chica o grande, es lo que entendemos como el cálido seno que nos aloja en esta vida.

Los rituales de fuego en el antiguo México fueron importantísimos, había el fuego sagrado que ardía durante 52 años en el Templo Mayor para luego ser extinguido y esperar, luego de los días noetami o inexistentes, la llegada del fuego nuevo, el fuego renovador, la esperanza de vida por un amarre de tiempo mas, que era la forma en que los aztecas entendían al siglo, un amarre en el tiempo que comenzaba y terminaba con el fuego. Nuestra herencia, tanto la auténticamente mexicana que es lo que nos dejaron las civilizaciones mesoamericanas; como la que nos llegó del lado oriente de la Mar Océano, como se le llamó al Atlántico, generó una simbiosis, una mezcla afortunada de ideas, de creencias, de ritos, de lineamientos a seguir en los que el fuego siempre estuvo presente.

Esa vida mestiza tan nuestra, tan indiana, tan criolla, tan… mexicana, nos da las bondades de una y de la otra de nuestras raíces, nos hace ser tan particulares y tan comunes, tan distintos y tan iguales, nos hace sentir, nos hace temblar, nos hace olvidar, nos hace evadir… nuestra mexicanidad es tan, tan nuestra, que con enjundia la defendemos cuando somos atacados y nos permite ser tan tolerantes, que entre nosotros, normalmente, solo nos entendemos. Queremos y odiamos, aceptamos y rechazamos, ponemos cara de alegría cuando estamos tristes y de tristeza cuando la alegría nos inunda, nuestras celebraciones son por demás particulares.

Yo que nací aquí, en México, en el Bajío, en Guanajuato, específicamente en Salamanca, la de acá, la Salamanca del Nuevo Mundo, el día de hoy no acabo de sorprenderme, de maravillarme de lo que somos capaces cuando, luego de tanto hablar y decir y alegar y refutar somos capaces de hacer… de volver viva la antigua tradición que no comienza hace uno no dos sino mas siglos, hace tantos que la memoria no nos alcanza, es difícil entender como, luego de tanto tiempo los rituales siguen vivos, por fortuna aun están vivos. Con matices distintos, con alcances diferentes, con otras IDEAS, pero rituales al fin y con un objetivo específico: darle gracias a la fuerza creadora del universo por permitirnos estar vivos. Eso para mí ha significado la celebración del Corpus que acaba de terminar.

El Corpus y la Octava de Corpus, una celebración que sabiéndola apreciar desde su más mística concepción nos traduce en palabras las imágenes claras de lo que somos, la mezcla de la que venimos de un mundo medieval europeo y una riquísima civilización autóctona que no nos hemos atrevido a entender debido a lo profundo de sus conceptos. Estas festividades son, efectivamente dedicadas al Santísimo, al Creador, al Todopoderoso, a una divinidad que… pongámosle el nombre que le pongamos es una y solo una: la fuerza creadora del universo.

En estas festividades de Corpus se celebra a la Eucaristía, se celebra al Jesús triunfador, al que ascendió a los cielos, no al crucificado, sino al que domina y controla, al hijo del que todo creó… al que es adorado con fuego, al igual que con fuego nuestros más antiguos antepasados adoraron al sol, a la luna, a la lluvia y a la tierra. En sus festividades se bailaba, se cantaba, se le llevaban ofrendas, flores aromáticas, incienso exquisito. Las cosas no han cambiado, a pesar del paso del tiempo y de una apreciación de vida “moderna”. En estas festividades hay algo que es, encima de todo una gran Fe. Fe que se centra en una bien cimentada idea de que esa fuerza creadora existe y está allí. Eso es la Fe. Fe que muchos han perdido, que muchos no pueden comprender, que muchos la tienen pero la niegan y otros no la conocen pero afirman tenerla. El fuego limpia, el fuego purifica, el fuego nos hace reflexionar…

Mestizos, somos orgullosamente mestizos, somos morenos, ni blancos ni negros, morenos, tenemos el poder de captar el significado de las cosas heredadas de los antiguos mexicanos y de los que se volvieron mexicanos pero que llegaron de mas allá del horizonte, ellos trajeron cosas e ideas, aquí las habían ya, tanto cosas como ideas y lo que nosotros somos en la actualidad no es más que la fusión de lo mejor de una y de otra cultura, somos productos de dos excelencias tan fuertes que no hemos logrado aun entender. Estamos a tiempo de hacerlo, ojalá y suceda pronto.

Las fotografías que acompañan esta reflexión fueron tomadas a lo largo de la semana del Corpus Christi en Salamanca, que es una de las más arraigadas tradiciones que tenemos, la cual muchas ciudades estarían orgullosas de tener y que aquí, lamentablemente, mucha gente se empeña en no admirar, mucho menos entender.

Con esta entrada quiero celebrar, El Día E, el día del idioma Español, el que tu y yo y otros 400 millones de personas hablamos alrededor del mundo. Por cierto, mi palabra favorita en español es ESPELUZNANTE. ¿La tuya?

¿No sabes lo que es el día E? entérate en http://www.eldiae.es/