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sábado, 24 de septiembre de 2016

De caligrafía, patitos y recuerdos...

   Fui párvulo, como todos lo fuimos en su momento, solo que yo entendía que "párvulos" o, más aun, "parvulitos", era el nombre de la escuela, de mojas, por cierto. Luego entendí, ante la implementación de los "kindergarden" y más aún, en los "jardines de niños", que una cosa y la otra era lo mismo. Ahora lo entendemos como Preprimaria. Y ocurrió que, andando por los rumbos de Parangueo vi unos curiosos números escritos en una banqueta, marcando el metro, cada número era un metro pues, en toda feria siempre se marcan los espacios para que se coloquen los puestos y cada quien pague su "plaza" y todos contentos. Pero los números no eran del todo común, especialmente el 2, que me hizo recordar aquellos ejercicios que hace al menos medio siglo de que "los patitos son el número 2". Por suerte me toco ser de la generación de transición entre lo manuscrito y la letra de molde, igual leo una que otra, igual escribo una que otra y veo (yo que no tengo hijos... ni nietos) las complicaciones que tienen los niños ahora para entender lo manuscrito.






sábado, 14 de julio de 2012

La otra cara de las playas: Un relato de verano.

 Esta historia bien te la podría comenzar a contar haciendo memoria de cuando vi, por primera vez el mar. Esto implican unos 40 años al menos, cuando, siendo unas vacaciones de verano, [como ahora] y nos enfilábamos a bordo de un Impala 70, rojo de color y con mi hermano mayor al volante; la primera escala fue a la vera del camino frente al volcán El Joruyo, impresionante paisaje de lava negra y árboles secos. Aun la solidaridad [como la que vemos en la fotografía] había llegado a nuestro país y las autopistas, fuera de las que conectaban a la ciudad de México, no había más, así que la jornada fue larga en extremo. Lo que más recuerdo en aquella ocasión fue que, al ir bajando de la sierra, serían las 3 o 4 de la tarde, la neblina apareció, el calor y la humedad se sintieron y, de pronto, el cielo se descubrió y apareció en el horizonte el enorme Océano Pacífico.

 Mi descubrimiento del mar no fue, como suele suceder a la mayoría de los niños en la actualidad, en un hotel todo incluido en unas vacaciones en las que más que conocer el destino turístico se conoce un hotel y todas las infinitas posiblidades que ofrece; mi primer viaje incluyó primero entender las diferencias climáticas, las diferencias en el entorno, en la comida, en lo que mercados y tiendas ofrecían, Puerto Vallarta apenas se estaba conociendo gracias a Liz Taylor y su película de La noche de la iguana. No recuedo haber pasado largas horas en un camastro o brincoteando en la playa. Pero sí recuerdo un extraordinario viaje a Guayabitos y el agua más transparente que jamás había visto. También recuerdo una aproximación a unos islotes, los Arcos, creo se llaman... en fin, en buena medida no eran las típicas vacaciones. Camináramos mucho pues vengo de familia de caminadores, cosa que veo más bien normal, pero que sé no es nada habitual.

 Pasaron muchos años, muchos, me pude costear "con el sudor de mi frente", según lo marca el Génesis, pero, a la vez, gozando de las bondades de ser "turistero", es decir, de trabajar en el turismo y obtener cortesías en alojamiento y otras cosas más. Llegaba a Acapulco, luego de muchos años de no estar junto al mar, solo que, suele suceder, justo en el inicio de un temporal. Eran unas vacaciones limitadísimas en presupuesto pero en hotel con cuarto vista al mar y, desde que llegamos, hasta que nos fuimos, llovió, llovió a mares. De las playas y sus bondades, jamás me enteré. (Observa con atención esta foto). 

 Pasaron más años y me mudé a Cancún, playas extraordinarias, solo 7 hoteles. Sí! solo 7 en ese entonces, así que te podrás imaginar la cantidad de metros cuadrados que a cada quién le tocaba de playa, y, lo mejor: allí estaban todo los días, pues llegué para vivir en ese lugar. No sé si a todos les suceda, pero cuando llegué, buscaba siempre la playa, vivir en la playa, comer en la playa, dormir en la playa. Trabajaba de recepcionista, si mi turno era de 7 a 3, saliendo me iba a la playa, si era el de 3 a 11 me iba en las mañanas a la playa y luego a trabajar, cuando era el turno de noche entonces era cosa de vivir la playa muy temprano... playa, playa, playa. Hasta la belleza cansa. (Luego te explico esta foto).

 Una década más tarde, lo que menos me interesaba era ir a la playa o ver la playa. Tenía más que satisfecha mi ansia de vivir junto al mar, de vivir la vida marina, o lo que pensamos es la vida marina. Y así como comenzó, terminó. A la playa no me volví a parar.

 En la actualidad, luego de vivir 30 largos años en ciudades costeras, lo digo con objetividad y sinceridad, lo que menos busco es irme a tirar en una playa "a leer un buen libro", o "a descansar". Cuando voy a una playa es para caminarla y ver las infinitas posibilidades de belleza que nos ofrece. Belleza singular, belleza única, según la parte de la costa en donde andemos. Es el caso que hoy nos ocupa en el asunto fotográfico. Tomas hechas en las playas cercanas a La Paz: Balandra y el Tecolote.

 Luego de lo que te conté entenderás la razón de estas fotografías, en las que vemos a la playa desde el lado menos regular, menos normal, si es que en una playa hay una normalidad. Las tomas no son hacia el frente, a las olas, al horizonte... son hacia atrás, hacia lo que podría considerarse como el "back yard" (no se me ocurre la palabra exacta en español)... sito que, en ocasiones, guarda una belleza aun más sublime que el propio frente de playa...

 Una imagen que me salta en estos momentos en la memoria es cuando venía en el ferry de Isla Mujeres para Puerto Juárez, hace algunos años (muchos), un regordete y bobalicón adolescente norteamericano venía con una estrella de mar viva en una bolsa de plástico, pensaba, según lo alcancé a escuchar, llevársela a casa como suvenir.... ¿cuánta depredación haremos nosotros, los humanos, en las playas?  Y que venga la temporada de vacaciones que ya nos toca a la puerta!









Bueno, la única explicación que creo pertinente a las tomas es esa de la roca, en la que crecen esta especie bolas verdes de una planta cuyo nombre desconozco. Increíble ver como de la roca que pensamos está muerta, crece vida... y ni hablar... "en el mar la vida es más sabrosa..."

miércoles, 22 de febrero de 2012

Los pitos de San Juan: Cuando la fe mueve montañas

Cuando vives en el Bajío, especialmente en las poblaciones cercanas a la carretera federal 45, la que lo cruza desde Apaseo hasta León, hay algo que vemos pasar año con año desde mediados del mes de enero hasta los primeros días de febrero: los "Sanjuaneros". Son cientos y cientos de personas que salen caminando desde sus lugares de origen y su objetivo es llegar a pie hasta el Santuario de la Virgen de San Juan de los Lagos, en el estado de Jalisco. Normalmente son peregrinaciones de varios cientos de personas, hay algunas que las conforman solo ciclistas pero la mayoría lo hace a pie. La carretera de pronto se vuelve un río de gente, especialmente cuando está más próxima la fiesta, que inicia el 25 de enero y termina el 2 de febrero. Estandartes, altares, imágenes, todas de la Advocación Mariana de San Juan de los Lagos pasan una, otra y otra más, son cientos...

Esto no es nuevo, la peregrinación a San Juan se viene realizando desde hace mucho tiempo, no se la fecha exacta pero seguro que se ha dado masivamente desde hace casi un siglo. Dependiendo la ubicación de los pueblos de salida de la peregrinación estos tomarán incluso veredas o caminos alternos para acortar la distancia, como ejemplo podemos ver a este contingente que venía de por el rumbo de Dolores Hidalgo y tomaron el camino de terracería que cruza parte de la Sierra de Guanajuato a espaldas del Cerro del Cubilete, esta es una peregrinación, digamos que, de las medianas en cuanto al número de participantes. El recorrido les llevará unos cinco días, dormirán en tiendas de campaña, irán cantando y rezando a lo largo del camino, cada mañana iniciaran la jornada luego de oír misa pues habitualmente van acompañados de algún presbítero. Las comidas se realizarán a la intemperie, al cruzar por una ciudad aprovecharán para aprovisionarse y seguir el camino. Indudablemente que la fe mueve montañas.

En San Juan de los Lagos se volverá una auténtica y multitudinaria romería, el acceso sur de esa población se bloquea completamente, el poblado se desquicia durante largos quince días en que reciben unos dos, tal vez tres millones de peregrinos, y el mero día de la fiesta, aquello se vuelve un torbellino humano. Las misas se suceden una a otra desde la hora prima hasta la hora nona cada hora, se deja solo libre un pasillo de casi 60 centímetros de ancho al centro del templo que es por donde aquellos que han prometido entrar al Santuario de rodillas, que son muchos, harán ese esfuerzo final, concluida la visita comienza la fiesta. En rededor del templo se expenderán todo tipo de cosas, bisutería, algo de joyas de mediana calidad, ropa, muchos enseres domésticos, comida, fritanguería, en fin, una auténtica feria, y antes, hace medio siglo y antes se vendía algo que era un recuerdo y que los peregrinos los compraban por docenas: los pitos.

Los pitos (o silbatos) de San Juan fueron durante muchos años una de las tradiciones más arraigadas de los peregrinos, de los Sanjuaneros. Eran los tiempos en que Ferrocarriles Nacionales de México aun tenían el servicio de pasaje. Y la estación de San Juan de los Lagos se abarrotaba también de Sanjuaneros, pero no de ida, pues llegaban caminando, sino de regreso. En maremagnum se volvía la estación del tren en esos días de fiesta. Seguramente cansados al extremo, con ganas de dormir cómodamente en casa y ya no más a la intemperie los sanjuaneros incluían como parte del ritual del pago de la manda a la Virgen la compra de una buena cantidad de pitos, de pitos de San Juan.

Y esto que vemos en la fotografía es un auténtico y original Pito de San Juan. Pensé ya no los hacían, son bastante primitivos, muy sencillos; están hechos de barro y coloreados con esas tinturas que al más puro modo artesanal se hacen con tonos rosa mexicano, azul cobalto y un verde oscuro, había también los que no se coloreaban y de dejaban en el tono original de barro cocido. Antes cuando se lo llevaba uno a la boca, regularmente se quedaba adherido a los labios, esto por los tintes primitivos que se usaban...

Recordarás que te he contado en varias ocasiones que yo vivía a escasa cuadra de la estación del tren y que el reloj lo identificábamos según el paso de los distintos trenes. Ya para los primeros días de febrero todos sabíamos que por la estación pasarían los Sanjuaneros, los que traían pitos y que, como marca la tradición los iban regalando a lo largo del camino que los llevaría a su destino, el regalo se hacía a los niños. En ocasiones esos trenes con peregrinos ahora viajando sentados no se detenían en la estación, así que las ventanas de los vagones se abrían y solo se veían salir manos que arrojaban pitos. Muchos niños corrían siguiendo al tren gritando: dame mi pito!, dame mi pito!, mi pito de San Juan!

Muchos de los pitos acaban despostillados o quebrados pues, al no ser atrapados, se estrellaban contra la grava que se coloca entre los durmientes de las vías, muchos se quedaban allí y, como ese era el paso obligado para llegar a mi casa, mi colección de Pitos de San Juan crecía y crecía pues, como la tradición marcaba que esos eran para los niños, en aquellos benditos años, siendo yo el menor de los moradores de esa casa, los pitos eran para mi.

Gran sorpresa me llevé en esta última visita que hice a la ciudad de Guanajuato el ver en una de esas emblemáticas calles estrechas a un vendedor que, con su manta en el suelo colocó un mágico display (ahora así se dice) en donde había, entre otras cosas, algunos pocos Pitos de San Juan, pensé ya no los hacían, tal vez a él se le quedaron almacenados de tiempo atrás. Me sorprendí y le pregunte: Son Pitos de San Juan, verdad?... solo asentó con la cabeza. Y esos que ves en las fotos son los pitos que esta vez ya nadie me arrojó por la ventana del tren, sino que, como preciadas antiguedades las adquirí y me hizo recordar esta historia que ya la tenía olvidada, la historia de Los Pitos de San Juan.

lunes, 9 de enero de 2012

Y regresamos y nos bajamos del tren de la nostalgia.

Si sigues diariamente a El Bable sabrás muy bien que desde la Nochebuena nos subimos de pronto al tren de la nostalgia, todo comenzó con la canción emblemática de los setenta, esa de Donna Summer, luego abrimos El Álbum Privado y de allí comenzamos a hacer un recuento de los sitios conocidos que, gran cosa que en estos días me enteré, muchos de ellos fueron nombrados Patrimonio de la Humanidad. Hoy nos toca acabar con el tema y subirnos al tren, al tren que si hay algo en este mundo que me provoque nostalgia es precisamente eso: el tren.

Este es el artículo (post) número 1,112 si lo has leído El Bable de un año para acá, quizá no te has caído en alguno de los varios artículos sobre el tren, su historia y mis recuerdos. La razón es sencilla, los primeros 17 años de mi vida, los de formación, los viví a escasos cien metros de la estación del ferrocarril. El ruido de los vagones al pasar por los rieles lo tengo más que grabado, así también me pasa con el característico sonido del silbato que hace al anunciar que se va aproximando...

En alguna ocasión te conté cómo fue que aquella vez, hace muchos años vi una matanza de burros que fueron destrozados por el tren que iba a Valle de Santiago, el que se llamaba, casualidades de la vida, La Burra... ahora lo que vemos son los asaltos al tren, como por ejemplo esto que ves en la foto es cemento. Si te fijas bien al centro de esta vía no se ven los rieles y solo un polvo de color pardo. Es cemento que se fue tirando a lo largo de kilómetros y kilómetros pues al querer asaltar al tren dejaron abierta una de las tolvas que lo contenía y este fue el resultado...

Te conté también que era allí, junto a la oficina del Jefe de Estación, en donde hace mucho, cuando la gente tenía la sana costumbre de escribir cartas, iba yo, mandado por mi mamá a depositarlas al buzón y llevaba la consigna de gritar a donde iba la carta "porque si no lo haces no llegará" me decía ella, y yo gritaba el nombre de la población a donde iban. Regularmente a la ciudad de México y a Pensacola, en la Florida.

Y había algo que hacía en febrero, creo que esa era la fecha, luego del día de la Candelaria, cuando las peregrinaciones para ver a la virgen de San Juan de los Lagos regresaban a sus lugares de origen y la tradición marcaba regalar pitos de barro, sí, silbatos de barro, a todos los niños luego de cumplir la manda. Así que cuando pasaba el tren salían de las ventanas muchas manos que aventaban docenas de silbatos, la mayoría se quebraban, alguno que otro sobrevivía, esos fueron los "Pitos de San Juan"... algún día te contaré toda la historia...

Y siendo sinceros, luego de haber abierto el Álbum Privado te puedo contar cosas que salen de lo más profundo de las intimidades... como que aun el día de hoy, regularmente corto camino cuando voy por el rumbo de la casa de mis padres a lo largo de la vía, normalmente no hay gente y en muchas ocasiones me tocar ver pasar el tren con todo su cargamento de productos químicos, de contenedores asiáticos, de vagones canadienses y norteamericanos, de centroamericanos viajando de "moscas" a la frontera y de autos recién salidos de la fábrica... y todo el ruido que eso produce me transporta en el tiempo y me hace llorar. Es algo incontrolable, llorar cuando pasa el tren en su largo convoy.

Así pues, montado en este tren nostálgico me bajo en el kilómetro 332.5 que es donde se ubica, en lo que fuera el Ferrocarril Central Mexicano, la estación de Salamanca y volvemos a la realidad, volvemos a nuestro país... volvemos para seguirnos deleitando la pupila con las mil maravillas que nos faltan por ver en los próximos tres años... digo mil considerando que en tres años son al menos mil los artículos que se pueden publicar, uno al día...

Esto no es precisamente una promesa, pues nuevamente me enfrento a una mudanza más, a empacar, esta vez no con tantas cajas, para desplazarme... como las condiciones no son las más favorables, quizá no pueda publicar diariamente en los próximos días... como quiera, la meta está trazada, tres años más de El Bable, con sus respectivos mil artículos más, de los cuales ya llevamos avanzados 112... nos faltan 888. Bonito número, diría el Amo del Bable que era muy aficionado a jugar a la Lotería...

Verás aquí residuos tóxicos, el amarillo y el blanco... esto es habitual por el rumbo de la zona industrial de Salamanca, es decir, el nor-oriente, donde se ubica la Refinería...




Aquí los residuos son más que notorios, son esas espumas amarillas que parecen espuma de coca-cola, con la que aislan ciertas tuberías y luego las revisten de aluminio... hasta aquí llegaron.

Estas, por si no vives cerca de una vía, estas son las señales que se colocan para indicar como está dispuesto el cambio de vía...

Este tren carga puras tolvas con productos químicos.



Y estos contenedores son los rentados a Pemex para transportar, en este caso el combustóleo.

Contenedores que van a Manzanillo para de allí salir a Hong Kong... o viceversa.


Estos anuncios, como lo notarás, son recientes, y se pusieron a consecuencia de la cantidad de asaltos que se dan a los trenes.

Esta foto le hará pensar muchas cosas a Bob Mrotek, lector a quien agradezco su asesoría en el asunto ferroviario, pues en este cruce de la calle Emilio Carranza se verán una serie de anchos de vía que bien pueden ser objeto de todo un estudio. Y si te fijas al fondo se ve amarillo, ese fue un asalto al tren que cargaba maíz...

Y este es el lado triste que ahora hay en las vías cuando cruzan por las poblaciones. El que ves parado a la mitad, es un migrante, quizá hondureño, salvadoreño, tal vez guatemalteco. Eso ahora es cosa de todos los días, ver uno, dos, tres, una familia entera en ocasiones, solicitando ayuda para comer, pues van en eso que ellos llaman "la bestia" rumbo a los Estados Unidos, dicen que allá vivirán bien...

Y esta es nuestra triste realidad... lo que fuera, y sigue siendo, el patio de maniobras se convierte en basurero... ni hablar, ya nos bajamos del tren de la nostalgia y estamos pisando el suelo, el piso de la realidad.