Una de las características del porfiriato, en término de bebidas, era la preferencia, entre quienes se podían dar el gusto, de bebidas importadas, especialmente el cognac. Esto nos dice que el afrancesamiento era en todo los aspectos. Veracruz y la ciudad de México encabezaban la comercialización de esa y otras bebidas más. Junto a la bebida debemos recordar que el fumar era algo que también prosperó mucho, especialmente en la manufactura de puros para ser exportados a Estados Unidos y Europa. Aquí una recopilación de anuncios de época que nos dice lo que entonces había disponible:
sábado, 4 de mayo de 2019
viernes, 3 de mayo de 2019
La parroquia de la Santa Veracruz, de las más antiguas de la Ciudad de México
En memoria y acción de gracias por haber llegado en Viernes Santo al puerto, que por esto llamó también Veracruz, fundó D. Fernando Cortés en México, el año 1526, una archicofradía con título de la Cruz, compuesta de las personas más nobles que había entonces en la ciudad, nombrándoles Rector y Diputados, que hicieron sus estatutos y constituciones para su gobierno; todo lo cual, por auto de 30 de Marzo del año siguiente, fue aprobado por Fr. Domingo Betanzos, del Orden de Predicadores, que tenía el carácter de Vicario general de la Nueva España.
Tal y tan antiguo es el origen de esta archicofradía; ya erigida y formada, Hernán Martín, herrero, y otros cofrades, en nombre de ella, pidieron á la Ciudad un sitio en donde pudiesen hacer un hospital y una iglesia de su advocación, y aunque el 11 de Mayo de 1527 se les mandó dar uno próximo al sitio que ocupa la iglesia actual de la Santa Veracruz, se le encontraron inconvenientes, y en cabildo celebrado el 3 de Junio, se les señaló un sitio detrás del monasterio de San Francisco, donde solía ser el tianguis de Juan Velázquez, que al presente estaba desembarazado, mandándoseles dar título en forma.
Tampoco este lugar pareció bueno, y mediante nueva petición del Mayordomo de la Archicofradía y cofrades, en cabildo de 31 de Julio siguiente se les trocó por dos solares unidos en la calzada que va a Tacuba, junto á tres árboles secos que allí había, á condición de que entre el hospital y las casas de los indios quedara una calle y de que al edificar no perjudicaran á los indios en manera alguna. Satisfechos ya con la posesión de los dos solares, comenzaron los cofrades á edificar su iglesia», y estando ya no poco adelantada, por acuerdo del Ayuntamiento sobrevino nueva alteración en el predio, que por fortuna no afectó al templo que iba fabricándose. Consistió la alteración en que, recordando el Cabildo un acuerdo antiguo para que los poseedores de solares en la extensión comprendida, desde lo que llamamos hoy calle de la Mariscala hasta la Tlaxpana, construyeran sus casas juntas una con otra, para fortificación y defensa de la ciudad, quiso que el edificio de los cofrades de la Veracruz siguiera la ley común, y así, acordó en cabildo de 3 de Agosto del año 1528 que de los solares que se les habían dado, el uno hacia la calzada y el otro hacia las casas de los indios, éste se les trocara por otro, linde con el solar en que la iglesia está hecha, la calzada adelante, para que continuaran las construcciones á casa muro, según estaba mandado; y en esta conformidad, continuaron su obra.
En el estado de iglesia particular se conservó la de la Veracruz hasta el año 1568: en todo este tiempo no había en la ciudad, para la administración de los sacramentos á los españoles más que una sola parroquia, que era la del Sagrario, y el Ayuntamiento, que veía crecer la población y conocía que sus necesidades espirituales no estaban satisfechas, varias veces solicitó que se fundaran, por lo menos, otras cuatro parroquias, cosa que entonces se dificultaba, en razón de no haber iglesias en donde ponerlas; hasta que al fin urgidos de la necesidad, el Arzobispo y el Virrey solicitaron de los cofrades de la Veracruz y de Santa Catarina mártir que en sus iglesias respectivas se fundaran las parroquias.
Una vez conseguido esto sin dificultad, por decreto de 18 de Diciembre de 1586, quedaron simultáneamente fundadas las dos parroquias de Santa Catarina y de la Veracruz. En la portada del primer libro de bautismos y casamientos de ésta, se lee: "En el nombre de Dios y ntra. señora la santa virgen maría domingo que se contaron cinco del mes de diciembre del año de 1568 años se puso el santísimo sacramento en la iglesia de la Veracruz de esta ciudad de méxico, por su mano del yllumo. y Rmmo. señor arzobispo don frai ao. de montufar. dixo el mismo la misa de pontifical con un pontifical que otro día antes abía ymbiado á la iglesia mayor de la dicha ciudad de mucho precio y valor el excelente señor don martín enríquez de roxas viso Rei desta nueva españa. fueron nombrados por curas de la parrochia de la veracruz don toribio de brisuela y juo. gutiérres vecinos de méxico. " A la vuelta de la portada se lee lo que sigue: "Libro de casamientos y bautismos de la iglesia de la veracruz después que en ella se puso el Sto. Sacramento y se hizo parroquia por el Ylustre y Rmo. D. Fray alonso de Montufar arzobispo de méxico gobernando don martín enriquez de roxas."
El territorio jurisdiccional de esta parroquia al erigirse, fué dilatadísimo: se extendía: por el Poniente hasta Atzcapotzalco, comprendiendo el pueblo de Tacuba, y de allí al Sur, los de Tacubaya, Mixcoac, San Angel, Coyoacán, Natívitas y San Agustín de las Cuevas. No obstante haberse nombrado para el servicio de tan dilatada feligresía dos curas y los correspondientes vicarios, la administración de los sacramentos mucho dejaba que desear. Es verdad que á medida que las parroquias foráneas se fundaban, disminuía algún tanto el territorio jurisdiccional de la Veracruz; pero ni esta disminución era considerable, y lo que le quedó se poblaba más y más cada día, de manera que el trabajo para los curas era siempre mucho y nunca satisfactorio.
Esta deficiencia de la administración era sentida de los curas, mas ninguno había puesto mano á remediarla, en mucha parte por la suma dificultad que se había encontrado para el establecimiento de nuevas parroquias, de mucho tiempo atrás solicitado por el Ayuntamiento de México, sin alcanzarle, ó ya también por la natural dejadez que engendra la costumbre. Vino á ser cura de esta parroquia el Sr. D. Tirso Díaz, familiar que había sido del Arzobispo Rubio y Salinas, y su protegido; aprovechando él esta circunstancia y la del afecto particular que este Arzobispo tuvo á este templo, manifestado por las sumas que en su construcción gastó y en obsequios que le hizo, creyó que era propicio el momento para acometer la reforma; un inconveniente se ofreció, y era la presencia del otro cura, que indudablemente se tendría por desairado ú ofendido. La muerte del Dr. D. Manuel de Eguiara, su compañero de curato, allanó este obstáculo. Apenas se vio solo, ocurrió á la Mitra, solicitando que se suprimiera este cura y que la extensión de la parroquia se redujera, para mejor atenderla, agregando algunas de sus partes á los curatos limítrofes.
Se dio traslado de la petición al Promotor Fiscal, Dr. D. José Pereda y Chávez, y se les corrió también á los curas interesados, que fueron los de San Miguel, Tacubaya, Tacuba, y la Piedad y Chapultepec; ni ellos ni el Promotor tuvieron que objetar á lo propuesto, por lo cual, substanciado el expediente en la curia, se pasó al Virrey, D. Joaquín de Monserrat, para que como vicepatrono prestase su consentimiento y se llevase á cabo la reforma; prestóle, en efecto, por decreto de 9 de Mayo de 1761, y el Arzobispo firmó el suyo el 16 de Junio siguiente, suprimiendo el curato vacante en la Santa Veracruz por muerte del Sr. Eguiara, y usando de la facultad que en él reside, decía en su decreto: "segregamos todos los feligreses que habitan fuera de los términos aquí señalados, para que en lo sucesivo ocurran á las parroquias que se les asignan; los cuales son, por la parte que llaman de la Tlaxpana, el antiguo puente que llaman de San Antonio; de modo que los que viven después de él han de ser administrados por el cura de Tacuba, como los que vivan en los ranchos ó haciendas de Camarones, siendo su límite por la parte del Norte de la iglesia parroquial la acequia real que corre de Poniente á Oriente y pasa por el puente que llaman de las Guerras, á que se viene por la calle de Santa Isabel á Santiago Tlatelolco y transita por haciendas ó tierras de D. Mateo Arcipreste, dejándolas á dicho viento y "con diversos ángulos se va á juntar hacia el Poniente con el río que "pasa por el puente de San Antonio de las Huertas y corre de Sur á Norte, de suerte que la expresada acequia ha de ser el término de "la Veracruz y pertenece á ella todo lo que hace al Sur y administrarse lo del Norte por la de Tacuba.
"Por la parte de la calzada de Bethlén se señala por término la garita de este nombre y acequia que tiene por el Poniente y corre de Sur á Norte, hasta encontrarse con la real, nombrada del Sapo, y la nueva hecha á espaldas del Colegio de Niñas, que corre de Norte á Sur hasta unirse con la acequia real que pasa por la garita de la calzada de la Piedad y corre de Poniente á Oriente: siendo esta garita, acequia y calzada el límite del Sur, de modo que la acequia real que corre por el Hospital Real, y luego hacia el Poniente toma el nombre del Sapo, y después el de Pedro Pablo hasta tocar con la arquería que viene de Chapultepec por el lado de la Rivera de San Cosme, de forma que la hacienda que al presente es de dicho D. Mateo Arcipreste, con los molinos del Rey y cuanto comprenda su recinto, pertenezca á Chapultepec, y la huerta que llaman ele Pedro Pablo corresponda á la Veracruz.
"Por lo respectivo al pueblo de la Piedad, se señala por límite la garita de este nombre; de modo que los que residen en él y sus cercanía s fuera de ella mire hacia esta ciudad, quede á la Veracruz. Por lo que toca al paraje que llaman el Caballete, hasta comprender la cuadra de casas sita á la frente de San Antonio Abad, su límite ha de ser la acequia que va desde el Hospital Real hasta el Chapitel de Monserrate, que tuerce después hacia Oriente, de suerte que desde este ángulo en que comienza el Caballete se lleve una línea recta hacia el Sur, hasta tocar con la acequia real que viene desde la garita de la Piedad; de forma que de dicha línea lo que queda hacia la izquierda ú Oriente, ha de corresponder á la parroquia de San Miguel, y lo de mano derecha, á Poniente, á la de Veracruz."
De gran desahogo fue para el cura esta reforma, y de algún provecho para los feligreses; mas no daba el lleno á todas sus necesidades espirituales. Pendiente estaba todavía de resolución el aumento de parroquias en la ciudad, repetidas veces solicitado por su Ayuntamiento, sin conseguirle, hasta que muerto el último cura ministro de la parroquia de San José de Naturales, pudo el Sr. Lorenzana desembarazadamente establecer las catorce parroquias en que la ciudad quedó dividida el año 1772; los límites de la de la Veracruz entonces fueron: por el Oriente, la acequia que corre desde el puente del Zacate hasta el Hospital Real; por el Sur , la que corre desde este puente hasta el ejido de Velázquez ; por el Norte, la acequia que termina en el Puente del Zacate; y por el Poniente, hasta la esquina de Buena Vista.
Fuente:
Marroquín, José María. La ciudad de México. Tomo III. Tip. y Lit. La Europea, México, 1903. pp. 698-702
jueves, 2 de mayo de 2019
El templo de Nuestra Señora de Loreto, en la Ciudad de México
Hemos visto el hundimiento y los daños que el templo de Nuestra Señora de Loreto ha sufrido desde hace tiempo. Estos daños se acentuaron con el temblor del 19 de septiembre de 1985 y con el de la misma fecha en 2017. Actualmente se encuentra cerrado pues la estructura está muy afectada. Sobre su historia, veremos lo que escribió en 1900 José María Marroquí en su monumental La ciudad de México.
Tomó esta plaza el nombre que lleva, y es el tercero que ha tenido, del templo dedicado á la Virgen de Loreto. Los dos nombres que antes tuvo esta plaza fueron también debidos á edificios que le eran próximos. El primero y más antiguo fue el de Placa de San Gregorio. Consta esto de los títulos de propiedad de varias casas de la calle de Chavarría, cuya situación se determina diciendo que están en la calle de los Donceles, al salir para la Plazuela de San Gregorio. Como el lector puede inferir, debió ese nombre á la proximidad del colegio que, bajo la advocación de San Gregorio Magno, fundaron los jesuitas en el mismo sitio que le conocimos.
En el fin del siglo XVI y en todo el XVII no hubo otro edificio ni establecimiento notable en las inmediaciones de la plazuela, que en todo ese tiempo conservó mayores dimensiones; por el Oriente no había el convento de monjas teresas, sino un muladar y unas casas pequeñas, y por el Sur no existían las casas que forman el ángulo meridional de la calle de Chavarría; esta calle acababa en donde está la casa número 10, es decir, en la misma línea de casas que forman el lado de la plazuela que mira al Oriente. La calle tercera de Vanegas tampoco tenía edificada toda su acera occidental: la construcción concluía en la casa que tiene el número 9. Al comenzar el siglo XVIII comenzaron también los cambios en la plazuela, en 1701, á 30 de Abril, los capellanes de Santa Teresa la Antigua tomaron posesión del sitio que era muladar.
A consecuencia del cambio ocurrido en lo material de la plazuela y principalmente por el movimiento de que fue centro del convento poblado de damas nobles, con templo abierto al culto público, la plaza mudó de nombre y se llamó plazuela de Santa Teresa. Así, á lo menos, lo escribió el Lic. D. Ignacio Villaseñor en el parecer que, como asesor, dio en el negocio de las casas de D. Juan Chavarría, y al cual remitimos á nuestros lectores. No le duró este segundo nombre tanto cuanto le había durado el primero: al comenzar este siglo, nueva mudanza material influyó también mudanza en el nombre de la plazuela.
El P. Juan B. Zapa, de la Compañía de Jesús, cuando vino de Lombardía á la provincia de México, trajo una cabeza de la Santísima Virgen de la casa de Loreto y otra del niño que tiene en los brazos, imitando lo mejor posible las originales, que según se cree fueron entalladas por el evangelista San Lucas en Nazaret; é igualmente trajo las medidas de la santa casa y su distribución. Después de algún tiempo que estuvo en México el P. Provincial le destinó al colegio de Tepozotlán, y al irse dejó las dos cabezas y las medidas de la casa al P. Juan María Salvatierra, de la misma Compañía, para que procurase edificar una capilla donde tuvieran culto aquellas imágenes. El P. Salvatierra, con no pocos trabajos logró hacer una capilla á un lado de la iglesia antigua de San Gregorio, que se dedicó el día 5 de Enero de 1680.
Por aquellos días se estaba concluyendo la iglesia nueva de San Gregorio, que por empeños del Padre Antonio Núñez de Miranda se hizo en gran parte de los bienes del Capitán D. Juan Chavarría. Y concluida pareció, y era lo cierto, que la capilla de Loreto quedaba muy lejos de la iglesia, por lo cual se pensó en hacer otra con la misma forma y medidas, que estuviese más próxima á ella; esta capilla se dedicó el día 12 de Mayo de 1686. Esta capilla no parecía bien al contador de alcabalas D. Juan Antonio de Clavería y Villa-Reales y adornó por su cuenta, en principios del siglo pasado, un precioso camarín hasta después de la expulsión de los jesuitas el año 1767.
En esta iglesia y capilla el día 7 de Septiembre de 1728, en que concluía la novena de esta advocación, el Illmo Sr. Dr. D. Juan Ignacio Castoreña y Ursúa, chantre de la Catedral metropolitana y Obispo electo de la de Yucatán, hizo la ceremonia de coronar á esta imagen, traída para este caso al altar mayor de la iglesia. Consistió la ceremonia en ponerle una tiara de oro y diamantes, que costó $4,000, mientras el coro cantaba el verso de los cantares que comienza Veni Spansa Christi; ven esposa de Cristo, con las demás oraciones correspondientes. El Sr. Castoreña regaló ese día á la Santa Imagen para su adorno, un rico Sancti Spíritus, con la cruz y cordero de oro esmaltado de diamantes y rubíes.
Otros piadosos bienhechores regalaron para el día siguiente un pastoral de esmeraldas y dos vestidos costosos y como cada uno de los donantes pretendía que estrenara el suyo, se tomó el término medio de ponerle el manto del uno y la túnica del otro; los padres de la Compañía, por su parte, estrenaron un rico ornamento, cuyo precio pasó de $2,000.
En la tarde del día 7 de Septiembre de 1729 se puso al Santo Niño de la Virgen de Loreto una nueva corona imperial, rica y de exquisito trabajo: pesaba de oro 103 castellanos y estaba adornada con 32 diamantes. 48 rubíes, 72 esmeraldas, 28 perlas grandes, 9 esmeraldas en forma de aguacates, y 45 perlas chicas netas; todo lo cual costó $1,592. El rector del colegio de San Pedro y San Pablo, convidó para que pusiera la corona al señor Provisor y Vicario general del Arzobispado, y la ceremonia se hizo á las primeras vísperas del día de la Natividad de Nuestra Señora.
El día 8 de Septiembre de 1730, se celebró igualmente una fiesta notable, así por el rico adorno que la Virgen estrenó ese día, cuanto porque ofició de pontifical en ella el Sr. D. Juan Ignacio Castoreña y Ursúa, recién nombrado Obispo de Yucatán y recientemente consagrado. El nuevo adorno que se puso en el nicho de Nuestra Señora, fue un medio punto de plata, formado de once chapas de medio relieve en que había embutidos cincuenta y cinco relicarios de oro y plata, artísticamente distribuidos en él. Costó este medio punto $2,000.
Abandonada y sin uso alguno se conservaba esta plazuela; en época muy lejana, de que apenas hay memoria, se mandaron plantar en ella algunos sauces, que vivieron y murieron por sí solos, sin que se pensara en conservarlos y menos en reponerlos. En este estado las cosas, vino una fiebre municipal que con diversos pretextos y destinándolas á distintos usos acabó con casi todas las plazas de la ciudad, sin considerar que ellas eran ¡as que le daban el aspecto de grandiosidad y magnificencia que admiraban los extranjeros y que tanto celebró el Barón de Humboldt. Víctima de esta fiebre fue la plazuela de Loreto: pensóse poner en ella un mercado de fierro y vidrio; este mercado se hizo por contrata con D. Francisco R. Blanco, aprobado por el Ayuntamiento el día 17 de Mayo de 1888, y el día 31 de Enero de 1889 puso el Ministro de Gobernación la primera piedra del mercado, asistieron el Gobernador del Distrito, el Presidente de Ayuntamiento y varios regidores. El mercado no ha sido lo que de él se esperaba y la plaza quedó perdida.
Fuente:
Marroquí, José María. La Ciudad de México. Tomo III. Tip. y Lit. La Europea, México, 1900. pp. 111-114
miércoles, 1 de mayo de 2019
Algo sobre la arquitectura civil en el virreinato novohispano
De seguro has notado, al caminar por las calles del México viejo, el centro histórico, que, entre tantas cosas, una de las constantes en la arquitectura civil, que es la de las casas habitación, son las ventanas cuyos recuadros (la cosa técnica y su lenguaje es lo que sigue) forman una H. Ese fue el sello característico de la ciudad virreinal de México, así como por Lima fueron los balcones de madera, muy al modo canario. Solo que aquí, este sello, tiene origen propio y no europeo. Otra de las constantes son las hornacinas, los copetes al centro del edificio con su respectivo nicho y el uso del tezontle que le da el colorido característico de lo que podríamos decir "el color novhispano". Para la descripción técnica y el manejo adecuado del lenguaje preciso de la arquitectura nos apoyamos en un gran maestro: don Francisco de la Maza.
“Salvo el transformado Palacio Nacional, nada queda de arquitectura civil del siglo XVII. Toda la ciudad cambió sus casas en el XVIII. El gran acueducto de Santa Fe, iniciado en 1603 y terminado en 1620, fue destruido con saña en el siglo pasado (XIX) ni siquiera se tuvo la precaución, como se hizo con el de Cahpultepec, de conservar una docena de arcos como recuerdo. Y eso que tenía mil arcos, lo cual es impresionante. Venía del pueblo de Santa Fe, pasaba bajo la roca de Chapultepec, continuaba por San Cosme y la Alameda, donde concluía frente a la casa del Mariscal de Castilla, hoy enano rascacielos detrás de Bellas Artes.
Las fuentes para el servicio de agua eran más de cuarenta; pero la única de interés era la de la Plaza Mayor. Las demás eran simples arcos rehundidos en las esquinas de los conventos o de los palacios. De ellas partían las “mercedes de agua cuyas medidas eran la: “paja” como más pequeña; la “naranja” como mediana y el “buey” como la más grande. A pesar de este último e increíble nombre, el grosor del chorro era de unos cuantos centímetros.
Se ha señalado una característica cromática de la ciudad de México: el rojo de sus paños de tezontle y el gris blanco de sus jambas y dinteles. Añadamos otra: la de subir estas jambas hasta la cornisa, prolongándola más allá de los dinteles de modo que resultaba un paño rectangular que servía para poner monogramas religiosos, relieves, fechas y hasta escudos. A principio s del siglo en 1608, decía el cronista fray Hernando Ojeda:
“Casi todos los edificios de esta ciudad son de cal y canto; las casas lindísimas, grandes y espaciosas, de patio, corredores y corrales; ventanas rasgadas con rejas de hierro; curiosas, ricas y bien labradas portadas y cubiertas de azotea o terrado enladrillado o encalado, y así la ciudad es muy grande y ocupa tanto o más sitio que Sevilla o Madrid…
Y a fines del mismo siglo decía el citado historiador Betancourt; “los edificios tienen altos y bajos, con vistosos balcones y ventanas rasgadas de rejas de hierro labradas con primor…” para 1621 tenía la ciudad 7700 casas y en 1650 habían aumentado a 30000, según sospechosos cálculos de un cronista del siglo XVIII.
A pesar de la limpia traza rectilínea de García Bravo, algunos frailes y vecinos se encargaban de “enmendarla” o destruirla. Dice un vecino, en 1615, el ayuntamiento que tenía unas “casas grandes” por Jesús maría pero que enfrente estaban “dos pedazos de casas viejas que quitan la vista” por lo que pide “se pongan en traza y se les dé nivel y derechura”, otro pedía se acabe de arreglar una calle por el convento de San Juan de la Penitencia para que no haya callejones que sirvan de ladroneras contra la policía y buen adorno de una ciudad tan principal y tanto lustre como esta.
En 1619 se hizo el segundo edificio del ayuntamiento, “con balcones y portales”, reedificado en el siglo XVIII y muy redecorado en este siglo.
Un problema económico muy serio se cernía sobre la ciudad, y los sagaces regidores del ayuntamiento lo denuncian en 1635 pidiéndole al rey “se sirva prohibir que las ordenes mendicantes se apoderen de las casas y haciendas de esta ciudad, porque los vecinos no tienen ya que comprar un solar que dejar a sus hijos patrimonio para la conservación de las familias, y cada día van los dichos religiosos comprando y asentándose más con que a pocos años era suya la mitad del reino…”
Como sucedió, en efecto…
Recordemos una casa de la cual, por fortuna, existe aún litografía que la muestra antes de que fuera vergonzosamente destruida: la casa del judío, por el barrio de San Pablo. Se cree que fue la mansión de Tremiño de Sobremonte. Era de dos pisos, sin entresuelo. En el bajo se ven las puertas almohadilladas, con las altas jambas típicas. En el piso alto, una serie de balcones de arcos lobulados, con ricas jambas esculpidas y conchas a guisa de capialzados exteriores. En los paños, labor mudéjar de petatillo. La portada principal era solemnísima, con un tapiz de piedra o de argamasa que adornaba el segundo piso, en el cual iban unos ángeles de tamaño natural en relieve, tres nichos y escudos. Es posible que algunas casas decoradas en argamasa como esta, sean del siglo XVII, como la de la esquina de Uruguay y 5 de Febrero y la que forma el ángulo de las calles de Guatemala y Argentina.
Según el plano de los condes de Moctezuma, muchas de las casas estaban aún almenadas. Y lo comprueba una noticia de Robles, de 1679: “cayó un rayo en la casa de los Guerreros, junto a santa Inés y derribó dos almenas”. Frente a la Concepción se ve una casa de dos pisos con jardín esquinero, protegido por tres ventanas de fortísimas rejas. El palacio por Mariscal de Castilla está también almenado y por dentro, con su patio de arcos. El palacio que sería después del marquesado de Guardiola lleva almenas, con su portada renacentista, varios balcones enrejados y uno esquinero. Duró hasta mediados del siglo XIX. Otra casa imponente era el Rastro, con sus medievales torreones en cada esquina, que mal trecho, llegó hasta el siglo XIX. Era de 1619, con portadas “de orden toscano”, es decir, dórico, con almenas de tezontle “sacadas en punta de diamante”.
Las casas más humildes eran de un piso, con sus azoteas de terrados. Ignoramos si ya había “accesorias” y “casas de taza y plato”. Que las había con entresuelos consta por documentos, ya que los poetas Ramírez de Varga y Ayerra Santa maría los alquilaban en la calle Donceles. El real palacio aún era en 1692 el del siglo XVI. Su frente no llegaba hasta la esquina de la Moneda, como ahora. Tenía dos portadas renacentistas de 1564, y tres patios. La habitación de los virreyes era el ala izquierda, y tenía, según el cronista Sariñana:
“...todas las piezas, camarines y retretes (recibidores y recámaras) que pide la suntuosidad de un palacio; junto a la escalera tiene tres salas grandes principales de estrado (de reuniones), con balcones a la plaza mayor, y entre ellos uno de doce varas de largo y casi dos de vuelo, ensamblado y dorado , con sus zaquizamí y plomada…
Este hermoso balcón lo había mandado construir el elegante virrey duque de Escalona, en 1640. Era a la manera andaluza –parecido a los balcones peruanos- es decir, con su amplia repisa que avanzaba , apoyada por su muro por niños atlantes, con celosías de madera y su “zaquizamí o techo inclinado, como alero, con sus delgadas tejas de plomo. Le llamaban “el balcón de la virreina”.
La capilla estaba al fondo del patio, era de bóvedas y su retablo de orden corintio, cuyas clásicas columnas detenían dos muchachos de medio relieve honestamente desnudos”, es decir, completamente desnudos pero oculto el sexo con una oportuna cinta que no se sabía de donde venía: en el centro del retablo una gran pintura de Santa Margarita, obra del excelente pintor español Alonso Vázquez. En 1693 hubo el conocido y mil veces contado motín del pueblo hambriento contra el virrey conde de Galve. El palacio fue incendiado.
En 1693 se comenzó a construir el actual, por el arquitecto Felipe de Roa; el virrey y conde de Moctezuma pudo habitarlo en 1697. Si la fachada fue más armoniosa y corrida hasta la calle de la moneda (sin la puerta de ese lado, que hizo el presidente Arista) fue demasiado austera y de aspecto militar, más que doméstico; el interior, en cambio, tiene uno de los patios más solemnes, elegantes y proporcionados, al que corresponden una escalera y corredores con las mismas calidades.
Una excelente pintura de Cristóbal de Villalpando, nos muestra la plaza mayor en 1695, con el palacio a medias, el parián y las bullente multitud que llena la plaza: es uno de los “retratos” de la ciudad del siglo XVII más auténticos y emotivos.
De la Maza, Francisco. La ciudad de México en el siglo XVII. Lecturas mexicanas 95. FCE. México, 1985. México. pp.58-63
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