lunes, 6 de julio de 2020

Las fotos de El Bable previas a la Cuarentena

   Fotos de aquí de allá, de acullá... es decir, de la ciudad de México, de Salamanca, de Celaya y de Querétaro, lugares a los que pude ir antes de que se desatara el "estado de alarma", "confinamiento" o "cuarentena".  Siempre bajo mi óptica que es la que denomino "Visto por El Bable".




















domingo, 5 de julio de 2020

Francisco Eduardo Tresguerras, el Miguel Ángel de Celaya

 Uno de los grandes valores que encuentro en la literatura costumbrista del siglo XIX es que los escritores se dedicaban a hacer lo que luego harían los fotógrafos, o más bien los reporteros gráficos, y que ahora, en nuestros días, gracias a los teléfonos inteligentes y las redes sociales todos nos encargamos de documentar la vida cotidiana. Si bien el valor que, en este caso, la pluma de don Manuel Payno es invaluable, habrá quien diga es meloso, pero no, pues si entramos en el contexto de su tiempo, está haciendo justo eso: documentar con sus palabras lo que sus ojos ven. Con esta idea comparto un documento, uno de sus tantos escritos que fuera publicado en la revista Museo en el cual incluye una semblanza por demás interesante en el que el propio arquitecto Tresguerras hace de sí mismo, veamos:

  Era una mañana del mes de Abril de 1842, cuando friolento y con los ojos cargados de sueño se levanté de una cama mal colocada en un cuarto de la antigua casa de diligencias de Querétaro, y envolviéndome en un tosco capotón me acomodé dentro del coche para continuar mi camino á Guanajuato. No hay cosa más agradable que esas meditaciones soñolientas que se experimentan en la oscuridad de una diligencia, y que solo se interrumpen con los brincos del carruaje ó los gritos y juramentos del postillón. En esa vez, mil delirios confundidos y revueltos unos con otros se agolpaban á mi cabeza, hasta que recordé que al pasar por Celaya debía ver el puente, el convento del Carmen y otras obras ejecutadas por el arquitecto Tres-Guerras. Esta idea me preocupó enteramente; pero sea dicho con verdad, fue mas bien por la simple curiosidad de ver edificios que no conocía, aun cuando concibiera que deberían ser muy inferiores á los de México. 

  Había oído hablar de Tres-Guerras, pero vaga y confusamente, y más idea tenia de las obras de algunos artistas europeos, á pesar de haber existido en edades y países remotos, que de las ejecutadas por mi compatriota y contemporáneo. Su nombre no sonaba pues á mis oídos con esa magia y dulzura que se experimenta al nombrar á un artista, y su fama, según he dicho, había llegado á mi noticia de una manera, por decirlo así, fría é indiferente. -Esta es por lo común la suerte de los artistas mexicanos, que viven aislados y mueren, olvidados de todo el mundo, y en particular de sus compatriotas. Acaso son más respetables y conocidos en Europa los nombres de Clavijero, Sigüenza y Alzate que en México mismo. —No sé qué pensar sobre esto. — O realmente no hemos tenido hombres dignos de ser admirados, ó estos necesitan del lente de aumento con que se observan los personajes cuando el Océano está de por medio, ó somos demasiado apáticos y por demás insensibles para tributar al talento el lauro que se merece. Sea como fuere, este no es mi principal objeto al escribir este artículo, y así volvamos al viaje.

   Entre divertido con mis pensamientos y soñoliento con el suave vaivén de la diligencia, pasé las primeras horas de oscuridad: al amanecer me encontré caminando por unos planos y hermosos carriles á cuyos lados se extendían verdes y alegres sementeras de maíz. Las casas de las haciendas, las torrecillas de los pueblos lejanos, las lomas azuladas, todo pasaba rápido y fantástico por mi vista. —La diligencia volaba, y á pocos momentos tuvimos que subir por un puente airoso, y arrojado valientemente de lado á lado del profundo y ancho barranco del río de Celaya. Un arquitecto común no podía haberse atrevido á lanzar á una profundidad grande esos bellos y graciosos arcos del puente, ni a recamar con molduras sencillas y graciosas á la obra destinada para luchar año por año con las fuertísimas crecientes del río. 

   Un arquitecto sin genio hubiera aglomerado piedras y más piedras, y habría hecho una obra sólida, si se quiere; pero no que reuniera esta cualidad á la elegancia y belleza. —El puente de Celaya es un puente que puede dibujarse en un paisaje; ya se ve es construido por Tres-Guerras, y Tres-Guerras era también pintor. A pesar de que pasé rápidamente, la vista del puente hizo una impresión profunda en mi alma, y el arquitecto que lo ejecutó fue desde ese momento para mí muy interesante; de suerte, que llegando á la posta de Celaya me decidí á quedarme allí hasta el siguiente viaje del coche. Como eran cerca de las once de la mañana, las iglesias estaban cerradas; pero no pude contener mis deseos de admirar de cerca el Carmen, cuya torre había divisado al entrar en la ciudad. Heme ya extasiado ante la fachada del Carmen. Extasiado verdaderamente, porque excepto la catedral de México, no había visto otro edificio en el cual se pudiera reconocer la verdadera elegancia del arte.

  Figuraos un edificio, no esa talla gigantesca de la arquitectura que tuvo su origen en el Egipto, y que más modificada se propagó en la Europa antes de la edad media, sino un templo esbelto y airoso, y permítaseme decir, ostentando toda la coquetería que los italianos supieron dar á las construcciones de época más moderna. No hay, pues, en el Carmen esos jarrones, esas grandes estatuas, esos pedestales enormes, esas cornisas neciamente labradas que se observan en los templos y casas edificadas en la república en los siglos XVII y XVIII, sino unos pedestales proporcionados, unas columnas delgadas con sus capiteles y comizas corintias, unos arcos atrevidos y galanos que revelan al instante la seguridad y valentía del pensamiento del arquitecto. Figuraos, pues, á un hermoso peristilo ó pórtico de ocho columnas corintias que da entrada por tres puertas al templo, y justamente sobre la bóveda de este pórtico edificada la torre compuesta de tres cuerpos: el primero también corintio, el segundo dórico y el tercero compuesto, rematando con una cúpula algo semejante á las de los palacios chinescos. 

  Sorprendente es por cierto ver tanta belleza, tanta maestría y tanta sencillez, en un templo construido en época en que el Góngora de la arquitectura había sorprendido las inteligencias con ese recargo de adornos, de molduras y de toscos relieves que no eran arquitectura egipcia, ni gótica, ni árabe, sino que queriendo remedar y hacer una confusa mezcla de esos géneros, resultaba una bastarda entidad contraria á todas las reglas del buen gusto. Tres-Guerras, piles, siguió las inspiraciones de su genio, y demasiado enérgico y despreocupado para dejarse dominar por el mal gusto reinante en aquella época, meditó en silencio sus obras, y contra el torrente de la opinión y de la envidia, escogió lo más hermoso, lo más bello, lo más sencillo y lo más sólido de la arquitectura moderna, y comenzó á levantar monumentos que harán eterno su nombre y memoria –Y lo creerá el lector?—Este arquitecto tenia envidiosos y émulos á millones. ¡El grande hombre que solo y aislado en su pueblo meditaba y levantaba en su fantasía templos y monumentos tan bellos como los de Bruneleseo!—Despreciaba á los críticos, y hacia bien; más volvamos á mi visita al Cármen.

   A toda costa solicité al sacristán, v tuve la fortuna de encontrar con que era un hombre amable, y deseoso de mostrar á todos los curiosos las magníficas obras de Tres-Guerras. —Introdújome, pues, en el Carmen. La hermosura exterior del templo no corresponde al interior, sin que por esto se crea que hay en él esos inmensos planchones dorados y esos santos que parece se conservan como un triste recuerdo de la decadencia de la escultura. Nada de eso: los colaterales son de buen gusto, y construidos algunos por el mismo Tres-Guerras, bien que se conozca que faltaba ya á los carmelitas el dinero necesario para hacer en ese punto obras tan suntuosas como la de la fachada exterior.

   Cuando hube dado una rápida ojeada á los altares, traté de salir del templo; más mi sacristán me instó para que viese una pequeña capilla situada dentro de la misma iglesia, y que se llama de los Cofrades. Entré en efecto, y lo primero que llamó mi atención fue una virgen del Carmen pintada al óleo y colocada en el altar mayor. Era una hermosa y fresca Madona con sus mejillas ligeramente coloreadas de rosa, su m rada santa y celestial, sus labios purpurinos con la sonrisa que emana de un corazón puro y ardiente en amor divino; de sus delicadas manos pendían unos escapularios, que con ahínco procuraban asir las almas del purgatorio que en la parte inferior del cuadro se veían ardiendo entre las llamas: era, en fin, una de esas vírgenes escapadas del pincel de Murillo, á las cuales es preciso amar y rezarles de rodillas,
—¡Quién pintó esta virgen del Carmen, señor sacristán?
—El Sr. Tres-Guerras, me contestó sencillamente mi hombre.
—Admirable cuadro; al que no falta, le respondí, más que la sanción del tiempo.
Aun no había acabado de admirar tan delicada pintura, cuando volví la cabeza, y á la izquierda observé pintado al fresco en la pared un cuadro del juicio final.
—¿Y esta pintura de quién es, volví á preguntar al sacristán?
—Del Sr. Tres-Guerras.

   Esto merece atención, dije para mí, y retirándome ú una distancia conveniente comencé á examinar el fresco. Con efecto, las figuras borradas y casi incomprensibles tomaban formas y se animaban, por decirlo así, á medida que graduaba la distancia. El cuadro me pareció una obra maestra y daré idea de él á los lectores.

   En la parte alta ó posterior está el Padre Eterno con su Hijo, la Virgen, los santos y toda la corte celestial, flotando en el éter y las nubes; en la parte interior, y á la izquierda, se hallan los réprobos, corriendo los unos en tropel, los otros levantando las losas de su sepulcro, y el resto, que ha escuchado la fatal sentencia de Dios, mezclado con los diablos que con tenazas y otros instrumentos compelen á los desgraciados á entrar en las cavernas infernales; por último, á la derecha se hallan los escogidos y benditos de Dios llenos de gozo y apresurándose al subir á las mansiones del cielo, ó dejándose conducir por los ángeles y serafines. La luz y la sombra están perfectamente comprendidas, y la aglomeración de figuras bastante clara y perceptible; pero hay en el cuadro una singularidad que no debe pasarse en silencio, y es que el autor se pintó también en el término medio, entre los réprobos y los escogidos, abriendo su sepulcro, y retratada en su semblante la angustia y la indecisión hasta saber el lugar que ocupará en la terrible y final escena del mundo.—Este pensamiento sublime, original y altamente filosófico bastaría solo para caracterizar á un artista. Por la tarde salí á dar mi paseo or las calles de Celaya y á cada paso me encontraba perenne el genio del arquitecto. No hay casa, no hay puerta de mesón ó de accesoria que no esté con su fachada elegante, con sus ligeras cornisas, con sus torneadas columnas. Si Tres-Guerras hubiera vivido más tiempo, sin duda alguna habría hecho de Celaya la población más regular y más bonita de la república.

—En cuanto al Carmen, puede aplicársele lo que Carlos V decía del bautisterio de Florencia; á saber, que era tan delicado y tan precioso, que merecía ponerse debajo de un capelo de cristal.

La detenida contemplación de las obras de Tres-Guerras no puede menos que inspirar ideas filosóficas, que hacen concebir de lo que es capaz el genio de un hombre. Tres-Guerras era arquitecto, era pintor, era poeta; ¿y a dónde concibió estas ideas, en qué campo fertilizó las inspiraciones de su ingenio, en qué escuela perfeccionó estas concepciones delicadas? En verdad, ningunos elementos tuvo este artista para educarse, pues aunque residió en México algún tiempo, México no ha sido jamás una de las mejores escuelas para formar a los pintores y arquitectos, y si Cabrera, Juárez y otros han sobresalido bastante, esto no prueba más, sino que ellos, así como Tres-Guerras, eran inteligencias colosales, y de las que puede decirse que no tienen padres ni hijos como se expresa Alejandro Dumas hablando de Napoleón.

  ¡Qué habría sido de Tres-Guerras si hubiera viajado por Italia y por España y examinado los grandes edificios y los magníficos cuadros de los autores que han formado época en la historia del mundo! Qué maravillas no habría ejecutado entonces, cuando sin escuela y sin modelos hizo cosas que han hecho decir al conde Beltrami que Tres-Guerras es el Miguel Ángel mexicano. 

   Los amantes de todas las grandes inteligencias que ha producido México, no podrán tener menos de sumo interés en averiguar algo sobre la vida de Tres-Guerras. Pues bien, un viaje por el interior les dará una idea completa de la vida de este hombre, pues como ha dicho un talento contemporáneo y amigo nuestro, las vidas y la biografía de los artistas son sus obras.

Así, pues, cada voluta, cada capitel, cada arquitrabe, cada columna de los edificios construidos por Tres-Guerras en San Luis, Celaya, Querétaro, Irapuato y Guanajuato, son una página brillante de la hermosa y quieta vida del artista, así como cada campo de batalla es la hoja sangrienta de la existencia de un conquistador. ¡Qué diferencia, sin embargo!

El capitán altivo tendrá inciensos, tendrá cronistas que escriban gruesos volúmenes de la historia de sus batallas, mientras el pacífico artista acaso contará solo con que un escritor raquítico y oscuro ocupe unas cuantas líneas con su vida para salir de sus compromisos de periodista. ¡Qué diferencia, sin embargo! La posteridad justa é imparcial, terrible en sus fallo?, mirará en su verdadero punto de vista á los dos, y dirá del primero: "este es un asesino de sus semejantes”, mientras al otro lo aclamará como bien hechor de la humanidad!

En efecto, legar libros llenos de pensamientos tiernos y de sensaciones expresivas y delicadas, ó monumentos y cuadros llenos de belleza donde cada  generación que viene al mundo tiene que copiar y que admirar, es mucho más glorioso que la memoria de unas manchas de sangre en un yermo y estéril campo de batalla.

  Así la vida de Tres-Guerras es semejante á la de muchos artistas: quieta, tranquila, ignorada de la multitud, y calumniada de las medianías envidiosas que no tienen alas ni esfuerzo para remontarse en las regiones de la gloría; pero en este punto, es inútil pretender trazar un cuadro cuando tenemos á la vista un documento escrito de la propia mano de Tres-Guerras en que cuenta su vida con un candor y una ingenuidad que en vano pretenderíamos mejorar.

  Este documento tan curioso (*) y tan original, y que el autor escribió á un amigo sin pensar que un día lo sacarían á luz los redactores de un periódico, lo vamos á reproducir textualmente á los lectores, porque repetimos, nos parece comparable solo á los escritos que sobre su vida y carrera dejó Alberto Durero.

   "Me crie, muy señor mío, con Nebrija y los vates, el trompo y los papalotes, y no podía entonces definirse "mi elección entre las travesuras y estudios; más mi inclinación fue siempre decidida hacia el dibujo, nació conmigo, me es connatural. Cumplí quince años, y mis estudios; quise ser fraile, y Dios demasiado misericordioso lo frustró, por un viaje que hice á México, y donde á esfuerzos de mi inclinación abandoné las letras y me entregué al dibujo; estuve como un año absorto en tanta hermosa doctrina; volví á mi patria, y traté de casarme: me estaba amonestando cuando los frailes querían reconvenirme con mi antigua pretensión; creían virtud en mí lo que en realidad era mojigatez y poco mundo. Vea usted mi retrato muy al vivo, y casi por de dentro y por de fuera. Sobre ya casado me destiné a la noble arte de la pintura, a la suave y dulcísima pintura; pero ¡que dolor! Nada medraba con las producciones más difíciles y graciosas de esta arte encantadora; un estudio que exponía al público de raro pensamiento, magistral educación, estilo hechicero, dibujo corregido, y en todo de un muy regular mérito se miraba con indiferencia, ni podían mis deseos encontrar con un conductor; más luego que embarraba un coche con verde y colorado, que brillaba el oro de sus tallas, que campeaban unos mamarrachos a modo de monos, que se manipulaba el maque, el barniz y otras sandeces de esta clase, entonces, amigo mío, llovían admiraciones y elogios, y yo tenía que arrinconar todos mis grandes estudios, o papeles y debía, coincidiendo con tanto ignorante, sacrificar la razón y el buen gusto en obsequio de tanta y casi universal estupidez. 

   "Enfadado ya, quise juntar la música á mi ocupación, me disipaba y me exponía infinito, no convenía con mi educación: fui grabador una temporada, carpintero y tallista otra, agrimensor algunas veces, y siempre vacilando, di de hocicos en lo de arquitecto, estimulado de vez que cualquiera lo es con solo quererlo ser, solo se requiere aprender una jerga de disparates como la de los médicos, babosear cualquier autor de arquitectura, de tantos como hay en particular las escuelas de Viñola, hablar muy hueco jerigonzas de ángulos, áreas, tangentes, curvas, segmentos, dovelas, imoscapos, &a.; pero con cautela, siempre delante de mujeres, cajeros y otros que no lo entendían: después entra el ponderar unas obras, echar por tierra otras, hablar mal de los sujetos, abrogarse mil aciertos y decidir magisterialmente y hételo ya Arquitete hecho y derecho.

   "Así es Paz, que ha llenado á Querétaro de monumentos ridículos, y así son varios de chupa larga que giran errantes por estos lugares. Luego yo dije a mi sayo, luego puedo entrar en corro con tanto Sear Arquitete? Saqué á las tablas mis pocos estudios, mis experiencias, mi buen dibujo y otras baratijas que me adornan, y lo que es del caso, las asocié con el engaño y alucinamiento, ó tontería de los marchantes, y me hallé capaz de desempeñar el papel, de Arquitete, á ciencia y paciencia de griegos y romanos, vándalos y suecos.

   "Ya soy arquitecto, amigo mío, á pesar de follones y malandrines; la academia me conoce por su discípulo, y me ha licenciado para cualesquiera obras, y yo las he ejecutado hasta ahora con felicidad, no debida á mi pericia; pero sí á mi fortuna: se me ha negado el fungir, no cabe en mi ingenuidad; y se me dio la obra del Carmen, y me he continuado, por el padre que ahora es obispo: ahora a ese santo religioso le caí gracia, es vizcaíno, y me valió que lo fuese; no pudieron apearlo del juicio que de mi tal cual habilidad formó, las cartas de empeño por Zapari, por García, por Ortiz, arquitectos de chupa larga. ¿Cree ud. tal porquería? Pues es evidentísima: me confiaron sus cartas, y es ocioso decir que Paz también echó sus empeños, porque ese es su estilo.

   "Aunque me he difundido algo impertinente, yo voy á responder á ud. Estas obras, ruidosas y solicitadas, como siempre piden de por sí mucho dinero, aquí os el sumo negocio que hacen sus directores, creen de mí bastante interés (y se engañan) particular de ellas, y de aquí las hablillas, las sátiras y la envidia no envidia el arte, no; se pudren por el acomodo; más ya todos están conocidos: Zapari cuán demasiado, Ortiz echado con desaire de la obra de las Teresas en Querétaro, García acabó con la vida, y Paz denigrado por sus obras, tanto en las de su proceder como en las materiales. Pues yo, con rivales entrometidos y aduladores, ¿cómo no he de ser corlado! Y por mis obrillas en varios lugares ejecutadas con algún acierto, y disfrutando en su manípulo las mayores confianzas en muchos miles de pesos ¿cómo no ha de ser envidiado? Agradezca vd. a la envidia sus esfuerzos contra mí, pues fuera muy desgraciado si no fuera envidiado; algo me donó, y en mucho me singularizó la naturaleza (Dios debemos decir), pues me envidian; yo me contento.

   "El que dijo á vd. que mi iglesia se parecía al interior del templo de Santa Genoveva, mintió grandemente, porque es total su diferencia, y solo coinciden en ser ambas de orden corintio, y en este caso será idéntica al Vaticano, San Pablo de Londres, que son del mismo orden y otras muchas fábricas; tengo estos papeles, y podré refregárselos al que dudare. El que un extranjero dijese que se parecía a no sé a qué templo de España, pudo ser; más no hubo tal cosa con el Sr. Humboldt, prusiano protestante con quien concurrí, ni la obra estaba entonces en tal disposición que pudiese compararla. Que el mapa vino de Roma es una célebre mentira, tengo en casa el que ejecuté, y podrá verlo quien lo dude, y verá los de los altares, y algunos otros solo delineados, y verá más si quisiere, que hecho yo mapas de cualquier asunto uno por cada dedo, porque (en paz sea dicho) estoy dotado de una invención y fantasía fecundísimas, y gozo de unas fuentes en mis libros y papeles que iluminan prodigiosamente, y á la prueba me remito.

   "No he tenido cuestión alguna con artista, grande ni chica, huyo de fungir, y es menester que me señalen con el dedo los que me conocen para los extraños, y digan: aquel es: pues de no, me confundo entre los espectadores ó mirones, soy mojigato de primera, y por otra parte, jamás crea vd. que yo pueda callar hablando de las bellas artes; en ellas es mi afluencia inagotable, tengo buen gusto (me atrevo a asegurarlo), he leído algunas cosas, y ya dije que era un crítico ciego, sectario del gran Don Antonio Pons, y muy amigo de razones; jamás censuraré yo un a obra, sin dar convincentes pruebas de por qué me parece mal, no me aparto de la naturaleza y principios, y busco la verdad á todo costo; y si no, que me toquen con formalidad, con crianza; y lo que es más, con la razón, y verán de bulto mi ingenuidad; más si es con charlatanería, guárdense, amigo, porque protesto que me sé sacudir como el que más; por tanto la tal Cuestión téngala por de nombre, y por un amena invención satírica y abribonada.

  "Dé vd. de barato que mi obra se parezca a esta o a la otra, ¿parece á vd. poco mérito, el acertar en la ejecución, verificándola sin capataces, monteadores, ni otros pataratos que agregan los que solo se atienen á los oficiales? Pues yo he monteado desde la primera hasta la última pieza; todas son de mi invención, aunque siguiendo las huellas del antiguo, sus reglas, proporciones y demás ápices ó finuras; he enseñado una porción de manteros, dulceros, carpinteros y lo que vd. quisiere, á canteros, y solo yo doy guerra á 60 oficiales, fuera de 25 albañiles, los talladores, escultores, doradores y otros muchos artesanos, que se emplean en la obra del Carmen, una casa muy grande que estoy acabando, el Puente y otras obrillas, como el mesón, la casa de D . José Múgica; me sobra tiempo para otras menudencias, y todo lo ejecuto con cierto aire socarrón y picaresco, que vale un dineral".

   Muy poco queda que decir de nuestro admirable hombre después de leído lo antecedente, porque él mismo nos cuenta con franqueza toda su pequeña historia de joven y de artista; mas para satisfacer la curiosidad de los lectores, les comunicaremos algunas más noticias que no dejan de tener interés. Tres-Guerras, á posar de los envidiosos de chupa larga, como él llamaba, era generalmente estimado en Celaya, así por sus talentos, como porque tenía un corazón honrado y un carácter franco é ingenuo; así es que obtuvo algunos cargos públicos, tales como los de procurador, síndico, regidor, y alcalde de su ciudad, habiendo sido también condecorado con el nombramiento de individuo de la diputación provincial de Guanajuato cuando se restableció la constitución española el año de 1820. Fue siempre muy decidido y afecto á la causa de la independencia, y cuando finalmente se consumó la obra el año de 1821, se regocijaba en términos de que se creyeron locuras sus demostraciones de júbilo. —Tenía alma de artista, y comprendía lo que vale la libertad para los pueblos y par a los individuos. 

  Por lo demás, su conducta pública y privada fue siempre irreprensible, pues el tiempo que no pasaba dedicado á sus trabajos cultivaba la música, la poesía y la pintura, ó se iba á contemplar las escenas del campo á una pequeña hacienda inmediata á Celaya, llamada Romerillo, que aún conserva su familia. El modo como hacia estos viajes es también singular. —Se iba pie á tierra, con un bastón y su capa al hombro, tocando una flauta, y sin más compañía que un perro á quien llamaba su fiel é inseparable compañero. Unas veces se sentaba bajo la sombra de un árbol, á modular notas armoniosas, en su instrumento favorito; otras se detenía á contemplar la tranquilidad de la naturaleza, y otras, en fin, caminaba jugando, con el candor de un niño, con su leal y constante amigo.

   Esta vida activa, sobria y laboriosa, le proporcionó una larga existencia, pues nació el día 13 de Mayo de 1745 y murió á los 88 años de edad, el 3 de Agosto de 1833. La época de su muerte fue la en que el cólera morbo asoló á las poblaciones de la república y Tres-Guerra s fue arrebatado casi repentinamente por esta terrible plaga; pero días antes de morir puso orden á lodos sus asuntos, y la víspera salió precipitadamente de su casa para arreglar á los pies de un confesor la cuenta pendiente entre su conciencia y Dios. Un amigo que lo encontró en la calle, lo detuvo y le dijo:
¿Dónde va V. tan precipitado, amigo mío?
¡Buena pregunta, le contestó con calma Tres-Guerras: la muerte persigue con un furor tremendo á los pobres mortales, y en cuanto á mí pocas horas me quedan de existencia en este mundo.
¡Vah! le replicó el amigo. Aún está V. muy robusto y bueno y sano. Dígame V. de dónde le ha venido esta idea?
—Amigo, no me queda mucho tiempo para platicar con V. Adiós. Tres-Guerras se alejó dejando al curioso con la palabra en la boca.
Al día siguiente murió, y su alma voló al seno de Dios.

  Felizmente Tres-Guerras no dejó al frágil cuidado de sus sucesores el honrar sus restos de una manera digna, sino que teniendo constantemente delante de sus ojos el pensamiento de lo breve y deleznable de la vida humana, construyó durante su vida una pequeña y hermosa capilla junto al templo de San Francisco, para que después de su muerte fuese sepultado en ella.

En efecto, allí reposa su cadáver; pero su genio vive y vivirá muchos años en el templo del Carmen de Celaya.

1° de Julio de 1843. —MANUEL PAYNO. (Escrito para el Museo.)

Fuente:

Museo Mexicano, Tomo II. Imprenta de Ignacio Cumplido, México, 1844, pp. 16-20


sábado, 4 de julio de 2020

De cuando el jabón era moneda de cambio: Celaya, 1838

 Encuentro una tremenda curiosidad que ocurría en Celaya hacia 1838, según lo relata el geógrafo y etnólogo austriaco Isidore Löwenstren en su libro México, memorias de un viajero, (disponible en FCE). Sobre este libro, la maestra Margarita Pierini dice: “El cronista austriaco, como la mayor parte de los viajeros, no fue un escritor profesional, sus narraciones son testimonio de su viaje alrededor del mundo. El volumen dedicado a México es el más extenso de su producción y se caracteriza por su rechazo a la vida y la cultura mexicanas. Lo que hace singular a este cronista es el hecho de ser el representante más extremo (hasta llegar casi a lo risible) de la crítica negativa sobre México entre los viajeros de su época y, en segundo lugar, su condición de vocero de una ideología tendiente a instaurar en México una monarquía europea”. Y la anécdota celayense es:

  "Celaya está a 12 leguas de Querétaro. Bajé al mesón situado sobre la plaza pública. Ahí ocupé un cuarto en el primer piso, de donde disfrutaba de una vista extendida sobre las montañas que rodean la ciudad, al mismo tiempo que veía bajo mis ventanas el mercado, donde numerosos frutos europeos, tales como duraznos, uvas, peras, estaban instalados.

  Envié a mi mozo a que me comprara algunos, dándole un peso, para que me trajera el cambio. Sabía que los tlacos (baja moneda) del departamento de México no tenían curso en el de Guanajuato, en donde la ciudad de Celaya está situada, como tampoco en el de Querétaro, lo que es todavía uno de los bellos restos del sistema federal. Yo no esperaba entonces, a nada menos que el cambio que me iban a entregar, que consistía en pequeños pedazos de jabón, de los que se sirven en este lugar como único cambio.

  Esas piezas de jabón son de 78 milímetros de largo, sobre 13 de alto y 36 de ancho; pesan 50 gramos. De un lado se encuentra el nombre de “Galván”, y del otro la cifra 2, que indica el valor nominal de la pieza, es decir, dos tlacos. 

  La historia nos enseña que ciudades sitiadas se servían de monedas opcionales de cobre, estaño, cuero, papel; los salvajes hasta hacen uso, en algunos lugares, de cacao, conchas, dientes de peces; pero yo me lisonjeo de haber sido el primero en enriquecer la numismática con la moneda de jabón. Pero, en el fondo, esta moneda, que posee al menos un cierto valor, ¿no es aún preferible, toda molesta y ridícula que sea, a esos billetes de algunos cientos en el papel moneda de los bancos particulares de los angloamericanos, cuya garantía principal no consistía más que en el crédito que los ingleses, deslumbrados por las empresas gigantescas que veían ejecutarse más allá del Atlántico, habían abierto a los americanos, sin pensar que esas maravillas de la industria se ejecutaban a sus expensas?

   Y este sistema de moneda de jabón en Celaya no es aún preferible al de los tlacos, de cobre, que el estado de México hizo acuñar hace algunos años, forzando al público a tomarlos por el doble de su valor (una cuartilla), hasta que los angloamericanos y otros especuladores (buenos patriotas mexicanos). Se conoce en México al principal individuo que hizo esta falsificación, y que, lejos de haber sido penado por falsificador, juega en la capital un gran rol por los frutos de su noble industria. Apuntaron a un triste fin a esta operación financiera inundando al país con esos tlacos acuñados en los Estados Unidos.

  Recibí en Celaya la más amable acogida del coronel don Pedro Cortazar, hermano del célebre general, cuyo regimiento de dragones es el mejor de la República, y tan bien disciplinado como equipado. Gracias a su complacencia, pude sacar buen provecho de mi corta estadía. Celaya es una hermosa ciudad, agradable y muy poblada. El número de sus habitantes de 10,000. 

[…] Dejé Celaya con una impresión de las más favorables que me haya dejado aún ninguna ciudad de México: consecuencias de los progresos que ahí se ven, la actividad, del orden y de la seguridad que ahí reinan.


viernes, 3 de julio de 2020

Antes y ahora: El crecimiento de un templo católico

En el archivo de este blog en ocasiones guardo imágenes para luego crear una entrada y cuando ocurre, como es el caso ahora, que no hago anotaciones de qué es, al pasar el tiempo olvido totalmente la referencia, así que. ¿en dónde será esta capilla? creo es un lugar al norte de México, quizá en Ciudad Juárez pero no lo puedo afirmar, el caso es que...

Al paso de los años, el crecimiento de la población y el crecimiento en el número de fieles ocurren cosas como esta... que el recinto, al no dar abasto, se crece hacia un lado y se crea uno nuevo... no es caso único hay varias docenas, quizá centenares de templos a los que se les van anexando otros cuerpos para agrandarlos. No es el caso sólo en México, sino en todo el mundo católico. Por ejemplo, recuerdo que en Salamanca, España, la catedral se compone de dos edificios, el antiguo y el nuevo... solo por poner un ejemplo.

jueves, 2 de julio de 2020

De lo acontecido a Giacomo Beltrami en Celaya, 1824

   Dentro de pocos días la ciudad de Celaya estará cumpliendo 450 años de su fundación, a ella poco había volteado a ver su historia (qué bien sabes es lo que más me interesa) y ahora, que lo he hecho, aprovechando el tiempo en el que todos nos hemos visto involucrados a mantenernos en casa, cosa que, será bueno aclarar, para mí, muy en lo personal, no causó mella alguna pues siempre he procurado estar a buen resguardo entre paredes, aprovechando el tiempo leyendo, consultando, indagando; quise ubicar un personaje que me hiciera ver (que me condujera de la mano a esa historia –la de los primeros años de Celaya-) y encontré en la familia De la Cruz Sarabia la fuente en la cual he abrevado los últimos meses y que me ha hecho ver los tiempos que van, desde la fundación de la villa de Nuestra Señora de la Concepción de Zelaya, hasta, más o menos, el inicio de la Guerra de Independencia. Esto, en  buena medida, es un “plan con maña” pues, como bien lo sabes, yo, siendo originario de Salamanca, población distante unos treinta kilómetros al poniente de Celaya, la relación histórica que hay entre ambas es mucha y muy profunda, así que, una de las cosas que en el fondo persigo es entender esos lazos a través de las familias que, a lo largo del XVII –siglo poco estudiado en Salamanca- ejercieron su influencia. Y esta vez, de tanto “nadar” en información celayense, caigo en un documento de tipo “delicioso”. Se trata de una de las cartas que el italiano Giacomo Constantino Beltrami, uno de los que bien podemos considerar dentro de los primeros turistas italianos que llegan a México, escribe en diciembre de 1824 la condesa de Albany, Luisa de Stolberg-Gedern:

  Desde hacía algunos días yo sentía estremecimientos que me anunciaban la aproximación de alguna crisis febril, consecuencia de una fuerte constipación, atrapada bajo una lluvia con nieve sobre las montañas de santa rosa. Esta crisis se desarrolló en la mañana del 21, sobre el camino de san juan a Celaya, y con tal violencia que no me fue posible sostenerme a caballo. Estuve obligado durante el fuerte acceso, de tomar la sombra de un árbol por hospital; sin embargo, llegué en la tarde a Celaya. Estaba rendido, pero un buen “emetique”, una buena purga y la quina me restablecieron bastante rápido a mi vigor natural.

  La Noche Buena es una gran fiesta para Celaya. Una procesión solemne de noche, figura todos los misterios al natural; quiero decir por medio de hombres y de mujeres, quienes ejecutan cada uno su papel según la tradición. Cada pieza es representada sobre un gran carro jalado por cuatro mulas. Los carros estaban en número de veinticuatro, ya que, además de los quince misterios había también una representación del Tiempo, del Paraíso Terrenal, del Arca de Noé, del Arca del Testamento, del Apocalipsis, de la fuente de la Gracia, de la Decapitación de San Juan Bautista, del Jordán, y del Triunfo de la Gracia. Es un espectáculo verdaderamente único en su género.

  Todo está figurado de la manera más entendida, la más pintoresca; lo grotesco y lo cómico se mezclan a maravilla con lo majestuoso y lo trágico.

  Os veo impaciente de saber cómo se representa la crucifixión de Nuestro Señor, y la decapitación de San Juan. El crucificado descansa sobre la cruz, por medio de un apoyo, que se coloca sobre sus pies y sus brazos son encomendados con destreza a los dos extremos que los sostienen. El no hace más que fingir morir; y Longino no penetra con su lanza, sino a una vejiga llena de sangre, colocada en su costado; que está cubierto de un peto de hierro blanco, por el temor de que un golpe de un Longino torpe llegará demasiado lejos. Es necesario sin embargo tener una gran vocación devota a someterse a permanecer más de un ahora en esta posición, tanto más temible que el crucificado es fuertemente sacudido por el movimiento del carro, haciendo el rodeo de la ciudad. En cuanto a la Decapitación, no se ha encontrado todavía bastante devoción para representar a San Juan; es una cabeza de madera despegada de un busto de trapos quien hace los honores de la escena. No se ve más que al verdugo natural.

   En la Anunciación, el ángel merece una misión con una virgen, y la virgen, bonita como un ángel, recibe la misión con la mejor gracia del mundo. No podía haber una mejor figuración. Eran dos jóvenes amantes, y el uno digno del otro.

   En el arca de Noé, este anciano asoma la cabeza afuera del navío, para ver qué tiempo hace. Aquí lo hecho a propósito se une a lo natural; ya que, precisamente en México la estación de lluvias acaba de pasar, y no llueve jamás durante el invierno.

   La diputación con los Doctores, estaba tan bien representada con un niño lleno de gracia y de vivacidad que cuando esos viejos doctores obstinados no querían entender razón, él se las inculcaba en la cabeza, a golpes de un gran libro que tenía entre sus manos. En fin, Condesa, todo estaba hermosamente reproducido: los actores son escogidos entre la más bella juventud de la región. Sería demasiado largo querer analizar todo; me limitaré a mostraros una más de esos representaciones, la más interesante en sus episodios; ésta es El paraíso terrenal.

  Dos carros estaban destinados a esta escena: he dicho mal, había veinticinco carros y no veinticuatro. Sobre los dos carros estaban Adán y Eva: sobre uno, antes del pecado; después del pecado, sobre el otro.

   En la representación de Antes del pecado, nuestros primeros padres, conservando su estado de inocencia y de naturaleza, se abrazaban sin cumplido, con tanto más de placer, creo, que ellos eran, los dos, encantadoras criaturas; habrían querido hasta intercambiar un beso, pero se veía que los dos jóvenes estaban muy incómodos. ¡Vos no adivináis la causa, Condesa! Es que la señora Eva era una “sobrina”; y el reverendo padre, su “tío”, que se encontraba en la procesión, volteaba seguid para ver cómo pasaban las cosas en el paraíso terrenal. Temía que la escena cambiase y se transformase también el Después del pecado, donde Adán y Eva tenían ya con todo el resto, hijos que los atormentaban, in dolore, in sudore urutus, etc., etc.

   Asnos, cargados de ofrendas, con toda clase de frutas, aves de corral, corderillos, cabras, etcétera, abrían la procesión; los monjes de San Francisco la cerraban. Presentí que el niño Jesús naciente no puede comer todo eso, los monjes lo comen por él.

   Las principales familias de Celaya contribuyen para los carros, las otras para todo el resto, hasta para los sirios; la emulación contribuye para la pompa de la fiesta y en esto los monjes son señores. Durante tres días consecutivos hay corte bendita, y en el convento y en la casa “sobrinas”; con este descaro que no se encuentra en ninguna parte tan desvergonzadamente como con los monjes de las colonias españolas. Notad, Condesa, que no se ve en la procesión ni el clero, ni los monjes de otras cofradías. ¿Es por celos o por vergüenza que ellos se recusan? Lo ignoro, pero un agustino me decía que esto era una mascarada. Es verdad que los agustinos son enemigos mortales de los franciscanos, que los han suplantado de su antiguo todo poderío en México. Para m he visto en esta ceremonia el más divertido espectáculo; y si yo me quedara en México haría como los mexicanos: iría a verlo una vez más, estuviese a dos o a trescientas millas de Celaya.

  El convento de los franciscanos es vasto y magnífico. A comienzos del siglo xvii un cierto don Pedro Núñez de la Raya murió entre las manos del padre provincial de los franciscanos, juan López, quien entonces estaba de visita en Celaya; sus parientes, abriendo el testamento, encontraron a San Francisco como heredero universal de su inmensa fortuna. Pero, como segunda regla seráfica del fundador, los franciscanos possideren no posum paupertatis au temp vota, etcétara; los papas y otras reglas se añadieron a esta prescripción: no importa, los monjes saben acomodar todo, a pesar de San Francisco, de las bulas, de las reglas, de la decencia, etc. En la redacción del testamento se decía que el testador dejaba todo su bien al convento, para formar ahí un colegio, y que el provincial actual, como después de él todos los otros provinciales, serían el administrador de la herencia y el rector del colegio. La manera de la cual el reverendo confesor supo arreglar el testamento debe daros una idea de aquella con la cual él peinó el asunto en Roma. Él obtuvo de Urbano VIII una Bula de dispensas de la regla de San Francisco: datam romae sub annulo Piscatoris, anno 1624, secundo sui pontificatus. 

   Según el deseo del testamento el provincial tiene siempre el derecho de ser el administrador de esta vendimia y el rector del colegio, pero lo asuntos mayores de un provincial en una provincia tan basta y tan rica, abarcando todo el Bajío, toda la región de Guanajuato, de Querétaro, de Valladolid de Michoacán, etcétera, no pueden permitirle una residencia fija en el convento de Celaya; él subdelega entonces la administración de la herencia y el rectorado del colegio a su secretario, que llaman el Secretario de la Provincia. Para evitar un choque y los celos, este secretario se convierte también en el prior del convento; de manera que todo se arregla sin control, entre el Secretario y el Provincial: duo in carne una, según San Pablo.

   Veis, Condesa, que la plaza de Prior de Celaya es una de las mejores benignidades en la jerarquía seráfica; su más que la plaza de Secretario de la Provincia es seguido de por vida, en cambio la de provincial no es más quo pro tempore. Esta plaza de por vida es la presa del más tapasero o del más intrigante

   Las otras corporaciones que se llaman religiosas, no hacen grandes negocios en Celaya; el convento de San Francisco es el remolino que absorbe todo. Los otros monjes se contentan con vivir con sus “sobrinas” y de jugar a las cartas.

Los agustinos tienen sirvientes en el convento que se ocupan de todo, desde la cocina hasta el cuarto. Uno de esos reverendos, viéndome sorprendido de esta mezcla profana, me hizo observar que en los tiempos de la iglesia primitiva, todos los eclesiásticos eran servidos por vírgenes y viudas, que se consagraban voluntariamente al servicio de las casas religiosos y quienes desde entonces e llamaban Agapetae.

 Los carmelitas de Celaya son muy ricos, como los carmelitas de San Luis y de todo México; pero ellos llevan una vida más circunspecta y más oculta. Ellos tenían tanta plata en sus cofres, que los caminos no eran seguros en una cierta época, para enviarla al jesuitismo en Europa “todos los cuerpos religiosos de México lo abastecen su contingente”, y temiendo que se convierta en la presa de la revolución hicieron demoler la vieja iglesia y construir una nueva, que, magnífica, haría más honor al arquitecto, si ella tuviese menos intestinos. Su torre y su cúpula dando lejos una gran idea de Celaya, tanto como de cerca son de ella un bonito ornato.

   Estas obras nos producen más admiración, al saber que son hijas de un criollo, que ni siquiera ha visto la capital de su país, y que casi nunca ha salido de Celaya. Este criollo hábil es el señor Tresguerras, el jefe de una de las familias más distinguidas de la provincia; que ha hecho a San Francisco y demás, capillas y altares, magníficos, todo con el mayor desinterés, con el solo placer de hacer servir a su país a este genio universal en las bellas artes, del cual la naturaleza lo ha dotado, y que él ha cultivado por sí mismo. Es igualmente pintor y escultor: es el Miguel Ángel de México.

   Toda la ciudad es bonita y risueña, ofrece el divertido espectáculo de una reunión de revendedoras y revendedores, exponiendo toda clase de mercancía y fruta de los dos mundos. Los esfuerzos y la elocuencia de aquellos que quisieran engañar y de aquellos que no quisieran serlo, presentando cuadros y juegos de espíritu completamente singulares. Ello respira por doquier cierto aire de bienestar, y contiene una población de alrededor de 12,000 almas. Los aborígenes, que habitan sus arrabales y los alrededores, pertenecen a la tribu de los antiguos otomíes; ellos hablan una lengua totalmente diferente dela de los antiguos mexicanos propiamente dichos. Se pretende que es muy difícil.

   Partí el 27, tomando el camino de Querétaro. A 2 millas de la ciudad de Celaya se pasa La Laja. Este es un río de devoción para nosotros que creemos haber visto sus fuentes en la cima de la alta cordillera de las Escalliers; o, al menos, nos recuerdan, por esta ilusión, un punto de la tierra de una conformación tan extraordinaria y este encantador riachuelo que nos fue de una compañía tan agradable, durante 5 o 6 millas, sobre una planicie inmensa, dominante de la cima de las más altas montañas del mundo.

   El puente construido sobre este río es también obra del señor Tresguerras, magnífico, él reúne la solidez y la elegancia.


Fuente:

Beltrami, Giacomo. Carta 9. México. Imprenta de Francisco Frías. Querétaro, 1852.

miércoles, 1 de julio de 2020

24 de junio de 1767: La Expulsión de los Jesuitas

Uno de los episodios más dramáticos que hay en la Historia de México es, creo yo, la expulsión de los Jesuitas, cosa que ocurre el 24 de junio de 1767, Jueves de Corpus y es eso de lo que hoy abordamos, apoyándonos en el libro de José Mariano Dávila Arrillaga, del cual hago los siguientes extractos del capítulo correspondiente al mencionado episodio:

   En efecto llegado el día 24 de Junio de ese año, se citó al caer la tarde á las autoridades expresadas, al Capitán de la Acordada, al mayor de plaza y sin duda también á los jefes de los regimientos que estaban en México, para que sin demora ni que se divulgase aquel importante secreto estuviese pronto el auxilio de la fuerza armada para aquella ejecución: se llamó además al único dueño de imprenta que entonces había en la Capital, que lo era el Presbítero D. José Hogal, á quien se detuvo como arrestado en una pieza distante, para que sin imponerse del asunto de que iba á tratarse, se tuviese á mano para la impresión del Bando que debía publicarse el día siguiente.

  Reunida ya la junta, bien avanzada la noche se abrió el último pliego, y leído delante de los concurrentes se procedió al nombramiento de los individuos que debían de pasar á intimar el decreto á las cinco casas que tenía la Compañía en la Capital. 

   El marqués de Croix, hombre sumamente ignorante en derecho, tanto cuanto servil y ciego en obsequiar las órdenes de la Corte, le impuso silencio con su acostumbrado: "Así lo manda el Rey mi amo, y así se ha de cumplir". Replicó el Decano con la misma firmeza que antes, negándose resueltamente á ser instrumento de aquella iniquidad; lo que irritando más al Virrey le impuso arresto allí mismo, pena de la vida, frase de ese tiempo, hasta el día siguiente que estuviese ya cumplida la disposición del Soberano. Siguióse el nombramiento interrumpido, señalándose otro individuo para la casa Profesa: se dieron las instrucciones necesarias según lo prevenido de la Corte para aquel acto, se extendió la minuta del Bando, y llamándose al Pbro. Hogal, lo llevó el Virrey delante de un balcón, diciéndole estas palabras: "este Bando se imprime ahora mismo en la casa de V. bajo el concepto de que si se divulga su contenido antes de su publicación el día de mañana, lo mando ahorcar en este mismo salón:" palabras que dichas por aquel terrible Virrey, muy capaz de hacer lo que decía, de tal suerte amedrentaron al dicho Presbítero, que se asegura, que él mismo imprimió, tiró los ejemplares pedidos, deshizo la planta, y llevó al Virrey los impresos antes de la hora asignada, de paso diremos, que el grande concepto que se tenía de la integridad del Sr. Valcárcel y el debido aprecio á sus luces y servicios, le sirvieron de escudo en esta ocasión, en que mucho se temió por su tenaz resistencia en obedecer el decreto de extrañamiento de los Jesuitas, si no por su vida, á lo menos por su desgracia en la Corte y la pérdida de su empleo; pero no fue así, sino que posteriormente recibió nuevos honores y gracias, entre otras, el título de Consejero de Indias, la jubilación con todo el sueldo y retención de sus comisiones, en el caso de que no quisiese admitir, como en efecto no admitió, el empleo de Regente que entonces se creó, sustituyéndose al de Decano de la Audiencia.

   Prosigamos la historia. Según parece la tropa estaba sobre las armas durante ese tiempo: así es que al aviso del Mayor de plaza se fueron apostando varios piquetes, algunos hasta de doscientos hombres en las boca calles que conducían inmediatamente á las casas de los Jesuitas, llevando además un dragón montado en cada uno de ellos, para que diesen parte de cualquiera novedad á Palacio, con la prevención de que fuesen al paso sin correr. Entre tanto permanecieron el Virrey, el Arzobispo y los demás vocales que no habían sido nombrados para la ejecución, en espera del resultado.

   Llegados los comisionados á cada una de las casas con su respectivo piquete, llamaron pronta y violentamente á la puerta, diciendo que abriesen de orden del Rey; y abierta que fue, apoderándose del portero, ocupó la tropa el campanario, entradas interiores de la iglesia, puertas regulares ó falsas y otros lugares que creyeron convenientes: en seguida previno el comisionado se llamase por el mismo portero al Superior de la casa, para convocar por su conducto a la comunidad. La ocupación de la Casa Profesa, igual en todo a la de las demás casas, la describe un testigo ocular en estos términos: "El comisionado regio para intimar el decreto en la Casa Profesa, fue el Fiscal de la Audiencia de Manila, D. José Antonio Areche, el mismo que acababa de residenciar con un desusado rigor al marqués de Cruillas, anterior Virrey: luego que se le presentó el P. Prepósito José Utrera, le preguntó por el P. Provincial, é informado de que se hallaba en la Visita, pero que probablemente en ese día estaría en Querétaro, se dio parte inmediatamente al Virrey, y sin esperar su respuesta le intimó que reuniese á la comunidad, no á toque de campana sino ocurriendo á los aposentos, con la prevención de que se reunieran al lugar que acostumbraban para los actos religiosos; prevención que se hizo en todas las demás casas, de que tenemos noticias. 

   Eran las cuatro de la mañana, hora en que dejaban los Padres el lecho; y así es que muy pronto, por medio de los Despertadores se reunieron todos en la capilla interior, (que era puntualmente la que servía en el que después fue Oratorio de S. Felipe Neri, para la fiesta solemne en la salida de Ejercicios). Reunidos allí se les leyó el decreto del Rey intimándoles el destierro de sus dominios; y aunque todos sin excepción manifestaron sin ninguna réplica su pronta y fiel obediencia, se les ordenó que la suscribiesen de propia mano, todos y cada uno. Estaba muy avanzada esta operación, cuando uno de los presentes hizo notar que en esa Capilla estaba el depósito de la Santísima Eucaristía; á cuya observación atónito el comisionado, lleno de reverencia á lo sagrado del lugar, se excusó con religiosas palabras, de que ignorando lo santo del lugar, hubiera ejercido en él actos judiciales: admitieron todos aquella piadosa excusa, disculpándose igualmente de que sorprendidos de la novedad y como se les previno que acudiesen al sitio donde se reunían á sus actos religiosos, ninguno hasta entonces lo había advertido.

  Aumentóse entonces la amargura interior de los Jesuitas, pues al mismo tiempo se les previno que sacando de la capilla los ornamentos y vasos sagrados se destinase aquel lugar para la guardia de la tropa que había acompañado al comisionado: "Dolor profundo, dicen las memorias de donde tomamos esta relación: dolor profundo fue para nosotros que en aquella capilla en que tantos años había sido venerado el Dios escondido en las especies Sacramentales, como en su real gabinete, dando grata audiencia á sus privados y amigos; por la tarde después de haber servido de cárcel á los Jesuitas, ya era cuartel de soldados, para comer, beber y jugar, profanada con toda especie de libertinas chocarrerías."

   Hízose en efecto de aquel modo prudente: salieron todos los colegiales con el menor estrépito posible en los tres días asignados: en la noche del 27 pasaron secretamente los Padres al Colegio máximo, y el 28 á la madrugada el P. Parreño al convento del Carmen en calidad de arrestado, para rendir allí sus cuentas, providencia que se hizo extensiva en los demás Colegios y casas dé la Provincia, á todos los que habían tenido a su cargo el manejo de los intereses. Salidos todos los Jesuitas residentes en México el día 28 y los siguientes, se ocupó el Colegio por el Regimiento de Flandes el que desocupando los mayores salones para cuadras, los libros de su rica Biblioteca fueron arrojados unos a la calle y otros encerrados en una bodega baja y húmeda; y como es costumbre en los soldados, de tal suerte maltrataron el edificio, que como dice un escritor contemporáneo, todo S. Ildefonso presentaba el aspecto de un real tomado, y saqueado por el enemigo. A su tiempo se verá lo que se dispuso respecto de este Colegio.

  El 25 de Junio en la noche le fue notificada por un Comisionado real la pragmática sanción por la que Carlos III desterraba á los Jesuitas de todos sus dominios, advirtiéndole de paso, que no se le había hecho saber aquel mismo día en la madrugada como se le tenía mandado, en razón de que siendo la octava de Corpus, en que se celebraba una función solemnísima en la Iglesia, se hallaba el pueblo lleno de gente de los lugares inmediatos, lo que podría dar ocasión á algún motín si llegaba á traslucirse la noticia de su expulsión. El P. Arce respondió que él y sus súbditos estaban dispuestos á obedecer rendidamente la orden del soberano, y á salir del Colegio cuando y del modo que se les previniese. 

   Después de la intimación del Decreto, los Jesuitas quedaron presos en la Casa Profesa y demás Colegios, sin permitírseles ninguna comunicación exterior, con guardia en cada una de las casas, menos en S. Ildefonso, y repartidos varios vivaques en las calles inmediatas para contener cualquiera manifestación hostil del pueblo que rodeaba las casas de los Jesuitas, dando gritos de dolor por su pérdida, ritos que llegaban á oídos de los arrestados, que oyéndose nombrar muchos de ellos por lo conocidos que eran por sus limosnas á los pobres, hacían un eco dolorosísimo en los corazones de todos, aunque sin hacerles perder aquella virtuosa tranquilidad que habían manifestado cuando se les intimó el decreto. Entre tanto las familias acomodadas, de las que muchas contaban miembros en la Compañía, otras maestros, y todas casi, directores y amigos, trabajaban con el Visitador D. José de Gálvez, que regenteaba con el mayor calor la partida, para que ya que no se les permitía despedirse personalmente de ellos, no se les negase auxiliarlos para su largo viaje, proporcionándoles todos los alivios que en aquellas tristes circunstancias exigían la piedad, la gratitud, el amor y liberalidad, virtudes tan propias en todos tiempos de los mexicanos. Como debía suponerse que el viaje hasta Veracruz se iba á disponer se hiciera caminando todos los Padres en cabalgaduras, sin excepción de edad ni condición, suplicaron al Visitador, que á lo menos hasta adelante de Puebla, donde terminaba en esa época el camino carretero, se les concediese ir en coches, á cuyo efecto todos los particulares ofrecieron los suyos, proposición que fue obsequiada, así como las demás, si no por compasión de parte de los perseguidores, á lo menos por temor de las consecuencias que podían resultar de un semejante desaire.

   La salida de los Jesuitas de México ha sido referida en estos términos: "Llega el 28 de Junio, y en coches mandados por particulares montan los Jesuitas y emprenden el camino de Veracruz. Rompen la marcha los de la Casa Profesa, á los que sucesivamente van reuniéndose los de los demás Colegios de la capital: un doloroso clamor se escucha por todos los ángulos del entristecido suelo de México; y sus desconsolados habitantes, ancianos, mujeres y niños, cubierto el corazón de luto, reclaman á grandes gritos y piden no se les arranquen sus amigos, sus consoladores y sus padres. El inmenso gentío rodea los carruajes, que casi lleva en peso; y según las lágrimas que se derraman, parece á los Jesuitas, que han llegado ya al océano que los aguarda. Pero ellos llevan su abnegación hasta el heroísmo. Con el corazón partido de dolor, pero resignados, pero intrépidos, obedecen sin murmurar. Con la frente ceñida de la doble aureola de la ciencia y de la virtud, se ocultan á los testimonios de afecto que se les prodigan, y á las bendiciones que por doquiera les siguen: apartan los ojos para que no se enternezca su valor con el desgarrador espectáculo de los dolores y desesperación del pueblo, para que no se vean las lágrimas que les arrancan, no sus propios infortunios, sino la profunda desolación en que su ausencia va á dejar sumida una tierra regada con sus sudores y fecundizada con sus ingenios y sus inmensos trabajos De esta suerte, casi sofocados por la muchedumbre, que en tristes y repetidas voces nombraba ya á este, ya al otro y ya á muchos de los Padres que allí caminan; ya recordando los particulares ó generales beneficios que de sus manos han recibido; ya lamentando su pérdida; ya testificando, en fin, lo eterno de su gratitud y lo invariable de su memoria, llega el ilustre escuadrón de los proscritos al santuario de Guadalupe, que entonces se hallaba en el antiguo camino de Puebla, y donde se les había permitido entrar por unos breves momentos.—Descienden los Jesuitas de los coches, y se presenta otra nueva escena de llanto á ellos y la multitud que los acompaña. Entran al templo donde se venera la augusta Madre de Dios, que también se ha querido llamar Madre de los mexicanos; y postrados ante la hermosa imagen objeto del más tierno culto de todo corazón americano, imploran su protección, se despiden de ella, y hacen los últimos y más ardientes votos por la felicidad de un pueblo que los idolatra y los llora... Los ojos todos de la multitud se fijan en ellos; pero los suyos no se apartan de la divina pintura á la que habían ya levantado aras en la Europa á la que elevarán nuevas en los lugares donde van á residir, y a la que contemplan como la estrella que les servirá de consuelo y guía en su larga peregrinación por ásperos caminos y procelosos mares. __Salen por fin del santuario, con los rostros humedecidos de lágrimas, aunque llenos los corazones de consuelos, aquellos respetables religiosos, y prosiguen una marcha á cada paso más y más dolorosa pues cuanto les escita el agradecimiento de las finas demostraciones del pesar público, les agrava la pena y el dolor de ir perdiendo de vista á los que los seguían con el corazón y con el alma. Continúan su camino siempre con iguales muestras de sentimiento de parte de los pueblos pues como los Jesuitas misionaban con frecuencia en todos por pequeños que fueran, por doquiera eran conocidos, estimados y objeto de veneración."

   En Puebla se reunieron á los Padres de los Colegios de esa ciudad á quienes también facilitaron carruajes sus vecinos, y todos juntos sin dárseles mayor descanso salieron para Veracruz, quedando once enteramente inutilizados para caminar, repartidos en varios hospitales con la misma condición que los detenidos en México, entre ellos dos dementes, el estudiante Joaquín Castro, y el Coadjutor Antonio Lozano, que fueron trasladados á San Roque: había igualmente un sacerdote que se hallaba en el mismo caso, el P. Juan Ramírez pero, ó no se creyó su locura, ó gozaba en esos días momentos lúcidos, por lo que marchó con los demás, y según entendemos fue este quien tuvo un trágico y escandaloso fin en la Habana.

La entrada de los Jesuitas en Jalapa pareció como de triunfo, aunque mezclado con amargura: las calles, ventanas, azoteas y balcones estaban llenos de toda clase de gentes, manifestando en sus rostros más tristeza que curiosidad: el gentío en las calles fue tan inmenso, porque sin duda á la noticia de su salida había ocurrido mucha gente de los Pueblos inmediatos, que la tropa que escoltaba á los expatriados tuvo que abrirse paso á culatazos, porque todos querían verlos y despedirse de ellos: de Jalapa pasaron adelante: pero como allí terminaba en ese tiempo el camino carretero, prosiguieron la caminata en cabalgaduras de toda clase, tanto por el gran número de los desterrados, como por la precipitación con que se dispuso su marcha: así es que unas bestias iban en pelo, otras estaban llenas de mañas, las había insoportables por su paso, y las mejores no pasarían en sus arneses de las usuales de los moradores de esos Pueblos, que no son los más aventajados jinetes de nuestro país.

   La caminata, en consecuencia, fue molestísima para unos hombres acostumbrados á la vida de los Colegios; ancianos enfermizos, jóvenes delicados, y personas que disfrutaban de las comodidades compatibles con su pobreza religiosa: muchos no tolerando la andadura de las bestias por aquellos sitios ásperos y pedregosos, hicieron la mayor parte del camino á pie; otros caían frecuentemente á tierra, y á más del golpe sufrían graves contusiones: atendiendo, en fin, al pésimo estado que guardaban entonces los caminos nuestros, puede decirse que aquellas veinticinco leguas de uno á otro punto, fueron las más penosas que tuvieron que atravesar los Jesuitas en su largo camino terrestre hasta Italia. Por fin llegaron á Veracruz, y allí se fueron reuniendo los Jesuitas de los demás Colegios de la Provincia; mas no los de las Misiones, que llegaron con mucha posterioridad, como diremos después ascendiendo el número de los detenidos en ese lugar insalubre y en la peor época del año, á más de cuatrocientos: solamente quedaron en Querétaro el P. José Zamora y en Guatemala el H. Martin Barroso, anciano decrépito. De lo ocurrido en ese puerto hasta el embarque, de los en él detenidos, para la Habana y posteriormente para Europa, hablaremos después de referir lo que pasó en las Misiones.


Fuente:

Dávila y Arrillaga, José Mariano. Continuación de la Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España del padre Francisco Javier Alegre. Tomo I. Imprenta del Colegio de Artes y Oficios. Puebla, 1888, pp. 287-306