lunes, 12 de octubre de 2020

Haciendas Azucareras en Puebla, de Hernán Cortés a William O. Jenkins (1520-1935)

   De lo mucho que hemos visto en este espacio sobre las Haciendas, hasta donde recuerdo el tema de las azucareras, es decir, los Ingenios, no los habíamos considerado, si bien compartí un texto sobre una de esta especialidad en Morelos, pero relacionado a una migración italiana que allí vivió, bueno, trató de vivir. Otro más fue enfocado a los acueductos, que mucho tienen que ver con la producción azucarera y uno más, también en Morelos, cuando tuve la oportunidad de visitar una en Cuautla, de Coahuixtla, de monumentales dimensiones.

   Esta vez, en estos “ácidos” tiempos de desentendimiento en torno a lo que, como lo cantó José José, “ya lo pasado, pasado…”, enfocamos el Ingenio azucarero (las Haciendas Azucareras) al ingenio de sus inversionistas para hacer un negocio enorme en torno a este producto, el endulzante natural por excelencia y veremos cómo, el abanico del tiempo se abre desde que Hernán Cortés comienza con los plantíos, los cañaverales, hasta que un norteamericano, avecindado en México y quizá nacionalizado,  William O. Jenkins, amasa una enorme fortuna en base a la siembra de caña y producción de azúcar. 

   No está de más recordar, dado que siempre hago comparaciones con lo ocurrido en el Bajío, que al comenzar el siglo XX y durante varias décadas, los cañaverales fueron siembras abundantes en los municipios de Santa Cruz, Villagrán, Cortazar y Jaral del Progreso en Guanajuato. Dicho esto, entremos en el tema apoyándonos en el texto de Ramón Rivera Espinoza, et alt.

   “El desarrollo histórico del valle de Matamoros se remonta a tiempos prehispánicos puesto que los naturales fueron los primeros residentes y principales propietarios de las tierras y aguas de la región. Ellos organizaron su economía y su sociedad según un sistema comunal. Más tarde, en el siglo XVI, cuando Hernán Cortés sembró caña de azúcar en las inmediaciones de la hacienda  San Juan Bautista Raboso, dio inicio  la industria azucarera del futuro Estado de Puebla. Junto con el Conquistador, arribaron al área otros hispanos conquistadores, colonizadores y misioneros. A los nativos se les explotó mediante el sistema de encomiendas, primero, y por medio de la hacienda, después. (Ronfeltd,1975:19). En octubre de 1520 los invasores españoles al mando de Hernán Cortés aniquilaron a los defensores itzocanos, capitaneados por el valiente guerrero Nahuaiácatl. Tiempo después, en 1528 el emperador Carlos V otorgó a Pedro de Alvarado la encomienda de Izúcar.

   Con la llegada de los españoles se alteró el equilibrio ecológico en la región de Izúcar, pues se introdujeron  la caña de azúcar y el arroz, los cítricos, el ganado vacuno, equino y caprino. Proliferaron las haciendas cañeras y los acueductos, además, a mediados del siglo XVI se inició la disputa por la propiedad de la tierra y el agua entre los hacendados españoles y las “repúblicas de indios” de la región. El cultivo del arroz, por su parte, permitió el desarrollo del mosquito Anopheles, transmisor del paludismo, que se combatió constantemente fumigando con DDT, sólo hasta que se dejó de cultivar arroz en plantíos inundados, se controló esta terrible fiebre palúdica.

   Una vez realizada la Conquista de México, los  conquistadores pasaron a ser colonos;  rehabilitaron y continuaron usando estos sistemas hidráulicos, los que complementaron  la edificación de haciendas y acueductos europeos,  al mismo tiempo que introdujeron nuevos cultivos como el trigo, el arroz y la caña de azúcar; esta última Hernán Cortés la  sembró en la región veracruzana de Los Tuxtlas, primero, en Tlaltenango, Morelos, después y,  más tarde en Tepeojuma, Puebla. Hernán Cortés destaca dos cosas notables de Itzocan: su centenar de templos (teocalli) y su sistema de acequias, que aún subsiste. Mandó arrasar los teocalli y edificar en su lugar templos católicos, para combatir la idolatría.

   Dado que la caña es un cultivo tropical, en la región de Izúcar hallaron los españoles las condiciones propicias para su cultivo, desarrollo, cosecha e industrialización. De tal modo que muy pronto, en el fértil valle izucarense proliferaron las haciendas cañeras, sustituyendo la caña al nativo algodón; los bosques fueron talados para sembrar la dulce gramínea y los árboles se quemaron en el proceso extractivo del azúcar; las acequias prehispánicas irrigaron los cañaverales; cada hacendado construyó su propio acueducto para mover las ruedas hidráulicas de sus trapiches con agua proveniente de la cuenca del río Nexapa y sus afluentes y estableció así su propia zona de abasto cañera y su trapiche para moler caña. Los siglos XVIII, XIX y XX han sido los más prósperos en la región en cuanto a la producción de azúcar.

   Desde el siglo XVI los usos del agua en la región izucarense estuvieron reglamentados por el gobierno virreinal, como consta en las ordenanzas de Juan González de Peñafiel, que datan de 1643, que disponían las dotaciones de agua para las haciendas cañeras, propiedad de españoles, las huertas y campos de indígenas, los pueblos y barrios. Para zanjar los problemas que surgieron en torno al uso y posesión del agua, en 1635 la Corona española envió a la región al fiscal González de Peñafiel a investigar los fuertes conflictos entre naturales  e hispanos. Su sentencia estuvo encaminada a frenar las prácticas de los españoles en detrimento de las comunidades indias, consistentes en tomar más agua de la requerida y almacenarla en jagüeyes, para el cultivo de siembras  y crianza de animales. Estableció los surcos de agua, medida antigua del líquido, que correspondería a cada propietario español y a cada comunidad indígena. Esta medida generó “usos y costumbres” entre la población y favoreció la privatización del agua. (Gómez Carpinteiro.2003:13-42).

   A lo largo del siglo XIX, el valle de Matamoros se convirtió en una de las regiones productoras de azúcar más importantes de México. Numerosas haciendas cañeras se fundaron, a saber, San Nicolás Tolentino, Espíritu Santo Tatetla (La Galarza), San Juan Colón, San Félix Rijo, San Lucas  Matlala, San José Teruel,  San Juan Bautista Raboso, San Guillermo Jaltepec, La  Magdalena Tepeojuma, Amatitlanes, San José Atencingo, San Cosme y San Damián, San Pedro Mártir Ballinas y San Andrés. Pocas han sido restauradas por sus nuevos propietarios, tal es el caso de La Galarza, propiedad de Bacardí y compañía; la de San José Teruel, la de Rijo y la de San José Atencingo que alberga el complejo agroindustrial del mismo nombre. De varias más sólo quedan en pie algunas edificaciones y de otras únicamente el recuerdo, la referencia oral o el topónimo.

   Para procesar la caña dentro de su propiedad, casi todos los hacendados construyeron su propio trapiche. El más grande de todo el valle estaba en Atencingo. Estos rudimentarios ingenios, durante la dictadura porfiriana se modernizaron rápidamente ya que los hacendados introdujeron energía hidráulica, electricidad y nueva maquinaria. Como fuerza de trabajo, cada propietario contó con un grupo de peones, que en muchos casos estaban obligados a vivir y trabajar en la hacienda. De las antiguas haciendas azucareras quedan en pie los acueductos, los llamados "cascos de hacienda" en cuyo perímetro se edificaron "la casa grande "o de los patrones, la casa de máquinas, la capílla, el cárcamo, las bodegas de  y otras construcciones, que son parte del patrimonio cultural tangible de la industria azucarera en Izúcar de Matamoros. El sistema de las acequias prehispánicas sigue intacto y en uso.

   Durante el Virreinato Izúcar de Matamoros se distinguió por ser una importante región azucarera, de allí que para su estudio, las haciendas  se agruparon en cinco zonas, según un criterio geográfico. En la tercera década del siglo XX, al término de la Revolución Mexicana, entre 1921 y 1938, las haciendas azucareras del valle de Izúcar pasaron a conformar el Sistema Atencingo, propiedad de William O. Jenkins. Zona 1. Agrupa las haciendas siguientes: La Magdalena Tepeojuma, San José Teruel y EL Espíritu Santo Tatetla. Zona 2. La conforman las haciendas de: San Juan Colón, San Félix Rijo, San Lucas Matlala y  San Pedro Mártir Ballinas. Zona 3.- La integran las haciendas de: San José Atencingo, San Guillermo Jaltepec  y la de San Cosme y San Damián. Zona 4.- Forman parte de ésta las haciendas de: San Nicolás Tolentino y San Juan Bautista Atotonilco Raboso. Zona 5.- Dentro de ésta se consideran las haciendas de: Amatitlanes y  San Andrés. (1)


   Al inicio de la Ley seca en los Estados Unidos, Jenkins asume el negocio azucarero y del alcohol. Para 1938 ya era dueño del Sistema Azucarero de Atencingo, habiendo adquirido todas las haciendas dedicadas a este ramo: Tepeojuma, San Nicolás de Tolentino, Matlala, San Juan Raboso, la Galarza, San Félix Rijo y otras más que sumaban once, obteniendo un completo dominio económico y político de la zona. Cosechaba más de cuatrocientas toneladas anuales de caña y su producción de alcohol era considerada fantástica y fuera del control de impuestos, al grado de ser detenido en una ocasión en la cárcel municipal, junto con quien más tarde sería patrono y su apoderado Manuel Cabañas Pavia en septiembre de 1934, siendo después absueltos y haciendo desaparecer todo registro de su detención. Un tal Gabriel Alarcón Chargoy, comerciante abarrotero de la calle 3 Norte y 8 Poniente, había declarado que los camiones cargados de alcohol eran suyos y no de Jenkins, además de comprobar el pago de impuestos (Wikipedia).

 Fuente:

1.- Ramón Rivera Espinosa, Jorge Ramón Gómez Pérez. Libro 1701: “Arqueología industrial y patrimonio”, Biblioteca virtual de Derecho, Economía y Ciencias Sociales (enero 2018). 
En línea: //www.eumed.net/2/libros/1701/arqueologia-industrial.html



domingo, 11 de octubre de 2020

Las magníficas haciendas del municipio de Aljojuca, Puebla.

   El rumbo no lo conozco físicamente, pero, exprimiendo al máximo la oportunidad que la crisis en que estamos inmersos, la aprovecho para “conocer” eso que me sublimaría si este viaje virtual se volviera real. Seguiré siendo positivo y diré que algún día lo conoceré con mis ojos, pero, a la vez, soy bien realista y digo que me conformo saber y ver, desde el satélite esta tierra que se antoja maravillosa. De entrada veo una similitud a la región sur de por donde vivo –y de donde soy originario- y sé muy bien que en el Valle de Santiago, el llamado “País de las siete luminarias” la feracidad de la tierra es tal, que unas pocas caballerías es suficiente para crear un buen negocio de semillas… veo lo mismo en este rumbo, la imagen lo corrobora.


   Por ahí –un poco más, un poco menos- pasó el primer camino real, el que conectaba el Puerto de Veracruz con la ciudad de México, por ahí surgió el primer “Granero de Nueva España”, por ahí pasó (aunque en nuestros días lo quieran negar) don Fernando, es decir, Hernán Cortez, y creo hizo varias alianzas en contra de los que vivían en Tenochtilán, [debemos entender bien la historia y saberla interpretar] y por ahí nos queda una herencia extraordinaria que con gusto, en estos extraños tiempos que nos tocó vivir, comparto con mucho gusto.


   En la época prehispánica Aljojuca fue asentamiento de grupos nahuas. Mucho más tarde, el 17 de enero de 1563, el virrey don Luis de Velasco otorgó mercedes de tierra a la familia indígena Mendoza. Allí se fundó el pueblo de Aljojuca, con espacios para ganado. Cerca del poblado surgieron las haciendas de Jalapasco y Cascantla, consideradas las más grandes e importantes de la región. En 1879, Aljojuca fue nombrada Villa por decreto del gobernador de Puebla, don Juan C. Bonilla; perteneció al antiguo distrito de Chalchicomula, y en 1895 se constituyó en municipio libre.


En 1585 la feligresía de Aljojuca fue atendida por el clero secular. De acuerdo con el primer libro de bautismos (1719). Fue elevada a parroquia. En 1750 estuvo bajo la jurisdicción eclesiástica de Tepeaca y del Obispado de Puebla.


   En 1953 la jurisdicción parroquial la formaban la Villa de Aljojuca, los pueblos de San Juan Atenco, San Miguel Tecuitlapa, San Antonio las Cuchillas, San José Guerrero, las ex Haciendas de Jalapasco el Chico, Jalapasco el Grande, Santa Cruz Coyotepec y el rancho los Tres Cruceros, en Ocotepec; y un total de 7, 663 feligreses.


   El primer templo en Aljojuca data de 1560. Construido por iniciativa de un religioso de Tepeaca y dedicado a San Jerónimo, resultó de pequeñas dimensiones; sin embargo, aún existen una escultura y una pintura, de 1559. En 1599 se construyó el templo parroquial bajo la dirección de un sacerdote de la Compañía de Jesús, concluyéndose a mediados del siglo XVII. Todos los altares son de maderas excelentes, estilo churrigueresco, con esculturas y pinturas magníficas. Sus principales templos son El Santuario (s. XVI) y El Calvario (s. XIX), y la fiesta patronal se celebra el 30 septiembre. (1)


   La exhacienda de Coxcatlán, donde habitantes del municipio mencionan que se encuentra enterrado un tesoro. Anteriormente fue un fortín, los españoles lo utilizaron como paso del primitivo camino real que iba de Veracruz a Xalapa de ahí a Puebla llegando a México. En el año de 1702 habitaron ahí los franciscanos, éstos construyeron una capilla con el fin de evangelizar a los indígenas. Se dice que fue construida con cal de piedra virgen, sangre de toro, baba de nopal y yema de huevo y tiene una antigüedad de 400 años. (2)


   En cuanto a la hacienda de Jalapasco, la cual, en sus momentos de gloria contó 22,000 hectáreas, esas son palabras mayores, te invito, mejor, a conocer su historia a través de un video que el Canal14 tuvo a bien realizar. El enlace te lo doy al final (3), mientras, veamos estas imágenes que, gracias a Google Maps –en mi viaje virtual- pude captar.














 Fuente:

1.- Pérez Macuil, Ma. de los Ángeles (coord.) Inventario del Archivo Parroquial de San Jerónimo, Aljojuca, Arzobispado de Puebla. – México: Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A.C. 2010. 11-14,

2.- Enciclopedia de los Municipios de México. (Corregida y aumentada por un servidor –el texto-)

3.-  Canal 14. Haciendas de México.


sábado, 10 de octubre de 2020

Patrimonio afectado: La larga historia de la destrucción arquitectónica en México

   Esta historia sí que es larga, la de la destrucción en nuestro país. Cosa que no ocurrió en el mundo prehispánico pues la costumbre era levantar un edificio encima del otro, como claro ejemplo tenemos el Templo Mayor de Tenochtitlán, en el cual podemos apreciar esas capas constructivas en una suerte de agrandamiento del edificio. Este y todos los demás fueron destruidos durante la Conquista y la sobreposición que siguió no fue más de edificios, sino de ideas; aunque, en buena parte si se sobrepusieron, claro ejemplo lo tenemos en Cholula con un templo católico encima de un templo prehispánico. (En la foto: Templo Mayor, detalle visto desde la Plaza Gamio.)

   Temblores e inundaciones entraron en acción, templos, conventos y, seguramente, la obra civil se vinieron abajo o quedaron imposibles de usar por los efectos naturales. A ello agregamos las envidias y celos, los abusos de unos y otros y, cuando ocurre la expulsión de los jesuitas su nutrido patrimonio entro en deterioro, algunos inmuebles como los templos y colegios, fueron traspasados y mantenidos hasta nuestros días, pero muchas de sus 120 haciendas cayeron en el abandono y poco a poco se desmoronaron, poco quedó de esa riqueza arquitectónica y patrimonial. (Hacienda de San José Cieneguilla)

   A esto siguió una larga etapa de inestabilidad política y económica que inicia con la independencia y continúa por varias décadas hasta que, en 1860 se proclaman las Leyes de Reforma con su consecuente secularización, del basto patrimonio que la Iglesia poseía, unos inmuebles entraron en remate, otros derribados, una nueva oleada de pérdida patrimonial se sumó a esta  historia. (La poco que queda del Convento Grande de San Francisco en CDMX.)

   Entrado el siglo XX ocurrió otra pérdida patrimonial, por un lado los asaltos, saqueos, incendios, entre otras cosas, destruyeron algunos templos y muchas haciendas de campo, la puntillada final llego en la década de los treinta cuando Cárdenas proclama la expropiación de las haciendas y fincas de campo, si bien se estipuló respetar la casa grande y repartir lo que propiamente eran las tierras de labor, muchas fueron invadidas, segmentadas y, ante los costos que implicaba el mantenimiento de esas monumentales construcciones, se fueron desmoronando poco a poco hasta desaparecer o quedar apenas cimientos y alguna que otra pared. (Ex Hacienda Manduano, Apaseo el Alto, Gto.)

   Y si el reparto agrario de 1936 provocó la pérdida patrimonial de las fincas de campo, el sismo de 2017 hizo lo propio con el patrimonio que quedaba por los rumbos de los volcanes, el Popo y el Iztla, afectando templos y conventos del rumbo.

  "Las condiciones del patrimonio histórico y arqueológico de Morelos, uno de las cinco estados más afectados con el sismo del 19 de septiembre, “son críticas pero recuperables”, afirmó Isabel Campos Goenaga, titular del Centro INAH Morelos, donde se han identificado al menos 300 inmuebles dañados, incluidos los 11 monasterios de la Ruta de los Conventos, que forman parte de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1994.

   El sismo fue muy fuerte en todo el estado, hemos detectado que la mayoría de monumentos tiene un nivel de afectación que puede variar entre pequeñas grietas, aplanados que se han caído, y son muy aparatosas, pero también daños estructurales, sobre todo en monumentos religiosos, donde hay problemas en campanarios; por el peso de las campanas y el tipo de temblor se cayeron las espadañas o algunas cúpulas, que cayeron todas o alguna se rompió el tambor y se insertaron en la bóveda”, señaló.

   En el caso de los conventos reconocidos por la Unesco y que se dañaron, Campos dijo que “todos tienen afectación”. Se trata de un conjunto arquitectónico compartido con Puebla que incluye 11 edificios en territorio morelense: el de San Mateo Atlatlahucan, de La Asunción en Cuernavaca, Santo Domingo Hueyapan, Santo Domingo Oaxtepec, Santiago Apóstol Ocuituco, La Natividad en Tepoztlán, San Juan Bautista en Tetela del Volcán, San Guillermo Totolapan, San Juan Bautista en Yecapixtla, Santo Domingo Tlayacapan y La Inmaculada Concepción en Zacualpan de Amilpas. (Fundación ILAM)

El martes, 18 de Septiembre de 2018, INAH informaba que: “A casi un año de los sismos del 7 y 19 de septiembre, la Secretaría de Cultura, a través del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), ha realizado una titánica labor en la recuperación del patrimonio cultural afectado por estos fenómenos naturales, que se traduce en la restauración y entrega de más de 450 inmuebles.

Actualmente se intervienen más de 747 y la próxima apertura de nuevos frentes de obra en más de mil 240 edificaciones, con proyectos ya elaborados y los expedientes ingresados a las respectivas fuentes de financiamiento. Asimismo, se tiene un avance de 95 por ciento en la atención de las 42 zonas arqueológicas afectadas.

El primer movimiento telúrico, del 7 de septiembre, dañó el patrimonio cultural de Oaxaca, Chiapas y Tabasco, mientras que el del 19 causó daños en Puebla, Estado de México, Morelos, Guerrero, Ciudad de México, Tlaxcala, Hidalgo y Veracruz. El resultado, en ambos caso, fue la afectación de 2 mil 340 inmuebles con daños diversos, así como de más de 5 mil piezas de bienes muebles e inmuebles por destino. (Seguir leyendo.)