lunes, 23 de septiembre de 2013

El desarrollo de las Haciendas en México: El Porfiriato.

   Las imágenes que ahora vemos corresponden a la Hacienda de Tutitlán en el municipio de Manuel Doblado, Guanajuato. El nombre a muchos les recuerda el otro Tultilán, quizá el más conocido porque allí se produce el Ron Bacardí, ese es Tultitlán en el Estado de México. Solo que uno es Tutilán y el otro Tultitlán. Pues bien, este es el sexto artículo que nos da una visión general de lo que fueron las Haciendas en México desde que se implementó, por los españoles, la tenencia de la tierra vía el latifundismo y el tráfico de influencias, ni que decir de la corrupción. Y llegamos al punto quizá más álgido de esta historia, que es la época en que las Haciendas en México prosperaron en número y en producción, todo ello en base a la explotación sin medida de los trabajadores.

  "A pesar de que los mayorazgos fueron legalmente suprimidos a raíz de la Independencia, las familias siguieron conservando sus grandes propiedades, pues la hacienda, al decir de Andrés Molina Enríquez, era una imposición de capital, de las de vanidad y orgullo, hecha más con propósitos  de dominación que de cultivo. Su verdadero espíritu lo formaba el señorío y la renta. De ahí la soberbia con que el hacendado solía decir: "Todo lo que ves desde aquí, haciendo girar la vista a tu alrededor es mío". (Recordamos aquí el anuncio de "¿y la caminoneta apá?"). Para Winstano Luis Orozco, "propietario fue sinónimo de vencedor y propiedad sinónimo de violencia".

  "En efecto, los hacendados y sus administradores y capataces, ejercían dentro del perímetro de su propiedad una dominación absoluta: impartirían justicia, mantenían cárceles, daban tormento, disponían para sí de las mujeres libres o casadas, de grado o por fuerza, perpetuaban las deudas, se apoderaban de los terrenos colindantes, de ejidos o comunidades, alegando después supuestos derechos de litigios interminables mientras gozaban de la posesión de hecho".

  "En el México porfiriano ser hacendado significaba tener un título de alta posición, pero no una negociación productiva. Nunca el capital invertido en las haciendas mexicanas produjo rendimientos equivalentes a un interés razonable, por lo cual no se mejoraron ni extendieron los cultivos, sino que tendieron a disminuir por las plagas, y la del maíz por las heladas, y los demás cultivos por la sequía, prefirieron el maguey a los cereales en extensas áreas del altiplano de México, pues aunque la planta produce una vez cada diez años, el poblar enormes extensiones con ese agave garantizaba una renta modesta pero constante.

   "Durante el porfirismo, las haciendas comprendían de 10 mil a 100 mil hectáreas, aun cuando las hubo de 400 mil, como la de San Blas en Coahuila, y latifundistas como Luis Terrazas, que poseyó 600 mil en Chihuahua. En semejantes extensiones quedaban comprendidos varios pueblos, cuyos habitantes estaban sujetos, de hecho a una nueva forma de encomienda. Los trabajadores agrícolas eran ocasionales -peones de tarea- o permanentes -acasillados-. Estos vivían en la hacienda de por vida, en unión de su familia. Los salarios eran irrisorios -de 15 a 31 centavos diarios- y las precarias adquisiciones para su subsistencia las hacían los gañanes en la "tienda de raya", propiedad del amo, donde recibían crédito, para que el monto de la deuda, nunca cubierto, los obligara a radicarse en la finca.

   "Las principales leyes porfiristas en materia de propiedad territorial fueron las de Colonización (1883), de Aprovechamiento de Aguas (1888) y de Enajenación y Ocupación de Terrenos Baldíos (1894), todas las cuales contribuyeron a incrementar el acaparamiento. A ellas estuvo vinculada la formación de compañías deslindadoras, que recibían en pago de su trabajo una tercera parte de las superficies mensuradas y podían adquirir por compra otras extensiones. Hacia 1890, cuando ya se habían deslindado 32 millones de hectáreas, estaban en poder de 27 compañías 28 millones de hectáreas, que equivalían al 14% de la superficie total de la República. en los años subsecuentes se añadió un 6% más a aquella cifra y el número de beneficiados llegó a solo cincuenta. Un ejemplo pone de manifiesto la magnitud de aquel fenómeno: la empresa Jecker, Torre y Cía., recibió la concesión de deslindar Baja California, cuya extensión es de 150 mil kilómetros cuadrados, recibiendo a cambo la tercera parte de la península y la opción para adquirir el resto a precios muy bajos. Según Miguel Othon Mendizábal, de los 100 millones de hectáreas que la nación poseía en 1810 en condición de baldíos, 86 pasaron a ser propiedad particular en el curso de cien años.

   "Al gobierno le quedaron 14 millones de hectáreas de tierras inservibles. Sólo durante la administración del presidente Porfirio Díaz, se enajenaron 38 y medio millones de hectáreas a 17 personas. El proceso de concentración de la propiedad en el campo llegó a su máximo en vísperas de la Revolución de 1910: las haciendas, propiedad de 830 latifundistas, muchos de ellos extranjeros, cubrían el 97% de la superficie rural; el 2% correspondía a los pequeños propietarios, y el 1% a los pueblos. (1)






Fuente:

1.- Enciclopedia de México. Tomo VI. México, 1977. pp. 355-356

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