jueves, 9 de enero de 2020
miércoles, 8 de enero de 2020
La historia del desarrollo del sistema de hacienda. 1550-1700
En México, la hacienda era algo más que un conjunto de construcciones y una gran extensión de tierra: era una forma de vida. No solo organizaba la producción del mercado, sino que también unificaba los diversos elementos del campo. Además de ser un centro de actividades económicas, la hacienda formaba el núcleo de la vida social de todas las clases y sus propietarios y administradores ejercían a menudo un poder político sustancial. En México, existían pocas áreas de la vida que no girasen alrededor del sistema de haciendas.
El establecimiento definitivo de la hacienda como la institución rural más importante fue precedido por ciento cincuenta años de desarrollo, que influyeron en las tradiciones peninsular e indígena, así como en muchos otros aspectos del dominio colonial español.
La ubiquidad de las institución, así como su prolongado desarrollo histórico hacen difícil la definición de la palaba hacienda. Durante el siglo XII la palabra se aplicaba a cualquier tipo de empresa productiva –de las minas y las plantas refinadoras, a los rebaños de animales con sus pastores o a las fábricas de harina y, finalmente, a cualquier forma de explotación agrícola. En el siglo XVIII, el significado del término hacienda se había vuelto más definido, y si era utilizado sin modificación, la mayor parte de las veces era sinónimo de un estado agrícola rural. Con más exactitud la hacienda podía diferenciarse de las explotaciones más pequeñas, tales como ranchos, al definirla como una unidad de cuando menos dos mil quinientos acres de tierra para irrigación y agricultura de temporal, pastizales, lomeríos y bosques, con una fuerza de trabajo residente, ganado y otro tipo de animales, así como edificios y herramientas. Un terrateniente nacional que añadía tierras de bosque y praderas a sus tierras de pastoreo y agrícolas podía sentirse justificado al llamar a su rancho hacienda. A pesar de que tales palabras sean usadas intercambiablemente, un rancho se distingue generalmente de una hacienda por su tamaño más pequeño y por un grado mayor de especialización. Este era explotado principalmente por el propietario o arrendatario, y en ocasiones contaba con una pequeña fuerza de trabajo residente. A menudo los ranchos eran anexos marginales de las grandes haciendas. Del intricado proceso histórico que diera por resultado el establecimiento del sistema de hacienda en México, parecería, como en cualquier otra empresa comercial, que los ingredientes principales eran la tierra, el trabajo y el capital. La tierra sin el capital necesario para hacerla productiva, los rebaños de animales sin la conexión con la tierra y el trabajo sin los vínculos económicos y legales específicos con la tierra, caracterizaron al México pre hacienda. No fue sino hasta el siglo XVII que las partes constitutivas de la hacienda se combinaron en una sola empresa.
Ya para 1550 existían los elementos sociales necesarios para desarrollar la hacienda. Las tendencias hacia la concentración monopolista de la tierra, el trabajo y el capital, raras veces inhibían las fuerzas detractoras del pequeño agricultor, la población criolla o el pueblo indígena. El resultado de la lucha sobre el extenso dominio y sus divididos oponentes fue casi predeterminado. El desarrollo de sistema de haciendas, entonces se podría describir mejor mediante un examen de la tierra, el trabajo y el capital, factores que determinaron el alcance, estilo y organización de la hacienda.
Los viajeros de la nueva España colonial, ocasionalmente registraban sus primeras impresiones comentando sobre la enormidad del campo. Sin que importara con cuanto empeño los oficiales españoles intentaran imponer la uniformidad y el control burocrático, la inmensidad del campo fue el primer factor que los derrotó.
Cualquier caracterización sobre México deberá desarrollar la ubiquidad de sus montañas. Sus contornos anárquicos, retorcidos y abismales condicionaron toda vida y esfuerzo. Ellas proporcionan el trasfondo geográfico en el desarrollo de sistema de haciendas.
Dispersos sobre las cadenas de montaña, las sierras y las herraduras, se encuentran los valles y planicies que son adecuados para el cultivo. Madame Calderón de la Barca refirió el contraste cuando escribió: “el país es plano pero siempre animando por las montañas de los alrededores como una pintura sin interés en un marco de diamantes”.
Escondidos a la vista del observador casual de los típicos valles entre las montañas, se encuentran los profundos desfiladeros llamados barrancas, los cuales cortan a través de las planicies. Tan dividido por barrancas y montañas se encuentra el valle central de México, que personas que se encuentran a menos de un kilómetro de distancia pueden existir en los dos ambientes climatológicos distintos. Por ejemplo, en una caminata de quince minutos hacia debajo de una de estas abismales barrancas se podrá apreciar el sorprendente cambio en la vegetación. En el valle superior se puede ver robles y siempre vivas, en tanto que en el fondo de la barranca existen naranjos y buganvilias. La discontinuidad en el terreno favoreció el desarrollo de la hacienda. Las montañas servían tanto de divisores como de barreras; detrás de estas barreras y entre las barrancas los valles formaban una unidad agrícola y comercial. Las tierras de los valles, por lo general, caían en manos de hombres y familias poderosas o de grupos bien organizados. Tanto económica como políticamente, este era un desarrollo natural.
Si las condiciones pacíficas dentro de cada área iban a ser posibles, y si la tierra iba a ser rentable, entonces el control centralizado sobre una unidad extensa de tierra resultaba al menos una posibilidad histórica.
Además, la mala tierra y la precipitación irregular favorecieron el desarrollo de la hacienda. Por razón de que combinaba la cría de animales con la agricultura, la hacienda podía volver comercialmente productiva la tierra de baja calidad y la muy erosionada, utilizándola para grandes rebaños de ganado y borregos. La estación de seca que dura más de seis meses en la mayor parte de México (y a menudo por varios años), fue un poderoso elemento disuasivo para las fincas de labranza familiar. Bajo el sistema de hacienda sin embargo, los recursos podían ser movilizados bajo el liderazgo de una persona y podía preverse contra las condiciones climatológicas erráticas.
La ley que regía que la tierra, las decisiones políticas, las exigencias en las finanzas reales, y la realidad social fueron tan importante para el desarrollo del sistema para las grandes propiedades patrimoniales como lo fue el contorno de la tierra. A pesar de las intenciones que tenía la corona “que en la división de las pequeñas parcelas de tierra no debía hacerse ninguna división entre la gente, ya que igual tierra debía otorgarse al agricultor y a la persona común, como la gente más importante”, la aplicación práctica del derecho español sobre la tierra acabó favoreciendo las grandes propiedades. El gobierno español permitió el crecimiento de los latifundios en parte porque este tipo de explotación agrícola dominaba en los campos de Castilla, y en parte porque proporcionaba un fundamento para la formación de una aristocracia. De hecho se otorgaba preferencia en las concesiones mayores de tierra a los “particulares… otorgándose concesiones a gente de prestigio cuyos orígenes eran mejor conocidos, por los recursos económicos con que contaban y por sus importantes actividades personales”.
En la participación inicial en las tierras agrícolas en lotes más pequeños de aproximadamente tres hectáreas, llamadas caballerías, la corona confirió propiedades a casi todas las clases, dictando el propósito para el que ésta debían ser utilizadas y limitando los derechos de enajenación. Al cabo de pocos años de la concesión original el pequeño propietario tendía a enajenar la propiedad. Por ejemplo, los caciques indios que habían recibido dichas concesiones, a menudo vendían sus tierras para pagar el tributo, para obtener artículos de lujo o por las presiones que sobre ellos ejercían los colonizadores blancos, la inestabilidad de gran parte de la población española se reflejaba en las frecuentes transferencias de tierra. Los municipios españoles que habían recibido cantidades de tierra, tendían a ser pobres y subpoblados y, por lo tanto, estas parcelas caían en manos de los grandes propietarios. Quizá como reflejo del hecho que los pequeños propietarios tendían a desaparecer, para finales del siglo XVII la corona había aumentado el número de caballerías de una a dos por cada concesión, hasta seis, ocho o doce y a menudo expedía licencias para vender simultáneamente con la concesión.
Con frecuencia junto las engrandecidas concesiones para tierras agrícolas se encontraba una concesión para animales llamada diversamente el sitio, asiento o estancia. El tamaño de estas concesiones al principio era vago, pues sitio significaba “desde este sitio hasta donde alcance la vista” y una estancia era “el punto donde el hombre y las manadas nómadas finalmente se detuvieron”. Las concesiones para cría de animales estaban divididas en dos categorías: el sitio de ganado menor para la cría de borregos, el cual consistía en 780 hectáreas (aproximadamente 1,900 acres), un sitio de ganado mayor, para el ganado y los caballos, de 1,750 hectáreas (aproximadamente 4,300). Estas concesiones, que instituían en primer lugar los derechos limitados de pastoreo, formaron la verdadera base de la hacienda en México, una vez fijada su localización y trazadas sus colindancias.
Los que recibían las condiciones de los sitios y de las caballerías que eran mayores, con frecuencia aumentaban el tamaño de sus concesiones oficiales mediante la compra de tierras a los pueblos indios, los caciques y pequeños propietarios. Estas ventas a menudo adolecían de numerosas irregularidades legales. Más aun, para finales del siglo XVI la mayor parte de los terratenientes se habían descuidado en obtener la confirmación legal final de sus propiedades. Hacia finales del siglo XVI, la corona española, alega siempre ante las posibilidades de nuevos ingresos, decidió imponer un impuesto especial para legitimar, o dicho en términos jurídicos, para “arreglar” estos títulos.
Este “impuesto” iba a conducir a una concentración legal de tierras todavía mayor a mediados del siglo XVII.
En 1591, el gobierno comenzó a hacer sugerencias tentativas para que se arreglaran todos los títulos. Estas sugerencias iban emparejadas con amenazas igualmente vagas de rematar la tierra a menos que se hiciera el pago. A cambio del pago la Corona propuso otorgar titularidad perpetua para garantizar al propietario sus títulos contra cualquier demanda, excepto aquellas emprendidas por los pueblos indios, y para barrer con todas las condiciones especiales de servidumbre de la tierra. Los terratenientes, ciegos al valioso presente que la corona les otorgaba creyeron que lo que se les pedía era que compraran sus tierras dos veces y resistieron el pago. Para los terratenientes, que a menudo eran más ricos en tierra que en especie, los arreglos representaban una pesada exacción. En cuestiones pecuniarias, sin embargo, la Corona sabía cómo persistir, y en 1631, cuarenta años antes de que fueran proclamados los arreglos, el rey ordenó que se recogiera el dinero bajo la amenaza de expropiación y venta pública. Se siguieron dos patrones en la compra de estos arreglos. Ya fuera que las comunidades reunieran una suma de dinero de cada uno de los terrateniente y la pagaran colectivamente a la Corona, o que los individuos ricos pagaran sus arreglos directamente. El peso de los arreglos estaba distribuido en forma desigual. Los pequeños propietarios, con un bajo ingreso en especie, a menudo tenían que vender sus tierras: los propietarios mayores tenían menos dificultades para conseguir el dinero, ya que sus tierras podían hipotecarse fácilmente o podían establecer conexiones familiares con los mineros y comerciantes ricos.
Con la venta de esos arreglos la Corona había legalizado la concentración de la tierra en el campo, pero se multiplicaron los obstáculos para el desarrollo de un grupo independiente de pequeños agricultores y se debilitaron seriamente tanto la aldea india como el pueblo criollo. El gobierno había abdicado a la mayor parte del control sobre el campo y se había limitado al papel de mediador entre la hacienda y la aldea.
Los factores geográficos, económicos y políticos en la forma como se aplicaban al reparto de la tierra constituían solo una de las raíces de donde crecieron las haciendas. Quizá un factor más importante fue el carácter de la gente que habitaba en la Nueva España en los siglos XVI y XVII. La naturaleza de la población tendía a impedir el desarrollo de los pequeños propietarios de tierra. Por una parte, la organización de las aldeas no se adaptaba factiblemente al pequeño tenedor independiente por la otra, las aspiraciones del inmigrante español y la de su hijo mestizo, generalmente no incluían el trabajo de la tierra. El sistema de hacienda fue capaz de acomodarse a las necesidades y costumbres tanto de los indios como de los españoles, y al mismo tiempo moldeó la fuerza de trabajo según sus propios requerimientos.
Fuente:
Boortein Couturier, Edith. La hacienda de Hueyapan, 1550-1936. SEP. México, 1976, pp. 13-23
martes, 7 de enero de 2020
Una Virgen de Guadalupe "tocada" en su Santuario de Querétaro
En la parte civil, las Felices Fiestas, es decir, la temporada vacacional de fin de año termina el domingo siguiente al Año Nuevo, en el entendido de que el día 1°, por Ley es feriado. Este calendario da una concesión, pues muchos continúan de asueto hasta el Día de Reyes, 6 de enero y el se reincomporan a sus actividades regulares. En el caso de la Iglesia, la festividad va más allá, pues se mantiene una cuarentena que va del 25 de Diciembre al 2 de Febrero.
Esa cuarentena es la antigua tradición que se practicaba antes de la Edad Media, en la que la mujer se mantenía "reservada" durante cuarenta días luego del parto, yo recuerdo aún a señoras que hacían la cuarentena en los años sesenta y algo en los setenta del siglo XX. La iglesia lo entiende como "la purificación de María" de ahí que el 2 de Febrero sea el día de la Purificación o día de la Candelaria pues se asocia al fuego (la vela o candela) con el acto de purificar.
Razón por la cual vemos que en los templos católicos mantienen el Nacimiento hasta el 2 de febrero, que se establece como el día del "levantamiento", en el entendido de que un Nacimiento no se quita, sino se levanta, y es por eso que muchos entienden ese día como el día del "levantamiento del Niño", del Niño Jesús.
Encuentro, pues, un decorado navideño muy agradable, al estilo "sencillo y elegante" en el Santuario de la Congregación de Santa María de Guadalupe en Querétaro y más interesante aún es cuando acciono el zoom de mi cámara y ve que, efectivamente, la imagen de Guadalupe en el centro del altar mayor es una de tipo Tocada... las sorpresas no han terminado, se trata de una pintura del copista oficial de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, aquel que fuera el único al que se le permitió hacer una observación milimétrica del lienzo por parte del Arzobispo de México: Miguel Cabrera.
Por lo tanto esta pintura fue elaborada entre 1756 y 1768, que fueron los últimos años de vida del pintor y que en el año de 1756 escribe su Maravilla Americana, y conjunto de raras maravillas, observadas con la dirección de las reglas de el Arte de la Pintura en la Prodigiosa Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe de México. A raíz de esa publicación Cabrera toma especial relevancia como el copista autorizado para elaborar réplicas de la imagen de Nuestra Señora Guadalupe. (Para ver a detalle lo de la Maravilla Americana, entra aquí.)
Así que, en este santuario podemos admirar, independientemente de la veneración y fe que puedas tener a la virgen de Guadalupe, una obra del que está catalogado como uno de los mejores pintores novohispanos. En cuanto a lo del término "Tocada", esto lo he comentado varias veces, y tengo un artículo a detalle de lo que era esta ceremonia, la cual puedes ver aquí.
Las imágenes de tipo Tocada las he visto en la Catedral de Zacatecas, en la Catedral-Basílica de San Juan de los Lagos, en la Parroquia de Lagos de Moreno, en el Santuario de Guadalupe de Salamanca, en el Templo de la Compañía en Guanajuato, en el Museo de Historia del Castillo de Chapultepec, En la Catedral de Zamora, entre otros.
Para leer más sobre el Santuario de la Congregación de Santa María de Guadalupe, entra aquí.
lunes, 6 de enero de 2020
De Mexicana MX, sus boletos, su imagen, su logo y evolución
Hablando de imagen, de marca, de logo... logotipo e identidad, el caso de Mexicana de Aviación me parece por demás interesante. Desde siempre me pareció atractivo, un poco enigmático pues al integrar la eme, la letra M con la cabeza de un águila identificaba a la perfección a México con su pasado prehispánico pues la M al estar coronada daba la sensación de una pirámide. Y a Mexicana le fui fiel por mucho tiempo, es decir, hasta que fue suspendida.
Allá en la década de los noventa del siglo XX se dio a conocer el programa Frecuenta, en el que se acumulaban las millas voladas y que al llegar a un tanto había la posibilidad de cambiarlos por un pasaje gratuito, de inmediato me inscribí, tenía que hacer varios viajes al año por motivos de trabajo y siempre los hice con Mexicana y cuando llegué a una cierta cantidad obtuve los boletos en cortesía, fui a Perú pagando solo 400 pesos y a Madrid por 600, que eran cosas relativas a impuestos, pero ese no es el punto a donde quiero llevar el recuerdo que mantengo de Mexicana, sino su imagen.
Cuando publiqué acerca de la zona arqueológica de Mitla, comenté que las grecas tan características de las construcciones del lugar me recordaban a Mexicana y es justo aquí que está la reminiscencia justo en este boleto de un sólo viaje (DM1).
En este la reminiscencia va enfocada a la cosa textil, quizá la tlaxcalteca... quizá la oaxaqueña, pero al fin una imagen muy asociada con la identidad mexicana.
Pero todo cambió, y la tal globalización comenzó y los boletos dejaron de ser con imagen e identidad y pasaron a ser genéricos pues ahora los avalaba IATA, la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, los había para el segmento nacional...
... y para el internacional...
Al poco se dejaron de llenar a mano para ser emitidos por una computadora...
Y luego se volverían una sola impresión, sin mayor gracia... solo el impreso... cuando las impresoras eran de puntitos...
Y sí, todo cambia, evoluciona, y no fue la excepción el tan característico logotipo del águila, del Caballero Águila, como en algún momento se le conoció.
domingo, 5 de enero de 2020
De los milagros que en diferentes ocasiones ha obrado la soberana imagen de Nuestra Señora de la Merced de México.
Sobre la orden de la Merced poco hemos hablado (escrito) en este espacio. Hoy lo que comparto es precisamente sobre ellos. Aclaro que la imagen no corresponde a la que era venerada en su convento de la ciudad de México, sino que existe en el Museo de Bellas Artes, Talca, Chile.
La incuria de los que gozan una felicidad continuada, suele ser carcoma de los sucesos memorables, que debieran escribirse en los mármoles para su perpetua memoria, y así suelen entregarse al olvido, y borrarse para la posterioridad, de esta suerte han sido todas las cosas que han sucedido á esta Santa Provincia de México, que siempre quedaron sepultadas, si el deseo de sacarlas á la luz, no hubiera avivado la atención para inquirirlas, valiéndose de algunos manuscritos antiguos muy extraviados de la materias que ge solicitan, y de algunas noticias de los testigos que preguntados por curiosidad, han dado alguna razón, y aunque esta ha sido muy confusa por que no tenían observaciones individuales, esta se ha confirmado con la razón que de algún modo se ha hablado en los dichos manuscritos, pues fuera materia imposible hallar de otra suerte alguna luz de lo sucedido en un siglo entero que ha pasado desde la primera fundación de mi religión en este reino, hasta el tiempo que esto se escribe y porque algunas maravillas que ha obrado la soberana imagen de Nuestra Señora de la Merced en este convento resuciten a la memoria de todos, las pondré en este capítulo según noticia verídica de ellos.
Sea la primera una que sucedió por el año de 1622. Estando la sagrada Imagen, como siempre en el altar mayor de la iglesia antigua, muy adornada con varias preseas de oro y perlas, de las que tiene que le han dado algunas personas devotas, las vio un hombre de mala inclinación y costumbre de ladrón, y viendo que de día no podía conseguir lo que intentaba que era hurtarle á la soberana Señora las joyas que tenia puestas, dispuso estarse en la iglesia como que estaba rezando fingiendo gran devoción con la imagen, y viendo que se había de cerrar la Iglesia a la hora acostumbrada, antes que saliesen los sacristanes para ello, se escondió debajo de un altar retirado, y aunque los dichos sacristanes reconocieron para cerrar las puertas toda la iglesia, no le vieron por estar tan escondido; cerraron todas las puertas y corrió el tiempo hasta más de media noche y entonces salió el ladrón del lugar donde se había escondido, y se fue al altar mayor con ánimo de robar las dichas preseas, y teniéndolas en su poder, volverse á esconder hasta que a la mañana se abriese la iglesia, é irse con las preseas; subió encima del altar mayor, no solo con la depravada intención del robo; sino con la indecencia que se deja entender atreviéndose á poner los pies sobre la mesa del altar y las manos sacrílegas en el rostro de la Santísima imagen de la Virgen Nuestra Señora. Pero sucedió muy al contrario de lo que él pensó; pues llegando á querer quitar la gargantilla que tenía la Señora en el cuello, se le quedó pegada la mano en la garganta de la imagen, sin poderla quitar de allí, ni hacer movimiento alguno que le pudiese escapar de su atrevimiento; comenzó á llorar y á hacer ruegos de arrepentimiento á la ¡Soberana Señora ero como á veces quiere Nuestro Señor que se castiguen semejantes delitos, no permitió la Majestad Divina que este ladrón se le despegase la mano del cuello Sacrosanto de Nuestra Señora; hasta que saliendo por la mañana los sacristanes á abrir las puertas, advirtieron en el ladrón que estaba parado sobre el altar y llegando á él, le hallaron la mano pegada á la garganta de la imagen santa y confesó su delito dando muchas señales de arrepentimiento; y quitándole de allí con mucha facilidad, lo entraron dentro del convento y le castigaron religiosamente, y después de amonestado lo echaron, encargándole la enmienda de este y otros delitos que tenía.
Y es digno de advertencia para mayor comprobación de este milagro el modo con que la soberana imagen tiene inclinado el rostro hacia delante, como lo tiene agobiado y caído algún tanto, y según algunos religiosos antiguos muy fidedignos, dijeron que este modo de tener el rostro algo caído la sagrada imagen se había notado desde este caso, y sería sin duda porque bajando el divino rostro la soberana Señora pareciese que hacia alguna demostración, para defender sus preseas, y atajar la mano sacrílega que se las quería quitar.
Sea la segunda maravilla de esta sagrada imagen la que sucedió por el año de 1629; siendo Provincial el Rdo padre Maestro Fr. Joaquín de Herrera y Comendador de este convento el Rdo Padre Maestro Fr. Francisco de Armentia, y fue que habiéndosele muerto á una mujer vecina del convento el hijo único tenia de edad de poco más de dos años; lo amortajó con la pobreza que pudo; y le trajo debajo del manto de la imagen poniéndolo sobre el altar mayor, como es costumbre en los pobres que no teniendo para pagar derechos á la Parroquia, llevan los niños cuando mueren pequeños y los ponen sobre algún altar sin que se sepa quiénes son, y después salen algunos religiosos con cruz baja y prestos y los ……………….. (1).
(1) En el original falta, pero por el índice del autor se deduce que la relación perdida dé los milagros son, que este niño resucitó; que la imagen ha sido el amparo en los temblores; y concluye este capítulo con la descripción de dicha imagen.
Fuente:
Crónica de la Provincia de la Visitación de Nuestra Señora de la Merced redención de cautivos de la Nueva España. M.R.P. Mtro. Fr. Francisco de Pareja. Escrita en 1688. Tomo I. Imprenta de Barbedillo. México, 1882. pp. 199-203
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