jueves, 3 de septiembre de 2015

El fantástico templo de Guadalupe en Real de Catorce, San Luis Potosí.

   Te comenté hace poco que hay un templo que catalogo como "naif", por su colorido, que está en el panteón de Real de Catorce, está dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe, me parece de los más bellos que he visto en este estilo, el cual, al haber cortos fondos para su decorado y no tener suficiente capital para levantar regios retablos tallados en madera y revestido en oro de hoja, se opta por pintar directamente en la pared una especie de retablo en el cual la fantasía se desborda y se incluyen cortinajes, ángeles y todo tipo de figuras que dan por resultado una obra magistral. Insisto, dentro de un arte que yo califico como naif, inocente, quizá indiano.

   Se dice que este templo fue mandado construir por un sacerdote que más que ejercer su santo oficio, se dedicaba a la minería y de allí obtuvo un fuerte capital pero, las circunstancias de la vida, es decir, la guerra de Independencia, lo hizo salir de sus propiedades en el Altiplano Potosino para regresar a su natal San Juan de los Lagos en donde perdió la vida. De este sitio vimos ya a detalle la tremenda pintura de ánimas que hay en el crucero derecho, también vimos ya el exterior en donde se localiza el cementerio y algunas tumbas en su interior, ahora nos dedicamos a observar, a detalle esta maravilla, insisto, de lugar.

   Cambio esta imagen al blanco y negro para que, al ver la que sigue, notemos esa explosión de color que nos hace cambiar totalmente la perspectiva.



   Magnífica es la cúpula. Algo curioso noto en las pechinas que la sostienen. Hay representación de cuatro mujeres que aparecen en el Antiguo Testamento: Ester, Débora, Judit y Abigail

   El retablo o pintura de ánimas.




   El símbolo del Cordero de Dios, sobre el Libro de los Siete Sellos.

   La comunión: el pan, representado con el trigo, y el vino, con las uvas. La Eucaristía al centro.




   Escenas de la Pasión, Muerte y Crucifixión en el crucero izquierdo.












miércoles, 2 de septiembre de 2015

El panteón de Guadalupe y San Francisco en Real de Catorce, San Luis Potosí.

   Notarás que sigo en el embeleso de Real de Catorce. No es para menos, el sitio considero que más que un Pueblo Mágico, es un Pueblo Excepcionalmente Espectacular. Y me quedo corto con el adjetivo. Lo que vemos hoy es su panteón. Creo es el mejor ejemplo que he encontrado en mi andar por México que nos refleja lo que fueron las costumbres funerarias novohispanas que se mantuvieron a lo largo de la guerra de Independencia y la Reforma, llegando a sus últimos suspiros en la época Porfiriana. Me explico:

   La idea de la muerte fue manipulada por los evangelizadores. En el sentido de que la muerte, entre los pueblos originarios de México estaba perfectamente asimilada y, casualidades de la vida, aunque no había precisamente un concepto de resurrección, si se pensaba en las bondades de la vida luego de muerte por allá en los rumbos del Mictlán; consecuentemente la muerte fue otros de los elementos que fueron fáciles de mimetizar en ese sincretismo que nos generó la fusión de ideas, algunas medievales (la mayoría) y otras renacentistas, con la cosmovisión del México auténtico.

   En el antiguo México no había ese "socialismo" como en la Europa Medieval. Por socialismo me refiero a las marcadas clasificaciones sociales, esas fueron traídas, así que la gente creyente pensaba que mientras más cerca estuviera enterrado del altar mayor de un templo, más rápido llegaría a la Gloria. Idea que los padrecitos aprovechaban muy bien usando aquello del concepto "oferta demanda igual a precio alto". Así que, mientras más cerca del altar era el reposo de los restos, más caro se tenía que pagar esa "perpetuidad".

   Las mentes entre perversas y fanáticas del siglo XVII llegaron al extremo de pensar que a los cadáveres no se les tenían que enterrar, sino dejarlos a flor de piso en los altares y la peste de la descomposición creó una serie de enfermedades que se prohibió esta práctica. Los extremos de las ideas llevaron a los creyentes a asistir a todo tipo de misas y festividades para acumular días de gracia, así pensaban que si iban a una misa de "tres cruces" adquirían 400 000 días de Gloria y si confesaban cada viernes primero unos 100 000 y si daban pingues limosnas a la iglesia el número de días que la misma otorgaba de Gloria era tal, que el negocio prosperó como no tenemos idea.

  Y nosotros, los que tenemos poder adquisitivo limitado eramos enterrados en los atrios de los templos, algunos ni esa gracia conseguían, recordemos que aquello de que con dinero baila el perro existe desde tiempos coloniales. El caso es que, ahora, que llegamos a Real de Catorce vimos todo eso: un templo hermosísimo, el de Guadalupe, ubicado en el Panteón, rodeado de tumbas. Eso es el panteón nuevo, por así decir.

   Pues el panteón viejo, está al lado derecho del templo, y cuenta con su propia capilla, pero ese recinto, como estaba abarrotado, quedó fuera de uso. Lo sorprendente del caso es entrar al templo de Guadalupe y ver una buena cantidad de tumbas, mejor dicho de lápidas marcando el sitio en donde reposan los restos de tal o cual persona. Este recorrido funerario es otra de las magníficas actividades que se pueden hacer por el Real. Fascinante, volveré a decir...

















martes, 1 de septiembre de 2015

Charitas Bónitas: Reflexiones sobre una pintura de ánimas.

   Seguimos en Real de Catorce, esta vez entramos a conocer dos cosas que tengo catalogadas como fascinantes: un templo y un panteón. Sólo que la sorpresa mayúscula que me llevo es al entrar y descubrir un templo fascinante que podemos catalogar, independientemente de su antigüedad que podemos datar de la segunda mitad del siglo XVIII y su dedicación: primero a San Francisco de Asís y luego a la Virgen de Guadalupe. Y lo fascinante estriba en el modo en que el templo fue decorado, con una pintura que trata de emular un elaborado retablo, multicolor, algo que yo considero como una máxima expresión del naif en tiempos en que ese término aun no se había concebido. 

   En el tiempo del primer auge de Real de Catorce una de las tradiciones reinantes era el tener una capilla o, mejor aun, un templo al que se le denominaba como Calvario, allí se realizaban las ceremonias de la Semana Santa que en la época eran las más solemnes del año. El Calvario debería estar en una colina próxima a la población, incluso, como fue el caso de la ciudad de México, al no haber colina próxima, se hizo una para levantar en la cima la capilla y cumplir con la regla. Recordemos que Calvario significa en hebreo "cerro de la calavera" y se cree que allí, en donde fue la Crucifixión había sido enterrado Adán, "nuestro padre Adán". Ese Calvario se llamaba Capilla del Real de los Álamos".

  Ocurrió que, ante el auge que tuvo el Real, el cementerio original, bajo la protección de San Francisco, seguramente se llenó, estaba a un costado del templo que vemos en la imagen,  y fue entonces que se levantó un nuevo templo de mejor manufactura y grandes dimensiones, esta sección quedó dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe, se dice que fue el padre Flores, acaudalado minero (y sacerdote) quien financió la construcción.

    El templo es de una impresionante belleza, el paso del tiempo y los estragos de humedad y filtraciones de agua están presentes. Su colorido es entre fantástico y extraordinario, el ambiente de recogimiento propio de un templo anexo a un panteón se hace presente desde que entramos en el recinto, se nota un dejo de pobreza en el lugar, son pocas las bancas que hay. Y algo que nunca había visto está allí: placas de entierros dentro del templo que igual tienen marcos de madera que lozas de mármol y letras doradas, además de alto y bajos relieves.

   El altar mayor está dedicado a la Virgen de Guadalupe, el templo esta en forma de cruz latina, así que hay dos altares de Crucero, en el de la derecha está una cuadro de ánimas que va mezclado con la representación de los Cinco Señores pero tienen agregado a dos santos, es decir, es una profunda e intensa mezcla de ideas.

   El altar del lado izquierdo es justo la escena del Calvario, no dudo que allí se llevaran a cabo las ceremonias de la Semana Santa, es un poco lúgubre, para darle más énfasis al tema de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. Todo es bello, con matices tanto de misticismo como de misterioso.

   Mi atención se enfoca al retablo simulado, es decir, pintado en la pared, del cual destaca una pintura al óleo que ha podido sobrevivir a los estragos de clima y tiempo. Se trata de esta extraña (o curiosa) mezcla de los Cinco Señores y las Ánimas del Purgatorio. La escena me emboba.

   Y una vez recuperado del embobamiento comienzo el análisis, hay un punto central, que al observarlo con atención no lo es: San Miguel, pues el punto central del discurso pictórico se desplaza hacia arriba, en donde están las Tres Personas, pero a la vez, se desplaza hacia abajo en donde vemos las Ánimas Benditas del Purgatorio. Es un juego impresionante, y al ver los detalles vamos de sorpresa en sorpresa:

   Las Tres Personas, o Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. El misterio en que se basa la fe Católica. Ellos llevan varios elementos que los identifican, no son precisamente atributos, pues esos son para los santos, son simbolismos que se asocian a cada una de las Tres Personas, los tres están tomando el báculo, símbolo del poder.

   A la derecha de Dios Padre, como marca la ley, está Dios Hijo, notamos la herida en sus manos y pies, heridas dejadas por los clavos, nos está dirigiendo a Jesús. Va vestido de azul, que representa el agua.

   Dios Hijo lleva en su mano derecha el símbolo del Apocalipsis, de la resurrección: el Libro de los Siete Sellos.

   Al centro está Dios Padre, Él y los otros Tres tienen en lugar de la habitual aureola (no son santos) un triángulo, símbolo de lo espiritual. Va vestido de blanco, que simboliza la pureza.

    En su pecho aparece un hermosísimo sol, el generador de vida, de alimento... hay que recordar que tuvo que pasar mucho tiempo para que fuera aceptada la idea de que el Sol es el centro del Universo, la llamada teoría heliocéntrica.

   A la izquierda de Dios Padre está Dios Espíritu Santo, vestido en rojo, símbolo de la pasión del martirio, de la sangre.

   Su símbolo es la paloma blanca.

  En un segundo nivel, a la derecha, aparece la Virgen María, ella lleva una especie de aureola, en azul, representando la bóveda celeste y la luna a la vez, está rodeada de estrellas y va coronada, símbolo de su realeza.

    A la izquierda está Señor San José con su vara de virtud. A San José fue declarado en 1555 el Santo Patrono de la Nueva España. La vara, más que de virtud es una vara florida que se cree es de almendro, en ocasiones es suplantada por la azucena o lirio que son símbolos de pureza y castidad.

   Sigue luego, un poco más abajo, del lado derecho Señora Santa Ana, que porta también la azucena, ella es la madre de María, abuela de Jesús, razón por la cual forma parte de los Cinco Señores.

   Del lado izquierdo está Señor San Joaquín, esposo de Ana.

   Más abajo, como intercesores entre lo divino y lo humano, del lado derecho está San Francisco de Asís, él, siendo un Santo, lleva una aureola. Con su cordón rescata almas de las penas del Purgatorio.

   A su izquierda aparece otro Santo, se trata de San Francisco de Paula, fundador de la Orden de los Mínimos, una rama de los Franciscanos y es precisamente él quien porta una especie de medallón con la leyenda de Charitas Bónitas. Cosa curiosa, pues la iconografía marca que a este Santo se le ponga solamente el Charitas, palabra latina que significa Caridad, el Bónitas (con acento) quiere decir bondad pero en México y en todos los lugares que se habla español, se entendió como eso que tu seguramente estás entendiendo, una carita bonita.

   Y vaya que le pusieron caras bonitas a todos los que en esta pintura de Ánimas incluyeron. Como es el caso de San Miguel Arcángel, el Capitán del Ejército Celeste.

   Y San Miguel lleva, en su calidad de Capitán, el estandarte en la mano izquierda, pero, ojo, en la derecha porta la Balanza, con la cual -dicen- seremos medidos y, en su caso, condenados...

  Fascinante, sin lugar a dudas... y para terminar, como colofón, vemos a los penitentes que no son precisamente por casualidad 12, y de todas raleas. Fascinante, no tengo otra cosa más que decir.