miércoles, 2 de septiembre de 2015

El panteón de Guadalupe y San Francisco en Real de Catorce, San Luis Potosí.

   Notarás que sigo en el embeleso de Real de Catorce. No es para menos, el sitio considero que más que un Pueblo Mágico, es un Pueblo Excepcionalmente Espectacular. Y me quedo corto con el adjetivo. Lo que vemos hoy es su panteón. Creo es el mejor ejemplo que he encontrado en mi andar por México que nos refleja lo que fueron las costumbres funerarias novohispanas que se mantuvieron a lo largo de la guerra de Independencia y la Reforma, llegando a sus últimos suspiros en la época Porfiriana. Me explico:

   La idea de la muerte fue manipulada por los evangelizadores. En el sentido de que la muerte, entre los pueblos originarios de México estaba perfectamente asimilada y, casualidades de la vida, aunque no había precisamente un concepto de resurrección, si se pensaba en las bondades de la vida luego de muerte por allá en los rumbos del Mictlán; consecuentemente la muerte fue otros de los elementos que fueron fáciles de mimetizar en ese sincretismo que nos generó la fusión de ideas, algunas medievales (la mayoría) y otras renacentistas, con la cosmovisión del México auténtico.

   En el antiguo México no había ese "socialismo" como en la Europa Medieval. Por socialismo me refiero a las marcadas clasificaciones sociales, esas fueron traídas, así que la gente creyente pensaba que mientras más cerca estuviera enterrado del altar mayor de un templo, más rápido llegaría a la Gloria. Idea que los padrecitos aprovechaban muy bien usando aquello del concepto "oferta demanda igual a precio alto". Así que, mientras más cerca del altar era el reposo de los restos, más caro se tenía que pagar esa "perpetuidad".

   Las mentes entre perversas y fanáticas del siglo XVII llegaron al extremo de pensar que a los cadáveres no se les tenían que enterrar, sino dejarlos a flor de piso en los altares y la peste de la descomposición creó una serie de enfermedades que se prohibió esta práctica. Los extremos de las ideas llevaron a los creyentes a asistir a todo tipo de misas y festividades para acumular días de gracia, así pensaban que si iban a una misa de "tres cruces" adquirían 400 000 días de Gloria y si confesaban cada viernes primero unos 100 000 y si daban pingues limosnas a la iglesia el número de días que la misma otorgaba de Gloria era tal, que el negocio prosperó como no tenemos idea.

  Y nosotros, los que tenemos poder adquisitivo limitado eramos enterrados en los atrios de los templos, algunos ni esa gracia conseguían, recordemos que aquello de que con dinero baila el perro existe desde tiempos coloniales. El caso es que, ahora, que llegamos a Real de Catorce vimos todo eso: un templo hermosísimo, el de Guadalupe, ubicado en el Panteón, rodeado de tumbas. Eso es el panteón nuevo, por así decir.

   Pues el panteón viejo, está al lado derecho del templo, y cuenta con su propia capilla, pero ese recinto, como estaba abarrotado, quedó fuera de uso. Lo sorprendente del caso es entrar al templo de Guadalupe y ver una buena cantidad de tumbas, mejor dicho de lápidas marcando el sitio en donde reposan los restos de tal o cual persona. Este recorrido funerario es otra de las magníficas actividades que se pueden hacer por el Real. Fascinante, volveré a decir...

















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