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domingo, 3 de mayo de 2020

De las intimidades del Conde de la Valenciana y el antecedente de su matrimonio

   Creo que uno de los temas guanajuatenses que mejor se conocen es el de su minería y toda la riqueza que generó. Por “conocer” quiero decir, más bien, que es el tema recurrente que oímos, cuando visitamos la ciudad, o que leemos, cuando tomamos algún libro de historia de la ciudad, pero, en realidad no se conocen ciertas particularidades sobre el tema… más allá de los especialistas de la parte histórica de la minería, el resto solo tiene (tenemos) una idea, vaga en muchos casos. Y ni que decir de los mineros, los personajes que explotaron esa industria… y ni qué decir del más afamado (conocido por su título), el conde de la Valenciana.

  Y es así que, por mera casualidad, como sucede regularmente al hojear y hojea los libros que guardan las antiguas parroquias y el obispado, en este caso la parroquia de Nuestra Señora de Guanajuato y el Arzobispado de Morelia, aparecen verdaderas joyas que nos dicen cuáles fueron los derroteros que la historia (en su momento, la vida) llevó y, ahora me (quizá nos) sorprendemos con estas intimidades. 

   Veamos el primer documento, el cual es expedido en 1766, desconozco la fecha exacta y asumo que la carta se hizo en la ciudad de Guanajuato pues ahí da solamente una referencia al decir que "viviendo en esta ciudad".

   Don Antonio de Obregón, español, natural de la jurisdicción de Pénjamo en la Hacienda de San Gregorio y vecino de ésta ciudad de ocho años a ésta parte, hijo legítimo de don Alfonso de Obregón y de doña Anna Francisca de Alcocer, difunta, estando como ya estoy, fuera de la patria potestad por hallarme emancipado y de edad de cuarenta y cuatro años en la forma que mejor pueda y lugar haya, parezco ante Vuestra Merced. Y digo: 
   Que viviendo en ésta ciudad me amisté torpemente con doña Ignacia Jospha Barrera y en continuación de ésta ilícita correspondencia falleció de parto y porque no peligrara la criatura fue necesario el que doña María Guadalupe Barrera, su legítima hermana entera, como hija de matrimonio de don Leonardo Barrera, difunto y de doña Anna María de Torres, le echase el agua del bautismo en el mismo acto del parto con la estrecha comunicación y entrada libre que yo tenía en su casa, hube de aficionarme tanto de la expresada, mi comadre, doña María Guadalupe, que resolví por mi mucha fragilidad y miseria, el contratarla de amores, y por mis muchas persuasiones y haberle dado palabra de casamiento, consintió en lo mismo que yo deseaba, dejándose desflorar con la esperanza de casarse conmigo y continuando en ésta torpe amistad, después del fallecimiento de la referida, su hermana, hasta la presente me he visto obligado por instruirme la conciencia y que nuestras almas no se pierdan a presentarme como por mi motu proprio me presento ante Vuestra Merced para que atienda la circunstancias que las buenas obligaciones y la honradez de la casa de la enunciada, doña María Guadalupe, quien hasta ahora está de todo en reputación de doncella; de los muchos disgustos, pesares y discordias que con los suyos y los míos se originarán, no siendo muy remoto el peligro de alguna vida.
   De la legitimización de la prole, del peligro de incontinencia y reincidencia si ella no se declara pues, seguiré yo en la misma casa, con la misma libertad y satisfacción que, hasta el presente, de los muchos tropiezos y ocasiones a que queda expuesta si deshonrada y baldonada de los suyos no le cumplo la palabra por cuya esperanza no ha procurado el aborto que tantas veces se le ha propuesto por único remedio pronto de sus congojas se sigan las diligencias con toda precaución y cautela con la mayor brevedad que se pueda respecto a hallarse la mencionada, mi amasia ya en términos mayores en cuya atención, siendo posible el que antes de todo sin que sea necesario dar cuenta primero al Ilustrísimo Señor Obispo de éste obispado por la grande urgencia que pide el caso se ha de servir la integridad de vuestra merced de mandar que con todo sigilo se le tome su declaración a la susodicha doña María Guadalupe, para lo cual, se dará la providencia de que se ponga en su libertad a excusas de su madre y los suyos y dada que sea mandar así mismo se me reciba información de nuestra libertad y soltería y no resultando otro impedimento a más de los relacionados, se me entreguen las diligencias originales para ocurrir con ellas a dicho Ilmo. Sr. quien en su visita no dando que, atendiendo a nuestra miseria y fragilidad y a la gravedad de los motivos y circunstancias que he producido se vea equitativamente y procure como buen pastor el sosiego de nuestras conciencias. Para que no perezcan dignándose dispensarnos el grado o grados de parentesco por afinidad y cognación espiritual, que yo y la susodicha contenemos contraído y dispensarnos así mismo los respectivas proclamas dispuestas por el Santo Concilio de Trento, sin embargo de mi notoria pobreza, trayéndose su grandeza el caso, serme permiso el perdón y suplicar éste beneficio a causa de lo que llevo relacionado por el peligro que corre de morir dicha doña María Guadalupe o la prole en las circunstancias que se halla que siendo demasiadamente claras es por demás su prueba lo que así espero conseguir de su gran conmiseración, Cristiano y celoso pecho.
   Por tanto a vuestra merced suplico mande hacer, como llevo dicho, juro en forma este pedimento no ser de malicia y en lo necesario &a.

Antonio de Obregón. (1)

   Sorprendente el documento, usa las palabras aborto y desfloración, las cuales veo por primera vez en un documento de esa época... otras palabras más, que están en negrita, van a un enlace al Diccionario de Autoriades para entender bien lo que significa baldonada y cognación. Ahora bien, en el siguiente documento vemos el registro de matrimonio de Antonio de Obregón y Ma. Guadalupe Barrera, el evento ocurre el 9 de junio de 1766, mismo año en que fue solicitada la Dispensa que acabamos de leer. 

  En el año del Señor de mil setecientos sesenta y seis años, a nueve de junio, el Sr. Br. Dn. Francisco Medrano como Teniente de Cura, en virtud del superior Despacho del Ilmo. Sr. Dr. Dn. Pedro Anselmo Sánchez de Tagle, dignísimo Sr. Obispo que fue de este Obispado de Michoacán, casó a Dn. Antonio de Obregón y Alcocer con Da. María Guadalupe Barrera y Torrescano, españoles, vecinos de esta ciudad: fueron sus padrinos Dn. José de Sardaneta y Da. María Luisa de Sardaneta, hermanos de dicha María Guadalupe y testigos Dn. Francisco Alegre y Dn. Juan José Farfán de los Cobos de ésta vecindad. Y para que conste lo firmé en Guanajuato a veintidós de junio de un mil setecientos noventa años.
Dn. Manuel de Quesada.

Nota: No encontrándose la partida del casamiento que Dn. Antonio de Obregón y Alcocer contrajo con Da. María Guadalupe Barrera y Torrescano. En vista de la información que produjo dicha Señora cuando el Sr. Cura y Juez Ecelsiástico, Dr. Dn. Manuel de Quezada, se anotase y firmase con ésta en este libro y se acomodase a él dicha información para su debida constancia.
5 de noviembre de 1869 (2)

  Lamentablemente no hay una fecha exacta del primer documento, solo el año, como ya lo dijimos, de 1766, Fue dos años luego, que la corazonada de Antonio de Obregón se volvió realidad y la mina dio su primera bonanza. En cuanto al documento que ahora vemos es el registro de bautismo de María Josefa Rafaela Ignacia Obregón y Barrera, la hija que nace el 11 de julio, apenas un mes luego del registro de matrimonio. Todo esto me hace pensar que eso se mantuvo oculto pues, como ya lo vimos, el registro de la boda no se hizo en su momento, hasta el 22 de junio de 1790. La niña murió, quizá al poco tiempo, pero aun no logro encontrar la defunción.



lunes, 20 de abril de 2020

Las exequias de don Pedro Ramón Romero de Terreros Trebuesto Dávalos Ochoa y Castilla, Segundo Conde de Santa María de Regla.

   Cuando vuelvo mi consideración al día de esta misma fecha del año de [17]81, se me presenta en la muerte del Sr. D. Pedro Terreros, Padre de nuestro difunto Conde, una escena dolorosa, que oprime mi corazón. Veo correr abundantes lágrimas por el semblante de innumerables pobres, que han perdido sus socorros: oigo tiernos gemidos de viudas, de doncellas, y huérfanos, que se encuentran sin amparo: repetidos clamores en las torres de los Templos, publicando la falta de su generoso bienhechor: ardientes y fervorosas suplicas de todos los reconocidos a sus liberalidades, que suben al trono de Dios, á implorar su eterno descanso. ¡Ah! ¡Quién hubiera podido interrumpir esas voces, y decirle a tanta víctima de la miseria, de la necesidad, y del desamparo: consolaos, consolaos, almas afligidas, enjugad vuestras lágrimas, que del oriente viene vuestro remedio! La inexorable parca arrebató al Sr. D. Pedro; pero como si no hubiera muerto, porque deja en la tierra al heredero de sus virtudes, á una viva imagen suya, que trae todos los caracteres de su misericordia: mortuits est pattr ejus, et quasi nonest mor mus: similem enim reliquit sibi post se.

  Esta es una de las recompensas, que promete el Espíritu Santo en el Eclesiástico al Padre, que aplica sus conatos á la educación de sus hijos, les inculca á todas horas las máximas del Evangelio, procura apartarlos del precipicio, evitar sus caídas, enderezar sus pasos, y sembrar en su alma las semillas de la virtud. El Padre del Sr. D. Pedro Ramón tenia desempeñados con puntualidad esos sagrados deberes, según el testimonio de su conciencia, que manifiesta su Carta; y confiado en la infalible verdad del Eterno; cierto, de que viviría en sus hijos, y había de gozar de esa imagen de la resurrección, les encarga lleno de ternura: “también os pido para llevar el consuelo, con que debo daros el último adiós, y el ultimo abrazo, que recorráis todas las obras buenas, que he procurado hacer en mi vida. Era decirle al hijo obediente, que ha verificado sus determinaciones: para que no sea vano el consuelo, que me anima de vivir, y perpetuar mi memoria en tu conducta, esmérate en hacer al Criador sacrificios dignos de su aprecio: inquirí te, ut faciat qua e placito, sunt illi.

   ¡Qué materia tan basta he emprendido tratar en los cortos momentos, que me permite la prudencia! ¡Qué campo tan dilatado, para medirlo, y hacerse cargo de su extensión con una sola mirada! ¡Ojalá, y sin cansar la atención, de los que me escuchan, pudiera emplear una parte del tiempo, que necesitaba, para poneros delante las crecidas efusiones de un corazón sensible y liberal sobre todo encarecimiento! Pero ya, que no me es concedido cuanto apetezco, persuadíos: que el Sr. Conde de Regla se empeñó, en hacer a Dios sacrificios de mucha estima, y de desmedido valor. Ninguna cosa tuvo más presente, que el que su abundancia era para llenar los huecos, que déjala necesidad, como prevenía S. Pablo a los de Corinto: y à imitación de David, repitió siempre con sus acciones, aquel testimonio de su reconocimiento, y de su generosidad: tuo sunt omnia, et gnoe de manu tuo occepímus dedimus tibí: tuyo es, Señor, cuanto tengo, y por eso no he pensado en otra cosa, que en sacrificártelo en las manos de los necesitados.

   ¡Pero que sacrificios tan admirables, y tan nobles! ¡Pudo imaginarlos mayores su infatigable solicitud, y celo en propagar, como el Sacerdote Simón, y sostener la honra, y gloria del Señor: que reparando las ruinas de su Santa Casa, aumentando la majestad y hermosura del Santuario con exquisitas decoraciones; dando á conocer sus maravillas en el culto, y virtudes de su bendita Madre, y de sus Santos! ¡Que ofrendas tan gratas á la Religión, el librar, á ejemplo de Onias, de los extraviado» caminos del siglo, a tantas vírgenes, que habitan los claustros por sus largas dotaciones: procurar a los Ministros de Dios vivo, y a las Esposas del Cordero su comodidad, y subsistencia, para que no interrumpiesen las divinas alabanzas, y los ejercicios de edificación! Todavía permanecen, publicando sus liberalidades las Iglesias del Sagrario de esta Metropolitana, la de las Parroquias de San Pablo, y la Santa Veracruz, la de Corpus, y el Convento del Espíritu Santo, las de San Agustín de México, y de las Cuevas. Viven aún, y vivirán reconocidos los Conventos de Religiosas Capuchinas de Guadalupe, y el de Religiosas Franciscanos de Pachaca. ¡Con que recompensaremos, exclamaban las Benedictinas de la Villa de Sahagún, a un nuevo Jesús, hijo de José de, que en sus días, y con sus bienes reedificó nuestro Monasterio, hermoseó nuestro Templo, y nos ha llenado de consuelos!

   Para un Padre justo, que le previene en su Carta: “que procure ventajosas utilidades al Real Patrimonio, que después de su muerte quiere, que se le dividan parte de sus frutos, para que jamás dejje su posteridad de serel útil; en virtud de haber formado su título, y protegidolo con sus piedades, y honras “para el hijo de Dios, que habitando entre nosotros, recomendó con su ejemplo esta práctica con los Reyes, que obsequios más importantes, que las gruesas cantidades, que prestó al Sr. D. Carlos IV siendo Príncipe de Asturias; los prontos donativos, para socorrerá la Corona y la generosa renuncia  de la gracia de relevación de quintos, con notable quebranto de su Casa, solo por conservar el Trono de sus Soberanos, y ministrarles armas, para defender los derechos del Santuario, y de la Religión. Si las limosnas, en doctrina de S. Juan Crisóstomo, son las mejores víctimas, que consagra el Cristiano á la Divinidad: si estas reciben nuevos realces á proporción de las circunstancias, ¡cuantas, y que útiles sacrificó su misericordiosa mano, franqueando quince mil trescientos sesenta y dos pesos siete reales para Médico, Cirujano, ropa, alimentos, y medicinas á las infelices víctimas de la epidemia de viruelas del año de 97 y 98! 

   No bastaron tantas donaciones para contentar un corazón piadoso: no son estos solos los esfuerzos de su obediencia, para dar un lleno generoso, y completo a la voluntad de su Padre. Sin embarazo me determino a repetir en su elogio, y para su más sobresaliente honor, lo que el Santo Job alegaba, para manifestar su inocencia: arruínese el poderoso Condado de Regla, y desaparezcan de entre las manos de sus herederos los caudales, si se sentó el Sor. D. Pedro a la mesa, á gustar del pan, y de los alimentos, sin tenerles antes repartidos í doncellas honestas, recogidas en clausura, á viudas honradas, á huérfanos desvalidos, á pobres vergonzantes, á un incalculable número de personas, que por espacio de muchos años vivieron á sus expensas: si comedí bucallam meam solus, et non comcdit pupilitis ex ea\ humerus meus á junctura sua cadaty et brachium tneum cum ossibns suis confringatur.

   Trabaje en vano su familia, y vease en la necesidad de mendigar, y perecer de hambre, siizo estar mucho tiempo, pendiente de sus manos al oprimido, y no le aprontó muchas y diversas cantidades, ó en préstamos, ó en donaciones, para su remedio: si oculos viduae expectore feci, seramt et alius comedat: et progenies mea eradicetur. Sino erogó un crecido caudal, sin otro fin, que el redimir de la hambre, y de la miseria á todos los jornaleros, que se empleaban en las Haciendas de Regla, de San Xavier, y San Antonio: sino consumió grandes sumas de dinero, para mudar los perniciosos morteros, y substituir las tahonas, consultando í la salud, y vida de los operarios: si nega-oti, qii&d volebant, panperibus-. si cerró los ojos, y miró con desprecio, al desnudo; si no ocurrió con sus limosnas, á cubrirlo, ya por mano agena, en los rincones de su casa, ya por si propio en el Hospital de San Juan de Dios, y en el Hospicio de pobres, antes, y despues de nombrarlo su Diputado si despexi pereuntem, eo quod non habuerit induméntum, et absque eperimento pauperem: esterilizense sus campos, inutilisense las labores, y jamas coja otros frutos, que críeles abrojos , y agudas espinas: pro frumento oria Pur mihi tribuías, et prohordeo spina. Si... . no acabaría, si quisiera hablar de por menor de todas las misericordiosas acciones del Conde de Regla; ó si supiese el número, de las que supo ocultar con santa sagacidad, cuya noticia quedó reservada entre Dios, y su corazón




Fuente:

Elogio fúnebre a don Pedro Ramón Romero de Terreros Trebuesto Dávalos Ochoa y Castilla, Conde de Santa María de Regla. Que con asistencia del Tribunal de la Inquisición dijo el día 27 de Noviembre de 1809, en la Iglesia del Convento Imperial de N.P. Santo Domingo el Dr. y Maestro Fray Francisco Rojas y Andrade, Lect. de Teología en el Colegio de Porta-coeli. Quien lo dedica al Señor Don Pedro Ignacio de Terreros, Rodríguez de Pedroso, Conde de Regla, Caballero Maestrante de la de Sevilla y Síndico de los Colegios Apostólicos de Querétaro y Pachuca. Con Superior Permiso. México: Imprenta de Jáuregui. Año 1810.

Si te interesa leer el Elogio completo, entra aquí.

sábado, 21 de marzo de 2020

Los otros títulos que llegaron a ostentar los virreyes de Nueva España

   De las órdenes militares que hubo en Nueva España hemos hablado ya, eran cuatro, la de Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa. También hablamos ya sobre los títulos nobiliarios que comenzaban como Señores y continuaban como Condes, Marqueses y Duques para luego seguir con Infantes y Príncipes y llegar a los más elevados niveles de Reyes y Emperadores. Lo que hoy veremos son los demás títulos que iban acumulando ciertos personajes, teniendo como ejemplo alguno de los sesenta y tantos virreyes que hubo en lo que entonces era México. Quizá has visto la retahíla de cargos que se ponían en los documentos oficiales, eran tantos que mejor escribían el consabido &a. es decir, etcétera, veamos:
   La Insigne y Real Orden de San Jenaro es una orden militar de la Real Casa de Borbón de las Dos Sicilias. Lleva el nombre del santo homónimo, patrono de Nápoles; fue fundada por Carlos VII de Nàpoles de Borbón, Rey de Nápoles y Sicilia, posteriormente Carlos III como rey de España, el 3 de julio de 1738 para celebrar su boda con la Princesa María Amalia Walburga de Polonia y Sajonia. (La medalla de San Jenaro en la imagen de abajo.)

   La Insigne Orden del Toisón de Oro es una orden de caballería fundada en 1429 por el duque de Borgoña y conde de Flandes, Felipe III de Borgoña. Es una de las órdenes de caballería más prestigiosas y antiguas de Europa, y está muy ligada a la dinastía de los Habsburgo y a las coronas de Austria y España.

  Consejo de su majestad. Instituido inicialmente por Fernando I, Juan I lo estableció definitivamente en las cortes de Valladolid de 1385. También asesoraba a los reyes en esa época.

  Mayordomo mayor. El advenimiento al trono de España del rey Felipe el Hermoso casado con Juana I de Castilla, hija de los Reyes Católicos, hizo que éste trajera la llamada etiqueta borgoñona de la Corte de su abuelo Maximiliano I de Habsburgo y, por tanto, se instituyera el cargo de mayordomo mayor del rey de España con funciones semejantes a las que antes había desempeñado el mayordomo mayor del rey de Castilla. (En la imagen de abajo aparece el duque de Alba, mayordomo mayor de Carlos V y Felipe II.)

  Comendador. El régimen de encomienda español tiene orígenes que se remontan a la Reconquista (722 - 1492). Cada vez que un territorio era conquistado a los musulmanes, quedaba encomendado de por vida a su liberador, el príncipe o caballero que lo recuperaba usando su tropa, quien a partir de la encomienda pasaba a llamarse comendador. La tropa, compuesta por soldados que solían ser miembros de la servidumbre personal, leva o mercenarios, adquirían el derecho a una porción de la tierra recuperada (para ocuparla y en carácter de usufructo vitalicio) dentro de la jurisdicción encomendada por el Rey de Castilla. El Rey conservaba la propiedad de la tierra. A su vez, todos eran vasallos del pontificado de Roma. En el esquema tributario, todos pagaban tributo al comendador, a la Iglesia y al Rey de Castilla.

  Capitán general. Un capitán general es un rango, grado o empleo del ejército, como lo son teniente general, coronel, alférez o sargento; de hecho es el grado supremo. Pero también era el mando, función, destino o cargo que se ostentaba, como el más alto de una región militar (también llamada capitanía general).
   El empleo de capitán general apareció en España durante el siglo XVI, poseyendo funciones tanto militares como de gobierno. En la América dominada por la corona española este cargo solía corresponder a los virreyes, aunque debido a la extensión de los virreinatos fue necesario nombrar como capitanes generales a los gobernadores, que actuaban en determinadas áreas de menor extensión; en lo militar y gubernativo, sus funciones eran muy similares a las del virrey. (Hasta aquí todas las descripciones las he tomado de Wikipedia.)

   Gentilhombre de cámara del rey. Existían otras distinciones honoríficas a las que se hicieron merecedores algunos novohispanos. Entre ellas destaca el cargo honorífico de Gentilhombre de cámara del rey, el cual implicaba que los agraciados, generalmente miembros de la nobleza, tenían llave de entrada a la recámara del rey, pudiendo entrar en cualquier momento y en particular cuando el monarca despertaba. Una llave de oro prendida en la casaca simbolizaba el distinguido oficio.

  En Nueva España recibieron tal distinción seis nobles, el marqués de San Miguel de Aguayo, el IV conde de Contramina, los condes de Santiago Calimaya VIII, X y XI y el segundo conde de Regla. Este último notificó “a la nobilísima ciudad” en 1897 que le había concedido la gracia y que había hecho el juramento correspondiente ante el Arzobispo. Asimismo imprimió una tarjeta de visita informando que había recibido tal dignidad. (1)

 Ahora, con todos estos datos, podemos entender cuál era la importancia que cada uno tenía, no se trataba de llenar toda una página con títulos, sino que era la forma de mostrar en dónde, dentro de la complicada estructura social venida de España, se ubicaba y, por tanto, el alcance que sus decisiones tenían. La lista incluye apenas seis de los 66 virreyes que hubo en la Nueva España.

Don Joseph Sarmiento Valladares, caballero del orden de Santiago, conde de Moctezuma y de Tula, visconde de Ylucan, señor de Monterrosano de la Peza, del consejo de su majestad, su virrey y lugarteniente, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia de ella, etc.

Don Francisco Fernández de la Cueva Enríquez, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar, conde de Ledesma y de Huelma, señor de las villas de Monbeltrán, la Codossera, Lanzahita, Mijares, Pedro Bernardo, aldea de Ávila, san Esteban Villarejo y las Cuevas, comendador de Guadalcanal, en la orden Santiago y de Benfayan en la de Alcántara, gentilhombre de la cámara de su majestad, su virrey lugarteniente, gobernador capitán y general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia de ella, etc.

Don Juan de Acuña, marqués de Casa-Fuerte, caballero  del orden de Santiago, comendador de Adelfa en la de Alcántara, del consejo de su majestad en el supremo de guerra, capitán general de los ejércitos, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia y chancillería que en ella reside, etc.

Don Juan Antonio de Vizarrón y Eguiarreta, arzobispo de la santa iglesia metropolitana de México, del consejo de su majestad, virrey, gobernador, capitán general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia y chancillería que en ella reside, etc.

Don Pedro de Castro Figueroa y Salazar, duque de la conquista y marqués de gracia real, caballero de las órdenes de Santiago y real de San Genaro, comendador de Castilseras en la de Calatrava, capitán general de los ejércitos de su majestad y de su consejo supremo de guerra, teniente coronel de sus reales guardias de infantería española, gentil hombre de la cámara con entrada de su majestad y de su supremo consejo de guerra, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia de ella, etc.

Don Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara, grande de España de primera clase, caballero del insigne orden del toisón de oro, del real de San Genaro, comendador de las pueblas en el de Alcántara, mayordomo mayor del serenísimo señor infante don Phelipe, señor de las varonías de Lucernic, Boquiñén y Maleján, Ribas, de la Villa de Albesa y Pardiña de Alcamin, virrey, gobernador y capitán general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia de ella, etc.


Fuente:

1.- Zárate Toscano, Verónica. Los nobles ante la muerte en México. El Colegio de México, 2005, p.90

jueves, 19 de marzo de 2020

La real Maestranza y las corridas de toros en la Nueva España.

   En España existían otras formas de asociación que también implicaban prestigio: las Maestranzas de Caballería. En sus orígenes tenían como objetivo la capacitación de los nobles en la equitación a fin de que pudieran formar un cuerpo de caballeros que defendieran al reino. Sin embargo, con el paso del tiempo, las habilidades ecuestres fueron utilizadas únicamente para demostrar su estatus en festejos públicos, particularmente en corridas de toros y rejoneos.

  Los miembros de la Maestranza tenían privilegios y también deberes, y derechos que representaban la integración de la comunidad. Les permitían desarrollar el sentido corporativo del grupo en una especie de comunión intensa y, a la vez, exponer el prestigio hacia el exterior. Entre sus obligaciones estaban la asistencia colectiva a los entierros de sus miembros y, cuando uno de ellos estaba agonizando, debían suspender las actividades de la corporación y asistir a su lado. Además podían usar uniforme, similar al de la guardia real, en los actos públicos. 

   En 1790, 31 [fueron 30] distinguidos miembros de la sociedad novohispana a nombre del Cuerpo de Hijosdalgo americanos y europeos que formaban la nobleza de la Nueva España solicitaron el establecimiento  de una “maestranza de este lado de la mar océano”. La iniciativa representaba las aspiraciones de la nobleza novohispana de imitar a sus hermanos peninsulares, “dar a la noble juventud americana aquel ilustre ejercicio que les es propio. Y, al mismo tiempo, extender y afirmar la buena raza y cría de caballos”. Aunque la petición fue apoyada, por el virrey Revillagigedo, el Consejo de Indias no consideró prudente aprobarla. El deseo de construir esta maestranza está vinculado con la participación elitista en los juegos de cañas, simulacro de combate medieval que se realizaba en el México colonial. Pero el temor de la burocracia real por fomentar posibles dificultades políticas y fricciones hizo que la propuesta fuera denegada. Una vez conocida esta negativa, los novohispanos fueron admitidos en la Maestranza de Ronda. La razón de esta preferencia obedecía al hecho de que esta corporación buscaba reunir la mayor cantidad de fondos posibles para construir su monumental plaza de toros y las cuotas de los miembros eran una contribución importante. En el caso de la de Sevilla, no había tal urgencia de fondos y simplemente era cuestión de preferencias personales o relaciones familiares (1).

   Había otras asociaciones, todas asociadas a la Iglesia, las Cofradías eran unas de ellas. Las más antiguas eran las órdenes religiosas de caballería: del Temple, de San Juan, la Teutónica, de Malta, del Santo Sepulcro. Además estaban las ordenes de caballería que igual denotaban un estatus social alto, estas eran las de Santiago, Montesa, Alcántara y Calatrava. Una orden más fue creada en 1771, la de Carlos III. Es interesante saber cuáles personajes en Nueva España ostentaron algunas de ellas. El listado lo veremos en otra ocasión.

  Cualquier hidalgo auténtico español era ya de por sí caballero en cuanto a que era función de su nobleza acudir con la caballería en defensa de su patria y de su rey (2).

Recordando que en la entrada anterior vimos una lista de 30 importantes personajes que firmaron la solicitud para la creación de la Maestranza de México, carta que fue enviada en 1790, veinte años después, en 1810 al ver la composición del Cabildo de la Ciudad de México, notamos que muchos de los personajes referidos siguen teniendo importantes cargos:

REGIDORES PROPIETARIOS:
Antonio Méndez Prieto y Fernández
Antonio Rodríguez de Velasco
Ignacio Iglesias Pablo
Ignacio José de la Peza y Casas
Manuel de Cuevas Monroy Guerrero y Luyando
Manuel de Acevedo y Cosío (marqués de Uluapa)
León Ignacio Pico
Manuel Gamboa
Agustín del Rivero
Joaquín Caballero de los Olivos

REGIDORES HONORARIOS:
Juan Cervantes y Padilla
José María Echave
Francisco Cortina González
Francisco Maniau y Torquemada
José Ignacio Vélez.

ALCALDES DE MESTA. Los alcaldes ordinarios Fernando Hermosa y Francisco Arcipestre entregaron las insignias de justicia y fueron nombrados alcaldes de mesta.
REGIDORES HONORARIOS. Se dio posesión y prestaron juramento como regidores honorarios: Francisco Maniau, Francisco Cortina González y José Ignacio Vélez como síndico procurador general del común. Se vio un oficio del virrey, en el que aprueba las susodichas elecciones.
ALCALDES ORDINARIOS. Se vio un oficio del virrey, en el que responde a la Ciudad que aprueba la lista de los sujetos propuestos para ocupar el empleo de alcaldes ordinarios.
ALCALDES ORDINARIOS. Se nombró alcalde ordinario de primer voto a Francisco Arcipreste, reelecto por aclamación, y a Manuel del Cerro de segundo voto. Se acordó que el decano reciba la vara del alcalde ordinario de primer voto, mientras se restablece de su enfermedad el señor Arcipreste.
ALCALDE ORDINARIO. Se dio posesión y prestó juramento como alcalde ordinario de segundo voto Manuel Cerro. Se acordó llevar a presentar al virrey al alcalde ordinario y a los regidores bienales. (3)

Fuentes:

1.- Zárate Toscano, Verónica. Los nobles ante la muerte en México. El Colegio de México, 2005, pp. 88-90
2.- Ibid
3.- Guía de las Actas de Cabildo de la Ciudad de México. Universidad Iberoamericana. Página web.


miércoles, 18 de marzo de 2020

La élite Novohispana, el caso de la Real Maestranza

   Las imágenes que incluyo distan mucho en tiempo y más aún en posiciones sociales y económicas, son meramente (como lo he dicho varias veces) para “ambientar” la entrada. Retomando el tema de la nobleza novohispana, ahora nos referiremos a los que eran considerados hijodalgo, [HIJODALGO. s. m. Lo mismo que Hidalgo.] es decir, aquellos que probaban su pureza de sangre y que se constituían en las más refinadas asociaciones. Así como en el porfiriato existió el Jockey Club, el mismo que tenía su sede en la mansión del Conde de Orizaba, la mismo que hoy conocemos como la Casa de los Azulejos, en la segunda mitad del siglo XVIII se buscó crear la Real Maestranza de México, a ella solo fueron convocados treinta de los más acaudalados los unos, linajudos los otros y políticamente correctos los más. Ellos eran:

1.- El mariscal de Castilla, marqués de Ciria; José Pedro de Luna Gorráez-Beaumont y Hurtado de Mendoza.
2.- Juan Manuel Velázquez de la Cadena, capitán, señor de Villa de Yecla (España) y regidor del Ayuntamiento de México.
3.- Juan María de Barrios; 
4.- Mariano de Velasco Núñez de Villavicencio, subdirector de la Real Hacienda, hermano del conde de Santiago.
5.- José Padilla y Gómez de Cervantes, V marqués de Santa Fe de Guardiola
6.- José Francisco de Valdivielso y Azlor, II Conde de San Pedro del Álamo
7.- Rafael Manuel Velázquez de la Cadena
8.- Jerónimo de Soria y Velázquez, marqués de Villahermosa Alfaro, 
9-  Ignacio de Iglesias Pablo, Refidor, fiel ejecutor.
10.- Pedro Ignacio de Echeverez Espinal Valdivieso, marqués de San Miguel de Aguayo
11.- José Juan de Fagoaga y de Lizaur Arozqueta y Aguirre, sobrino del marqués del Apartado.
12.- Joseph Ángel de Cuevas Aguirre y Avendaño, regidor perpetuo de la ciudad de México.
13.- José Mariano de la Peza y Casas, delegado de las Reales Cajas.
14.- Antonio de Bassoco y Castañiza, conde de Bassoco.
15.- Diego de Lasaga; 
16.- José Flórez y Pereira, conde Casa de Florez, hijo del virrey Manuel Antonio Florez. 
17.- Juan Ignacio González Vértiz, regidor de la Ciudad de México. 
18.- Jerónimo López de Peralta Villarvillamil, esposo de la Güera Rodríguez. Miembro de la familia del marqués de Salvatierra.
19.- Manuel de Monroy Guerrero y Luyando, regidor del Ayuntamiento de la ciudad de México. 
20.- Ignacio Beye de Cisneros, canónigo de la Colegiata de Guadalupe. 
21.- Juan Bautista de Fagoaga, familiar del marqués del Apartado
22.- Manuel Fernández de Veytia; 
23.- Esteban González de Cossío, capitán de Granaderos.
24.- Juan Francisco de Castañiza y González, marqués de Castañiza.
25.- José María Fagoaga, marqués del Apartado.
26.- Tomás Gutiérrez de Terán, guardia de Corps de la Compañía Americana. 
27.- el marqués de Torre y Campo; 
28.- Alejandro Manuel Cosío Acevedo Estrada y Alvarado, marqués de Uluapa 
29.- José María Romero de Terreros, conde de Regla; y 
30.- Joaquín Gutiérrez de los Ríos. Coronel, Alcalde Mayor de Celaya.

   Por lo demás, lo cierto es que si bien todos los que allí figuran "eran" ~con sus más y sus menos, naturalmente~ nobles novohispanos, no están en la lista, ni mucho menos, "todos los que eran"; los apellidos y títulos faltantes son obvios a una primera ojeada aunque luego, en una revisión más detallada, se advierte que las ausencias no son tan graves, pues quedan resueltas por relaciones de amistad, lazos de intereses comunes y ligas de parentesco.

   Ese año de 1790, Jerónimo López de Peralta VillarVillamil había sido elegido alcalde ordinario, mientras que el marqués de Uluapa -Alejandro Manuel de Acevedo y Cossío- lo había sido el año anterior. Asimismo, por entonces se consideraba elegibles para tal cargo a Juan Manuel Velázquez de la Cadena, José Juan de Fagoaga, Joaquín Gutiérrez de los Ríos y el conde de San Pedro del Álamo. Regidores eran los ya citados Aguirre y Avendaño e Iglesias Pablo -que además era procurador general de la ciudad~, a más de Ignacio Beye de Cisneros, entre otros. (1)

  Por corta que parezca esta entrada, creo hay mucho que pensar, mucho que leer, para eso doy una buena cantidad de enlaces... lo cual llevará su tiempo leer, claro es, y luego asimilar... esto ... Contunuará.

Fuente:

1.- Flores Hernández, Benjamín. La Real Maestranza de Caballería de México: una institución frustrada (1790). Caleidoscopio. No. 15. Enero-Junio 2004. UAA. Aguascalientes. pp. 29-53

viernes, 30 de agosto de 2019

La nobleza y sus linajes: el caso Torres Cossío en la Nueva España

   Tal vez has notado, al andar por el muy ajetreado Centro Histórico de la CDMX que casi en la esquina nor-poniente de 20 de Noviembre con Uruguay está un viejo edificio que tiene una torre con decorado de mosaico de talavera, esa fue la casa del Conde de Torres Cossío, don Juan Manuel González de Cossío Herrán, (1728-1787), personaje asociado a una famosa leyenda, la de Don Juan Manuel.

   Pues es a ese personaje que se refiere el documento que hoy comparto, esta vez no lo transcribo debido a que es bien legible pues su caligrafía es perfecta. En el documento veremos algunos interesantes detalles, como el de quien tuvo 34 hijos, sí, 34; o la limitante que había para el uso del color dorado en escudos nobiliarios. Además de toda la relación que da sobre el apellido De la Torre. 

   Y ni qué decir del árbol genealógico que lo acompaña, el cual era requisito incluir en el expediente para sustentar la nobleza de la persona y su familia.








Fuente:

AHCDMX. Nobiliario, 1806, ff. 129-133

martes, 28 de mayo de 2019

El Colegio de Nobles de Madrid, un novohispano en España del siglo XVIII

  Como ya lo había comentado, siguiendo en el tema de los Condes de Regla, sus dos hijos varones fueron enviados a Europa, uno a estudiar y el otro en busca de consagrarse en las armas en el propio navío que su padre había donado a la Corona española, el Santa María de Regla, al final se fue a París y allá estudió medicina, nunca más volvió a México, su nombre era José María Antonín. El otro, Pedro Ramón, asistió a la escuela a Madrid, al llamado Colegio de Nobles, sitio de alta exclusividad social a donde solo concurrían los descendientes de alguna casa titulada, es decir hijos de Condes y Marqueses, para ser instruidos en todo el conocimiento necesario para mantener el estatus que sus padres ya tenían. Me parecen de los más interesante el caso de estos dos herederos de don Pedro Romero de Terreros, primer Conde de Regla.

 El Real Seminario de Nobles de Madrid fue mandado erigir por Felipe V para la educación de jóvenes nobles, poniéndolo bajo la tutela de los jesuitas. Se instalaron en un principio en un edificio próximo a los Reales Estudios del Colegio Imperial, para que en ellos estudiasen los seminaristas, constituyendo un cuerpo único bajo un solo rector. Se dota por acuerdo de la Cámara de Castilla, de 26 de septiembre de 1725 con rentas del tabaco. El término Seminario para designar esta institución expresa claramente su condición de centro educativo para la formación integral, no solo académica, de los alumnos. Tras la expulsión de los jesuitas en tiempos de Carlos III, se encarga la dirección del Seminario al marino y matemático Jorge Juan, que instala en él un Observatorio astronómico. En 1785 un nuevo plan de estudios le da una clara orientación castrense, convirtiendo el Seminario en una academia militar, aunque mantiene su carácter selectivo exigiendo rigurosas pruebas genealógicas para el ingreso. Al cerrar la escuela de Ocaña en 1786, los cadetes pasarán al Seminario, y también los alumnos de la Escuela de Pajes, fusionándose ambas instituciones con el internado. De 1790 a 1800, la situación económica del Seminario va siendo cada vez más crítica por la devaluación de los vales reales, con los que hacía frente a sus obligaciones financieras, y por el retraso y la irregularidad de la llegada de las rentas de Indias, la otra fuente de financiación. En 1807, ante la invasión napoleónica se cierra a la enseñanza y el edificio es ocupado por soldados españoles para organizar la defensa. En 1809, un decreto de José Bonaparte convierte el edificio en Hospital Militar. En 1835, el Seminario de Nobles cambiará su denominación por la de Seminario Cristino, y el año siguiente, en 1836, con la supresión de los privilegios de la nobleza, queda definitivamente clausurado, siendo su edificio destinado a alojar la recién traslada Universidad de Alcalá. (Texto tomado del Archivo Histórico Nacional de Madrid.)

Un artículo muy interesante sobre el Colegio de Nobles lo puedes ver aquí.

viernes, 24 de mayo de 2019

Los Romero de Terreros, descendientes del hombre más rico de Nueva España

   Quienes me siguen por aquí, por blog diariamente, que son a lo sumo dos docenas de personas, a veces menos, saben que de un tiempo para acá no publico con la consistencia que antes lo hacía, esto, como lo comenté el día del X Aniversario, es debido a que tengo exactamente el mismo padecimiento, síndrome y carencia que todos en este siglo XXI tenemos; mejor dicho, no tenemos: tiempo. Esta falta de tiempo es relativa pues el tiempo que antes dedicaba al blog, ahora se lo dedico a transcribir documentos a leer y leer relaciones y más relaciones, a escribir y corregir y volver a corregir el texto que desde hace un tiempo se me metió en la cabeza y que decidí desarrollar cabalmente (en medida de mis alcances), se trata de la vida de Diego Rul, el que fuera primer conde de Casa-Rul. La razón es muy clara: él vivió diez años en Salamanca, Gto., y esto es poco sabido.

  Lo que sí se sabe es la relación que tuvo con la familia del Conde de la Valenciana, pues casó con una de sus hijas. Y tuvo también relación con el Conde de Regla, el segundo que llevó el título y es por eso que debí entender lo mejor posible como fue esa relación, más que social, comercial entre ambos condes y para ello fue necesario consultar archivos. Es por eso que aquí veras unas pocas imágenes de documentos que hablan del Conde de Regla y, al ir adentrándome más y más en la historia de esa familia, me dio la oportunidad de entender un poco más de lo que era la vida cotidiana en el México virreinal de la última década del siglo XVIII.

   Esta vez comparto un texto magistral del maestro, claro es, John Tutino, el cual no da un resumen claro y preciso de lo que fue esta familia Romero de Terreros que nos ayuda a complementar todo lo que sobre el tema he comentado #minas, #nobleza, #haciendas, #personajes, #pulque. La imagen que vemos ahora es la multicitada (en nuestros días) Santa Lucía, una de las tantas haciendas del Conde de Regla.

  El conde de Regla [...] Don Pedro Romero de Terreros abandonó Extremadura para unirse a su tío en el comercio en Querétaro. La muerte del tío permitió a don Pedro adquirir la tienda, comprar un obraje, abrir una segunda tienda en Real del Monte y empezar a financiar las minas del lugar. Invirtió casi dos millones y medio de pesos de 1741 a 1762, cuando se hizo su bonanza, la cual ayudó a sacar la economía de la plata de su depresión de mediados del siglo XVIII. De 741 hasta su muerte, en 1781, pagó 2'553,109 pesos en impuestos y honorarios a la corona, lo cual sugiere que la extracción de plata fue de aproximadamente 20 millones. A su muerte, dejó propiedades mineras y agrícolas valuadas entre 4 y 5 millones.

 Por sus contribuciones a la Real Hacienda, don Pedro obtuvo el título de Conde de Regla. Para sostener a la familia que llevaría su nombre, invirtió prácticamente toda su riqueza en las propiedades de tierras. Empezó la operación de haciendas para apoyar la minería: a partir del decenio de 1760 financió las propiedades de los jesuitas cercanas a Real del Monte y facilitó el suministro de alimentos, ganado y provisiones a sus propias minas. En el decenio de 1770 compró varias haciendas cercanas y convirtió algunas de ellas en beneficiadoras de plata, mientras que otras las dedicó al cultivo y pastoreo para sostener la minería. En el decenio de 1780 ya era el principal terrateniente de la Nueva España. Cuando el régimen expulsó a los jesuitas en 1767, expropió las haciendas que habían sostenido sus colegios, seminarios y misiones; el conde de Regla tenía la influencia y la riqueza necesaria para obtener las propiedades más valiosas de la Compañía. Existe un debate sobre la cantidad que pagó, pero no así sobre el valor de las propiedades adquiridas.

  Cuando falleció en 1781, el conde de Regla dejó tres títulos y seis legados a seis hijos: el mayor, don Pedro Ramón, se convirtió en el segundo conde, con un legado por un valor de 1'550,000 pesos que incluía propiedades urbanas en la capital, minas y refinerías en Real del Monte, así como haciendas valuadas en 660,000, principalmente en la gran propiedad de Santa Lucía, que dominaba la economía del norte del valle de México y el cercano Mezquital, entre la capital y sus minas. El segundo hijo, don José María, recibió el título de Marqués de San Cristóbal; su legado incluía unas haciendas que valían casi 450,000, algunas en las cercanías de Real del Monte, otras, en San Juan del Río, en el Bajío, más unas lejanas tierras de pastoreo. La primera hija, doña María Micaela, recibió el título de Marquesa de San Francisco, y su legado fue aproximadamente 600,000 incluidos 440 000 en tierras de Acámbaro, en el Bajío. Las tres hijas menores no heredaron títulos pero recibieron legados valuados en más de 600,000 la mitad en haciendas y la otra mitad en propiedades urbanas que incluían las pulquerías; sus tierras se extendían también desde la región pulquera del noreste de la ciudad de México, a través del Mezquital, cerca de las minas de la familia, hasta el Bajío y el norte. El patrimonio de la familia era superior a 4 400 000, con haciendas valuadas en 2’534,747 pesos.

  Aparentemente, la herencia había fragmentado las empresas familiares, pero no fue así. Doña María Micaela, marquesa de San Francisco, nunca contrajo matrimonio y encontró su independencia en una vida basada en el Bajío, cerca de sus haciendas y lejos del poder de su hermano, pero sus hermanas menores no lograron escapar de él: el segundo conde obligó a doña María Dolores (que ya había rechazado una boda y se presentó renuentemente a la siguiente) a contraer matrimonio con don Vicente Herrera, juez de la Audiencia, quien obtuvo riqueza y una familia poderosa: el segundo conde de Regla tenía acceso a las alturas del régimen. Cuando un ascenso provocó que Herrera se uniera al consejo de indias en España, doña María Dolores tuvo que partir con él, dejando sus haciendas en manos de su hermano. Las hermanas más jóvenes nunca se casaron: el segundo conde administró sus propiedades mientras vivieron y las heredó cuando murieron, ambas antes de 1800.

  En cuanto a don José María, marqués de San Cristóbal obtuvo el título pero la herencia menos cuantiosa. Su veta rebelde marcó su vida: joven aún, intentó hacer carrera naval en un barco de guerra que su padre había construido para la armada española; de retorno en la ciudad de México adquirió mala fama por sus escapadas sexuales, y, cuando un matrimonio propuesto fue evitado por las dos familias, don José María huyó a España. Nunca contrajo matrimonio, pero dejó al menos dos hijos en la Nueva España; más tarde, obtuvo fama como José Terreros, médico del París Napoleónico que falleció en 1815 debido a sus experimentos con drogas que consumía voluntariamente; todo ello, mientras su hermano, el conde administraba sus haciendas y le pagaba un estipendio.

  Lo único que escapó al dominio del segundo conde de regla fueron las haciendas de su hermana la marquesa en el Bajío, pero, como su padre, gobernó estrictamente los asuntos familiares. Un acertado matrimonio, concertado por su padre, se sumó al poder de la familia: en 1780, el segundo conde de regla contrajo matrimonio con doña María Josefa Rodríguez de la Cotera, nieta y heredera del título y la riqueza terrateniente del conde de San Bartolomé de Xala, precursor del negocio del pulque. El matrimonio significó la fusión de los dos mayores productores de pulque y propietarios de pulquerías en la ciudad de México. El segundo conde de Regla extendió su riqueza terrateniente mucho más allá de lo que había dejado su padre, y éste había dejado las propiedades más valiosas nunca reunidas en la Nueva España.

Fuente:

Tutino, John. Creando un nuevo mundo. FCE. México, 2016, pp. 376-379

jueves, 23 de mayo de 2019

De bodas y parentescos en la nobleza Novohispana

  El trabajo que vengo desarrollando desde hace varios meses me ha llevado por ciertas informaciones que me han dado mayor conocimiento de lo que eran la reglas, los usos y las costumbres de la época; en este caso durante el virreinato y entre la clase más privilegiada, la que tenía concentrada la riqueza; riqueza que se agrupaba, principalmente, en la minería, la posesión de tierras y el comercio. La élite del grupo logró ascender al escalafón más alto y a obtener títulos nobiliarios. Los matrimonios eran, en ocasiones, concertados o forzosos. Existía la endogamia a fin de conservar en una misma familia la riqueza. Y había varios privilegios que recibían estos matrimonios de alcurnia los cuales analizaremos en base al registro del matrimonio del Segundo Conde de Regla con la Tercera Condesa de San Bartolomé Xala.

   En la Ciudad de México a treinta de Abril de mis setecientos ochenta y cinco años. Nos el Dor. Dn. Alonso Núñez de Haro y Peralta por la Gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de esta Iglesia Metropolitana de México del Consejo de S.M. estando en la calle de Capuchinas, casa de la morada del Sor. Don Antonio Rodríguez de Pedroso y Soria, Caballero del Orden de Santiago, Conde de San Bartolomé de Xala, presbítero nuestro domiciliario, como a las siete de la noche en el Oratorio de dicha casa, habiéndoles dispensado las tres públicas moniciones que previene el Santo Concilio de Trento, y hecha la última acostumbrada prescrita por el Ritual Romano de la que no resultando Canónico impedimento asistimos a el matrimonio que celebraron por palabras de presente que la hicieron verdadero, y legítimo el señor don Pedro Romero de Terreros Trebuesto y Dávalos, conde de Regla, soltero, natural del Real y Minas de Pachuca, y vecino de esta ciudad en feligresía del Sagrario de dicha Santa Iglesia, hijo legítimo del Señor Don Pedro Romero de Terreros, conde que fue de Regla, natural de la villa de Cortegana, en el reino de Extremadura y de la Señora Doña María Antonia Trebuesto y Dávalos, natural de Compostela del Reino de Guadalajara de esta Nueva España y la señora Doña María Josefa Rodríguez de Pedroso y Cotera, doncella, natural y vecina de esta capital en feligresía de la parroquia de San Miguel hija legítima del nominado señor Conde de San Bartolomé de Xala y de la señora Doña Gertrudis Ignacia de la Cotera, difunta, natural de esta referida ciudad; siendo testigos a verlos y oírlos contraer matrimonio los señores don Vicente de Herrera, Regente de esta Real Audiencia, don Francisco Caraza, inquisidor del Santo Tribunal, Doctor y maestro don José Serrato, canónigo magistral, don Servando de la Cortina, conde de la Cortina, y otras varias personas que se hallaron presentes; y al siguiente día primero de mayo, en virtud de licencia y facultad por nos conferida les dio las bendiciones nupciales de nuestra santa madre Iglesia en el citado oratorio del supradicho Sor. Don Antonio Rodríguez de Pedroso y Soria, siendo sus padrinos el Dor. Don Mariano Yturria a nombre del Señor Don Fernando Joseph Mangino del Consejo de Su Majestad y superintendente de la Real Casa de Moneda y la Señora Doña María Dolores de Romero de Terreros y Dávalos y para que todo tiempo conste lo firmamos.

Alonso Arzobispo de México. (1)

Parroquia de San Miguel Arcángel, Libro de Matrimonios de Españoles No. 9. 1780-1790, f. 79v.-80

  El oratorio que se menciona en el documento es el de la Casa del Conde de Xala, actual Samborns, estaba justo al lado derecho de la escalera, lo que vemos en la imagen al fondo a la derecha. Se dice que en este enlace matrimonial se gastaron cincuenta mil pesos, no recuerdo en dónde fue que vi este dato. La suma para la época era descomunal, quizá se refería, más bien a 5,000 pesos que igual sigue siendo enorme pero no tanto. Al reconocer a los personajes mencionados en el documento vemos al Conde de San Bartolomé Xala, al Conde de Regla, al Marqués de Herrera, al Conde de la Cortina, a la hija de del Conde de Miravalle, al Marqués de Rivascacho. Seguramente hubo una buena cantidad de invitados, varios de ellos condes y marqueses, más todos los principales de la administración virreinal, de los Consulados, de los Tribunales.

  Vemos la dispensa, que consistía en hacer a un lado las amonestaciones, la presentación de testigos, el averiguar en libros de bautismos la "pureza" de sangre, esto agilizaba el tiempo de espera para hacer la unión matrimonial. Vemos que el matrimonio, como el de todos los de la nobleza, se realizó en la casa familiar, regularmente era en la casa de la novia y consistía en dos ceremonias, una, la que en este caso se realizó el sábado 30 de abril, a las siete de la tarde, fue la llamada Boda, que era el equivalente a lo que en la actualidad entendemos como la "civil", al otro día, en el mismo oratorio se celebró la "Velación", equivalente al matrimonio religioso de la actualidad. ¿Hubo cena la noche del 30 y comida o almuerzo (considerando que las misas eran temprano), además de la Tornaboda? eso no lo sabemos.

  Lo que sorprende aun más es un detalle que bien puede pasar desapercibido, el nombre del presbítero que realiza la velación y la boda, que era, ni más ni menos que el papá de la novia. 

  En efecto, don Antonio Julián Rodríguez de Pedroso Soria, Conde de San Bartolomé Xala había enviudado en 1784, al poco se ordenó como sacerdote el 3 de mayo del mismo año de 1784, y es él quien oficia la misa del casamiento. Sobre él se anota que era "bachiller en filosofía, conducta regular y de buen genio, y digno de sus circunstancias de una canongía o dignidad" (2). 

  En cuanto al Oratorio, sabemos que “Dicha casa fue edificada por el arquitecto Lorenzo Rodriguez entre 1763 y 1764. Hacia el año de 1784 se realizó un inventario de la casa, ya que tras haber enviudado, el conde de Xala se ordenó como presbítero el 3 de mayo de dicho año. En la descripción de la casa se apunta que la capilla tenía su puerta hacia el corredor principal con una reja de hierro, y un colateral ensamblado y dorado con 14 lienzos de santos. Un nicho central albergaba una imagen mariana bajo la advocación de la Virgen de los Dolores, que lucía un vestido de raso liso rosado y un manto de lustrina, además de portar un resplandor y daga de plata sobredorada. De igual forma, había un nicho y una mesa con una imagen de Santa Gertrudis de manufactura guatemalteca, la cual estaba ataviada con un vestido de mué, aureola y báculo de plata. También tenía otras esculturas devocionales dedicadas a San José y a San Juan Nepomuceno. La licencia para esta capilla fue emitida por el papa Clemente YIX, en breve fechado el 28 de noviembre de 1765” (3).


Fuentes:

1.- Parroquia de San Miguel Arcángel, Libro de Matrimonios de Españoles No. 9. 1780-1790, f. 79v.-80

2.- Menegus, Margarita. Descripción del Arzobispado de México en 1793. UNAM. 2005, p.93

3.- Sánchez Reyes, Gabriela. Oratorios domésticos: Piedad y oración privada. Historia de la vida cotidiana en México. Tomo III. Conaculta, México, 2010, pp.536-537