lunes, 23 de febrero de 2015

Sorprendámonos con lo que encontré en Otuma, Estado de México.

    Ha sido ya mucha, demasiada zona urbana para quien disfruta el máximo la soledad y la vida reposada que solo en la provincia se puede encontrar, quizá quepa aquí aquella añeja frase de que "después de México todo es Cuautitlán", desde el concepto que estando en la ciudad de México la vida es netamente urbana, solo que, cuando se acuñó es frase, debió haber sido por mediados del siglo XIX, quizá antes, cuando la zona urbana terminaba por el rumbo de la Alameda, en la parte occidente; el acueducto de Chapultepec, al sur; Tlatelolco, al norte y La Merced al oriente. Pues ahora esos límites urbanos están desparramados de tal manera que el que fuera un anillo periférico en la década de los cuarenta del siglo XX, está ahora dentro de la zona urbana, y al Circuito Mexiquense le falta poco para desbordar más allá de sus límites ese monstruo de las mil de miles cabezas que se llama Zona Metropolitana del Valle de México.

    Con ese remolino de ideas y algunas otras, duermo palaciegamente en el sentido de dormir profundamente y de corrido (cosa que ya no me es tan fácil), quizá sea por el cansancio físico de caminar, caminar y caminar, quizá sea por el cansancio mental de haber atisbado desde primera fila la mancha urbana y todo lo que conlleva el conteo de 20 millones de personas viviendo en un mismo espacio, pero el caso es que despierto sin prisa alguna, me acicalo y enfilo vía el Metro de mi alojamiento en la Tabacalera rumbo a la Central de Autobuses del Norte, es domingo, no hay aglomeramientos, sin embargo veo a unos reporteros, extranjeros, palideciendo y corriendo por la estación Hidalgo para captar las escenas de aglomeramiento, insisto, es domingo, no hay aglomeramientos, si vieran lo que es Pantitlán un día entre semana, a las 7 de la mañana... Llego a la Central y voy directo a la taquilla de los Teotihuacanos, decidí ir a Otumba para el "desempance" urbano.

    La Central del Norte me la conozco bien, es la que más he usado, sé que al fondo, hacia la derecha, es donde están las taquillas de los autobuses que van a todos los pueblos del norte del Estado de México y del de Hidalgo. Sugiero que pongan un gran letrero en la entrada principal que diga que para allá (izquierda) está la salida de los autobuses a Teotihuacán, son montones de turistas, la mayoría extranjeros, los que usan el servicio y mientras dan con la taquilla ya perdieron, al menos, media hora, tiempo valiosísimo cuando se anda de vacaciones. Algo que he aprendido al andar por los pueblos de México es que, manteniendo aquello de que "según el sapo es la pedrada", el costo del transporte en el Estado de México es bastante accesible, Voy a Otumba, una hora y media de camino, pago 47 pesos (precio febrero 2014). La primera sorpresa: el florero que hay junto al conductor, flor natural... que maravilla.

    La primera parada es en Teotihuacán, en la zona arqueológica, más de la mitad del pasaje se baja allí, el autobús continúa por una cantidad de pueblos que se me antoja caminar, pero no lo tengo "en agenda", así que sigo para Otumba, lugar histórico donde se libró una cruenta batalla librada contra los españoles en 1520, se puede considerar como el preámbulo a la caída de la gran Tenochtitlán. Al ver estos llanos, me doy cuenta de lo mucho que se puede disfrutar, cuando te gusta la puebleada, pues uno a otro se van sucediendo emblemáticos pueblos que, tan solo de oír su nombre, nos indican de un profundo pasado: San Martín de las Pirámides, San Juan Teotihuacán, San Francisco Mazapa, Cuautlacingo, Santiago Toman, Axapusco... Llego a Otumba, busco donde almorzar, veo un portal, de encantador ambiente, me siento... ordeno... como.

   Esto es lo que busco: la paz, la tranquilidad, la armonía de la santa provincia, la encuentro en Otumba. Tengo la referencia de que allí hubo un convento, que el padre Tembeleque vivió allí, sitio en donde iba a dar el Acueducto que lleva su nombre. En fin, todo dice que habrá mucho que ver en la zona, luego de almorzar, me doy cuenta de que allí, en donde estoy, es una antigua casona, y que actualmente funge como Casa de la Cultura. 

    Se trata de la que fuera casa de la familia Carrasco, de la que uno de sus miembros, Gonzalo Carrasco, fuera discípulo del paisajista José María Velasco. En el interior hay una exposición y, del otro lado en donde está el restaurante, se exhibe algo extraordinario, algo que a todos los que nos gusta andar en los pueblos nos transporta con facilidad en el tiempo, vemos allí una tienda, casi tal y como lo era al finalizar el siglo XIX, el mobiliario es de época, la mesa en donde se atendía es de una sola pieza, hay velas, como las de entonces, de cera café, que quiere decir que son de cera de abeja, colgando por docenas, hay una buena cantidad de botellas y el resto de la estantería tiene bolsas de estraza, para darnos la idea de cómo funcionaban esos negocios en sus tiempos de esplendor, cuando esas Lonjas Comerciales, como las llaman en el Estado de México, eran auténticos centro de reunión.

    A seis años de diaria publicación de El Bable, a varias décadas de andar por los caminos de México y sus cuatro rumbos, luego de visitar pueblos y más pueblos, no me acabo de llenar y me sigo dejando sorprender con las maravillas que cada uno de ellos guarda: te invito a conocer esta tienda, este que fue, seguramente un Emporio, somo se les llamaba a las negociaciones en donde había de todo, antes de que se implementara la palabra Ultramarinos.













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