miércoles, 23 de septiembre de 2015

Carta de Norteamérica: Una crítica a la presidencia de Miguel Alemán en pleno Año de Hidalgo

  Se dice que era un caballero, quizá sea porque la ropa de aquella época, que en los hombres se llamaba "vestido", refiriéndose a un traje, formal, tipo de negocios, propio de los años cincuenta, el sombrero y la corbata de moñito le daban la apariencia pero, comentan por ahí, que Adolfo Ruiz Cortines solía ponerse el sobrero en el pecho para así marcar una distancia entre el pueblo que se acercaba a saludarlo y evitar aproximaciones. Yo nací cuando el estaba como Presidente de la República, es decir, no recuerdo nada, cosa distinta a su sucesor, Adolfo López Mateos, del que recuerdo muy bien su imagen aquella vez que vino a Salamanca y pasó en su auto negro descapotado por la calle Obregón, y al cruzar la de Fortaleza, allí estaba yo, saludando al Presidente de la República. Sanos recuerdos que, ahora que leo un Life, esa revista catalogada actualmente como "vintage" veo una severa crítica que hace no Life en Español, sino su revista hermana Time, y no la hace en torno a Ruiz Cortines, al que ve con las posibilidades de cambiar el rumbo del país, sino a su antecesor Miguel Alemán. Recordemos que eran los tiempos de El Año de Hidalgo.

“Time” analiza la revolución moral iniciada por el presidente Ruiz Cortines.

  Estimado lector: De ordinario, en esta carta tratamos de cosas de los EEUU. Pero esta vez quisiéramos referirnos a México que, siendo de los buenos vecinos del sur el más próximo, viene a constituir un puente entre la cultura de la américa anglosajona y la de américa latina. Es por tanto propio dedicar a México la presente Carta de Norteamérica. Tal vez interese al lector conocer lo que nuestra publicación hermana Time, dijo recientemente 14 de septiembre) sobre México y su nuevo presidente Adolfo Ruiz Cortines, he aquí algunos extractos tomados del Time:

  México la secular y pintoresca tierra del águila y la serpiente, de los campesinos descalzos que duermen en las plazas y los políticos bien calzados que mordisquean el tesoro público, está atravesando por una nueva revolución. Después de los generales armados hasta los dientes y de los alegres estadistas aficionados al dinero mal habido, la república tiene un nuevo presidente que ha echado sobre sus hombros nada menos que la tarea de librar a México del peculado. Este presidente revolucionario es un hombre delgado, gris y austero, llamado Adolfo Ruíz Cortines, que tomó posesión de su cargo el pasado diciembre a los 61 años.

  En épocas pasadas, el peculado y la corrupción en las esferas altas y bajas se explicaban en México como algo inherente al propio sistema de gobierno. Los pequeños burócratas, los policías y los inspectores, que ganaban sueldos demasiado bajos para mantener a sus familias, dependían de la “mordida” y la consideraban legítima y necesaria. En las altas esferas los puestos públicos equivalían a oportunidades privadas y durante el reciente periodo de seis años, cumplido por el apuesto y juvenil presidente Miguel Alemán el frívolo cinismo de los aprovechados alcanzó su punto más alto… o quizá debiéramos decir más bajo.

  El general Francisco Aguilar hizo públicamente la acusación de que el presidente Alemán y sus amigos extrajeron del tesoro nacional ochocientos millones de dólares y que de esta cantidad sacaron del país, para depositarlos en bancos de los EEUU, Canadá, Suiza y Cuba, unos 450 millones. Esto era más de lo que los mexicanos podían tolerar y cuando llegó el momento, el partido institucional revolucionario –el único verdadero partido político de México- interpretó el sentir popular y propuso para el cargo a su más conspicuamente honrado hombre público. Don Adolfo es la antítesis de su espectacular predecesor. Detesta la publicidad sobre su persona y su pasatiempo favorito es jugar al dominó o dar largos paseos a pie. Un tipo de héroe totalmente nuevo en México, parece satisfacer los anhelos populares con la limpieza iniciada. 

   De la revolución mexicana nació una vigorosa clase media donde antes existía solo un vacío. La tranquilidad interna, unida a los efectos de la guerra mundial y a la era de crecimiento que marcó el periodo de Alemán dio ímpetu al proceso. El país ha cambiado y ha madurado, hecho este que explica en parte la prominencia de líderes como Ruíz Cortines.

  Hasta en los grises campos de México, cultivados durante más de mil años con palos puntiagudos, las huellas del cambio son visibles. Al sur del río Grande, cerca de Matamoros hay hoy cultivo de algodón donde hace 15 años solo crecía el mezquite. En la progresista Baja California, el más nuevo estado mexicano, los agricultores han sembrado ñas más grandes extensiones de trigo de la república, en campos ganados al desierto, y han plantado junto a pozos artesianos recién perforados cientos de miles de árboles frutales. En los valles rodeados de volcanes de Puebla, con agua traída desde 11 kms de distancia por conductos que atraviesan las montañas, se han obtenido cosechas récord de maíz y frijol como no se habían visto antes. Carreteras nuevas, ferrocarriles reconstruidos y oleoductos, cruzan y entrecruzan la campiña mexicana. Algunas de las dormidas villas de ayer se han convertido en activas ciudades típicas del siglo XX. La colonial Salamanca, donde están las nuevas refinerías de petróleo del gobierno, recuerda de noche a las grandes ciudades petroleras de Texas, con sus anaranjadas vetas de fuego brotando de las tuberías y chimeneas.

   La ciudad de México, que con más de tres millones de habitantes es ya la tercera de la américa del norte, se cubre de nuevos edificios y rascacielos –uno de ellos de 43 pisos- que señorean sobre las antiguas torres de las iglesias coloniales. A lo largo de sus principales avistas se desbordan ríos de automóviles en su mayoría montados en México. De miles de fábricas situadas en las afueras de la ciudad salen muebles de oficinas, cosméticos, artículos de tocador, camiones y autobuses, cortisona y refrigeradores. A lo largo de la ancha avenida de los Insurgentes, los mexicanos pueden comprar lo mismo un automóvil inglés Jaguar que un yate o un vestido diseñado en París.

  La gente que compra y vende en este nuevo México se parece tanto a la anticuada caricatura norteamericana del hombre descalzo montado en un burro, como Ruíz Cortines a Pancho Villa. Son gente que han abandonado sus viejas chozas de barro para entrar a formar parte de la corriente que impulsa la vida nacional. Entre ellos hay profesionales con títulos de universidades modernas. Comen pan en vez de tortillas (por lo tanto crean una demanda de trigo que amenaza destruir el inmemorial mono cultivo del maíz) y sus niños reciben una esmerada educación

 Preocupados con sus profesiones, como la gente de la clase media en todo el mundo, estos mexicanos no son revolucionarios en el antiguo sentido de la palabra. Su nievo papel en sociedad los convierte en una especie de baluarte contra la perenne serie de rebeliones que convulsionaron a México durante gran parte de su historia, son, sin embargo, la consecuencia de la gran transformación social que costó la vida a un millón y medio de mexicanos hace solo una generación. Antes de la revolución mexicana el país tenía una especie de doble personalidad, oprimida y enfurecida por el eterno recuerdo de haber poseído una gran cultura indígena y haberla visto destruida por el invasor blanco.

  Los hijos de la revolución parecen haber aprendido a pare ciar por igual la herencia india y la española. Han aceptado su pasado y han cesado de lamentarse de él… Porfirio Díaz, el dictador que impulso con mano de hierro la estabilidad del país el siglo pasado, dijo una vez amargamente: “pobre México, tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Sin embargo ha sido México, en parte está sujeto tan de cerca a la influencia de los EEUU el país que ha abierto la ruta de la madurez y la independencia nacional en américa latina. Orgulloso de sus orígenes mestizos, sin necesidad de alardear o disculparse por ellos el país está experimentando visiblemente los resultados creativos de encontrarse a sí mismo. Adolfo Ruiz Cortines, con el respaldo de la clase media, ha cambiado ya las normas de la moral pública. Mientras ideas realmente revolucionarias sobre la honestidad y la verdad se generalizan en el gobierno, el nuevo presidente y el nuevo México pueden mirar hacia el futuro con la esperanza de alcanzar una vida democrática perfecta." (1)

  Así lo externó la revista norteamericana, Ruiz Cortines concluiría su sexenio con un gran logro: haber notado que el crecimiento poblacional de México, de no controlarse causaría infinidad de problemas, promovió la creación de nuevos centros de población, especialmente en la costa. Seguiría López Mateos con una política agraria que impulsó el uso de fertilizantes que a la larga perjudicarían el medio ambiente. Siguió luego Díaz Ordaz, de mala memoria por lo acontecido en Tlatelolco, luego Luis Echeverría con su populismo y, ya en los setentas llegaba José López Portillo para "administrar la abundancia", se dice que con él termina el presidencialismo en México.

Fuente:

1.- Life en Español. Vol. 2, No. 8. 12 de octubre de 1953, p.19

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