miércoles, 16 de noviembre de 2016

Crónica de la visita de Carlota al puerto de Veracruz, 1865. (1ª. Parte)

   Seguimos en el tema del Segundo Imperio y sus dos principales personajes, Carlota y Maximiliano, en esta ocasión con el relato que más bien es una puntual crónica del viaje que hace la Emperatriz al puerto de Veracruz. Veremos en el más puro estilo romántico, de moda en ese momento, como se van describiendo cada uno de los pasos que Carlota da desde que sale del Castillo de Chapultepec. Fue escrito justo en el momento de los acontecimientos, así que, cual crónica que es, nos pone en el momento. Consideremos que en la época la fotografía no estaba del todo difundida y la manera en que se hace esta narrativa son, prácticamente, fotografías del momento. Leamos esta primera parte:

  "En la vida de los pueblos hay días como en la vida de los hombres, unos de horrible memoria, otros de dulcísimos recuerdos. No en balde el pueblo romano ese pueblo rey llamó á los unos negros y á los otros blancos; con los colores quiso significar la misma idea que nosotros enunciamos al principio. La ciudad de Veracruz entre sus días fastos puede con orgullo contar los que transcurrieron del 14 al 20 de este mes, y su memoria pasará intacta de padres á hijos. La permanencia de S. M. la Emperatriz en la ciudad los hará imperecederos. Nosotros vamos á emprender la tarea de referir lo que en dichos días ha pasado, pretendemos dar á conocer á los habitantes del Departamento y del Imperio dos verdades, la una, el amor que por todas partes rodea á Nuestros Soberanos, la conciencia que el pueblo tiene de haber encontrado en ellos su salvación: la otra, la manera con que Esos Soberanos cumplen y llenan su noble y digna misión, y como le devuelven beneficios en cambio de su cariño.

  Desde el 29 de Mayo del año próximo pasado en que el Emperador y Su Augusta Esposa pisaron las playas de Méjico y atravesaron solo rápidamente nuestra ciudad, los habitantes habían esperado con ansia el momento en que verían realizada la promesa que varias veces se les hizo de poder ser honrados con tan generosos huéspedes durante algunos días. Confesamos que hubo momentos en que no pocos desesperaron de esa promesa, mientras que otros guardaron intacta la fe de su alma, y por fin todos han visto convertida en realidad esa halagüeña esperanza que unos miraban como quimera y otros amamantaban como certidumbre. Las dudas todas se disiparon cuando nuestra ciudad comenzó á engalanarse para la recepción de S. M., y por fin llegó el apetecido día en que el pueblo iba á volver á ver á la Soberana que había pasado ante sus ojos como una exhalación. Los periódicos marcaban el itinerario de S. M. y de su séquito, merced á los continuos partes telegráficos que recibía la primera autoridad del Departamento, y el día 13 pertenecía al dominio público la noticia de que la Emperatriz Carlota salía de Córdoba el 14 á las 6 de la mañana; que al medio día estaría en la estación del camino de fierro de Paso del Macho y que en la tarde llegaría á Veracruz. 

  "Desde ese momento todo fue gusto y animación, por todas partes se oían los golpes del martillo, las voces de los trabajadores, y se palpaban los esfuerzos de todas las clases, de todas las categorías, que se ocupaban de diversa manera pero con un mismo fin, la recepción de la Emperatriz. Amaneció por fin el día 14, y á las seis de la mañana en el desembarcadero del ferro-carril, estaba listo el tren que debía conducir á Paso del Macho á la comisión que iba al encuentro de S. M. Ese tren lo formaban vagones de lujo entre los que se contaba el imperial. Poco después de las siete de la mañana se embarcaron en dicho tren el E. S. Ministro D. Fernando Ramírez, el Sr. Prefecto Superior Político, acompañado de varias autoridades, empleados y particulares, una comisión de artesanos presidida por D. Marino Rivera y la música de la ciudad. La más pura alegría reinaba en todas las fisonomías, no solo de las personas que iban á salir de la ciudad sino del numeroso concurso que rodeaba el tren, que al fin partió en busca de la noble huésped con tanta ansia esperada.

  Las oficinas todas del ferro-carril comenzaban á esas horas á cubrirse de pabellones nacionales y extranjeros y de otros varios adornos, formados con ramas y banderolas que al flotar dejaban ver distintamente estas iniciales: M. C. Muy agradable era la vista que presentaba la estación de la Soledad, adornada con mucha sencillez pero con gusto. Allí también se multiplicaron las banderas y banderolas con las mismas iniciales que dejamos mencionadas, y en el medio de la galera ó portalón estaban colocados los retratos de Maximiliano y Carlota sobre los que se leían estas palabras: «Vivan SS. MM. II.» A la derecha de los retratos. «Viva la unión,» á la izquierda: «Viva la paz,» y abajo: «Villa de la Soledad.» Continuó la comitiva su camino hasta Paso del Macho adonde llegó pocos minutos antes de las 11. Allí no solo estaba adornada la estación del ferro-carril, sino todas las casas, y entre ellas la de D. Pedro Méndez que fue en donde se alojó por unos momentos la Emperatriz. Verdaderamente pintoresca era la vista que ese día presentaba Paso del Macho. Un piquete de argelinos, otro de egipcios y otro de dragones de Francia formaron la valla, y apenas habrían transcurrido veinte minutos de la llegada del tren, cuando se presentó la descubierta, que la formaban 100 dragones del regimiento de la Emperatriz. A pocos momentos se presentó otra escolta de argelinos á caballo y un piquete de gendarmes, luego una carretela en la que venía el Exmo. Sr. General Uraga, y por fin, la guardia palatina y el coche de S. M. Desde ese instante el entusiasmo llegó á su colmo, el pueblo se agolpaba, y aunque la gendarmería francesa les impedía el acceso, un oficial sin duda por orden de S. M., gritó: «Dejad que se acerque todo el mundo.» Un ¡viva! sonoro y prolongado hendió los aires y fue acompañado con un golpe de música luego que se abrió la portezuela del carruaje. S. M. descendió de él y el Sr. Prefecto Político le dirigió la palabra en los términos siguientes:

 SEÑORA:
  «La ciudad de Veracruz que dentro de breves horas tendrá la satisfacción de que V. M. I. la honre con su presencia, se halla aquí representada por las personas que os rodean, y por mi conducto se felicitan, dando á V. M. I. la más cumplida enhorabuena por su feliz arribo. Señora, todos los que me acompañan y que tienen la gloria de ver á V. M. I, os aman y os veneran: todos somos veracruzanos, y no tenemos otro lema, que adhesión y lealtad para nuestros Augustos Soberanos. Dignaos, pues Señora, aceptar nuestros homenajes mas respetuosos, en la confianza, que son nacidos de lo íntimo de nuestros corazones.» 

  S. M. se dignó contestar llena de afabilidad, pero no pudimos distinguir perfectamente sus palabras, porque estaban á su derredor todos los que habían ido á encontrarla, las autoridades y habitantes de Paso del Macho, y los Vítores no cesaban ni las armonías de la música, ni tampoco los marciales sones de los clarines y tambores. La Emperatriz saludaba por todas partes, y sin guardar fórmulas de etiqueta, se dirigió á la casa que se le había preparado. En la puerta de ella estaban las niñas de la amiga municipal, vestidas sencilla pero limpiamente para rendir el homenaje debido á la bella Soberana que se ha consagrado á socorrer el infortunio y la desgracia donde quiera que sabe que existe. Ya en el interior de la casa, habló unos cuantos minutos con el Exmo. Sr. Ramírez y luego se dignó aceptar el almuerzo que allí se le había dispuesto y en el que acompañaron á Nuestra Soberana el mencionado Sr. Ramírez, los ministros de España y Bélgica y los Señores General Uraga, Eloin, Prefecto Superior político, Negrete, etc.

  Mientras que terminaba, tuvimos ocasión de examinar el paradero del camino de fierro. Estaba perfectamente adornado, y en una portada que daba frente á la casa del Sr. Méndez que fue en la que se detuvo S. M. como ya hemos dicho, había formada con flores esta sencilla pero elocuente inscripción: «Seas bien venida.» Tuvo también su solemnidad conmovedora la presentación que se hizo á S. M. de la comisión de artesanos compuesta de D. Lucas S. Batalla, D. José Aldape y D. Víctor Frontalva. A la cabeza estaba un elegante pendón construido por el Sr. Tusset. Este pendón, en el que por un lado se veían las armas de la ciudad y por otro una inscripción que decía: «A S. M. I. el pueblo de Veracruz», remataba con una águila coronada. Ya dijimos que la comisión de artesanos la presidia D. Marino Rivera, que dirigió la palabra á Nuestra Soberana en estos términos:

SEÑORA:
«Las clases trabajadoras del pueblo de Veracruz que me han honrado con la comisión de presentar á V. M. I. sus homenajes de gratitud por los beneficios que de vuestras manos reciben las mismas clases en el Imperio, están esperando llenas de entusiasta júbilo vuestra llegada. Sois la madre de los mexicanos, patentes están vuestros desvelos y sacrificios por los hijos del Imperio, que lo son vuestros, y los veracruzanos que ante todo son francos y agradecidos, os bendicen, llamándoos la Providencia de los mexicanos. 

Los artesanos de Veracruz han construido espontáneamente para vos, Señora, una carroza y os suplican por mi conducto que la aceptéis para hacer vuestra entrada en la ciudad; aceptadla, noble Señora, y se verán satisfechos los deseos de vuestros más humildes súbditos los artesanos de la leal ciudad de Veracruz.

MEXICANOS: Viva la Augusta Emperatriz Carlota!!!» ¿No es verdad que tenía algo de grande y de sublime que un artesano honrado se encontrase junto á una testa coronada y le dirigiese la palabra con respeto pero también con fiereza, que reposaba en la tranquilidad de su conciencia, en la conciencia de su propia dignidad?

Allí no había ese encogimiento que parece se da á ciertas clases como una herencia, no, allí estaban reunidas la majestad del Soberano y la majestad del pueblo, no como rivales, no como enemigas, sino la una por la otra para el bien de todos. Concluido el almuerzo y pasados unos minutos más, los diversos piquetes de tropa que allí había reunidos formaron valla de la casa del Sr. Méndez al embarcadero del ferro-carril adonde se dirigió Nuestra Soberana á la una de la tarde en medio de las aclamaciones del más puro regocijo. Acompañaban á S. M. en el coche imperial la Sra. Pacheco y Srita. Varela damas de honor, y los Exmos. Sres. Ramírez, Uraga y Eloin, Exmos. Sres. Ministros de España y Bélgica, Prefecto Superior Político y Prefecto Marítimo. Partió el convoy que como maquinista llevaba el misino Sr. Cook superintendente de tracción, y la Emperatriz era saludada con vivas por donde pasaba.

Para leer la segunda de cuatro partes de la crónica, entra aquí.

Fuente:

S.M. la Emperatriz Carlota en Veracruz. Imprenta de J.M: Blanco. Noviembre de 1865. (La obra está disponible en la Biblioteca Digitalizada de la UANL.)

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