jueves, 10 de diciembre de 2015

Guadalupe, la creación del mito

   Uno de los grandes que estudió desde una óptica sin apasionamientos la llegada de los españoles en particular -y los europeos en general- a México es el francés Robert Ricard, él planteó una interesante teoría en su tesis de doctorado, que se volvió uno de los mejores libros que trata los primeros años de la conquista. Su teoría es que más que la conquista con las armas, el pueblo mexicano logró someterse al ser conquistada su alma y cambiada su religión (designada como pagana) e impuesta la Católica, de allí que su libro se llame “La conquista espiritual de México”.

   El hito de esta conquista fue, sin lugar a dudas, la creación de Guadalupe, que más que creación fue adaptación de una idea ya existente en la Extremadura en donde, a través también de un milagro hubo (también) una aparición no en un cerro, sino en una cueva y fue a un labrador. Esa madonna (la extremeña) era negra, de bulto, es decir, una talla en madera y por allá se le se le dio un nombre de fuerte acento árabe: Guadalupe. Ocurre que Cortés (el conquistador) era extremeño y era ferviente católico, no es de extrañarnos que eso que ocurrió veinte años luego de la caída de Tenochtitlán haya sido asociado (en nombre) con la Guadalupe de allá y la creación de la de acá en el cerro del Tepeyac y relatado en el Nican Mopohua.

   Pero no nos alejemos del autor, pues Ricard nos ofrece datos muy concretos en torno al culto de Guadalupe, haciendo a un lado si hubo aparición, sino analizando las formas que la iglesia tiene en su estructura para administrar la fe (por extraño que suene eso es lo que ocurre, pues la fe también se “administra”). Lo primero que analizamos es, en caso de que no estés muy empapado en el tema, (y más en la terminología que se usa), lo que es el clero secular (entra aquí); luego habrá que ver a los personajes que participan: fray Juan de Zumárraga (franciscano), el primer obispo de México, fray Alonso de Montúfar (dominico), el segundo, el ahora santo, Juan Diego Cuahutlatoatzin; Hernán Cortés, originario de la Extremadura y devoto de la virgen (negra) de Guadalupe. Finalmente un personaje del que hemos hablado en varias ocasiones en este Bable: Alonso de Villaseca. Veamos la primera parte de lo escrito por Ricard:

  “Debe tenerse presente que la parroquia de Guadalupe estaba servida por el clero secular. En realidad el culto de Nuestra Señora de Guadalupe, antes de 1572, aparece como algo propio del clero secular y del episcopado: los dos arzobispos de México Zumárraga y Montufar lo fomentaron y favorecieron. De acuerdo con la tradición bajo el pontificado del primero fueron las apariciones, a él envió la virgen a Juan Diego, ante él se descubrió la imagen maravillosa y fue él quien la guardó  como en depósito, hasta que en 1533 la hizo transportar a la catedral, en que primero la había colocado en una pequeña ermita que le edificó, y él fue también quien, en unión de Cortés organizó una colecta para la construcción de un decente santuario. No fue menor el interés que mostró su sucesor Montufar por esta devoción: en varios documentos aparece como “patrono y fundador” del primer santuario, que efectivamente él mandó construir; el 6 de septiembre de 1556, antevíspera del famoso sermón anti guadalupano de Bustamante había predicado el arzobispo en favor de esta devoción; diez años adelante fue a recibir la ofrenda de una estatua de plata donada al santuario por el famoso don Alonso de Villaseca”.

   Cabe aclarar, si no conoces un poco a fondo la historia de la Catedral metropolitana, esto de que se puso la imagen de Guadalupe en la catedral, se refiere a la “primitiva catedral” que hubo en la ciudad la cual estaba justo en el atrio de la actual, si algún día llegas a visitarla, verás las “ventanas” (en el piso) en donde se aprecian vestigios de esa mencionada catedral. Continúa Ricard:

   “Todo esto puede orientarnos en la explicación de la hostilidad de los franciscanos. Durante casi todo el gobierno eclesiástico de Montufar hubo fricciones, que llegaron al tumulto, entre los frailes y el clero secular, y de aquellos, fueron los franciscanos los que mayores conflictos tuvieron. Uno de ellos, de quien se hace mención en el proceso de Bustamante, tuvo la osadía de decir: “nosotros haremos con que el arzobispo vaya otra vez por la mar”. Nadie puede negar que los provinciales de las tres órdenes escribieron al Rey pidiendo que se fuera Montufar”.

  Efectivamente, un problema grave que se dio una vez instalada la Iglesia en México fue que, los primeros años de la colonia la evangelización estuvo a cargo de los Franciscanos, al poco llegarían los Dominicos, luego los Agustinos (son las tres ordenes a que se refiere el autor), ellos hacían todo tipo de funciones, como, por ejemplo bautizar, cosa que, de acuerdo a los cánones, las órdenes religiosas no deberían de hacer, para eso están los seculares en sus parroquias, pero, dadas las circunstancias ellos hacían las funciones del secular. Ya para el siglo XVII, con un siglo de presencia en esta tierra, ellos, franciscanos, dominicos y agustinos habían hecho su Jauja, pues hacían y disponía, de ello hemos dado cuenta a través de lo escrito por Thomas Gage, que se sorprendió al ver el boato en el que los frailes vivían. Llegaría, en 1650 el obispo Palafox y Mendoza a meter orden y darle al clero secular las funciones que los frailes se habían apropiado (incluidos los diezmos).

   “Sin embargo, suponer que la aversión al culto guadalupano naciera únicamente de que el arzobispo lo patrocinara y que la querella sobre diezmos y privilegios de regulares había agriado su trato con él, sería suponer en los franciscanos un espíritu muy estrecho y muy ruin. Debían tener motivos de mayor valía y no pensamos que Bustamante y sus hermanos de hábito hablaran de mala fe cuando traían a cuento el estado de la idolatría. Arriba hemos hablado ampliamente de las precauciones que  fray Maturino Gilberti, franciscano también, tomaba para evitar la perversión del concepto de veneración a las imágenes y el esmero con que insistía en fijar en la mente de los indios que el culto dirigido a la imagen material no terminaba en ella, sino se dirigía, por su medio a Dios, o a los santos que representaba. Sahagún, muy suspicaz en tal materia, mostraba particular inquietud en lo referente a la devoción a la virgen de Guadalupe, temeroso de que los indios, so pretexto de venerar a la madre de Dios, llamada por los predicadores Tonantzin erróneamente a su juicio siguieran en realidad dando culto a la vieja deidad prehispánica con tal nombre conocida, tanto más que esa pagana divinidad tenía su adoratorio en las cercanías del mismo Tepeyac

   Lo que a continuación revela el autor es algo que a muchos de los fieles creyentes incomoda, (por decir lo menos,) pues habla del autor de la pintura. Un indio, con gran habilidad para la pintura, se cree que era un tlacuilo que asimiló la técnica europea con facilidad y que fue quien plasmó, siguiendo las instrucciones de algún franciscano, la imagen de Guadalupe (la mexicana); su nombre era Marcos Cipac, y era uno de los tantos artistas que estaban a cargo de la creación de imágenes religiosas en pintura y escultura en los talleres (por así decirles) que fray Pedro de Gante había instalado en el convento de San Francisco, conocido como El Grande, de donde salieron todas las imágenes que se usaron en las casi 500 capillas por él fundadas. Otra cosa que veremos en el siguiente párrafo de Ricard es el de venerar la imagen per se y no de lo que representa, cosa que bien podemos analizar concienzudamente y a profundidad pues es justo lo que sigue pasando en nuestros días en la que los fieles piensan que esas imágenes están impregnadas de misticismo y dejan de ver que el verdadero misticismo es el que llevamos en nuestras mentes:

   “Menos precisa pero análoga a esta, era la preocupación que Bustamante y los otros franciscanos mostraban. El pensamiento de este puede resumirse así: muchos se han empeñado los misioneros en evitar que los indios den culto a las imágenes materiales; indios hay tan devoto que al venerar a María Santísima adoran materialmente su estatuas; los religiosos tiene deber de estarles recordando de continuo que las imágenes son de piedra y de madera y que no es la materia de que están hechas lo que se venera sino la persona que representa, el Señor, la virgen o los santos que realmente están en el cielo. Favorecer el culto de la imagen de Guadalupe y difundir la creencia de que hacía milagros era echar por tierra el edificio tan penosamente construido por los misioneros a costa de larga y penosa enseñanza y esto a juicio del mismo Bustamante, con mayor razón ya que él no admitía el origen sobrenatural de aquella imagen y la daba por pintada por el indio Marcos. Veía él un peligro para la fe de los novo conversos, ávidos siempre de maravillas y que en muchos casos quedarían defraudados esperándola con lo cual concluida el provincial franciscano de aquella devoción venía a ser funesta para la obra evangelizadora. Todas las objeciones de los demás franciscanos vienen a reducirse a las de Bustamante y no es temerario pensar que él era el portavoz sino de toda la orden en México si de los padres de la región circunvecina a la ciudad.” (1)













Fuente:

1.- Ricard, Robert. La conquista espiritual de México. FCE. México. 2013, pp.298-300

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