domingo, 10 de noviembre de 2013

El añil, tinte natural que fue riqueza en el México Novohispano.

 El rojo, grana o granate, era el color de la realeza, la producción del tinte tuvo mucho que ver con la riqueza que de México se exportaba a la vieja España, la grana o cochinilla tuvo gran importancia económica, siglos después sería la orchilla, el tinte que adquiriría relevancia. Hubo otro, otro tinte más que fue importante en la colonia: el añil. Conocido también como azul maya, esta planta, el jiquilite, del náhuat xiuhquilitl, de xihuit, verde, y quilitl, quelite; es de donde se obtiene la base para la extracción, por fermentación de este colorante, el cual porta con galanura, una buena amiga que posa con amabilidad para mi cámara.

   "A diferencia de lo que sucedía con el cacao, el cultivo del añil se concentró exclusivamente en manos de los españoles. Esta planta tintórea, que constituyó una preciosa moneda de cambio para obtener los productos europeos en regiones desprovistas de minas, comenzó a explotarse en México en época bastante tardía. El añil suministraba un hermoso color azul violáceo que reemplazaba ventajosamente al pastel y fue muy solicitado en España. Hacia 1561, un tal Pedro Ledesma aparece como "el primer inventor" de esa planta, según explica al virrey Martín Enríquez a Su Majestad. Ledesma recibió el monopolio del añil  y se asoció poco después con el marqués del Valle para explotarlo en el "estado" (precisamente en Yautepec, cerca de Cuernavaca). Todo hacía pensar que el negocio sería excelente, y en 1570 había ganado $ 2 mil; sin embargo, la compañía quedaba disuelta en 1572. El virrey no quería prorrogar el monopolio, pues, según decía, el añil necesitaría una mano de obra abundante , y una sola persona era incapaz de satisfacer la demanda.

   "Así pues, el cultivo del añil quedó libre; a partir de entonces se desarrolló con notable rapidez en las tierras calientes de ciertas regiones, particularmente en Yucatán, a pesar de "la grandísima contradicción que ponen el obispo y frailes, y el Defensor en su nombre, para que los yndios no ayuden" a causa de los duros trabajos que a éstos se imponían. Ya en 1577, "muchos encomenderos hacen añil en los pueblos de su encomienda y se sirben en beneficio dél de los yndios que encomendados tienen", a pesar de la supresión de los servicios personales, y debido a la falta de esclavos negros. Había por entonces en Yucatán más de 48 "ingenios de añir" que habían costado hasta $ 2 mil y $ 3 mil cada uno y eran a veces verdaderas fábricas en pequeño.

"Cada ingenio tenía su noria movida por mulas, una o varias calderas grandes en que se cocía el añil  (más tarde fueron suprimidas, cuando los españoles se dieron cuenta de que la fermentación de las hojas verdes bastaba para cocer la masa); sus ruedas de paletas, movida también por mulas, que batían la masa; sus cazos donde se enjuagaba y secaba el producto y otros implementos".

   "El cultivo del añil era intensivo y muy delicado; se trataba de plantas vivaces que duraban 2 a 3 años, y sus hojas se recogían 4 veces por año. En 1576, estos primeros ingenios produjeron 600 arrobas de panes de añil enviados a España en su totalidad. Ni las reales cédulas de 1579 y 1581 que prohibían los repartimientos de indios destinados a ese efecto, ni la "grandísima contradicción" de ciertos frailes detuvieron los desarrollos ulteriores del cultivo y fabricación del añil, que dejaba pingües ganancias a los colonos españoles. En 1609, la flota de Veracruz llevó a la Península  11 660 arrobas, cuyo precio era la suma, entonce enorme, de $ 546 562.

   "A pesar de sus vicisitudes, sobre todo en Yucatán, la producción del añil -lo mismo que la del otro tinte, el palo de Campeche- siguió siendo un recurso importante del México tropical. En regiones como la zona baja de Michoacán podían verse todavía explotaciones del tipo primitivo hasta la aparición de las anilinas, en pleno siglo XX". (1)

 








 
Fuente:

1.- Chevallier, Françoise. La formación de los latifundios en México. haciendas y sociedad en los siglos XVI, XVII y XVIII. FCE. México, 1999. p. 159-160

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