lunes, 9 de noviembre de 2015

La hacienda de San Francisco Xavier de la Barranca, en Jerécuaro, Guanajuato

   Una de las haciendas que se vuelven enigma en el estado de Guanajuato es la de San Francisco Javier de la Barranca en el municipio de Jerécuaro, aunque hay quien dice que es de Coroneo. Si no estás muy familiarizado con la geografía guanajuatense, ambos municipios se localizan en la parte sur-oriente y son colindantes con el estado de Querétaro. Lo del enigma son la varias leyendas que se han ido entretejiendo con la historia del lugar, construido por los Jesuitas, que fue convento o monasterio, y que -dicen- eran celdas de la Inquisición. No dudo que habrá quien asegure que hay enormes túneles, que espantan, etc., etc., etc. La nueva leyenda la ha ido tejiendo su dueño, el cual -leí por ahí- mandó comprar los terrenos de todo el rededor y que, incluso creó una ranchería para colocar a toda la gente a la que prácticamente expropió sus terrenos a fin de crear un espacio propio. Eso dicen, a mi no me consta, que conste. Y su historia, la documentada, nos la cuenta don Isauro Rionda, el que fuera el decano de los cronistas guanajuatenses.

  “Situada en el municipio de Coroneo, esta hacienda nació como casi todas en Guanajuato por mercedes reales a habitantes, que con el tiempo se fueron concentrando en pocas manos hasta crear grandes latifundios propiedad de una sola persona, familia o congregación. A Juan Nieto se le había mercedado un sitio de ganado mayor, el que pasó por venta a Álvaro López Soria y éste a su vez lo vendió el 8 de septiembre de 1605 a Juan Lucas Morcillo. A dicho sitio se le nombraban La Barranca. Lucas Morcillo falleció y su sitio pasó a su viuda, Isabel de Orozco, la que el 20 de agosto de 1609 lo vendió a Alonso Rodríguez Campos.

  A los indios del pueblo de Acámbaro el virrey Luis de Velasco hizo merced el 29 de febrero de 1611 de un sitio de ganado menor y cuatro caballerías de tierra, “en un pueblo antiguo, derribado, nombrado La Barranca”. Estos acambarenses vendieron lo que se les dio a Alonso Rodríguez Campos el 9 de marzo de 1613. El virrey marqués de Guadalcázar el 30 de abril de 1616 dio a Alonso Rodríguez Campos dos sitios de ganado menor. Alonso Rodríguez siguió adquiriendo y concentrando tierras y como estas eran en su gran mayoría para pastoreo, sobre todo de borregos, hizo un obraje para manufacturar las lanas. Los bienes de Alonso pasaron a su albacea Pedro García Hernández, quien vendió la barranca a Bartolomé Álvarez Caballero, vecino del pueblo de Querétaro el 10 de marzo de 1628. Pero resultó que Bartolomé solo fue un intermediario, pues quien realmente la adquirió fue el colegio Jesuita de San Ignacio de Querétaro.

   "Los jesuitas siguieron aumentando el tamaño de la barranca por compras o donaciones que les hacían, como la que recibieron el 9 de octubre de 1636 de Isabel González Corona, de un sitio de ganado mayor y dos caballerías que había heredado de sus padres. En 1711 La Barranca comprendía dos sitios de ganado mayor diez sitios de menor y diez caballerías, lo que aproximadamente son  doce mil hectáreas, de las que solo unas mil se cultivaban y el resto será dedicado al pastoreo, por ser tierras malas. En ese mismo año lindaba la hacienda por el oriente con el camino real que iba de Acámbaro a Querétaro, por el poniente con la hacienda nombrada Gamboa, por el norte con la hacienda Bravo, que era propiedad del marqués de Altamira, y por el sur con las haciendas llamadas Las Sabanillas, Tacambanillo y Estancia de San Lucas.

  "Los jesuitas la habían titulado hacienda de San Francisco Javier de la Barranca, estos construyeron una magnífica casa, capilla, jabonería, trojes y tres grandes presas y muchos aguajes. Trabajaban para los de la Compañía de Jesús ocho vaqueros, 2 boyeros, un pastor, 36 peones, dos esclavos, un administrador y 53 arrendatarios que ocupaban 159 fanegas de las 219 de que se componía, y entre todos pagaban anualmente por las tierras arrendadas la cantidad de $ 661. Producía al año 4500 fanegas de maíz y muy poco trigo. Los peones ganaban 4 pesos y cuatro almudes de maíz al mes; trabajaban aproximadamente 270 días al año y se les pagaba en especie en la tienda de raya, donde los precios eran de 10 a 50% más altos que en el comercio regular: los vaqueros ganaban 48 pesos al año y 3 almudes de maíz semanarios; al caporal le pagaban 7 pesos mensuales y al administrador 500 anuales; el mayordomo devengaba 150 pesos por año y 4 reales cada semana, medio borrego y una fanega de maíz; a su ayudante se le daban ocho pesos al mes y tres reales por semana

  "En 1767 fueron expulsados los jesuitas y la hacienda pasó a ser propiedad de la Corona, administrándola la Junta de Temporalidades de Querétaro; esta puso al frente un encargado que vigilara que no se perdiera lo que tenía y siguiera produciendo. La hacienda se puso en subasta pública cuando valía 49,870 pesos, dos reales y una cuartilla, y en 1770 trató de comprarla Martín de Oyarábal, alférez de milicias de Querétaro y administrador por la junta dicha de la hacienda. El virrey no aceptó tal proposición, por ser el interesado custodio del bien; así que en 1776 se remató a favor de don Tomás de Ecala, vecino y comerciante de Querétaro en $32,010. En 1792 seguía siendo de Ecala” (1).

Fuente:

1.- Rionda Arreguín, Isauro. Haciendas de Guanajuato. Editorial La Rana. Guanajuato, 2004. pp.223-227

Las fotografías que aquí aparecen las tomé, evidentemente del sito web de la Revista Quien, lo hago solamente con el fin de difundir la historia de tan espléndido recinto.

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