miércoles, 25 de noviembre de 2015

De lo visto -y dicen que exagerado- por Thomas Gage en Veracruz

   Serán, dentro de poco, dos años de que estuve en Veracruz, al puerto lo había visitado en un par de ocasiones anteriores, la primera para descubrirlo, la segunda para gozarlo, en la tercera visita fue para entender lo que había sucedido en le puerto de entrada a la Nueva España, primero y a México después, es decir, lo que ocurrió con los montones de ordenes religiosas que tenían como primera escala a Veracruz para, primeramente, reposar de un viaje de por lo menos cuarenta y cinco días, adaptarse al clima, la lengua y el entrono en general. Sí había tal cantidad de órdenes, siendo cuatro de ellas las más importantes y al menos otras tres más con caudales suficientes para tener su casa en el puerto esperaba encontrarme allí una buena cantidad de templos y conventos. No fue así pues fue precsiamente en Veracruz en donde se declararon las Leyes de Reforma, y fueron los recintos religiosos porteños los primeros en secularizarse, de ello dí cuenta en su momento, ahora lo que nos ocupa es la versión, dicen que un poco amarillista, de uno de los primeros “turistas” que hubo en México dado que él era inglés, fraile dominico cuya encomienda era la de adecuarse a la tierra mexicana para luego partir a las Filipinas a su obra evangelizadora. Sus impresiones, luego de enfrentar a la Iglesia adaptada a las bondades que ofrecía el Nuevo Mundo en la Nueva España fueron grandes y las relata de un modo sumamente particular:

   “El día 12 de septiembre llegamos felizmente al continente americano, desembarcando en la ciudad que se llama San Juan de Ulúa, o de otro modo, la Veracruz, célebre por haber sido el principio de la famosa conquista de Hernán Cortés. Allí formó aquel nombre caudillo la noble y generosa resolución de echar a pique las naves en que había llegado con sus españoles a un continente de mayor extensión que cualquiera que las otras tres partes del antiguo mundo: política jamás oída, que reducía a un puñado de hombres a no pensar sino en vencer o morir, perdida toda esperanza de volver a la isla de Cuba, ni a Yucatán, ni a parte alguna de donde habían salido.

  Allí fue donde los primeros quinientos españoles que desembarcaron, se hicieron fuertes contra millones de enemigos, y concibieron la esperanza de subyugar tan inmensas regiones. Allí fue por último donde se instalaron los primeros alcaldes, el primer ayuntamiento, los primeros síndicos, los primeros oidores, los primeros magistrados. El nombre de la ciudad es San Juan de Ulúa; diéronle el de la Veracruz a causa de la bahía vieja, distante seis leguas de la nueva y llamada así, porque fue descubierta el viernes santo, día en que se adora la verdadera Cruz.

    Más el puerto de la antigua Veracruz, siendo harto inseguro a causa de la violencia de los vientos del norte, fue abandonado por los españoles, que mudaron su domicilio a San Juan de Ulúa la rada está defendida por una roca, donde se estrellan los vientos más furiosos, y a fin de perpetuar la memoria del fausto acontecimiento de la descubierta, como hemos dicho sucedió el viernes Santo de mil quinientos diez y nueve, han añadido al nombre primitivo de aquel puerto el de la otra población.

   Cuando bajamos a tierra vimos que todos los habitantes del pueblo se habían agolpado en la playa para recibirnos, y que también estaban allí con cruces y ciriales las comunidades de los dominicos, franciscanos, mercedarios y jesuitas, para conducir en procesión al nuevo virrey de México hasta la Catedral. Los frailes y los jesuitas saltaron en tierra con más diligencia que el marqués de Cerralvo y sus esposa, varios de ellos al poner el pie en la arena, la besaban, teniéndola por santa a causa de la conversión de los indios que antes adoraban ídolos y sacrificaban a los demonios; otros se hincaban de rodillas para dar gracias, y estos a la virgen María, aquellos a los santos de su devoción; por último todos se iban en seguida a incorporar con los de su regla, en los sitios en que estos estaban.

    Un momento después comenzó la artillería de los buques a disparar, a cuya salva respondían todos los cañones del castillo. El virrey desembarcó entonces con su señora y todo su séquito, acompañándolo don Martín Carrillo que iba de visitador general para entender en las diferencias que entre sí tenían el marqués de Gelves y el arzobispo de México. El virrey y su mujer fueron colocados bajo un dosel y se cantó un Te Deum, acompañado de varios instrumentos de música que aumentaba con su armonía la solemnidad de aquel acto de acción de gracias. Dirigióse la procesión a la Catedral en donde estaba el Santísimo Sacramento manifiesto en el altar mayor: todos se hincaron de rodillas al entrar, y habiendo dado a los asistentes agua bendita un sacerdote, entonaron un himno, y finalmente se celebró una misa solemne con el ceremonial de estilo.

  Acabados los oficios, el virrey fue conducido a su alojamiento por el alcalde mayor, por los regidores, por algunos magistrados, que habían bajado de la capital para recibirlo, y por la guarnición de la tropa de la escuadra. Los religiosos fueron conducidos también a sus conventos respectivos, yendo a la cabeza de la comunidad la cruz y los ciriales. Fray Juan Calvo presentó sus misioneros al prior del convento de Santo Domingo que nos acogió muy amistosamente, nos regaló algunos dulces, y nos hizo dar una jícara a cada uno de este brebaje de las indias, que los españoles llaman Chocolate. Este pequeño obsequio no fue más que el preludio de uno mayor, es decir, este fue la introducción de una comida opípara compuesta de carne y pescados de todas clases, y en la cual no hicieron falta las aves más raras y los animales más extraños, sin que escasearan los pavos, ni las gallinas: todo con la intención sencilla de manifestarnos la abundancia del país, y no por gula ni ostentación mundana.

    El prior del convento de la Veracruz no era anciano ni severo, como suelen serlo generalmente los hombres elegidos para gobernar una comunidad de religiosos jóvenes. Al contrario estaba en la flor de su edad, y tenía todos los modales de un mozo alegre y divertido; pero su paternidad según nos dijeron, había logrado el priorato por medio de un regalo de mil ducados que le había enviado al padre provincial. Después de comer, convidó a varios de los nuestros a pasar a su celda, y allí fue donde acabamos de conocer su ligereza y el desahogo de su vida poco penitente. Creímos encontrar en la habitación del prelado de aquella casa una hermosa biblioteca que nos diera indicios de su saber y de su afición a las letras; pero no vimos más que una docena de libros viejos, hacinados en un rincón y cubiertos de polvo y telarañas, como si se avergonzara de que fuese preferida a los tesoros que contenían una vihuela que les habían puesto encima.

  La celda estaba ricamente entapizada de telas de algodón, engalanada con adornos de pluma de Michoacán; las paredes ofrecían a la vista varios cuadros de mérito; tapetes riquísimos de seda cubrían las mesas; la china y la porcelana llenaban sus alacenas y aparadores, y esos vasos y cuencos preciosos contenían almíbares y dulces delicados. Nuestros frailes entusiastas no dejaron de escandalizarse de un tren que miraban como aparato de vanidad mundana y ajeno de la pobreza de un fraile mendicante; pero los que habían salido de España con intento de vivir a sus anchas y disfrutar de los placeres que procura la riqueza, se exaltaban a la vista de tanta opulencia, y deseaban ya con ansia internarse en un país donde tan pronto se labraban fortunas tan saneadas y pingues.

    El buen prior solo nos habló de sí, de su nacimiento, de sus buenas partes, del valimiento que tenía con el padre provincial, del amor que le manifestaban las principales señoras y las mujeres de los mercaderes más ricos, de su hermosa voz y de su habilidad consumada en la música. En efecto, para que no dudásemos de estas últimas prendas, tomó una guitarra y cantó una letrilla que había compuesto él mismo a cierta linda amarilis, acabando con este nuevo escándalo de horrorizar a nuestros buenos religiosos que se afligían de ver tanto libertinaje en un prelado, cuando hubiera debido al contrario dar ejemplo de penitencia y mortificación, y servir como de espejo con sus costumbres y palabras.

   A penas se habían saciado nuestros oídos de la delicias e la música y nuestros ojos de la hermosura de tantos primores de algodón, de seda y de plumas, cuando nuestro reverendo prior nos mandó sacar de sus despensas una cantidad prodigiosa de toda especie de golosinas, para alagar nuestro gusto y satisfacer nuestro apetito. No era pues extraño que, habiendo pasado realmente de la Europa a la América se nos antojara aquel otro mundo, y creyésemos nuestros sentidos de otra naturaleza que los habíamos juzgado la noche anterior y el día precedente, al oír el grito horrible de los marinos, al ver abierto a nuestros pies los abismos de la mar, al beber el agua hedionda y respirar la peste de la brea. En la celda priora del convento de la Veracruz, oíamos una voz dulce y clara con un instrumento armonioso, veíamos tesoros y riquezas, comíamos exquisitos confites y respirábamos el ámbar y el almizcle con que había hecho perfumar sus grajeas y almíbares aquel delicioso prior". (1)

Fuente:

1.- Gage, Thomas. Relación de viajes en Nueva España. Capítulo VII. Guatemala. 1943.

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