miércoles, 23 de junio de 2010

Un baño en el desierto del Sahara...

Las cosas han mejorado un poco, ahora una prima tuvo a bien prestarme su computadora, así que, al menos puedo seguir avanzando en los textos, pero el archivo de fotografías sigue en el otro CPU, por lo tanto será más adelante que pueda "decorar" los artículos. Por cierto, tengo una buena cantidad de fotografías de lo más interesante que estaban programadas a ser publicadas, pero como dicen en el país del norte: "shit happens" y pues sí, eso fue lo que sucedió. Pero ahora dejame que te cuente de la vez que me di un baño en el desierto del Sahara... nomás de acordarme me transporto...
Sucedió que hace tiempo trabajé por espacio de cinco años con una empresa italiana que se dedicaba a traer turistas de ese país, especialmente a la zona del Caribe, razón por la cual me relacioné con una buena cantidad de hijos de esa península, la de la bota. Era costumbre en la empresa cambiar a sus representantes cada año, por lo tanto cada año era de renovación, cada año llegaba un grupo de gente a trabajar atendiendo a sus paisanos (recordando aquello de que perro no come perro) y a mi me correspondía ser el enlace entre, digamoslo así, la delegación italiana y la mexicana... labor que me llevó a formar estrechas amistades con una fauna de tonalidades que el espectro no abarcaría. Y sucedió que un buen día me llega una invitación para que visite a esta fauna ya conocida en un remoto país, lugar que jamás pensé conocería, incluso, ni en el elenco de lugares por visitar lo tenía contemplado: Túnez.
Si de Guatemala me pasaría un més escribiendo, de Túnez haría otro tanto. Pasé en esa parte norte de África tres largos y calurosos meses, fue una experiencia fabulosa, fue cambiar diametralmente la vida pues siendo un país musulmán, aunque tolerante, no dejaba de tener su escencia de misterio. Desde que bajé del avión todo cambió.
Al viajar a Europa o Sudamérica cambia la rutina, pero no tanto, pues no deja de ser "mundo occidental", no deja de ser un idioma con el que estamos familiarizados, o una escritura que podemos leer, o unos horarios a los que estamos adecuados, pero en Túnez, estar en el aeropuerto con los letreros que sabrá Dios que dicen, en este caso, sabrá Allah que dicen... te hace ver que, esto será una experiencia única. Y sí, así lo fue.
Me instalé en Hammamed, distante dos horas del Aeropuerto por una carretera en la que se debe ir atententísimo pues, si crees que por nuestro país hay lugares en donde no se sabe manejar, en ese rumbo es increible lo que sucede no solo en las carreteras, sino en todos los lugares, una manera de ver las cosas que dificilmente puedes entender. Así pues, dos horas de nada, más que arena y una cinta asfáltica que no se deshacía o se evaporaba porque, Allah es muy grande. Aprendí las escenciales palabras de cuando se llega a un lugar de otro idioma y que te serán de gran utilidad: Allahá Ekbar, Ahammdulillahá... Barrarkalau fik. Aslema era importantísimo, a todo lugar a donde entraba tenía que decir, Aslema, no solo eso sino, Aslema le vés... lo cual es el saludo. Luego supe que si en la calle gritaban Barra! Barra! era como acá cuando oimos el tradicional "aguas!" y, claro está, aprendí las consabidas majaderías, las cuales, no se por qué, todos tenemos la curiosidad de oir en un idioma distinto.
Como la invitación a Túnez fue completa, incluía casa, comida, transporte y... ¡trabajo! pues a la semana estaba ya abordo del autobús para hacer el primer recorrido como "acompañante", cosa por demás sencilla pues mi labor consistía en contar cuantos turistas del grupo que acompañaba entraban a cada lugar, cuantos pagaban las excursiones optativas, cuantos se sentaban a la mesa, en fin... un contador oficial. Lo mejor de todo era que mi asiento era el de primera fila, ese que va casi pegado al parabrisas, el que es abatible, asi que yo no veía la cara de los turistas sino solo el desierto en pleno... a la derecha, desierto; a la izquierda, desierto; al frente, desierto... algo extraordinario.
Los recorridos duraban una semana, era darle vuelta a todo el país, comenzando por la Capital y hasta llegar a Douz (creo así se escribe) que es una población lo más remota que te puedas imaginar, allí si que se acaba todo, absolutamente todo, y solo verás dunas enormes. Luego del tercer recorrido, el país me lo sabía de pe a pá y los vendedores de las tiendas de artesanías a donde el autobús se detenía me conocían también, pues el mono más raro que habían visto en los últimos años era un mexicano que por alguna extraña razón aparecía en territorio tunecino. Los interrogatorios eran infinitos. Qué, cómo, por qué, cuándo había llegado de México y la conclusión a la que llegaron siempre que un tunecino oía que yo venía de México era una: tu te llamas Alejandro! ¿Alejandro? ¿Por qué me dicen Alejandro?, la respuesta la tuve un día viendo una ininteligible televisión: una telenovela mexicana, traducida al árabe, en donde el personaje central se llamaba... Alejandro.
Como siempre he pensado y actuado de la misma manera, ya cuando terminó mi "contrato" me tiré a perder, fue algo extraordinario, caminar por las más complicadas calles, no entender absolutamente nada, pues, más te adentras en el país, menos francés oyes. Yo no es que domine la lengua, pero en caso de necesidad me doy a entender y la palabra mágica era: Leh arabiya! eso quiere decir, no hablo árabe. Y pasó lo que en muchas ocasiones me ha pasado: se me acabó el dinero en un lugar llamado Tozeur, el cual se ubica en donde comienza formalmente el desierto del Sahara. Y en situaciones extremas, aunado a aquello de que a la tierra que fueres has lo que vieres... llegué a la tienda a donde ya me conocían luego de pasar una y otra y otra vez con los turistas, les conté lo sucedido y me dijeron sencillamente: pásale. Durante varios días me instale en la tienda, la cual no había menester de agregarle nada, solo en las noches sacar media docena de alfombras, a cual más pachona una de la otra, formar un mullido colchón y, viendo el cielo estrellado, el canto del Muecín (Almuédano) a la media noche recordandonos que Allah ekbar (Alá es Grande)... en ese silencio, en esa paz, en ese ambiente caía profundamente dormido para despertar con el mismo ritmo, a las cinco de la mañana con el canto, nuevamente del Muecín, volviéndonos a recordar lo mismo, Allá es Grande!
40, 45, 50 grados era cosa normal, cuando pegaba el Siroco era como estar en un horno, todo se calentaba el aire era caliente, igual como cuando abres un horno, asi se sentía cuando este viento que viene de lo más profundo del desierto. Ir en un transporte colectivo desvencijado en mitad de no se donde, por el desierto y de pronto, siendo un viernes, llaman al rezo y todos se salen del auto y hacen las abluciones. Pasar por pueblos remotos en donde hay carnicerías donde se exhibe una cabeza de camello, igual que aquí ves la de los puercos, solo que allá son camellos.
Al otro día de dormir, cual Aladino entre las alfombras, pregunté si había un baño. Sí, me dijeron, vete caminando por allí -apuntando a la nada- y llegarás a un oasis, allí hay agua donde te puedes bañar, un manantial es de agua fría, el otro caliente. Y comenzé a internarme en el desierto. En efecto, solo caminar un poco y ya se veían las palmeras del oasis, no era un espejismo, allí estaban los manantiales, y, tal cual me lo dijeron, había dos, como si fueran albercas. Si eres mochilero sabes muy bien que debes cargar tus jaboncitos y tu toalla, lo de la toalla era lo de menos, pues a 50 grados es cosa de salir del agua para estar seco en ese momento.
Toda mi niñez vi montones de escenas bíblicas en donde se veían estos personajes de turbante y kaftán, donde se veían los oasis y los camellos, ahora estaba metido en la escena. En un manantial de agua limpia, fresca, rodeado de palmeras, en absoluta paz, en absoluta comunión con el espíritu posivo y la naturaleza en pleno... bañándome en el desierto del Sahara!... definitivamente Allah Ekbar!

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