jueves, 10 de junio de 2010

Arroyozarco, paso obligado de la diligencia de México a Lagos

Son pocos los registros que hay antes del siglo XVII o XVIII, de los “turistas” por así clasificarlos, que venían a México con el fin de conocerlo por un lado, y de dar fe de las riquezas, por el otro. Esto con el fin o de crear una industria o de vender su información al potencial inversionista. Se sabe que solo del fraile Francisco Agustín de Ajofrín que de 1763-67, que fue autorizado a viajar por parte de la Nueva España por ser parte del clero, hizo dos recorridos, uno por Michoacán y el Bajío, y otro por Veracruz y Oaxaca. De ese viaje se desprende su Diario, el cual da cuenta de las condiciones de vida en el territorio mexicano. Él no usa el Camino Real de Tierra Adentro, por lo tanto testimonio suyo sobre Arroyozarco no lo hay. (1)


Al poco tiempo el fraile francés Jean Baptiste Chappe d’Auteroche consigue el salvoconducto para entrar en la Nueva España pues él venía con un objeto científico: hacer las mediciones del planeta aprovechando el fenómeno astronómico del Pasaje de Venus que ese año aconteció. Él si pasa por Arroyzarco pero no da mayor testimonio que su nombre, por cierto, lo anota como Arroyo Arcos. (2)


Alexander von Humbold fue de los pocos civiles autorizados a viajar por el México virreinal, esto sucede en 1804, quizá por ser alemán le fue más fácil obtener el salvoconducto, o tal vez por su enorme capital para realizar el viaje. Como quiera el no deja grandes datos de la que era la más impresionante de las haciendas en el Camino Real. Ya entrado el siglo XIX es cuando una buena cantidad de extranjeros recorren México y dan cuenta de sus anécdotas. Uno de ellos el norteamericano M. Gillian Albert publica su diario del viaje que realizar en 1844, el libro aparece con el título Travels in Mexico en Aberdeen, 1847. De su paso por Arroyo Zarco da cuenta de una forma que creo, es la más amena de toda la literatura de viajes en México que se hicieron durante el XIX.


Siempre recordaré con gran agradecimiento a Theodore Ducoin, nativo de Filadelfia y propietario de la Casa Americana más grande de la Ciudad de México, por la ayuda que me proporcionó para salir de esta capital. Emprendí mi viaje el día 8 de enero de 1844, día memorable en la historia de mi país.


Salí de la ciudad en la diligencia que iba hacia Lagos, dispuesto a recorrer esa distancia en cuatro días y cuatro noches. Cuando me despertaron para tomar mi lugar, advertí que había junto a mí otro pasajero, y que ese individuo, con el que iba a viajar, era un mexicano con todas las apariencias de un caballero…


El primer día de viaje hacia Lagos fue más interesante de lo que me había imaginado. El pasaje era diverso del que me había acostumbrado a contemplar desde Veracruz y la ciudad de México; en ese recorrido las montañas corren paralelas al golfo, de norte a sur. Al salir de la capital surgió, antes de que amaneciera, una extensa llanura, rodeada por todas partes de altas montañas que parecían como a la defensiva para impedir que cualquier hombre o animal cruzara sus abruptas y rocallosas alturas…


Aquella noche nos alojamos en el casco de una hacienda, cuyo nombre olvidé. Esta vez cené sin acompañar mis viandas de salsa picante, gracias a lo cual pude dormir tranquilamente hasta las dos de la madrugada, hora en que nuestra diligencia continuó su jornada. Advertí con admiración que, por orden de Santa Anna, no solo estaban acuarteladas las ciudades, sino también las haciendas, con el propósito de evitar las rebeliones de los ciudadanos y también para evitar las incursiones de los banditti que atacan en las carreteras.


Cuando amaneció el escenario seguía siendo el mismo, la misma meseta y las mismas montañas. El valle de Querétaro, en el que entrábamos, era mucho mayor que todos los que había visto hasta entonces, su superficie menos accidentada y sus tierras más fértiles. No obstante, había menos campos cultivados y no vi trazas de agua hasta Arroyo Zarco. En este sitio comimos mi amigo y yo, aunque no se de que comida se trató: desayuno o almuerzo, porque eran más de las doce. Yo tenía más hambre que el día anterior porque la jornada había sido más larga. Comí con gran apetito arroz, caldo, tortillas, frijoles y guisado, mientras que mi amigo se servía chile a discreción, para estimular su apetito. Arroyo zarco está situado más abajo que los otros valles y produce variados frutos en abundancia; allí tomé por primera vez limones que me supieron mucho más dulces que cualquier naranja.


Antes de dejar Arroyo zarco, la madre del conductor de la diligencia se despidió de su hijo tiernamente, implorando a todos los santos que lo librasen de todo daño y de los ladrones. Nos acomodamos todos, el conductor agitó su látigo, los ayudantes soltaron los lazos y a latigazos y a silbidos los animales se precipitaron en una loca carrera y por poco se rompen el pescuezo o nos lo rompen a nosotros. El conductor no trató por eso de disminuir la velocidad y, cual Fetón (3) siguió fustigando a los animales sin importarle las consecuencias. Es el conductor de diligencias más osado que he encontrado en esta tierra. Los animales llegaron al rancho completamente exhaustos; mis piernas estaban cansada y decidí descansar bajando de la diligencia para caminar un poco. Advertí al bajar del vehículo que el conductor se apuraba demasiado a cambiar los caballos y que a menudo alzaba la cabeza como para ver algo o como para oír ruidos extraños, como esperando gente.


Una vez enjaezados los caballos, el conductor nos pidió que tomásemos nuestros asientos, y, según la costumbre, los animales se lanzaron a la carrera, haciendo un ruido endiablado; habíamos avanzado apenas unos cuantos pasos cuando se rompió la parte delantera de la diligencia y tuvimos que esperar a que se reparar la avería.


Aproveché la ocasión para bajarme del carro, y lo primero que vi fue al conductor mirando hacia atrás con mucha atención; yo dirigí también mis ojos hacia ese lugar. A poco advertí que seis hombres bien montados avanzaban a toda velocidad hacia nosotros, mi amigo movió la cabeza y el cochero continuó reparando lentamente la avería. Tres de los hombres descontaron cerca, los otros tres se dirigieron hacia nosotros y se colocaron junto a mí.


No fue muy difícil descubrir de que se trataba, y yo no estaba desprovisto para enfrentarme a una emergencia de ese género: en cada una de mis bolsas llevaba yo una pistola de doble cañón y un cuchillo. Puse mis manos sobre las pistolas, tomando la determinación e no empezar la ofensiva, sino de vigilar a los atacantes. El jefe de los bandidos –así lo imaginé- empezó a habar con mi amigo, en tanto que los otro cinco me rodeaban. Pude advertir que la conversación giraba en torno mío; me alejé unos pasos de mis guardianes, pero me siguieron, en tanto que mi amigo me hacía indicaciones con la cabeza. El cochero había acabado de reparar su coche y esperaba calmadamente el fin de la aventura. Los bandidos se alejaron y nosotros montamos en la diligencia y seguimos hacia Querétaro. En esa ciudad pude saber gracias a un intérprete, que mi amigo evitó que nos robasen asegurando a los bandidos que no teníamos dinero, o por lo menos, apenas el suficiente para pagar nuestros gastos hasta lagos, y que además, siendo yo extranjero, estaba provisto de una buena pistola por lo que tendrían que arriesgarse para asegurar una pobre suma.




Triste es ver que en mucho las cosas no han cambiado en México, leemos esto y no vemos grandes diferencias con lo que, lamentablemente ocurre hoy día. Pero de que es una lectura interesante lo es, y más interesante fue el recorrer parte, hasta donde la lluvia y el encargado de cuidar la hacienda me lo permitieron, de los vestigios que hay en la que sin lugar a dudas fue una magnífica hacienda, la de Arroyozarco.


Con este artículo y dentro de las autocelebraciones que estoy haciendo de los 500 artículos, quiero saludar a Javier y su blog Aculco, lo que fue y lo que es que ha tenido a bien recomendarme desde hace varios meses. Para visitarlo, entra aquí:

http://elaculcoautentico.blogspot.com/


Fuentes


1.- García Luna, Margarita. Viajeros extranjeros en el Estado de México. Universidad Autónoma del Estado de México. Toluca, 1999.

Viajeros extranjeros en el Estado de México - Página 157


2.- Sobre el Tránsito de Venus, puedes leer más aquí:

http://vamonosalbable.blogspot.com/2010/05/un-hecho-sorprendente-sucedio-en.html


3.- Si quedaste con la duda de la palabra Fetón, entra en: Faetón


4.-Glantz, Margo. Ciajes en México. Crónicas extranjeras, Volumen II. FCE. México, 1982

Viajes en México: crónicas extranjeras - Resultado de la Búsqueda de libros de Google



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