martes, 19 de mayo de 2015

De las muchas tribulaciones que ocurrieron al inicio de la tradición Guadalupana. Silgo XVI

   El tema guadalupano se antoja inagotable, las ideas se dividen entre que si fue imposición o que si fue un milagro, coloquios han habido muchos, escritos los hay por miles y dentro de esos encuentro uno que viene del maestro francés Ricard, maestro por la cátedra que nos da en su tesis de doctorado en Historia la cual, enfocada al siglo XVI mexicano, menciona el tema guadalupano y no da una serie de datos que justo es analizar con calma.

   Ahora que hemos visto con atención (casi con lupa), el centro histórico de la ciudad de México llegamos a un sitio en el que, de acuerdo a la leyenda (dicen que historia) de las apariciones, el 12 de diciembre de 1531 fue cuando a Juan Diego, evitando toparse con la manifestación mariana, desvió su camino y cruzó por otra parte del Tepeyácatl, fue entonces que se dio aquello de que le dice de recoger algunas rosas y llevarlas al Arzobispo. Él, obediente, -nos dice en Nican Mopohua- las recoge y las lleva a la mencionada persona que tenía por nombre el de Juan de Zumárraga, su despacho no estaba precisamente cerca del cerro que conocemos por Tepeyac, sino a varias leguas de distancia, en la ciudad de españoles de México, justo en lo que hoy conocemos por calle de Moneda.

   En 1531 apenas habían pasado 10 años de la destrucción y toma de Tenochtitlán. Cortés había ordenado el abandono de la ciudad para evitar contagios por la cantidad de cadáveres y podredumbre que había entre los canales, se fueron a Coyoacán y regresaron en 1523, año en que llegan los franciscanos a Nueva España, se asentarían en Tezcoco. Fray Juan de Zumárraga asume el cargo de Obispo de México el 20 de agosto de 1530, el terreno para la Catedral estaba ya asignado al norte de la Plaza Mayor, cerca de allí se ubicaría la casa del Obispado que luego sería el Palacio del Arzobispado, se cree que allí ocurrió "el milagro de las rosas" cuando Juan Diego, desde el Tepeyac llegó caminando y dio al Obispo la "señal", se imprimiría -dice la leyenda- la imagen que veneramos como de Guadalupe. Solo que, en el recinto que actualmente es sede del Museo de la Secretaría de Hacienda, no hay referencia alguna sobre el milagro.

   Sería ocioso de mi parte discutir si fue o no milagro, si existió o no el personaje como lo conocemos en la actualidad y que se dice llevaba por nombre el de Cuauhtlatoatzin, lo que encuentro sumamente interesante es lo que Robert Ricard expone, entre otras cosas de una ermita mucho más antigua aun que la levantada en el Tepeyac y que -de acuerdo a la tradición- Juan Diego era su custodio, ermita que fue construida junto a la primitiva Catedral de México, habrá que observar eso que el autor anota, que fue Hernán Cortés quien comenzó las colectar para construir un santuario guadalupano. Algo más encuentro pues se menciona a un personaje relacionado con infinidad de imágenes religiosas y devociones en Nueva España: Alonso de Villaseca.

  "Debe tenerse presente que la parroquia de Guadalupe estaba servida por el clero secular. En realidad el culto de Nuestra Señora de Guadalupe, antes de 1572, aparece como algo propio del clero secular y del episcopado: los dos arzobispos de México Zumárraga y Montufar lo fomentaron y favorecieron. De acuerdo con la tradición bajo el pontificado del primero fueron las apariciones, a él envió la virgen a Juan Diego, ante él se descubrió la imagen maravillosa y fue él quien la guardó  como en depósito, hasta que en 1533 la hizo transportar a la catedral, en que primero la había colocado en una pequeña ermita que le edificó, y él fue también quien, en unión de Cortés organizó una colecta para la construcción de un decente santuario. No fue menor el interés que mostró su sucesor Montufar por esta devoción: en varios documentos aparece como “patrono y fundador” del primer santuario, que efectivamente él mandó construir; el 6 de septiembre de 1556, antevíspera del famoso sermón anti guadalupano de Bustamante había predicado el arzobispo en favor de esta devoción; diez años adelante fue a recibir la ofrenda de una estatua de plata donada al santuario por el famoso don Alonso de Villaseca.

   "Todo esto puede orientarnos en la explicación de la hostilidad de los franciscanos. Durante casi todo el gobierno eclesiástico de Montufar hubo fricciones, que llegaron al tumulto, entre los frailes y el clero secular, y de aquellos, fueron los franciscanos los que mayores conflictos tuvieron. Uno de ellos, de quien se hace mención en el proceso de Bustamante, tuvo la osadía de decir: “nosotros haremos con que el arzobispo vaya otra vez por la mar”. Nadie puede negar que los provinciales de las tres órdenes escribieron al Rey pidiendo que se fuera Montufar.

   "Sin embargo, suponer que la aversión al culto guadalupano naciera únicamente de que el arzobispo lo patrocinara y que la querella sobre diezmos y privilegios de regulares había agriado su trato con él, sería suponer en los franciscanos un espíritu muy estrecho y muy ruin. Debían tener motivos de mayor valía y no pensamos que Bustamante y sus hermanos de habito hablaran de mala fe cuando traían a cuento el estado de la idolatría. Arriba hemos hablado ampliamente de las precauciones que  fray Maturino Gilberti, franciscano también, tomaba para evitar la perversión del concepto de veneración a las imágenes y el esmero con que insistía en fijar en la mente de los indios que el culto dirigido a la imagen material no terminaba en ella, sino se dirigía, por su medio a Dios, o a los santos que representaba. Sahagún, muy suspicaz en tal materia, mostraba particular inquietud en lo referente a la devoción a la virgen de Guadalupe, temeroso de que los indios, so pretexto de venerar a la madre de Dios, llamada por los predicadores Tonantzin erróneamente a su juicio siguieran en realidad dando culto a la vieja deidad prehispánica con tal nombre conocida, tanto más que esa pagana divinidad tenía su adoratorio en las cercanías del mismo Tepeyac

   "Menos precisa pero análoga a esta, era la preocupación que Bustamante y los otros franciscanos mostraban. El pensamiento de este puede resumirse así: muchos se han empeñado los misioneros en evitar que los indios den culto a las imágenes materiales; indios hay tan devoto que al venerar a maría santísima adoran materialmente su estatuas; los religiosos tiene deber de estarles recordando de continuo que las imágenes son de piedra y de madera y que no es la materia de que están hechas lo que se venera sino la persona que representa, el Señora, la virgen o los santos que realmente están en el cielo. Favorecer el culto de la imagen de Guadalupe y difundir la creencia de que hacía milagros era echar por tierra el edificios tan penosamente construido por los misioneros a costa de larga y penosa enseñanza y esto a juicio del mismo Bustamante, con mayor razón ya que él no admitía el origen sobre natural de aquella imagen y la daba por pintada por el indio Marcos. Veía él un peligro para la fe de los novo conversos, habidos siempre de maravillas y que en muchos casos que darían defraudados esperándola con lo cual concluida el provincial franciscano de aquella devoción venía a ser funesta para la obra evangelizadora. Todas las objeciones de los demás franciscanos vienen a reducirse a las de Bustamante y no es temerario pensar que él era el portavoz sino de toda la orden en México si de los padres de la región circunvecina a la ciudad". (1)







Fuente:

1.- Ricard, Robert. La conquista espiritual de México. Fondo de Cultura Económica. México. 2013, pp.298-300

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