viernes, 8 de septiembre de 2017

La visita de Porfirio Díaz a Real de Catorce, 1895

  Esta es la Calle Real del pueblo de Catorce en San Luis Potosí, lugar extraordinario que se ha mantenido en su estructura del siglo XIX cuando tuvo su última bonanza. Al fondo vemos la torre del templo principal, dedicado a San Francisco, patrono de la población.

  Del templo, Santuario de San Francisco, ya hablamos en otra ocasión, pero hay algo de lo que recién me entero y me parece una historia por demás particular que nos dice de los estilos de vida, los usos y las costumbres que reinaron en México.

  El acontecimiento en cuestión nos lleva a los años de esplendor del Porfiriato, cuando el Señor Presidente fue invitado al Real de Catorce para inaugurar la nueva maquinaria que había sido instalada en la Mina de Santa Ana en 1895, esto tuvo carácter de visita oficial. En 1901 regresa, esta vez en forma privada, invitado por el acaudalado dueño de la mencionada mina, el señor De la Maza para el bautizo de su hijo. Porfirio Díaz lleva un obsequio, no para su anfitrión, sino para el pueblo de La Luz, donde se localizaba la mina: el reloj que será colocado en la torre del pueblo. Al paso del tiempo y la decadencia y abandono del Real de Catorce, el reloj es vendido en 1933 para se colocado en la parroquia, cuyas imágenes estamos viendo. (Para leer la historia completa, entra aquí.)

  Al modo del Porfiriato, encontramos la crónica de parte de la visita que hace el Señor Presidente en junio de 1895 para la puesta en operación de la maquinaria que había sido mandada construir en los Estados Unidos:

  “A poca distancia de los trenes esperaban más de veinte carruajes, con cinco mulas cada uno, para conducirnos hasta Santa Ana. Mientras los excursionistas ocupaban los vehículos una doble línea de fuego se iba extendiendo rápidamente a ambos lados del camino, formada por los intrépidos operarios de la Negociación, que encendía a toda prisa las mechas mineras y se adelantaban corriendo a tomar puesto en aquella magnífica procesión. Cuando emprendieron la marcha los carruajes, había más de 1500 operarios en la formación, llevando cada uno a la espalda la herramienta de su oficio y en una mano la mecha encendida, cuyos hermosos resplandores inundaban de luz el camino en una gran extensión, como si fuese de día.

  “Nadie se daba cuenta exacta de la aparición repentina de aquellos centros de fuego que parecían antorchas celestiales; y cada cual procuraba explicar a su manera tan primoroso prodigio: algunas personas creían que las elevadas y brillantes luces que estaban mirando, eran globos aerostáticos que aquella noche serena y apacible tenía suspendidos en el éter, y cuando el brillo de las luces era más intenso, decían que los globos que se estaban incendiando, hasta que la persistencia de las fulgentes y colosales antorchas les hacían caer en la cuenta de que eran grandes fogatas alimentadas con plantas resinosas.

 "Absortos estábamos contemplando aquellas maravillas cuando nos sacó de este éxtasis delicioso el estallido de los cohetes; el estruendoso disparo de los cartuchos de dinamita en las alturas, cuyo eco repetían con estrépito las enormes cordilleras, como si ella tomara también parte en el regocijo general; los repiques de las campanas de la modesta iglesia de la población, las alegres notas del himno nacional, ejecutado por las músicas populares y la majestuosa vocería de aquella muchedumbre que aclamaba delirante al Señor Presidente de la República

  “En estos momentos penetrábamos lentamente en la ancha y extensa calle principal de la población llamada El Potrero, y un nuevo, brillante, espléndido panorama se presentó a nuestra vista deleitándonos de modo inexplicable aquella hermosa calle que parecía no tener término. Estaba adornada con dos hileras de árboles artificiales de cinco metros de altura, formados por tubos de fierro revestido de ramaje natural, que se extendían simétricamente por la gran avenida, y con una docena de arcos triunfales, algunos adornados con verdura y grandes flores de penca de sotol, otros con tela de color y los últimos, que eran los mejores construidos con hermosas molduras y preciosos relieves de madera y profundamente iluminados con farolitos de colores; los edificios estaban cubiertos de banderitas de lienzo o de papel con los colores nacionales, iluminados por el frente con farolitos de cristal multicolores y coronados con líneas compacta de brillantes candilejas que presentaban un conjunto encantador a causa de los accidentes del terreno, pues parecían surcos de fuego que se extendían irregularmente sobre las colinas laterales, alternando con estas líneas paralelas se veían a gran distancia algunos círculos refulgentes, iluminando gruesos festones de verduras entrelazados con listones y banderitas tricolores; esta iluminación risueña y pintoresca delineaba las grutas o cavernas formando singular contraste con la pobreza de sus habitantes, que en aquella solemnidad echaban el resto para manifestar su natural regocijo por la visita de los altos dignatarios de la nación y del estado". (1)


Fuente:

1.- Montejano Aguiñaga, Rafael. El real de minas de la Purísima Concepción de los Catorce. Luz Portátil. Catorce, 2008. pp. 191-192

2 comentarios:

  1. Muy bonito relato, parece que lo estoy viviendo. gracias Benjamin

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  2. Excelente texto, gracias por compaetir las fotos muy buenas.

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