miércoles, 13 de enero de 2016

Trabajo, esplendor y decadencia, algunos datos de la vida de Don Francisco Matías de Busto, Moya, Jerez y Monroy.

    Seguimos en esta especie de ejercicio colectivo que me ayudará a sustentar lo que estoy redactando y que tiene que ver con la historia más profunda (y poco [o nada] estudiada) del lugar en el que vivo actualmente. Lo de hoy trata sobre una de las familias importantes (entendiendo por importante la dimensión de su riqueza) y que fue quien obtuvo el primer título nobiliario en la Nueva España durante el siglo XVIII, el título fue el de Marqués y se dio en estos términos: “20 de Diciembre de 1730. Expide el Rey Felipe V una cédula firmada en Sevilla y refrendada por el secretario D. Francisco de Castrejón, por la cual concede el título de Vizconde de Duran y Marqués de San Clemente a D. Francisco Matías de Busto, Moya, Jerez y Monroy, rico minero de Guanajuato, regidor de primer voto y antiguo Alcalde mayor de esta villa, y caballero del orden de Calatrava. Contaba el agraciado entre sus ascendientes á D. Pedro de Busto, qué según refiere Zurita en sus anales de Aragón, fue quien hizo proclamar, en el año de 1475, a la Reina Doña Isabel la católica”.

  Luego de ser proclamado marqués “Se colocan en el que es hoy bautisterio de la Iglesia Parroquial, los retratos de la Sra. Doña María Lorenza Reynoso y de su esposo D. Francisco Matías de Busto y Moya, Marqueses de San Clemente, los cuales, poco tiempo antes habían hecho construir ese hermoso edificio para camarín de Nuestra Sra. de Guanajuato”. (1)

   Nos adentramos más en el origen de la ilustre familia y, ahora apoyándonos en lo escrito por la doctora Guevara Sanginés sabremos que: “Los Busto llegaron a la villa de León a finales del siglo XVI y desde entonces establecieron relaciones de parentesco con varias familias, entre las que se encontraban los Marmolejo de Santa María de los Lagos, los Liceaga, los Aranda y posteriormente los Alamán. Poco a poco fueron extendiendo sus redes familiares de la villa de Guanajuato a una amplia región que comprende los Altos de Jalisco, el Bajío y Querétaro. El espíritu emprendedor de la generación de don Francisco Matías de Busto, primer marqués de San Clemente, hizo de esta familia una de las más prósperas en Guanajuato, lo que les redituó en honor y privilegios en la villa minera como miembros del cabildo, de varias cofradías y benefactores de la Iglesia. Tuvieron relaciones intensas con sus esclavos y con sus sirvientes mulatos libres, lo cual les acarreó numerosos conflictos familiares y aun judiciales.

   Y antes de seguirle los pasos al marqués de San Clemente, veamos quienes fueron sus padres, esto que ahora comparto es una nota que la misma doctora Sanginés incluye en su texto: “En efecto don Pedro de Busto llegó procedente de León en España a la villa de León en 1590, contrajo matrimonio con doña Leonor Diez de Noriega, con quien tuvo varios hijos, uno de ellos, Francisco, casó con doña Francisca de Moya y Monroy. Este matrimonio se estableció en el Real de Minas de Guanajuato a fines del siglo XVII donde procrearon varios hijos que se dedicarían a la minería y tendrían propiedades rurales. Tres de ellos fueron famosos por su actividad empresarial: Juana, Teresa y Francisco Matías. Francisco Matías adquirió el título de marqués de San Clemente en 1730 por sus servicios a la Corona en la minería. Heredó el título de marqués su hijo Cristóbal, quien residía en la villa de León. Su nieto Pedro de Busto perdió el marquesado por problemas familiares y disminución de los bienes. Entre los descendientes del primer marqués de San Clemente se encuentra don Lucas Alamán”.

    “Para ese momento, [1735 aproximadamente] don Francisco Matías y su familia habían invertido exitosamente en haciendas agropecuarias, inmuebles en las villas de León y Guanajuato y explotaban varios fundos mineros, principalmente en la mina de Guadalupe conocida como Cata, pero también en Mellado y en las Ánimas. Sus haciendas más importantes eran las de Villachuato (Pátzcuaro) y San Joseph de la Cañada, en Silao. Al menos dos de los hermanos del marqués de San Clemente, Antonio y Bartolomé, se asentaron en la jurisdicción de la congregación de Irapuato donde poseían las haciendas de Thomelopez y Tamascatío

  “Otra de las hermanas del marqués, Teresa Josefa de Busto y Moya, además de poseer varios esclavos, contaba entre sus numerosos bienes varias casas en la villa de Guanajuato y haciendas de producción mixta como la de Aguasbuenas (Silao), donde además de sembrar y criar ganado, se beneficiaba el mineral extraído de las minas de la familia. De hecho, sobre una de sus casas, ubicada en la calle del Cerero, se construyeron el hospicio, el colegio y el templo de los jesuitas.

    “Doña Teresa Josefa de Busto y Moya, recordada como ilustre matrona guanajuatense, promovió entre los mineros el proyecto de establecer un colegio de la Compañía de Jesús en la villa de Guanajuato, con el objetivo de educar a los jóvenes de la villa sin necesidad de que se ausentaran de la casa paterna, y, además, con la intención de fortalecer la vida espiritual del resto de la población, coadyuvando a la labor del clero secular que administraba la parroquia de Guanajuato y de otras órdenes religiosas como los betlemitas que atendían a los numerosos guanajuatense enfermos y los dieguinos. Para lograrlo, doña Josefa se dio a la ardua tarea de convencer a los mineros para que donaran dinero en efectivo y otro tipo bienes para dicha obra pía. Es así como en el año de 1732 arribaron a la villa de Guanajuato los jesuitas que establecieron un hospicio y luego edificaron el templo y el colegio de la Santísima Trinidad. El éxito de los jesuitas fue tal que se reflejó en varias vocaciones sacerdotales de guanajuatenses, en particular dos nietos del marqués de San Clemente, Francisco y José, hijos de doña María Manuela de Busto y Marmolejo y de don Domingo de Alegría, quienes ingresaron a la Compañía de Jesús en sus años mozos y fueron expulsados en 1767, junto con sus demás correligionarios, de acuerdo a la Pragmática firmada por Carlos III. Años más tarde, doña Manuela, con amargura explicitaría en su testamento las causas por las cuales no podía dejarles herencia a sus amados hijos jesuitas.

  “Por las descripciones que están en los documentos, donde se registran las transacciones en las cuales estuvieron involucrados los esclavos de los Busto, inferimos que la mayoría estaban dedicados a las labores de carácter doméstico, pues en ninguna escritura se especifican sus oficios. Además, los registros notariales, incluyendo testamentos, permiten asumir que esta familia no poseía muchos esclavos, a pesar de su privilegiada situación social y económica.

  Sin embargo, de los conflictos sociales en los que se vieron envueltos los Busto y que también fueron documentados en su tiempo, se desprende valiosísima información para reconstruir la vida cotidiana de la villa minera y las relaciones entre amos y esclavos. En efecto, los descendientes del marqués de San Clemente protagonizaron varios conflictos familiares en los que sus esclavas domésticas y criadas mulatas jugaron un papel importante; estos casos fueron de tal envergadura que se ventilaron en varios juzgados civiles y eclesiásticos.

   “Una de las hijas del marqués de San Clemente congenió con las esclavas domésticas a tal grado que compartían intimidades y espacios de descanso, es decir, dormían en la misma recámara. Además, las esclavas fueron protagonistas en una aventura amorosa entre la niña Busto y su enamorado, un comerciante peninsular de apellido Balenchana. La participación de las esclavas no se quedó en el simple acto lúdico de colaborar en la redacción de las cartas de amor, sino que actuaron como celestinas llevando y trayendo billetes y regalitos. La suerte de la esclava que participó con mayor entusiasmo en este asunto no fue afortunada, pues en el transcurso del juicio, por incumplimiento de promesa de matrimonio contra su ama, fue vendida a un obrajero de la Ciudad de México, quien después de acusarla de ladrona la envío a trabajar a un obraje

  “El nieto de don Francisco Matías de Busto y Moya, don Pedro, quien era el heredero al marquesado, vivió una situación humana más trágica al pretender contraer matrimonio con una mulata libre. La marquesa madre acudió a las autoridades civiles para que se aplicara la Pragmática de Matrimonios, así que don Pedro terminó acusado de andar con malas compañías, encarcelado por ebrio y sin marquesado. Mientras que la mulata, Andrea Martínez, tuvo que residir sola y abandonada en Valladolid, mientras trataba de defenderse ante las autoridades eclesiásticas. Fue despojada por la marquesa de sus dos hijos pequeños, quienes fallecieron poco después. Este caso que comentó de pasada David Brading en su libro ya clásico, Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810), es un reflejo de las relaciones desiguales en una sociedad estamental.” (2)

     Y la historia del marqués se complica aún más, tiene un mal desenlace, para 1735 de las minas de cata que acababan de pasar por una gran bonanza, él era dueño de la mita, la otra eran de su cuñado, Manuel de Aranda y Saavedra, casado con la hermana del marqués, de nombre Josefa.  “Cada uno de estos hombres ganó una fortuna de unos 300,000 a 400,000 pesos de su mina, cantidad suficiente, podríamos suponer, para establecer sus empresas sobre bases sólidas, pero tanto el marqués como Aranda engendraros diez hijos cada uno, y como ninguno de los dos estableció un mayorazgo, los bienes fueron divididos en partes iguales entre sus herederos. […] El resultado fue que, cuando el marqués murió en 1747, dejó sus bienes enormemente abrumados por las deudas, entre ellos dos minas en decadencia que necesitaban urgentemente ser rehabilitadas. (3).

    Poco quedó de la fortuna del marqués, sus propiedades se fueron dividiendo y vendiendo, incluso el marquesado desapareció...



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Fuentes:

1.- Marmolejo, Lucio. Efemérides Guanajuatenses. Tomo II. Imprenta del Colegio de Artes y Oficios, a cargo de Francisco Rodríguez. Guanajuato, 1883. pp. 34-35

2.- María Guevara Sanginés.  Propietarios de esclavos en Guanajuato durante el siglo XVIII. Revista Ulúa, No. 19, Universidad Veracruzana. 2012: pp. 121-146

3.- Brading, David. Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810). Fondo de Cultura Económica, México, 2012, p. 354

4.- Ortega y Pérez Gallardo, Ricardo. Estudios Genealógicos. Imprenta de E. Dublán. México, 1902.

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