sábado, 16 de enero de 2016

Una breve descripción de lo que era Guanajuato al terminar el siglo XVIII

   No digo que no haya autores mexicanos importantísimos que marcaron una época en historiar y documentar, por ejemplo Riva Palacio y su grupo, que participaron en el México a través de los siglos es, quizá, el ejemplo clásico; los hubo también antes y después de ellos pero lo que sí digo es que ya entrado el siglo XX hubo autores no mexicanos que se dedicaron a estudiar la región del Bajío a mayor profundidad. El primero es Kirchner, el que planteó la teoría de que antes, lo que la región había sido era un lago. John Tutino es, sin lugar a dudas, el que nos hizo ver detalles que, mientras nosotros nos enfrascábamos en absurdos alegatos de que si Salamanca se fundo el 16 de agosto de 1602 o el 1° de enero de 1603, él planteaba la interesante situación que por acá se vivió de los “patriarcas” de origen indígena y negro que dominaban la zona, específicamente en buena parte de Salamanca y uno que, mucho antes de Tutino estudió el Bajío y se volvió fuente obligada de consulta para los estudiosos del tema fue David A. Brading que en tres de sus obras nos dice mucho de lo que por acá ocurrió: Mineros y comerciantes en el México borbónico, Haciendas y ranchos del Bajío y Una iglesia asediada. Es de la primera que extraigo esto que ahora comparto contigo:

  “Durante el siglo XVII la región fue más conocida por su agricultura que por sus minas. Mientras Celaya recibió el título de ciudad en 1655, Guanajuato no alcanzó ni siquiera el de Villa hasta 1679. La población del campo minero era igualmente pequeña; fue estimada en 4,000 habitantes en 1600 y se incrementó lentamente hasta alcanzar los 16,000 en 1700. De la misma manera, su producción de plata no alcanzó importancia hasta las últimas décadas del siglo. En la distribución de mercurio de 1636 se asignó a Guanajuato el 7.2 por ciento del total, en comparación con la tercera parte que se destinó a Zacatecas. Además, la comparación de la masiva pero sencilla parroquia de Guanajuato, construida en los años 1671-96, con su equivalente zacatecano, de un espléndido barroco, construido casi en el mismo periodo, nos revela que Guanajuato seguía siendo muy provinciana.

  “Sin embargo, y a en el siglo XVIII el Bajío se había convertido en una zona intermedia muy próspera y bien diferenciada tanto de las despobladas tierras y campos mineros aislados del norte, como de los valles del centro, donde las comunidades indígenas se alternaban con los latifundios. En primer lugar tenía una población principalmente mestiza y muy urbanizada, además de que sus poblaciones eran industriales: Querétaro y San Miguel de Allende eran los centros productores de telas de lana más importantes de la Nueva España; Celaya y Salamanca tejían el algodón; León producía artículos de piel; y Guanajuato se había convertido en el centro productor de plata más importante de México. Con tan amplio mercado urbano que aprovisionar, la agricultura de la región prosperó enormemente, siendo precisamente esta combinación de urbanización, industria textil, minería y agricultura lo que hacía del Bajío una zona excepcional no solo en México, sino en toda la América española.

   “Sin fuerza de trabajo numerosa y móvil, el progreso económico de la región habría sido imposible. Al mismo tiempo, la amplia gama de posibilidades de empleo o atraía inmigrantes de Michoacán y del centro, o en cambio ofrecía un medio particularmente propicio para el incremento demográfico natural. Cualquiera que haya sido la causa, el hecho es que la población de los cinco distritos que más tarde formaron la intendencia de Guanajuato, creció con mayor rapidez que en los valles centrales o en el sur. Mientras que para la Nueva España en su conjunto el crecimiento demográfico entre 1742 y 1793 fue aproximadamente del 33 por ciento, en la intendencia de Guanajuato alcanzó el 155 por ciento. En 1742 el territorio de la intendencia estaba poblado por el 4.6 por ciento de los habitantes de la Nueva España, pero este porcentaje se incrementó al 9.4 hacia 1793. Es difícil encontrar las razones de este fantástico aumento. Los registros parroquiales sugieren que en gran parte se debió a que los nacimientos claramente superaban a las defunciones y parece que ni siquiera la gran mortandad causada por las grandes hambres y epidemias de 1759-60, 1779-80 y 1784-6 afectaron esta tendencia favorable.

  “Por supuesto que de estas cifras dispersas no se puede sacar en claro gran cosa, una persona tenía más probabilidades de ser cristianamente bautizada, que de ser enterrada con solemnidad; además, durante los años de hambre muchos indígenas y peones vagaban en busca de comida por los campos y morían sin atención en zonas despobladas. Tal movilidad distorsiona si no es que lo destruye el valor de las listas parroquiales. De todas maneras sirven de indicación útil como la paja que señala la dirección del viento.

   “El grado de urbanización, aunque fue difícil de calcular, era notablemente alto. En 1790 las ciudad de Querétaro tenía casi 30 000 habitantes y San Juan del Río 6 173. Guanajuato tenía 32 000 personas en su centro pero si le agregamos la población de los centros mineros y de beneficio que se encontraban dentro de un radio de 5 kilómetros, que en realidad eran casi suburbios de la ciudad, el total alcanza la cifra de 55 000. Carecemos de cifras exactas en lo relativo a las ciudades de Celaya, San Miguel y León, pues las que tenemos se refieren a sus distritos, pero Celaya posiblemente tenía más de 20 000 habitantes y San Miguel por lo menos 12 000; León era mucho más pequeña pues en 1781 no llegaba a 6 000. Además de estos centros urbanos importantes el Bajío contaba con un gran número de poblaciones menores tales como Irapuato, Silao, Salamanca, Salvatierra, Acámbaro, San Felipe y Dolores. Quizá sea razonable suponer que hacia 1793 cerca de un tercio de la población el a intendencia de Guanajuato vivía en poblados de más de 5 000 habitantes. Un porcentaje similar era aplicable a la zona del corregimiento de Querétaro.

  “Siendo esta la situación, no es de sorprender que en el Bajío predominara la población mestiza. Un resumen extractado de los sumarios publicados del censo de 1792 ilustra las proporciones.

  “Como la mayoría de las personas consideradas como españoles indudablemente tenían alguna mezcla de sangre indígena o africana, podemos entonces dar por hecho que el Bajío, hacia fines del siglo XVIII, había logrado lo que otras provincias alcanzarían mucho más tarde: la formación de una población predominantemente mestiza estando ya los indígenas en minoría. Además, las pruebas que han llegado hasta nosotros indican que la población indígena estaba considerablemente hispanizada y en camino de perder su identidad como grupo cultural separado.

   “Históricamente los otomís y tarascos del Bajío eran grupos colonizadores que habían fundado pueblos organizados en número relativamente escaso. En 1810 aparecen en las listas únicamente 62 pueblos de esta especie y en el censo de 1793 no se mencionaban más que 37. Además, como lo reveló en una encuentra hecha en 1797, estos pueblos conservaban muy pocas tierras comunales. En San Felipe y en Dolores no quedaban pueblos que tuvieran ni fondos comunales ni siembras de milpas comunes. La zona de San Luis de la Paz había 4 pueblos que conservaban algo de tierra, pero los 4 estaban litigando con los terratenientes locales sobre la posesión de dichas tierras. Más hacia el sur, en la región de Salamanca, los dos pueblos que todavía eran propietarios de las tierras las daban en alquiler, y en Salvatierra, la pequeña extensión que pertenecía a dos pueblos cercanos no producían nada. Ni en Celaya, ni en las poblaciones menores de su jurisdicción, tales como Apaseo, Jerécuaro o Chamacuero, tenían tierras los indígenas. En León, los 702 tributarios de San Francisco del Rincón carecían de tierras comunales. De San Miguel el Grande se informaba: “no hay repartimientos entre los indios laboríos que viven en las haciendas y ranchos de la comprensión y los que habitan en esta villas e mantienen con la industria de artesanos”. (1)

Fuente:

1.- Brading, David A. Mineros y comerciantes en el México borbónico (1763-1810). FCE. México, 2012, pp.302-307

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