jueves, 11 de octubre de 2018

Siglo XVII Novohispano: La muerte barroca.

  El tema de la muerte (quasi-infinito) lo podemos ver desde diversos ángulos, más aún ahora que estamos ya en las proximidades del Día de Muertos, como popularmente se conoce, que más bien es el día de los Fieles Difuntos... por aquello de la fides En el texto que hoy comparto y que con la finalidad única y exclusiva de difundir, incluyo esta vez, no si antes sugerir que, si este tipo de temas te interesa, la publicación del Colegio de México está aun disponible y es algo que, a mi juicio, es lo mejor que se ha publicado en la presente década: la Historia de la vida cotidiana en México.

   "Dentro de la preparación para la muerte, la unción de los enfermos era el último ritual con el que la santa madre Iglesia ayudaba a sus hijos a luchar, desde esta vida, por la salvación de su alma. En virtud de sus propios fines, el ritual se conocía, asimismo, como extrema unción o sacramento de los moribundos y tenía la propiedad de sanar el alma del enfermo próximo a morir y fortalecer su cuerpo para que pudiera entablar el último combate mientras agonizaba. El sacramento debía complementarse con otras ceremonias que se llevaban a cabo después del deceso, como el duelo, entierro y exequias, mismas que formaban parte de una ceremonia mayor denominada sepultura eclesiástica, con la cual se ponía de manifiesto la creencia que sostenía la resurrección de los muertos. En estas ceremonias posteriores al deceso y extremaunción se encerraban los rituales del cuerpo, cuya finalidad, además de justificar la existencia del purgatorio y de promover distintas prácticas que permitían a la Iglesia prolongar su poder más allá de la muerte, radicaba en moralizar a los vivos recordándoles de manera insistente, la omnipresencia de la muerte y la necesidad que tenían de prepararse cristianamente para recibir su llegada.

   La doctrina católica sostenía que la unción de los enfermos era un sacramento instituido por Jesucristo como celestial medicina para el cuerpo y para el alma y que fue el veneradísimo apóstol Santiago quien promulgara la ley de ese sacramento al afirmar: "¿Enferma alguno de vosotros? Llamen a los presbíteros de la Iglesia y hagan oración por él dirigiéndole con óleo en nombre del Señor... y sanará al enfermo y lo aliviará el Señor y si está en pecado se le perdonará".


  Para dar cumplimiento a sus fines moralizantes, la extremaunción se dividía en tres etapas: el cuidado del enfermo, el auxilio del moribundo y la administración del sacramento cuando se presentaban los primeros estertores de la muerte. Durante ellas se exaltaban la importancia de la enfermedad y de la agonía, por ser los momentos que encerraban el ideal de la muerte barroca; ésta se traducía como una muerte esperada, tras una larga y penosa enfermedad, a la que se le consideraba como la gran maestra, cuyo valor moral radicaba en permitir al enfermo ejercitar la paciencia y serenidad, despachar sus asuntos terrenos y prepararse para recibir el sacramento de la extremaunción, con el cual alcanzaría la gracia de una buena muerte o muerte con sacramentos.

   La primera etapa del ritual se iniciaba en el momento en que el sacerdote recibía la noticia de que alguna de sus amadísimas ovejas había enfermado. A raíz de conocer la noticia, el pastor de almas se proponía visitarla diariamente para consolarla, fomentar su paciencia y su fe en los méritos de la redención de Cristo, pero sobre todo para convencerla de redactar su testamento, antes de que perdiera el conocimiento a causa de la agonía, pues en el documento se encerraba un acto de caridad y de justicia, por lo que no se debían omitir cuantiosas sumas destinadas a la Iglesia.

   "Con la agonía daba comienzo la segunda parte del ritual. El discurso cristiano de la muerte barroca sostenía que, durante ese tiempo, el moribundo era sometido a un primer juicio o juicio personal que tenía lugar en la penumbra de su alcoba. En el lecho de muerte, rodeado de parientes, amigos y otros miembros de la comunidad, el agonizante era el único que podía observar la lucha que se entablaba entre el bien y el mal; en medio de ella, Dios y el demonio se disputaban su alma, mientras que el arcángel San Miguel pesaba las obras del moribundo en una balanza. Para ayudar al enfermo en ese último combate el sacerdote ahuyentaba al demonio valiéndose de la oración ante un crucifijo, aplicando indulgencias, reliquias, rosarios, imágenes milagrosas y agua bendita sin olvidar, desde luego, fomentar en el agonizante la esperanza en la salvación.

  Cuando la muerte anunciaba su llegada, el sacerdote iniciaba la tercera etapa del ritual. Una mesa cubierta con impecables y blancos manteles, símbolo de pureza, una cruz, un recipiente para contener los siete copos de algodón para limpiar las partes ungidas, una miga de pan con la que el sacerdote limpiaría sus dedos, agua para lavarse las manos y candelas encendidas era lo que se requería en esa tercera etapa. La cruz traería a la memoria la pasión de Cristo, columna vertebral del cristianismo y ejemplo de vida cristiana por excelencia, al tiempo que simbolizaba la bandera bajo la cual había militado el soldado próximo a la muerte. Las velas encendidas, además de facilitar el trabajo del sacerdote, tenían el poder de alejar las tentaciones que inquietaban al enfermo en su lecho de muerte, amén de ahuyentar a los demonios.

  En el interior de la alcoba, alumbrada apenas por la tenue luz de las candelas, el sacerdote procedía a ungir el pecho y la espalda, en representación del cuerpo mismo con el que el moribundo había ofendido a Dios. Ungía después todos y cada uno de los órganos donde radicaban los sentidos, considerados en la doctrina como las puertas de entrada del conocimiento, pero también del pecado: la boca, con la que habían injuriado a Dios y al prójimo, y vía de acceso del pecado de la gula; los oídos, a través de los cuales habían penetrado las palabras que lo alejaron del bien; los ojos, símbolo de las luces vigilantes del cuerpo; la nariz, órgano del discernimiento entre el buen y mal olor y representación del exceso; manos y pies, sedes del tacto y miembros del cuerpo donde se originaban la ociosidad y los malos hábitos de la juventud.

  Una vez que el enfermo exhalaba el último suspiro, la extremaunción se daba por concluida y era entonces cuando sonoros e insistentes toques de campana anunciaban a los presentes y a los miembros de la comunidad, el deceso del enfermo y su nacimiento a la vida eterna.

  Entre tanto, en la intimidad de la alcoba, el médico del cuerpo o el médico del alma cerraban los ojos y la boca del difunto, en señal de que los sentidos corporales habían muerto para el mundo.  Enseguida se preparaba el cuerpo para ser expuesto a la mirada siempre curiosa de los dolientes. siguiendo antiguas costumbres de la Iglesia y como símbolo de pureza, primero se lavaba el cadáver, después se amortajaba con un paño blanco de lienzo en recuerdo de que así fue sepultado el Redentor, o bien, para ganar indulgencias, se le vestía con algún hábito religioso de las órdenes mendicantes. Con uno u otro atuendo se colocaba en un ataúd de madera, puesto que Cristo había muerto en un madero para redimir los pecados de los hombres; más tarde se le adornaba con guirnaldas y flores para simbolizar que así como las flores anuncian la fértil primavera y el dichoso verano en que se cosecha los frutos de la tierra, así también el tránsito de la muerte es una primavera en que se espera el fruto de los trabajos de la vida. Por último, se ponía entre las manos del cadáver la bula de la Santa Cruzada,  documento mediante el cual la iglesia perdonaba a su comprador todos los pecados, de ahí que la Bula resultara indispensable para ingresar directamente al Reino de los Cielos.

  El arreglo del cuerpo ponía punto final a la intimidad de la muerte para dar inicio a la sepultura eclesiástica con los rituales de duelo, entierro y exequias, durante los cuales la parca salía a pregonar su llegada inevitable y su sentido ejemplar, mientras que el número de los rituales recordaría a los fieles el dogma más importante para el catolicismo, el trinitario, y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que vinculaban al hombre con la divinidad.


Fuente:

Lugo Olín, María Concepción. Enfermedad y muerte en la Nueva España. En: Historia cotidiana de la vida de la Nueva España. Tomo II. El Colegio de México - Conaculta. México, 2010. pp. 574-581

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