lunes, 8 de agosto de 2016

La razón por la que creo se hace “la bajada” el día de la Transfiguración

 El tema del calendario lo hemos visto en repetidas ocasiones por este Bable. Casi logramos desenmarañar las muchas ideas que hay en torno a las festividades, que la Iglesia Católica adoptó de las celebraciones paganas. Fue así como entendimos que, en base a las Ruanas, esas festividades celtas que se realizan justo a mitad de cada estación podemos dividir  de 45 en 45 días el calendario. Me explico: considerando que son 360 días, más 5 de los llamados “inexistentes” llegamos a los 365 días que forman un año. Claro es que hay años bisiestos, pero no estamos haciendo un ejercicio de precisión matemática, sino de mero entendimiento del porqué de las festividades en el calendario litúrgico.

  Partamos de las fechas conocidas: los días en que comienzan las estaciones. 21 de diciembre, 21 de marzo, 22 de junio y 22 de septiembre (en el entendido de que ya la primavera se ha desplazado hasta el día 19, insisto este no es un ejercicio de precisión). Esto nos dice que cada estación tiene 90 días (90 x 4 = 360). Por lo tanto hay un punto medio en cada estación, este sería el día 45. De ahí que tengamos establecidos (en el calendario litúrgico) las fechas del 2 de Febrero (La Candelaria); 3 de Mayo (La Santa Cruz); 6 de agosto (La Transfiguración) y 2 de noviembre (Los Files Difuntos).

  De las fiestas que se celebran en cada uno de esos días las conocemos muy bien en México, solamente 3 de ellas. Tenemos así que el 2 de febrero, que es “el día de la purificación” está el fuego presente, nosotros lo hemos revestido de fiesta con los tamales, pero esa es una derivación, la celebración en realidad es la bendición de las semillas, pues ese día antes se hacía el ritual para luego iniciar la siembra. Recordemos que antes el calendario litúrgico iba de la mano del calendario agrícola. El 3 de mayo lo entendemos como el día de los albañiles, pero en realidad es el día en que tradicionalmente comenzaba a levantarse la cosecha de trigo. El 6 de agosto ya desapareció del calendario. Y el 2 de noviembre cada vez se celebra con mayor fuerza es prácticamente una fiesta ya institucionalizada en torno a la muerte. 

  Las festividades religiosas fueron cambiando y adecuándose a los tiempos. De pronto los jueves ya no fueron días tan importantes como lo eran hace tiempo y las fiestas establecidas para el Jueves pasaron para el Domingo siguiente. Y el día de la Transfiguración dejó de tener la relevancia que antes tuvo, dejó de ser fiesta de guardar para desaparecer. Pero no en todo México pues hay algunos lugares en donde aún se celebra ese día a través de lo que llaman “la bajada”. Tal es el caso de Teocalitche y Lagos de Moreno, en los Altos de Jalisco en donde se celebra a Nuestro Padre Jesús.

   Lo que interpreto de esa bajada, que luego es una subida, es decir que a la imagen se baja de su sitio para llevarla (creo) en procesión, lo que nos está representando es aquello ocurrido en el Monte Tabor el día que ocurrió la Transfiguración. De algún modo Pedro, Santiago y Juan tuvieron que “subir” al monte, y de algún modo Jesús, Elías y Moisés tuvieron que bajar al monte, que fue el punto de encuentro. Y se establece justo el día que marca la mitad del verano porque es cuando el sol llegó a su punto más alto y comienza a bajar. Recordemos que el origen del calendario litúrgico está en los movimientos solares.

  Habrá que agregar que estamos en la Canícula, que es otra cuaresma, es el tiempo en que arrecia el calor y se marca también con la presencia de imágenes religiosas, pues la canícula comienza con la virgen del Carmen, termina con San Bartolomé. Y entre uno y otro está la Transfiguración. Además justo cuando arrecia la canícula aparece la festividad de San Lorenzo, el que fue quemado en una parrilla. Si algo he encontrado al estudiar el calendario litúrgico con el agrícola es que, se fueron cambiando los conceptos, de los movimientos del sol y estelares en general, con las apariciones de santos, pero al final todo nos conduce a lo mismo: la perfección cósmica.


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