miércoles, 19 de agosto de 2015

Un auténtico mitote: la boda del maíz.

   México, México, tan lejos de Dios, etc... eso dicen que decía Don Porfirio Díaz; usando la frase, adaptándola diré: México, México con tantas culturas y tradiciones y nosotros tan lejos de ti. Comienzo así porque en este momento se me agolpan las ideas, las imágenes de lo que he visto a lo largo y ancho de nuestro país. Y eso que he visto, como constante es el maíz. El maíz presente en todos y cada uno de los días de nuestras vidas en la mesa en forma de tortilla. O en los paseos dominicales en forma de esquites; o en las horas de entretenimiento con las palomitas y así podríamos seguir la lista que es bastante larga. Esta vez de lo que se trata es de saber que una palabra antigua como las culturas que conforman a México: Mitote.

  Esto es lo que dice la Real Academia de la Lengua Española sobre el Mitote, palabra que entendemos bien pues ¿quién no ha hecho un mitote o lo ha visito? Pero el origen del Mitote es otro, va asociado a la cultura del maíz de la que en México somos intrínsecos partícipes. Y digo que es todo México porque la siguiente imagen, que fue tomada por el etnógrafo noruego Carl Lumholtz en 1904 nos deja ver el altar que se levanta en el que se hará un Mitote. Cuando la vi de inmediato recordé aquella ceremonia que hace mucho, andando por Cobá en Quintana Roo, me tocó presenciar que era una ofrenda que se le hacía a ciertas deidades en torno a la comida, las lluvias, la siembra y la cosecha. Recordarás que cuando andaba por Yucatán, publiqué un artículo sobre estos altares llamados "enramadas" que volví a ver, ya en museos. Lumholtz estudió a Coras, Tepehuanes, Huicholes y Tarahumaras, así mismo lo hizo otro etnólogo, Konrad Theodor Preuss, y de este último comparto el siguiente texto:

    "En 1907, Konrad Theodor Preuss documentó la siguiente versión del mito del origen del maíz y la publicó con el título La boda del maíz: Hubo una hambruna tremenda. Los seres humanos no tenían qué comer. Watakame, que vi vía con su anciana madre, exclamó: —¡Tengo hambre! —dijo el hombre—, voy a preguntarle a la gente. En su camino Watakame se topa con la “gente-hormiga” que iba transportando maíz. —¿Dónde lo compraron [el maíz]? —preguntó. —Allá hay maíz, vamos hacia allá a comprarlo. Watakame se fue con ellos. —Aquí vamos a pasar la noche— dijeron. Todos se fueron a dormir. Cuando Watakame despertó ya no había nadie, pero sus cabellos habían desaparecido. Se había quedado calvo. Las hormigas arrieras le habían robado el cabello. Entonces se dio cuenta de que estas arrieras no compraban el maíz, sino que se lo robaban. —¿Qué hago? Tengo hambre. —Se sentó en la cresta de una sierra y, desde ahí, vio cómo se acercaba una paloma [kukurú, güilota] que traía masa de maíz en el pico. La paloma es la madre del maíz. — Puedo visitarte en tu casa?—le dijó. Pronto llegó al rancho de la paloma y preguntó: —¿Aquí venden maíz? —Bueno— dijo la dueña del rancho que era una viejita—. Bueno, si quieres te doy una muchacha. Ella abrió la puerta y exclamó: —Ven maíz amarillo; maíz rojo, ven; maíz negro, ven; maíz pinto, ven; maíz blanco, ven; ven, flor de calabaza; ven, amaranto rojo. Maíz amarillo, tú te vas a ir con él. —No. —Maíz rojo, te vas. —No. —Maíz negro, te vas. —No. No voy. —Maíz pinto, te vas. —No voy. Mañana o pasado mañana me va a regañar. Ca mino muy despacito. —Flor de calabaza, te vas. —No, me cortará con un cuchillo. —Amaranto rojo, te vas. —No, me tirará. —Construye cinco trojes y un adoratorio bonito. Durante cinco días coloca flores rojas de cempasúchil en el sur, flores amarillas de cempasúchil en el Norte, betónicas en el Oriente, tempranillas en el Poniente, y en el centro vas a colocar flores de corpus. Durante cinco días enciende una vela. No vayas a regañar a las muchachas. Ponlas en el adoratorio. Y nunca dejes de barrerlo."

 Watakame se fue a su casa e hizo como le dijeron. A los cinco días llegó la muchacha del maíz, fue entonces cuando él vio que sus trojes estaban llenas de maíz y comió. Pero este idilio no duró mucho. La madre de Watakame no pudo aceptar que las cinco Niwetsika fueran tratadas como princesas y no le ayudaran con las tareas de la casa. Entonces la madre de Watakame regaño a su nuera: —¡Prepara [la comida]. Eres una mujer y no un hombre como para que te sirvan la comida! —dijo ella. La muchacha maíz se puso a moler en el metate. Un chorro de sangre salió de sus manos. Llorando molió el maíz. Se quemó las manos. Al final desapareció. Ya no hubo maíz en el rancho. —¿Qué voy a comer?— exclamó la viejita y le dijo a su hijo: —Las Niwetsika se fueron a su casa. ¡Tráemelas otra vez! Watakame regresó al rancho de la madre del maíz y dijo: —Perdí a las Niwetsika ¿vinieron aquí? —Te dije que no las regañaras. Ya no te la voy a dar. Aquí vino. Aquí está. Sus manos quedaron totalmente quemadas. Vete tú sólo. No sabes comer. Se fue. Llegando a su choza regañó a su mamá: —La regañaste. Por eso se fue, y nosotros nos vamos a morir de hambre." 

  "Mitos similares existen en otras partes de Mesoamérica e, incluso, en el Suroeste de los Estados Unidos. En otras versiones huicholes de este mito, el hombre y su madre sobreviven la hambruna y se convierten en los antepasados de los seres humanos, pero esto sólo después de arduas negociaciones con la madre de las muchachas. Watakame le llevó a su suegra muchos obsequios: carne de venado, ta males. También elaboró para ella velas, jícaras y flechas, es decir las ofrendas que actualmente se preparan en ocasión de las fiestas. Así es como se celebró la primera fiesta de la siembra, Namawita Neixa. —Ahora el maíz ya no crece por sí mismo sino que requiere mucho trabajo físico y ritual. Los decendientes del matrimonio entre Watakame y las Niwetsikas son los huicholes." (1)

Así, pues, la próxima vez que armemos un mitote sabremos que, más allá del escándalo que se genere allí, esa reunión social será para agradecer a la madre tierra y a todos su secuaces, es decir, a esa numerosa cantidad de deidades, los frutos que de la tierra nos da para nuestro mantenimiento.

   "La danza mitote es el medio universal de los coras para lograr que los dioses dispersen lluvia, salud y toda clase de bendiciones. Según las necesidades específicas, esta danza se baila varias veces durante el año en la montaña, sobre todo en ocasión de la siembra, que coincide con el movimiento de los elotes tiernos, y en la fiesta del Tostado de los Granos Maduros de Maíz (esquite). Pero incluso en estas últimas ocasiones las danzas mitote no se celebran en los diferentes pueblos en las mismas fechas. No obstante, sus ceremonias —que duran toda una noche hasta el mediodía siguiente— son esencialmente las mismas: la gente baila alrededor del cantador, quien está volteado hacia el altar en dirección este y quien con dos palitos toca el arco que reposa sobre una calabaza; tanto en dirección este como hacia los otros tres puntos cardinales hay rezos silenciosos ante el altar  —tan pronto como aparece la Estrella de la Mañana— se mata el venado, esto es, escenifican la matanza de las estrellas por el joven dios de esta constelación Játzíkan, “el hermano mayor”, al que el venado golpea con los pies en una danza desenfrenada. Enseguida el mismo dios dispara su flecha a la gran culebra de agua que amenaza a los humanos a la hora del amanecer. A esto siguen rezos a media voz de un viejo y del cantador, se asperja con agua a los asistentes y una comida comunitaria termina la celebración." (2)


Fuentes:

1.- Neurath, Johannes. La boda del maíz y la fragilidad de la alianza. Ciencias, Núm. 92 - 93, ctubre-marzo, 2009, pp. 34-40 Universidad Nacional Autónoma de México. México. Leer completo.

2.- Jesús Jauregui y Johannes Neurath (dir.)  La danza mitote de los indios coras. En: Fiesta, literatura y magia en el Nayarit. Ensayos sobre coras, huicholes y mexicaneros de Konrad Theodor Preuss. Open Edition Books. Leer completo aquí.

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