domingo, 16 de octubre de 2016

Una muy breve descripción del Camino Real de la pluma de Manuel Payno.

  Creo que hacía un rato que no comentaba algo acerca del Camino Real. Pero el que no lo comente no quiere decir que no esté en la búsqueda de más y mejor información. Recientemente agregué unos datos magníficos al Powerponit del que suelo apoyarme en las presentaciones que sobre el tema he realizado en los lugares a donde me han invitado a exponer, lugares que son, invariablemente, puntos tocados por el Camino Real de Tierra Adentro. Aprovecho el momento para informar que si quieres tenerme en tu localidad, pido viáticos, al menos 3 noches de estancia, un salón que incluya cañón para hacer mi proyección y verás que aprenderemos mucho. Pues bien, en esa incansable búsqueda de datos, encuentro que, mediaba el siglo XIX cuando un grande de las letras mexicanas Manuel Payno (su Bandidos de Río Frío me mantuvo en éxtasis durante los 3 meses que leí el libro) hizo un ligero esbozo de lo que era el emblemático camino:

  "¿Queréis gozar de una vista sorprendente y salvaje? Tomad la diligencia que sale de México al interior. Atravesaréis en doce o catorce horas el valle de México, entraréis en la intrincada cordillera y llegaréis a descansar a la magnífica hacienda de Arroyozarco, cuyos inmensos terrenos, cuyas siembras y cuya riqueza rural han sido desde tiempos atrás de grande fama.

  A las tres de la mañana el coche sigue su camino por elevadas cuestas, por barrancos, por valles, desde donde se descubren vistas pintorescas, cadenas de lomas cubiertas de verdura y en cuyo pie se distinguen las caserías blancas de los pueblecillos y las torres modestas de las pequeñas iglesias del campo.

  A las cinco de la tarde se descubre una ciudad de elevados edificios, porque así pueden llamarse, y de magníficos templos, aparece en medio de verdes fresnos y de elevados pinos. Bajada la cuesta, se entra en la ciudad, y el viajero puede descansar en una posada situada en una de las principales calles y donde se encuentra una buena mesa y un regular cuarto para dormir.

   "La tercera jornada es de 40 o más leguas, y se hace en tiempo de secas en catorce horas. El viajero pasa por el frondoso pueblecillo de Apaseo, por la ciudad de Celaya, donde podrá observar el puente, el convento del Carmen y algunos otros edificios en que se puede reconocer la mano de un hombre que amaba las artes, y que ha sido llamado por algunos viajeros el Miguel Ángel de México. Después de Celaya se encuentran las ciudades de Salamanca e Irapuato, y la hacienda de Burras. Desde este punto hay una calzada estrecha practicada en el corazón de las montañas que sale a una loma un poco elevada, desde donde pueden descubrirse al frente unas altísimas y colosales montañas que se dibujan al azul purísimo del cielo; al pie de estas montañas está una especie de abra o puerto donde se perciben las casas edificadas en las rocas y en el costado de las montañas. Es la población de Marfil. Sigue después una calzada que llaman también de Marfil, practicada en el fondo de las serranías y que es un verdadero laberinto de donde no se sale sino para entrar en las angostas calles de la ciudad.

  Subiendo un poco más, se entra a una calzada de piedra donde hay unas bancas o asientos y árboles de uno y otro lado. La ciudad presenta el aspecto más singular: edificada sobre las montañas, el desnivel es tal, que en algunas casas se sube a la entrada una escalera de treinta o más escalones, y por el otro lado las ventanas o balcones están al nivel de la calle".

  Con la sencillez que solamente una pluma privilegiada puede describir con pocas palabra unos 350 kilómetros, así lo hizo Payno, esa primera jornada se refiere a la salida de la ciudad de México hasta Arroyozarco (por cierto, si aun no conoces ese lugar, te pierdes de una pieza fundamental para entender al Camino Real), la segunda llega a Querétaro y en la tercera es que recorre el Bajío hasta llegar a Guanajuato.

Fuente:

1.- Payno, Manuel. Panorama de México. Tomo V. Conaculta. México, 1999. pp. 121-122

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