viernes, 2 de octubre de 2015

Sebastián de Aparicio, el primer transportista organizado de México

   Dado que en este espacio el tema del Camino Real de Tierra Adentro es uno de los más importantes que hemos tratado y una buena cantidad de artículos hemos difundido, agregamos uno más, que si bien ya había sido comentado anteriormente, esta vez va con una referencia de un libro antiguo en verdad, ya que se publicó en 1769 cuando la Causa para la canonización de fray Sebastián de Aparicio había pasado ya por la primera fase, la Diocesana, y el título de Siervo de Dios ya lo había obtenido, ahora se enfilaba a la Fase Romana, en donde obtendría el título de Venerable, ocurriría luego el llamado Proceso del Milagro para obtener el grado de Beato, cosa que ocurre el 17 de mayo de 1789. Debido a que se le considera como el santo patrono de los transportistas, pues fue, dicen, fue él quien construyó el Camino Real a Zacatecas. (Lo que sí sabemos es que, más bien, fue él quien organizó el primer servicio de carretas en la Nueva España y transitaba por ese camino.) El documento original está escrito al modo de la época (tercer cuarto del siglo XVIII) cuando se usaba la letra f, con valor de s; a fin de hacer más accesible he actualizado esa costumbre pero mantengo la sintaxis original; a las palabras del español de la época les doy enlace para entenderlas mejor.

   "No bastaba á tanto Héroe un solo mundo. Salió vencedor Sebastián en tan repetidos reencuentros en el antiguo, para comenzar á vencer á los treinta y un años de su edad en este nuevo; empezando á manifestar la generosidad invicta de su ánimo, desde que dio principio á su navegación. No solo el común de la Marinería; el demás resto todo de pasajeros, que observaron en él un ingrato dialecto castellano, á que agregaba una franqueza grande en decir con sencillez cuanto sentía, comenzaron á hacerle desde luego el objeto de su común pasatiempo, y diversión. Su paciencia en tolerar las burlas que le hacían, pasaba entre ellos plaza de estupidez; aumentando los ludibrios, y baldones él cree efecto de una insensata rusticidad su heroico disimulo. Pero dentro de pocos días se varió del todo la faena porque presentándoseles según su verdadero aspecto el sufrimiento, y taciturna modestia de Sebastián, convirtieron en respetos sus irrisiones, en alabanzas sus sátiras, y sus ultrajes en veneración. Llegando a ser, en una palabra, por mérito de su resignada mortificación, y tolerancia, la idea, y ejemplar de cristiana moderación á cuantos con él navegaban.

  El concepto, que habían  tomado todos de su virtud les hizo creer que más que al favor de los vientos e industria de los Pilotos eran deudores de su feliz arribo al Puerto de Vera-Cruz a las fervientes oraciones de Sebastián. El cual puesto ya en tierra, después de una corta mansión en Villa Rica (nombre que aún conservaba de sus Conquistadores la antigua Vera-Cruz) mal hallado con el ocio, se partió para la recién fundada Ciudad de Puebla de los Ángeles, en cuyas inmediaciones se ocupó en cultivar la tierra para sembrar de trigo, y maíz. Las pocas, o ningunas ventajas que sacó en los dos años, en que ejerció entonces la labranza le hicieron variar de ocupación, y aplicarse a la de amansar, y domar Novillos: comenzando a adquirirse desde este ministerio la admiración, y con ellas el respeto, y benevolencia de los Naturales, por haber sido el primero à quien hubiesen visto sujetar, y domesticar su fiereza. Después arbitró el modo de formar Carretas, à que uncidos lo Novillos y a Bueyes mansos, completó el todo de a utilísima máquina (ignorada también hasta entonces en el país) con que se comenzaron à transportar las semillas de las Haciendas de campo y mercaderías que desembarcaban en el Puerto de Vera-Cruz a las ciudades de Puebla y de México.

  Nueve años hacía ya, que se ocupaba en este laborioso ministerio, avecindado en los contornos de la Puebla, Sebastián, cuando resolvió pasarse con el codo de su carruaje, aumentado notablemente en el número, à la Ciudad de México. Y aplicando desde aquí su singular industria, sin perdonar trabajo, ni fatiga, á descubrir camino proporcionado para el tránsito cómodo de las Carretas dichas, abrió el que en el día se usa de esta Ciudad al célebre Real de Minas de Zacatecas, opulento ya entonces, y hoy reducido á un miserable estado.

  Comenzó á frecuentarlo con sus Carretas Aparicio, y más que un nuevo invento para la común utilidad, admiró este nuevo mundo un Heremitorio volante en cada una de aquellas en que el mismo Venerable se conducía. Bien merece este nombre aquel lugar, en que fin que fuesen capaces los regulares contratiempos de su ejercicio de turbar la paz interior, y serenidad de su ánimo, se dejaban ver con asombro la oración, la pureza, la penitencia, la modestia, y humildad, y sobre todo la caridad, capaz de acreditar de grande la virtud del mas retirado Solitario de la Nytria. Al ver la liberalidad con que socorría á cuantos pobres encontraba por los caminos, parecía, que solo emprendía sus viajes para desahogar su caritativo corazón en la soledad de los campos: haciéndoles al mismo tiempo lugar en sus Carretas, y sustentándolos, si acaso caminaban hacia donde él iba.

  Pero deseando la conversión de los Infieles más que todos los tesoros, que se pudiera prometer de su ejercicio el más avaro con aquel grande objeto era de lo más notable su liberalidad para con los infelices Chichimecas, cuya ferocidad se alimenta de las mismas vidas, que quita. Antes de ponerse en camino, cuidaba de que fuesen entre sus Bueyes algunos Novillos, y con ellos porción considerable de maíz, previniendo igualmente (sabiendo cuanto se prendaba de ellas su sencillez) algunas bujerías todo lo cual les regalaba, por si lograba de estos medios, cuando no el todo de aquellos sus deseos que hiciese menos estragos en los pasajeros su barbarie. En efecto su virtud se insinuaba de tal suerte en los corazones de aquellas fieras racionales, que luego que lo reconocían no solo se venían a él con demostraciones de la mayor benevolencia; sino que lo obsequiaban con algunas frutas silvestres, y ofrecían a servirle, acompañándole en los caminos contra la ferocidad, así de los brutos, como de los demás de su misma Nación; bien que era tan común a unos, y otros la veneración a Aparicio, que no solo se atrevió jamás alguno de ellos a ofenderle en su persona; pero ni a los que se valían de su compañía, sirviéndoles su respeto del más seguro asilo.

  Cansado ya su trabajado cuerpo de la penosa ocupación de manejar Carretas, se resolvió a venderlas el año dé mil quinientos cincuenta y dos, y aplicarse de nuevo al cultivo del campo; para cuyo efecto compró una Hacienda de labor entre Azcapotzalco, y Tlalnepantla, poco más de una legua distante de la Ciudad de México. Sin embargo de tener algunos Indios, que le ayudasen; su natural inclinación, y el dictamen de haber de comer siempre el pan del sudor de su rostro, le hacían acompañar personalmente a aquellos en el trabajo: sobre el cual se conoció desde luego reiteraba Dios aquella bendición, con que felicitó antiguamente el de Jacob, en tan abundantes cosechas, que adquirió con su producto el caudal suficiente para agregar á la de labor otra de ovejas. Dentro de poco tiempo se vieron ambas convertidas en Ciudades de refugio, en que hallaba grata acogida la necesidad común, de suerte que parecía, que cuanto había practicado en los demás ministerios á beneficio de los próximos, habían sido precipitadamente unos ensayos de su virtud, que aguardaban a perfeccionar al labrador". (1)


Fuente:

Rodríguez, José Manuel. Vida prodigiosa del V. Siervo de Dios Fray Sebastián de Aparicio, Libro I. Cap. IV. Imprenta de Felipe Zúñiga. México, 1769. pp.15-22

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