viernes, 16 de octubre de 2015

El día que Charpenne descubrió los palmitos en México, 1830

   Una de las lecturas "deliciosas" que tuve en este verano es, sin lugar a dudas, el relato que un pretenso colono francés hace de su viaje a México, nombre recurrente en tantos migrantes, emigrantes, viajeros, buscadores de suerte que, cruzando el Atlántico llegaron a las costas del Golfo para darse cuenta que habían sido engañados. Algunos murieron, otros regresaron y, unos cuantos, deciden quedarse. De eso trata una interesante colección que Conaculta publicó hace algunos años. Mirada Viajera se llama a la colección de relatos que, en su gran mayoría, emigrantes franceses hacen de su Viaje a México, como es el caso de Pierre Charpenne, del cual extraigo esta parte en la que nos narra con  asombro su descubrimiento al palmito:

   “Empujado sopor una buena brisa del noreste, ayudados por la marea que subía, nos alejamos de la aldea india, que pronto desapareció de nuestra vista. También desapareció la duna sobre la que está construido el fuerte que defiende la desembocadura del Coatzacoalcos. Pero ocurrió que de pronto el viento se hizo contrario a causa de las sinuosidades del río y nos vimos obligados a arriar las velas y ser revolcados. Seis hombres subieron a la chalupa para amarrar a un árbol de la ribera el extremo de una larga cuerda cuyo extremo opuesto estaba en el barco. Pasajeros y marineros unieron sus esfuerzos, a la voz del marinero cantor, para capturar del calabrote los juntos, como si quisiesen arrancar el árbol al que estaba atado. Debimos repetir con frecuencia esta operación y avanzamos con tanta lentitud que la noche nos sorprendió a tres o cuatro leguas a lo sumo de la desembocadura del río. Echamos el ancla y esperamos el día para seguir nuestro camino"

 En ese lugar el río era muy estrecho y el bosque que doblaba ambas orillas tan espesos, que era verdaderamente impenetrable. En el momento en que se apagó el sol, millares de pájaros, sobre todo de loros, volaron sobre nuestras cabezas lanzando gritos; iban, como los pájaros de Europa, a pasar la noche lejos de los albergues de día.- algunos hombres les dispararon con los fusiles sin alcanzarlos la mayor parte de las veces; pero varios fueron golpeados por el plomo. ¡Pobres pájaros!, su bellos plumaje no los defendió contra nuestra crueldad. Se les veía batir las alas, hacer más lento su vuelo y caer poco a poco en las profundidades del bosque o dejarse caer, a pocos pasos de nosotros, al río.

  "Algunos pasajeros quisieron aprovechar el crepúsculo para cazar en el bosque, fueron armados hasta los dientes; pero las lianas y la maleza les impidieron penetrar. Poco después volvieron, si no con una buena caza, al menos con una captura que valía aún más. No habían perdido el tiempo, traían un palmito. ¿Lo conoce el lector?, ¿lo ha comido? Puedo asegurar que es excelente.
   Ese, lo comimos en ensalada.

   "El palmito no es más que el retoño de la palmera o, si se desea, la misma palmera, antes de haber desplegado sus hojas. Parecería un enorme espárrago tan largo y grueso como un cirio pascual. Y puesto que cito a l cirio pascual, debo decir que, cuando el palmito ha sido despojado de sus dos o tres cáscaras, primero su corteza verde, después una segunda corteza blanca y fibrosa, queda una especie de bastón de forma cilíndrica, muy blanco, muy tierno y que en verdad podría tomarse por un cirio.

  "Un palmito es suficiente para la alimentación de una familia entera durante varios días. Cuanto más joven, más tierno y mejor es. Algunos alcanzan cinco o seis pies de alto; dos o tres pulgadas de diámetro y tal vez más.

  "Entre tanto, la noche cubría el bosque; los pájaros se callaron y terminaron sus migraciones aéreas. A pesar de la frescura del rocío, dormimos casi todos sobre el puente esperando el amanecer." (1)

   Es una buena docena (quizá más) los títulos incluidos en la colección Mirada Viajera, en casi todos nos hablan de las peripecias que europeos en su gran mayoría, realizan al llegar a México, una de las cosas que me llamó enormemente la atención en lo que Charpenne escribe es el caso de las mujeres, no de su belleza o lozanía, sino de lo que a él y a otros tantos franceses les decían: Seguramente estás casado. Era la manera de comenzar la plática con un "güerito", y luego seguía la propuesta: "yo podría hacer para ti las tortillas"

  Curiosa manera que Charpenne descubre con las costeñas que veían en él la oportunidad de un matrimonio sólido y la manera de decir estoy libre y dispuesta era al incluir el hecho de que ella le haría las tortillas toda la vida. Una curiosidad más que solo a través de esa mirada viajera en este abigarrado siglo XXI podemos ver la candidez de aquel siglo XIX tan lleno de sorpresas (buenas y malas) que sucedieron en este país que es nuestro y que se llama México.

   Seguro estoy que en este próximo "Buen Fin", ese fin de semana en que hay promociones en todos lados, las librerías Educal de Conaculta pondrán con buenos descuentos muchos títulos que ellos producen, si encuentras por ahí algún número de la Mirada Viajera, no lo pienses, de seguro pasarás buenos ratos leyendo como era la vida en México cuando todavía había algo de candor e inocencia en la vida cotidiana.

Fuente:

1.- Charpenne, Pierr. Mi viaje México. Conaculta. Mirada Viajera. México, 2000. Pp. 113-114.

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