viernes, 7 de noviembre de 2014

La fiesta de San Judas Tadeo en el templo de San Hipólito, ciudad de México.

    Luego de haber participado y de haber visto todo lo que ocurre la víspera y el día de San Judas Tadeo (alias San Juditas) lo que puedo decir es que tenemos en nuestro país una enorme necesidad de creer en algo, en algo intangible que es poderoso, en alguien que da consuelo, que orienta y, como ocurre en todo lo religioso, en algo que nos mantiene atados a este mundo, a esta vida a como se entiende la vida en nuestros días y, por si esto no fuera poco, a la vida que a cada quien le tocó vivir de acuerdo a su entorno y su circunstancia.

    Son muchas las fiestas religiosas en las que he participado en montones de lugares de nuestro país, son muchas las ferias de pueblo y fiestas patronales en las que he estado presente, creo que todas mantienen un esquema, en todas los elementos son los mismos, incluso los horarios en que cada cosa acontece pero en esta fiesta que acabo de presenciar vi matices que la vuelve distinta, diferente a casi todas las celebraciones religiosas pues, en un conglomerado de más de veinte millones de habitantes las cosas no pueden ser iguales a lo que ocurre en la "plácida" provincia. Me explico:

    A diferencia de todas las fiestas religiosas y patronales que hay en México, las cuales tienen una antiguedad que va de uno a casi cinco siglos de celebrarse, lo que ocurre en rededor al templo de San Hipólito apenas lleva, en el mejor de los casos, 20 años de celebrarse, por consecuencia sus matices son distintos, más aun si tomamos en cuenta el entorno en donde se desarrolla.

    En el artículo anterior te contaba como fue que este lugar, comenzó con una sencilla ermita, llamada originalmente De Juan Garrido, para luego ser considerada la Ermita de los Mártires y volverla punto central de la celebración más fastuosa que en Nueva España existió: El Paseo del Pendón. El lugar era estratégico, la fecha también. San Hipólito se venera el 13 de agosto, y fue ese día, en 1521, cuando la Gran Tenochtitlán cayó y México fue conquistado. Pocos años después de construida la primera ermita, fueron encontrados restos de los españoles vencidos cuando el episodio de la Noche Triste, justo allí, en lo que hoy es el Templo de San Hipólito, fue por eso que se le consideró como Capilla "de los mártires" por darle tal categoría a los españoles muertos en ese enfrentamiento.

    De las primeras cosas decretadas luego de Consumada la Independencia, fue retirar los escudos de la Corona española de todos los edificios públicos, la fiesta del Paseo del Pendón ya había sido suspendida, el templo sería abandonado, asimismo el hospital contiguo. Los hipólitos habían desaparecido hacía ya tiempo de México, casi por concluir el siglo XIX llegan a México los padres Claretianos, el templo que no sólo se llamaba de San Hipólito sino también de San Casiano sería renovado. Quizá aplicando la misma técnica que los Claretianos implementaron en sus sedes de los Estados Unidos, introdujeron justo en ese sitio el culto a San Judas Tadeo, considerando que su abogacía es la de las causas difíciles, para 1972 comienza la veneración del Apóstol.

    Pasaron 28 años, el culto a San Judas Tadeo crecía y se marcaba cada vez más en las clases sociales menos favorecidas, comenzaba el siglo XXI y, sin pensarlo se estaba gestando una fiesta, una celebración religiosa que ha tomado tintes de monumentalidad debido a la afluencia que la imagen genera el 27 y 28 de octubre en su recinto localizado en el Templo de San Hipólito en la esquina de Paseo de la Reforma con Puente de Alvarado. Desconozco la cifra exacta, pero eran miles, muchos miles de personas las que vi pasar por allí tanto en la víspera como en el mero día, el 28.

   Lo que pude observar fue, ayer lo mencioné, un caos en orden. Caos porque multitudes de tal número de personas son difíciles de controlar, aun así se mantenía un orden. En la víspera era posible entrar al templo, permanecer en su interior por algunos minutos sin mayor complicación, pero entrada la noche, ya a las 23 horas, eso era cosa difícil, la multitud era mayor cada vez. La romería, como se le conoce cotidianamente a las peregrinaciones del día del Santo siguieron a lo largo de toda la madrugada, yo estaba hospedado en un hotel apenas a dos calles del Templo de San Hipólito y oí el detonar de cuetes hasta las tres o cuatro de la mañana, se calmaron por un momento pues a las 6, ya del día 28, comenzaron a tronar de nuevo. El tránsito de vehículos estaba ya suspendido en ambas direcciones y por tres frentes llegaban las peregrinaciones, todas cargando una imagen del santo que iban del tamaño de un altar casero, hasta las de más de dos metros. No una, no dos, cientos de ellas, quizá miles.

   Al caminar por ahí de pronto llegaban ráfagas con marcados acentos a "chemo", era común ver a jóvenes con la "mona de chemo" pegada a la nariz, ráfagas de olor a marihuana llegaban también, digamos que en proporción de 9 a 3, es decir, se notaba más el olor a chemo que a marihuana. Con esto no quiero decir, mucho menos pensar, que todos los asistentes lo consumían, eran los menos, pero bien sabemos que esos olores son intensos y fáciles de identificar, aun en la multitud. Lo demás era lo habitual de una fiesta patronal: la vendimia de comida y de objetos religiosos. Pero hay algo que destaca en esta fiesta y por mucho.

   Cuando se tiene poco es más fácil compartir, eso lo sé perfectamente, y aquí, en buena medida, la fiesta, la verdadera fiesta de San Judas gira en torno a ese particular modo de venerar al santo compartiendo algo: dulces, agua, veladoras, camisetas, pulseras, rosarios, estampas... todo eso se regala, hay fieles que hicieron una promesa al Santo y materializan el agradecimiento compartiendo con un objeto la fe que en él tienen. Yo salí de allí con una docena de pulseras, un montón de dulces, incluso con una camiseta de las que bien se podrían mercadear en 100 pesos. La fe se manifiesta al compartir, cosa que sucede, efectivamente, en las fiestas patronales de pueblos ancestrales en donde la comida va por cuenta del mayordomo, pero acá el compartir ocurre de forma espontánea y todo en rededor del templo.

   Pude entrar al templo sin complicación alguna, los tumultos eran los habituales de una fiesta patronal, hubo siempre modo de circular, aun en los puntos álgidos que son la entrada y la salida del templo. Borrachos no vi, ni siquiera uno. En infinidad de fiestas patronales de muchos pueblos en los que he estado los embriagados siempre están presentes, algunos ofendiendo, pidiendo dinero... aquí eso no lo vi, por eso insisto en que es un caos en orden. Vi respeto, sentí respeto, yo también regalé, compré un montón de pulseras con los colores del Santo y al darlas siempre recibí un "Gracias" verdadero, sentido, a sabiendas que el regalo no era para la persona, sino para el Santito, para "San Juditas". Vi una buena cantidad de fotógrafos que aprovechaban la ocasión para hacer las tomas más impresionantes, vi varias cámaras y micrófonos averiguando la razón del por qué este modo de manifestar la fe. Vi un caos siempre en orden, lo cual quiere decir mucho.

   Y cual es mi costumbre, te dejo una serie de imágenes que te van contando la historia de lo visto, de lo vivido, de lo sentido en la fiesta de San Judas Tadeo el pasado 28 de octubre de 2014 en su templo de San Hipólito, justo en la contraesquina nor-poniente de la Alameda Central de la ciudad de México.





















   Y la fiesta... terminó...

Estas tomas las hice ya el día 1º de Noviembre, todo había vuelto a la normalidad...





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