jueves, 1 de diciembre de 2016

Los vestigios del manejo de agua por el norte del municipio de Salamanca, Guanajuato

   Quienes conozcan Salamanca (México), al ver esta imagen dirán que no fue tomada allí. Pero, quienes conozcan bien a Salamanca, más allá de la autopista, identificarán el panorama. Tenemos la idea de que todo en Salamanca es plano... no lo es, pues a tan solo 12 kilómetros al norte comienzan los lomeríos que forman la Sierra de Codornices. De los 1720 metros que es la altura media, sobre el nivel del mar, que tiene la población, una vez llegando a Temascatío, subimos a 1750, más arriba, en el otro Temascatío, el de San Nicolás, son 1770 metros, y desde el punto en donde tomé la imagen que ahora vemos, ahí son 1785 metros, esto indica que, para que las aguas de lluvia bajen al Lerma, la pendiente es de 65 metros. Algo considerable sin lugar a dudas.

   Quizá el rumbo de los Temascatíos no te sea familiar si no has andando por esta zona entre los municipios de Salamanca, Irapuato y Guanajuato. La flecha lo indica. La linea que cruza de lado a lado el municipio es la Carretera 45, aquella que se llamó Panamericana. Por aquí pasa la Autopista que viene de Celaya y continúa a Irapuato y sale la que va para León, la mancha que se ve al centro del territorio municipal es la ciudad de Salamanca y justo en la flecha es donde están las faldas de la Sierra de Codornices, que se integra un poco más al norte a la Sierra de Guanajuato.

   Ubicados en la geografía municipal recordaré algo que he mencionado en este blog y en el que tengo dedicado a la historia de Salamanca, lo de la cosa hidráulica que esta presente por todos lados del municipio y que habitualmente pasan desapercibidos los vestigios pues pensamos que son bardas pero no lo son. En este caso lo que estamos viendo es, efectivamente una barda, pero era de una caja de agua.

   Esa caja de agua contenía el agua que bajaba de la sierra en arroyos o propiamente en el río de Temascatío, se aprovechaba la pendiente natural del terreno y se guardaban abundantes cantidades de agua para que toda esta región tuviera garantizado el riego más allá de la temporada de lluvias.

   Ya desde el primer cuarto del siglo XVIII por el rumbo se comenzaron a construir estas presas o cajas de agua por la zona norte del actual municipio de Salamanca, documentos nos indican que en la hacienda de Mendoza se construyó la primera presa del rumbo. Vamos a diferenciar una presa de una caja por la profundidad y por por lo alto que la cortina tenga, cuando hay la necesidad de una cortina, estamos en una presa, cuando solo se "cajea" (bordo) es una caja.

   Las cajas implicaba construir una ventosa (creo así les llamaban) para ir distribuyendo el agua, por gravedad, hacia un determinado canal que llevaría el líquido al terreno por regar.

   Uno de estos elementos sobrevive en San José Temascatío, pasa desapercibido normalmente pero, ante los buenos ojos salta a la vista que esto no es solo un "montón" de piedras.

   Temascatío no ha sido olvidado solamente en lo relacionado al manejo del agua, también se ha olvidado que ahí era una Garita del Camino Real, que ahí había un Mesón, que en ese Mesón se hospedó el barón de Humboldt que, aunque no lo menciona en sus escritos es evidente pues las mediciones que el hizo en Nueva España incluyen las de Temascatío.

   Temascatío fue uno de los primeros lugares propiedad de criollos, los Bustamante, que fue saqueado y quemado cuando Miguel Hidalgo, al frente de los insurrectos, pasa por el lugar rumbo a Guanajuato. Creo que a raíz de ese episodio que Temascatío comienza a caer en el olvido. Pero Temascatío, los Temascatíos y todo el norte del actual municipio de Salamanca tienen una profunda historia. Hoy nos apoyamos en el estupendo ensayo que hace Isabel Fernández Tejedo sobre la "Fragilidad de un espacio productivo".

 La colonización más durable

  "La noticia y hallazgos de ricos y nuevos minerales de oro y plata, "[...] trajeron gran golpe de españoles, con los cuales se fundaron otras poblaciones [...]", iniciándose un largo proceso de desarrollo económico aparejado a un crecimiento de la población y de desarrollo urbano.

  "El curso de los diferentes ríos y sus valles inmediatos, con un buen potencial de irrigación, fue delineando el proceso de ocupación del suelo, dada la amenaza de aridez para los cultivos de temporal. El establecimiento de urbes de impronta española se realizó con rapidez, pues la presencia de indígenas sedentarios era muy débil.46 Las villas y congregaciones recibieron tierra, al igual que cada uno de los vecinos, a quienes se dotó, como en el caso de Celaya, de "[...] tres caballerías de labor, dos de secano y una y media de riego, con el correspondiente solar para su casa".

                           
  "Durante todo el siglo XVII la región de Guanajuato fue conocida más por su agricultura que por su minería. La prosperidad de Zacatecas impulsó fuertemente la agricultura y la ganadería del Bajío, pero en el siglo XVIII la extracción de plata en Guanajuato era ya más consistente que en otros centros mineros. La región en su conjunto produjo en aquel siglo, regularmente, entre una quinta y una cuarta parte de la totalidad de la plata mexicana y su riqueza no era igualada por ninguna otra mina en el resto del mundo.

 "La industria minera requería una gran cantidad de insumos, tanto para la extracción del metal como para su transformación en plata. La demanda de productos alimenticios para sustentar la nutrida fuerza de trabajo que se aglutinaba en los centros mineros y el forraje necesario para alimentar a los animales de tiro, estimularon aún más el desarrollo de la agricultura y ganadería comercial de la región. La cría de ganado, a su vez, proporcionó las bases de una serie de industrias colaterales, de las cuales la textil fue la que tuvo más realce; Querétaro y San Miguel eran los centros productores de telas de lana más importantes de la Nueva España; Celaya y Salamanca tejían abundantemente el algodón; León, Acámbaro y San Miguel producían artículos de piel. Este último destacó también por sus objetos de hierro. A estos ramos, que eran los más sobresalientes, deben agregarse otros menores, como son las tenerías, las fábricas de sombreros, la matanza de animales para extraer el sebo para velas y el establecimiento, en 1779, de la industria de la Real Fábrica de Cigarros en Querétaro. Esta combinación de urbanización, industria, minería y agricultura es lo que hacía del Bajío una zona excepcional. A todo esto debe agregarse la posición estratégica que guardó la zona, en medio de los dos caminos principales que conectaban la capital con las provincias del Norte: México-Guadalajara y México-Zacatecas, permitiendo un flujo de hombres y productos hacia los puntos de mayor población y consumo.

  "El progreso económico de la región hubiera sido imposible sin una fuerza de trabajo numerosa y móvil. Según datos manejados por Alejandro von Humboldt, la Intendencia de Guanajuato "[...] era la más poblada de la Nueva España y en donde la población se encontraba distribuida con más igualdad". En efecto, David A. Brading ha estimado que una tercera o una cuarta parte de la población de la zona central del Bajío, incluyendo Querétaro, vivía en pueblos que excedían los 5 mil habitantes. En 1803, la pequeña intendencia tenía una densidad de población de 563 habitantes por legua cuadrada, seguida de lejos por la intendencia de México, que sólo contaba con 269 habitantes por legua cuadrada. En los padrones de población de la última mitad del siglo XVIII, se puede apreciar su acelerado crecimiento; en 1742 había 156 mil 140 individuos, en 1793 se contaba 397 mil 924 y cuando Humboldt la visitó en 1803, las autoridades le proporcionaron un censo que registraba 513 mil 300 habitantes.

  "La composición de la población aparece claramente indicada en el sumario del censo de 1793: los españoles constituían 26%, los mulatos 18%, las castas 11% y los indígenas 45%. La distribución de la ocupación según ese mismo padrón muestra que 48.7% eran agricultores, 8.5% mineros, 0.9% comerciantes, 9.8% trabajadores de la industria, 14.9% artesanos, 15.9% jornaleros, 0.2% empleados públicos, 0.2% profesionales, 0.2% religiosos y 0.7% nobles indígenas. El sector agrícola que absorbía por sí solo 48% de la población total, estaba asentado en 37 pueblos, 29 estancias, 448 haciendas, mil 46 ranchos dependientes y 360 ranchos independientes. Los trabajadores indígenas de los 37 pueblos de indios registrados, conservaban sin embargo muy pocas tierras comunales. De tal manera que los indígenas o campesinos estaban distribuidos, sobre todo, en las dos unidades de producción agrícola fundamentales, que eran las haciendas y los ranchos.

  "Los ranchos y las haciendas del Bajío han sido estudiados con profundidad y elocuencia por Francois Chevalier y David A. Brading, por mencionar sólo dos autores ya clásicos. Hoy contamos con un panorama bastante completo sobre la distribución geográfica, la extensión y la organización interna de dichas unidades de producción. Los ranchos, palabra que designaba un poblado antes del siglo XVIII, se identificó posteriormente como una propiedad pequeña o mediana. Ocasionalmente el rancho era una porción desmembrada de una hacienda, pero también podía nacer de una merced de cabildo. Los ranchos dependientes eran pedazos de tierra vinculada a una hacienda, por los que se pagaba una renta. En el siglo XVIII, algunos hacendados optaron por dar en renta importantes secciones de sus propiedades para asegurar más ganancias y disponer de una mano de obra a proximidad. Esas concesiones comprendían generalmente de dos a tres y media caballerías.

  "La mayoría de las haciendas del Bajío tiene su origen en las mercedes virreinales de sitios de tierra y estancias de ganado otorgadas a los españoles a mediados del siglo XVI y durante el siglo XVII. En Silao, Irapuato y parte de Piedragorda, las escrituras de las haciendas datan de los años 1550 a 1575, mientras que la mayor parte de la tierra de los Altos, hacia el Norte y Oeste, en Dolores y Pénjamo y cruzando los límites con Jalisco, las tierras no se ocuparon sino hasta las dos primeras décadas del siglo XVII. El valor reducido de estas propiedades muestra que hasta 1703, al menos en el distrito del río Turbio, la mayor parte de los sitios eran potreros. La extensión de estas haciendas alcanzó hasta 20 y 40 caballerías y la adquisición se hizo a través de mercedes, comprando y anexando secciones adyacentes. Las haciendas de Guanajuato servían principalmente como tierras de pastoreo y la mayor parte de su producto se debía a la venta de borregos y sus derivados -lana, sebo, pieles-, y a las rentas, pues aparentemente no se intentaba cultivarlas. Hacia 1591, el ganado mayor se había marginalizado hacia las regiones del Poniente. En las llanuras del Bajío, especialmente entre Querétaro y León, las haciendas no excedieron de dos o tres estancias que comprendían respectivamente 776 y mil 749 hectáreas de tierra. Con buenas tierras aluviales y posibilidad de abundante riego, este valle era considerado entre los más ricos de México. La planicie del Valle de Santiago hasta Yuririapúndaro reunía también estas características. La abundancia de las cosechas en terrenos cultivados con esmero, principalmente los que estaban bien regados o mullidos y bien barbechados, rendía 40 a 50 granos de trigo por uno sembrado, mientras que las que no contaban con agua producían 15 a 20 por uno. Si hay que tomar estas cifras con cautela, la diferencia entre tierras irrigadas y las que no lo estaban es muy significativa.

  "El incremento de la demanda de productos agrícolas y ganaderos incitó a los hacendados y rancheros más adinerados a invertir en obras de riego, abriendo nuevas tierras al cultivo y construyendo presas y acueductos, calificados por Brading como los verdaderos detonadores del aumento de las rentas ligadas directamente con la producción. Los sistemas de riego del Bajío, según Humboldt, no fueron obras complejas de ingeniería hidráulica, sino más bien, "[...] trabajos sencillos de mucha intuición y sagacidad". Esta contundente afirmación ha sido matizada con estudios empíricos modernos que han demostrado la existencia de diferentes niveles en el manejo de la ingeniería hidráulica del Bajío. En terrenos favorables, es decir en aquellos en donde el lecho del río no era muy profundo, las "tomas" o "sacas de agua", a partir de canales incisos en el río, fueron el método de riego más empleado y de más bajo costo. Las referencias en las fuentes a estos canalizos son frecuentes, inferimos que eran la forma dominante, pero resulta difícil evaluar su extensión con precisión, ya que no contaron con descripciones importantes en los juicios legales.

  "La construcción de una presa en una corriente para retener agua y derivarla para su aprovechamiento posterior, según Michael E. Murphy, presenta dos modalidades en la región: las presas de conducción y las presas de retención. Esta división sin embargo no es tajante porque en ocasiones los dos tipos de presas estaban interconectadas. La importancia, el tamaño y el costo de construcción de las presas variaban mucho en función de la corriente, la anchura y la profundidad del río en donde se colocaba la presa. En arroyos y ríos pequeños, lo más frecuente era encontrar presas o estacadas pequeñas hechas con tablas, lodo y piedras sueltas. La construcción de presas perecederas tenía la ventaja de no oponer demasiada resistencia a las avenidas del río, que con frecuencia ocurrían en los escurrimientos tributarios y presentaban la ventaja, al mismo tiempo, de poderse reparar sin mucho costo al año siguiente. Las presas de mampostería requerían más capital y fueron realizadas por individuos o sociedades religiosas adinerados, por asociación de vecinos o por las autoridades municipales. Las presas de retención, como su nombre lo indica, servían para contener el caudal de un río, de un ojo de agua o de un terreno hasta formar "bolsas", "charcas" o francamente "grandes lagunas". Las presas de conducción llevaban el agua durante el periodo de lluvias a bordos, jagüeyes, pilas, albercas y cajas de agua en donde se almacenaba el líquido para ser reutilizado posteriormente, tanto para la agricultura como para uso doméstico de las haciendas.

  "Uno de los factores críticos del riego en el Bajío fue la falta de sistemas de drenaje capaces de avenar los terrenos en caso de inundaciones o encharcamientos exagerados o prolongados. Michael Murphy, a quien debemos el estudio más detallado de los sistemas de riego en la región, afirma que la falta de atención que se dio al problema del drenaje, tan importante en los sistemas modemos de irrigación, refleja la abundancia de tierra y la falta de agua. Lamentamos que el autor no se haya extendido más ampliamente en este comentario. A la luz del estudio de fuentes documentales es posible constatar, sin embargo que aunque el agua haya sido escasa y las tierras abundantes, ciertas villas del Bajío empezaron a sufrir inundaciones regularmente, cuyas consecuencias, algunas veces desastrosas, trajeron muerte, desolación y pérdidas económicas considerables. ¿Fueron las lluvias torrenciales las causantes directas de estos desastres, o cabría alguna parte de responsabilidad a los sistemas hidráulicos como los enlagunados o represas, dado el aumento de éstos y la ausencia de drenajes en los terrenos de cultivo? ¿Eran el enlagunado y las represas, técnicas hidráulicas sin riesgo? Suponemos que los propietarios preferían asumir las consecuencias de una eventual catástrofe que privarse del agua, o evitarse la construcción de sistemas costosos de drenaje y avenado de los campos. Los testimonios documentales con los que contamos son fragmentarios y sólo frente a una desgracia mayor los vecinos recurrían a la denuncia, dando pie a una investigación más a fondo con su consecutivo testimonio documental. El estudio de estos acontecimientos catastróficos deberá permitirnos evaluar dos fenómenos concomitantes. Por un lado la magnitud del fenómeno meteorológico y su intensidad, es decir su carácter inusual o excepcional, y el efecto que produce en la sociedad y la economía. Y por otro, la vulnerabilidad de los sistemas hidráulicos y tecnológicos frente a la presencia de fenómenos meteorológicos de carácter inusual, principalmente lluvias torrenciales" (1).

   Con toda esa información que acabamos de leer, sigamos explorando el norte de Salamanca, la cortina de piedras que se alcanza a ver corresponde a la Presa de Ortega, ojo, no confundir con la Cañada de Ortega, si bien tiene el mismo nombre, una cosa es la Cañada y otra la Presa, que es en donde andamos ahora.

   Es en estas condiciones que se encuentra el vaso de la presa, totalmente seco, a pesar de que en junio tuvimos abundantes lluvias.

  Si ha un puente es debido a que cuando llueve fuerte el Temascatío sube su nivel.

  Al fondo la cortina de la presa.

   La poca agua que el río Temascatío lleva...

   Eso que ves al fondo es la cortina de la presa.



Fuente:

1.- FERNANDEZ TEJEDO, Isabel. Fragilidad de un espacio productivo: cambio climático e inundaciones en el Bajío, siglo XVIII. Tzintzun [online]. 2012, n.55, pp.107-156. ISSN 0188-2872. Para leer completo, entra aquí.

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